El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

14 enero, 2020

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.


La revista Literatura Soviética

8 enero, 2020

La relación de la cultura rusa con la europea occidental nunca ha sido fácil. Y la soviética, es decir, la que incluye a las antiguas repúblicas, hoy casi todas independientes, aún menos.

Es cierto que en la Unión Soviética se favoreció el realismo en la época estalinista por dos razones: el realismo no cultiva tanto la imaginación que se considera peligrosa; la segunda, ligada a la primera, es que se desdeña el encumbramiento elitista de los intelectuales: hay que escribir para que lo entienda el pueblo. No olvidemos que las letras y la alfabetización fueron uno de los pilares de la revolución de 1917 y basta con recordar a Lunatcharski para comprobarlo. La alfabetización llegó a todas las repúblicas soviéticas, a las asiáticas, a las musulmanas, así como la igualdad entre hombre y mujer y la liberación de ésta. Hoy, dudo que hayan avanzado muchos esas repúblicas, sumidas en el oscurantismo, el nacionalismo, la corrupción y la dictadura.

Boris Talberg, Las fuerzas de la paz

La guerra fría y la Perestroika hicieron que en occidente tirásemos a la basura toda la literatura y las artes de la época soviética. También la historia literaria la escriben los vencedores. De la URSS parece como si no hubiera quedado culturalmente sino tierra quemada. Y no es así. Se ha desdeñado en bloque a muchos grandes artistas, escritores y poetas, injustamente censurados al ser tachados de comunistas, estalinistas, funcionarios o cualquier otro epíteto que los ha desvalorizado de entrada. También esa izquierda de salón bastante snob ha despreciado siempre el realismo. Y la derecha sólo ha encumbrado a los rusos que fueran disidentes, olvidando a todos los demás.

Número dedicado a Tolstoi

La Unión de Escritores Soviéticos fue fundada en 1932, tras la abolición de la Asociación Rusa de Escritores Proletarios. Gorki fue su primer presidente y  mantuvo la edición de la legendaria Literatúrnaya Gazeta, que había sido fundada en 1831 en tiempos de Pushkin.

Como una herencia algo remota de aquella revista, Literatura Soviética, es fundada en 1946 por la Unión de Escritores Soviéticos llegando a publicarse en diez lenguas. El adjetivo ‘soviética’ aludía a que no era solamente literatura rusa, pues en sus páginas escribían muchos autores del Uzbequistán (Jamid Guliam y otros, que tradujeron al uzbeko Dante, Longfellow, escritores turcos y persas, y un largo etcétera), el Daguestán (Rasul Gamzátov), Georgia (Griboyedov), Azerbaidján (con un número especial dedicado a su literatura, en 1978), Tajiristán, Siberia (en 1932 apareció el primer libro en lengua mansí), Kirzguistán (Vera Tkachenko), zíngaros en su propia lengua (Alexandr Guermano, Ivan Romeko, Nikolai Sadkevich), Turkmenia (Artiómov), todas las quince repúblicas. La lengua tatar, yakut, mansí, nijv (Sajalín), y mucísimas más fueron fomentadas y en ellas se publicarían muchos libros, incluidos clásicos rusos y europeos.

Su finalidad fue la divulgación en el extranjero de las literaturas de las quince repúblicas que formaban la URSS así como de sus culturas. La edición en español tenía un contenido específico sobre la cultura a la que se dirigía (por ejemplo en español aparecían entrevistas con Dolores Medio, Mario Benedetti, Neruda, el obituario de Blas de Otero, etcétera). Claro que muchos la consideraron como una herramienta de penetración soviética en Occidente, lo que les llevó a despreciar e ignorar todo su contenido. La revista en lengua castellana estableció unas relaciones muy estrechas con poetas y escritores españoles, residentes tanto en España como en el exilio, así como latinoamericanos. Difundió la revista intercambiándola con las principales revistas de España de la época como Insula, Triunfo, Papeles de Son Armadans, Cuadernos para el Diálogo, y con varias revistas latinoamericanas. También llegó a la Biblioteca Nacional.

Kuzma Petrov Vodkin, Anna Ajmátova

César Arconada, que fue su director, falleció en 1964 y le sucedería José Santacreu Mansanet hasta 1970. Colaboradores y traductores al español fueron entre otros Julio Travieso, José Vento, Clara Rosen, Carlos Sherman (de poesía), Juan Julio, Venancio Uribes, Angel Pozo Sandoval, José María Alvarez Posada, Victoriano Imbert (Premio Gorki de 1976, hijo de exilado a la URSS en 1939, vuelto a España, empleado en Aguilar y fallecido en Madrid en 1982), Ana Varela, Isabel Vicente, Samuel Feijóo.

Los viejos números de la revista Literatura Soviética son muy útiles, además de interesantes, para conocer escritores que han pasado desapercibidos en Occidente, y otros que han sido borrados literalmente del acervo de la antiguas repúblicas soviéticas. Ilustrados con obras de pintores y dibujantes, nos permiten conocer ese mundo ya olvidado y tan denostado por superficiales ideólogos.

Es cierto que en sus páginas hay muchos escritores y poetas –he encontrado hasta un relato de Breznev, Tierras vírgenes-, elegíacos, épicos, acríticos en general con la situación interna de la Unión Soviética, cómplices, les llamarán algunos. Pero hay muchos textos que son de una calidad considerable. Recuerde, si no, el lector Por quién doblan las campanas y tantas novelas norteamericanas y británicas que son también épicas. Ser épicos no es un baldón. Encontramos además escritoras como Marietta Chaguinian, con su relato Moscú la pequeña, en donde evoca su pasado burgués, recuerda a Marina Tsevataieva con quien compartió trabajos de traducción, nos habla del concepto de trabajo y de música y su gran amigo Serguei Rachmaninov.  O Aleksandr Tvardovski, Daniíl Granin y Valentin Rasputin.

Entre los escritores, además de los más oficiales, como Konstantin Simonov, escribían a menudo en sus páginas Boris Polevoi (Un hombre de verdad) y Nikolai Ovstrovski (Así se templó el acero), y muchos otros, como Ivan Stadniuk, autor de La guerra, Yuri Bondarev, Mujtar Auezov, Felix Kuznestov, Anatoli Kim o Mikhail Morozov, dramaturgo, experto en Shakespeare. O Jakob Jelemski, A dos pasos de Granada, o Mikhail Svetlov, otro amante de España.

Muchos sociólogos e historiadores de literatura escribieron en Literatura Soviética, como Albert Beliaev, con su notoria Lucha ideológica y literatura: la sovietología en los Estados Unidos. Quitando la ganga y quedándonos con el mineral, es muy interesante descubrir tantos libros que han quedado, por razones políticas e ideológicas, fuera de nuestro alcance y conocimiento.

Vladimir Tcherchebakov, Linda mañana.

Evidentemente, hay sonadas ausencias. Los disidentes solían ser reducidos al ostracismo (una sola edición de sus libros, sin reimpresiones) o expulsados como Zozshenko, escritor humorista comparado a Gogol, que fue expulsado de la Unión de Escritores, como lo sería Solzhenitsin en 1974, a pesar de la defensa de Tvardovski. Vasili Grossman, claro, no figuró en su páginas. Pero esta exclusión, por razones a veces parecidas, también se ha manifestado y aún se manifiesta en el mundo editorial español con escritores que “no encajan“ en la línea editorial o cuya crítica les fue adversa o fueron ignorados, lo mismo que no reimprimen y excluyen del catálogo determinados libros. Las editoriales a menudo han eludido a determinados autores, guiándose por el gusto personal, la amistad o la simple lógica comercial.

La poesía siempre ha tenido un lugar preferente en las letras rusas. Así, además de la obligada mención a los tres poetas que fundaron la poesía, por así decirlo, soviética: Maiakovski, Essenin y Blok, o un poeta como Ehrenburg, hay muchos más, quizá menores por menos divulgados, pero dignos de respeto, como Egor Isaev y Vladimir Lougovskoi, Maxim Tank. Sin olvidar al historiador y crítico de poesía rusa, Vladímir Orlov.

La literatura soviética, con su realismo o, como ellos la llamaron, literatura objetiva, nos ofrece un interesante documento de cómo era la vida en la Unión Soviética, más allá de heroismos o mitos. Es natural que las élites intelectuales la desprecien pues muchos son autores proletarios, es literatura proletaria, con simplificaciones muy a ras del suelo a veces. Pero los tipos individuales, tomados del natural, y los tipos colectivos, como personajes comunes y frecuentes suelen darnos una imagen vívida de la Unión Soviética. También podemos adentrarnos en la vida cotidiana de las antiguas repúblicas y comprender mejor el país, pues muchos de los escritores están en la tradición y el sendero trazado por Turgueniev, Chéjov o Dostoievski, por citar solamente tres grandes autores rusos.

Konstantin Yuon, Moscú industrial, 1949

La revista se mueve en ese ámbito trazado por aquella pregunta de Máximo Gorki “¿Con quién estáis vosotros, los maestros de la cultura?”. Del mismo modo que Ignacio Aldecoa, Carmen Laforet, López Salinas, Narcís Oller o Josep Pla retratan la sociedad de sus tiempos, como nos la dieron Baroja, Galdós o Pardo Bazán. O como Vasco Pratolini o Cesare Pavese, Steinbeck, Erskine Caldwell, Dreiser, etc. Escritores que han sido además los mejores cronistas de su tiempo, como muchos de los que aparecen en las páginas de Literatura Soviética.

Todas los números de la revista incluyen ilustraciones de pintores, entre los cuales Oleg Vukolov, Alexandr Deineka, del que hubo una magnífica exposición en la Fundación Juan March hace unos tres o cuatro años, Semion Kaplan, Oleg Loshakov, con sus fascinantes pinturas de la Kuriles, Yuri Raksha, Oleg Filatchev, Piotr Ossovski, Vladimir Volkov, Dianna Toutoudjian, Vladimir Lineu, Viktor Ni, Viktor Krilov, o Boris Talberg con su mural Las fuerzas de la paz. Muchos los  puede encontrar el curioso en la página  https://soviet-art.ru/ . La revista también dedicó mucha atención a los clásicos, a la gran tradición humanística y cultural rusa.

No se trata de nostalgia sino de tratar de conocer mejor la literatura rusa y de otros países de su esfera y de hacer justicia a poetas y novelistas desconocidos en nuestro país y en general en Europa occidental. En fin, se trataría de redescubrir, recuperar y volver a publicar algunos autores que nos darían una visión singular de la Rusia del siglo XX y de muchos de los territorios que cubría la Unión Soviética.

Ello contribuiría a conocer y comprender mejor esa Rusia eterna, que ha sido y es pieza esencial de Europa y a la que seguimos teniendo dificultad de conocer. Debemos leer sus libros, incluso los de la época estalinista, lo que nos ayudará a superar esa guerra fría mental y militar que aún perdura. La Unión Europea no será nunca una fuerza, una estructura sólida, si no incluye a Rusia.


Máximo Gorki en Capri

2 enero, 2020

Hace unos días he leído el libro Encontro em Capri, O diário italiano de Gorki, de Marcello Duarte Mathias, escritor portugués autor de libros y diarios muy interesantes. En este nos cuenta de la vida de Gorki en Capri, su amistad  con Lenin, así como con muchos escritores de la época y ahonda en la personalidad del escritor ruso. Examina el papel del intelectual frente a la revolución y a la historia y afirma que “a semejanza de tantos intelectuales, también Gorki, secuestrado por el movimiento de la Historia, en ella se enredó y se extravió definitivamente”.

Gorki, por Isaak Brodski

Alexei Maximovich Peshkov nació el año de la Gloriosa (1868) y murió justo un mes antes del alzamiento e inicio de la guerra civil española. Máximo Gorki fue una referencia para los estudiantes y los obreros lectores españoles antifranquistas. La editorial ZYX publicó, en papel barato, La madre, que fue nuestra lectura preferida, casi diría militante (‘había’ que leer ese libro, igual que El manifiesto comunista) que nos inoculó la inquietud social.  Yo lo compré en un puesto de ZYX que solía estar junto a la boca del Metro en la Glorieta de Quevedo, periódicamente molestado y mandado quitar por la Brigada Político Social.

La madre, en ediciones Ulisseia, con portada de Sebastião Rodrigues, 1954

El mundo que Gorki describe ya no existe y nuestros códigos culturales, nuestros valores y gustos han cambiado. El realismo no está de moda y ni Baroja es casi apreciado. Pero Gorki, muchos años después, sigue ejerciendo una fascinación considerable en los que apreciamos la literatura clásica moderna y la rusa en particular. Sus temas, la pobreza, la exclusión social y racial, no han desaparecido y son universales. Y su forma de contarnos las historias es fascinante, aunque en algunas haya puesto un acento en lo pedagógico, con un cierto tono edificante, y en otros ensayos intercale loores a Lenin y Stalin (lo que parecía obligatorio en aquellos años).

Veáse su Infancia, autobiográfico, en la que descarga su pesadumbre por la desgracia del mundo rural, el atraso, sordidez y violencia de los campesinos. La mayoría de sus escritos describen aquella sociedad rusa, sus contradicciones y contrastes. Él decía,

 “el artista es ante todo hombre de su época, es el espectador inmediato de sus tragedias y sus dramas en los que él participa activamente”.

Gorki quiso aunar el progreso humano con el progreso social y económico. Por eso, como un creador pero nunca como un político, observaría con decepción la deriva estalinista de la Unión Soviética. Era amigo de Anna Ajmátova, por ejemplo, de personas ya mal vistas por el régimen. Hizo cuanto estaba en su mano para salvar escritores y textos perseguidos por la saña de Stalin y de la NKVD (entre ellos a Isaak Babel, que sería asesinado en 1939 cuando Gorki ya no existía, pero no pudo liberar a Ossip Mandelstam). Desde gustarle la vida simple de los pescadores en Capri, el mar, la poesía, la música (el acordeón, en particular), hasta hacer propaganda estalinista para celebrar la apertura del gran canal del Mar Blanco, construido por prisioneros comunes y políticos con innumerables bajas. Apreciaba Italia y la cultura occidental pero echaba de menos su lengua, hablar con rusos, con su pueblo. Pero sus contradicciones personales siempre le atormentaron.

“Mi fracaso que explica todos los demás es nunca haberme encontrado a mí mismo. Mi vida no ha tenido una secuencia lógica. Todo lo contrario de Lenin que es la personificación de la confianza que un hombre puede tener en sí mismo” (carta de 26 de septiembre de 1913).

Gorki era un puro internacionalista y mantuvo una intensa correspondencia; en los archivos en Moscú hay, parece, cerca de tres mil cartas, entre ellas 400 de escritores de su tiempo, desde Sherwood Anderson y Theodore Dreiser a Gregorio Martínez Sierra –que colaboró en la revista soviética Beseda-, Lion Feuchtwanger, Anna Seghers, H.G. Wells, Thomas Mann, Heinrich Mann, o con Knut Hamsun, pero sobre todo destaca su correspondencia con su gran amigo Romain Rolland.  De paso, señalo el dato curioso de que nada menos que la reina Elisabeth de Bélgica –la mujer de Albert I, el que resistió a los alemanes en la Primera Guerra Mundial- era una lectora contumaz y fiel de Gorki.

Escrito en un portugués actual y perfecto, Marcello Duarte Mathias ha explorado documentos y libros olvidados, como los diarios perdidos de Gorki que publicase el belga Martin-Merrère en 1949, y el libro de la italiana Angelina Patella, hija del hospedero de Capri amigo de Gorki.

El autor evoca, con citas, cartas, textos, los encuentros y desacuerdos de Gorki con Lenin, con el inteligentísimo y sobrado Trotski, con el burócrata y desconfiado Stalin, que le visitaron en la isla. También menciona las visitas de otros escritores, como Zweig, pesimista e incluso derrotista, o de Pirandello, así como el interés Gorki por los personajes de Mazzini y Garibaldi y sus gustos literarios (Chéjov y Stendhal, sobre todo).

Gorki, tras ser expulsado por el zar, vivió largos años en el exilio, volvió a Rusia en 1913. Por consejo de un Lenin ya enfermo, en 1921 volvió a Italia, a Sorrento, frente a una Capri ya cambiada por el turismo. Finalmente retornaría a la URSS en 1933, colmado de honores tanto simbólicos como materiales, respetado -aunque no querido- por Stalin.

Mathias, en este corto pero sabroso e inteligente libro, consigue mettre en valeur, revalorizar ahora que muchos han olvidado al escritor ruso, el rico, complejo personaje y escritor que fue Máximo Gorki:

“Él, que nació intruso, intruso se sentiría en todas partes. Lo sabía hacía mucho. ¿No sería el exilio su verdadera vocación? ¿O mejor, su forma natural de ser inconformista?”… “más allá de cualquier razón, el exilio es nunca estar donde estamos”,

lo que resume muy bien la posición de Gorki fuera y dentro de Rusia, tanto durante el zarismo como tras la revolución. Al intelectual, al artista, pertenece la duda. Quien no duda no es artista, no es escritor.

[ Encontro em Capri, ou O diário italiano de Gorki, por Marcello Duarte Mathias, Edições Océanos, 2008, 158 págs.]


Táctica de vencidos

23 diciembre, 2019


Tal como quien devalúa su propia moneda antes de ir a comprar la mercancía, así el PSOE ante los secesionistas catalanes para lograr la investidura. Ese resto descolorido de la antigua izquierda española se rebaja a pactar pírricamente con virulentos nacionalistas que van a aprovechar la ocasión para implantarse mejor y aumentar su capital político.


No nos engañemos, que ni el revolucionarismo pequeño burgués de Unidas Podemos ni el de ERC van a trabajar por el ‘progreso’, sino por disolver el país y convertirlo en una especie de rompecabezas en el que faltarán muchas piezas.


Al fin y al cabo, no es de extrañar, ha desaparecido el proletariado internacionalista en la actual sociedad europea, ahíta de bienes de consumo y con un gran tedio que suple con el espectáculo como forma de vida, social y política. Una sociedad que se ha convertido en un narcisismo de masas.

Esta táctica de vencidos me recuerda los manejos de Daladier y Chamberlain en Munich en septiembre de 1938 para evitar la guerra, cediendo a Hitler los Sudetes y dejando definitivamente abandonada a su suerte a la República española. Ya antes habían mirado para otro lado con la guerra imperialista de Abisinia, con la No intervención en España. Pronto caería Austria. Daba igual. Hasta que la Wehrmacht desfiló por los Campos Elíseos y cayeron en la cuenta. Trop tard.


La táctica del PSOE hoy es una táctica de vencidos, no es dar un paso atrás para dar dos pasos adelante: es dar tres pasos atrás. Es constituirse en rehén de los secesionistas catalanes. Es también una contradictio in terminis pues se pretende ‘gobernar’ España precisamente apoyándose en los que detestan España y desean su desintegración. Ya lo experimentó Negrín cuando hacia el final de la guerra civil la Generalitat y los nacionalistas vascos dejaban en la estacada a la República española (lean la biografía de Negrín de Enrique Moradiellos).


También el PSC ha extraviado la brújula y se ha pasado con armas y bagajes al nacionalismo pequeño burgués aceptando ese engendro de “plurinacionalidad” o de “nación de naciones”.

Además de robarle el alma al país, de desencarnarlo, los objetivos que hubieran podido ser los siguientes, tal como la izquierda sostenía, no se alcanzarán:

1. No harán avanzar una educación pública igual para todos los ciudadanos de España. Entre otras cosas, porque los nacionalistas catalanes están muy vinculados a la Iglesia, como los nacionalistas vascos.

2. No conseguirán una igualdad de trato y calidad de la sanidad pública. Esta ya es desigual, pero va a serlo aún más, más privatizada y más subcontratada.

3. No conseguirán el equilibrio social, económico y territorial del país, pues los nacionalistas de Cataluña, una de las regiones más ricas del mundo, lo que no quieren es compartir.

4. La volatilidad política hará que el préstamo de dinero a España resulte más caro y la economía pueda entrar, si no en recesión, en estancamiento.

5. A falta de cohesión territorial, tampoco podrán trazar una política ambiental, ni del agua –ese bien cada vez más escaso-, ni de los ríos y cuencas hidráulicas, ni una protección integral de la naturaleza ni políticas de transición energética.

6. Y no tendrán un Estado español fuerte, con autoridad y legitimidad en la Unión Europea ni ante el mundo porque a los nacionalistas catalanes y vascos precisamente les interesa un Estado débil y tener sus embajaditas de turismo y propaganda.


En vez de inventarse un país (pues ya no será España, será otra cosa), “plurinacional”, o una “nación de naciones”, yo les pediría a estos señores y señoras del PSOE que tengan más lucidez, más inteligencia y más sentido del Estado. Porque al final, los españoles, no perdonarán esa capitulación nacional y el PSOE irá camino de su desaparición, como los socialistas franceses o italianos y casi los laboristas. Ya estamos fatigados, cansados y abandonamos. Lo que va a conseguir el PSOE al seguir esta táctica de vencidos es que se va a extender el derrotismo .


Una escritura tranquila

21 diciembre, 2019

Ignacio Vázquez Moliní decidió un día pasar a papel sus doscientas columnas publicadas en Estrella Digital; encontró un pulcro editor en Huelva y las ha lanzado al mundo hace unas semanas en Lisboa, donde reside. Ha tenido una buena idea pues los textos digitales se los lleva el viento, la nube, internet, la malla. Y los escritos de Ignacio Vázquez son bastante inmemoriales, casi como esas memorias de Azorín que tanto admira, y merecen la permanencia de la imprenta. Su prosa me hace evocar esas famosas y constantes querellas entre los antiguos y los modernos.


En efecto, Moliní es uno de los rarísimos lectores –no sólo españoles sino presumo que franceses y portugueses y del mundo entero- de Anatole France, por ejemplo, cuyas obras completas posee y en las que liba de vez en cuando, sorprendiendo a modernos. También lee a Maurice Maeterlinck, siendo probablemente su único lector en España, así como al surrealista también belga Marcel Mariën. Muchos los encuentra en las librerías de lance (los famosos alfarrabistas lisboetas), pues es un inveterado rebuscador de libros olvidados pero inolvidables.


Claro que también le gustan los autores más modernos, como Marguerite Duras, Italo Calvino (Moliní habla también italiano), o el cine de Pasolini. Y, por supuesto, su apreciado Luis Landero, de cuyo grupo Faroni fue uno de los fundadores. Es pues moderno también aunque defienda con tesón tantos antiguos que las editoriales han ido descartando. Es además uno de los pocos escritores españoles que se han adentrado en la literatura de Guinea Ecuatorial, como la poeta Raquel del Pozo Epita, o los novelistas María Nsué Angüe y Juan Balboa Boneke.


El título de su libro, La mirada tranquila, es casi un eco de su admirado Ortega y Gasset y refleja perfectamente la cualidad humana de su autor: objetivo, con sus ideas y compromisos éticos pero sin arrebatos ni denuestos. Ojalá fueran así muchos de los comentaristas y columnistas de la prensa española actual: con mirada tranquila.


Su estilo está bien temperado y se nota que ha asimilado casi todos los clásicos castellanos y muchos de los suramericanos. Moliní quien nos habla en sus columnas de Ciro Alegría, de Ciro Bayo, de Gaya Nuño, de Cunqueiro, de Miguel Espinosa, y de otros tantos escritores que para quienes no disfrutamos de las modas son siempre un puerto de retorno. La falta (¿) de tiempo, la pereza y esa lista de espera que todo lector tiene encima de su mesa de cosas por leer, a veces nos hace dejarlos de lado y Moliní nos los trae de nuevo.


También nos lleva Vázquez Moliní a sus lugares favoritos, aprovechando un libro o algún acontecimiento: Lisboa, Túnez, Bruselas, Beirut. Sobre su afición y cariño por la capital libanesa habría que decir que sólo conozco –de lectura- a alguien parecido, como es el gran veterano Tomás Alcoverro, corresponsal de ese diario ejemplar, imprescindible, que es La Vanguardia. Lean también, de Moliní, su Periplo alfabético de un fumador de pipa, pues ese es más geográfico que literario y el Líbano tan sufrido y tan bello, aquel país legendario de La Châtelaine du Liban (Pierre Benoit), reaparece constantemente.

Ignacio Vázquez Moliní


Ignacio Vázquez Moliní, que ya ha escrito y publicado varios libros, incluso de poesía, se guía por el principio del placer de la escritura y de compartir sus pensamientos; como dijo Somerset Maugham, esa es la recompensa principal que todo escritor debe buscar, antes que la censura o la lisonja, el éxito o el fracaso, es decir, la fama (aprovecho para sostener que Ignacio Vázquez, que parece tan serio, es sobre todo un cronopio, muy lejos de los famas).


Este libro se puede leer a trozos, entero, a saltos, volver a él por cualquier artículo (todos tienen una extensión en torno a las cuatrocientas palabras). No los ha fechado y acierta al hacerlo así, precisamente porque si a veces aluden a hechos o acontecimientos concretos (‘El terror en Niza’, el atentado de Las Ramblas, comentarios sobre el Brexit, etcétera), se elevan siempre por encima de lo contingente y adquieren el valor de meditación, de sosegada y atinada mirada. Nos amplían el horizonte, nos sirven de solaz y de reflexión y nos recreamos en su impecable lengua castellana.


[La mirada tranquila, por Ignacio Vázquez Moliní, Editorial Niebla, Huelva, 2019, 415 páginas.]


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


Maciel y el esperanto (retrato lisboeta)

25 noviembre, 2019

Paseando por Boavista, barrio que en los tiempos de Eça de Queiroz llamaban el Aterro, me topo con su almacén. Está encerrado en su garita acristalada que le separa del ruidoso taller con sus notas, facturas y albaranes, en la nave tres obreros cortan, doblan y moldean hojalata y latón. Su cuchitril está atestado de viejas piezas y herramientas, con estantes donde reposan polvorientos unos libros desencuadernados, amarillentos, junto a un pequeño busto de escayola pintado de marrón.

Con el achaque de comprarle un farol entablo conversación con el señor Maciel. Es más bien bajo, con el pelo blanco algo ensortijado. En la calle, y a veces también en el taller, cuando hace frío, se cubre con una gorra oscura. Dos pares de gafas viejas junto a las plumas y lapiceros atestiguan su vista cansada.

Me explica cómo se trabaja la hojalata, una aleación de acero y estaño, y el latón, que es una aleación de aproximadamente un 60% de cobre y un 40% de zinc. Su familia es latonera desde hace varias generaciones. Aun conserva las facturas de finales del siglo XVIII cuando traían el zinc de un pequeño pueblo no lejos de Maastricht, de lo que ahora es Bélgica y que entonces pertenecía probablemente a Prusia, porque eran tierras de los Hohenzollern (Hohenzollernsche Lande Preussen, según describe mi viejo atlas de F. W. Putzgers).

Su hijo lee en un rincón un viejo libro sobre las formas de plantar y cultivar el café, con unas bellas estampas coloreadas que me muestra con satisfacción. Los rebusca por los alfarrabistas, o libreros de lance que hay por el centro. Es un amante de los libros, como su padre. El que preside el estante, me dice, es el Fundamento de Esperanto, el libro de Zamenhof, en una vieja edición portuguesa de 1905.

Sólo en la periferia de Portugal, que fue asolado por la Inquisición hasta hace doscientos años, en los confines pedregosos y montuosos del país, puede imaginarse la vida de Maciel, de su vieja familia en Tras-os-Montes, acogidos a la benevolencia del Conde de S. Todavía reciben alheiras de caça, esos embutidos que disimulaban la ausencia de cerdo, de unos lejanos parientes de Freixo. Aquí tiene poca familia, sólo una prima, Raquel, que vive cerca de la Feira de Ladra, en los altos de Alfama, casada con un Abecassis que se dedica a las antigüedades inglesas.

Tras el primer encuentro, he recalado a menudo en su taller, donde hablamos un rato, cuando las cuentas del latón le dan asueto. Otras nos hemos ido paseando hacia la Baixa o nos hemos metido en un café silencioso a tomar um chá de limão o una Agua das Pedras.

El señor Maciel tiene muchos recuerdos personales; pero que no se le pregunte por el Estado Novo, ni por los años de la Segunda Guerra, cuando Lisboa era puerto de tránsito de exiliados, perseguidos, refugiados. Su historia, y toda la historia para él, es una sucesión de retazos, de anécdotas, de personas que conoció, de casas en las que instaló sus faroles y donde conoció a clientes imposibles, raros o extraordinarios. De su infancia más arriba de Peso da Régua sólo recuerda cuando en la escuela le prepararon para hacer la Primera Comunión y su madre disgustada se fingió enferma para excusarse de asistir. O cuando el Padre Isidoro la emprendía con él a pescozones porque confundía el Padre Nuestro con el Credo.

La madre –me dice- también hacía unos preciosos centros de mesa precisamente en octubre con mirto, limones y si encontraba una palma, aún mejor. “A mi madre nunca la entendí muy bien, tenía unas costumbres extrañas, que imponía a mi padre, quien las acataba sumiso y sin discutir”, me comentaba el señor Maciel una tarde en que se le deshizo algo su reservada lengua con unas ginginhas cerca del Rossío. En realidad lo que me contaba el señor Maciel no era sino las viejas costumbres de los anusim de Tras-os-Montes, convertidos al cristianismo, pero que conservaron costumbres que a veces ni ellos mismos sabían de dónde procedían.

Maciel me contó una tarde lluviosa, en uno de los cafés que aun hay por la Baixa, su violín de Ingres, su afición casi oculta: el esperanto. De joven, tuvo la curiosidad de estudiar esa lengua creada por Luis Lázaro Zamenhof, también llamado Rehov Eliezer. De ahí que entre sus libros de cuentas esté el misterioso busto en escayola. El esperanto fue quizás soñado como un yiddish para gentiles, una lengua franca que sólo se le podía ocurrir a una persona como Zamenhof, que hablaba varias lenguas, siendo la suya materna el yiddish. Una lengua, lingvo internacia Esperanto, que serviría, pensaba, para detener las persecuciones, evitar los pogroms, y para que no hubiera más guerras. Lengua de una esperanza que destruiría la Gran Guerra de 1914, como el Imperio Ruso, dentro de cuyas fronteras –en Byalistok, hoy Polonia- había nacido su inventor y cuya utopía, de haberse convertido en realidad, podría haber salvado el Imperio que se desmoronaba entre luchas étnicas y lingüísticas. Una lengua artificial que parece creada para apátridas, una especie de pasaporte Nansen hecho diccionario para personas a las que les robaron la lengua. Como los que perdieron el castellano y el hebreo y tuvieron que hablar en yiddish o en ladino.

Esta afición esperantista le viene del amigo de su padre, Acácio Lobo con quien, recuerda, tenían una tertulia en los Restauradores a la que también asistía otro gran amigo, Teófilo Gomes; Lobo se dedicó a escribir manuales y guías de conversación, entre ellas una del Esperanto. En 1942, aquella tertulia se enriqueció temporalmente con la presencia de algunos centroeuropeos y alemanes que esperaban visados para Brasil y Argentina, entre ellos Peter Frey, un escritor esperantista danés.

En aquellos años cincuenta en Lisboa no había gran cosa que hacer, salvo las revistas del Coliseu y los teatros del Parque Mayer, de los que Maciel nunca gustó por chabacanos. El esperanto era entretenido y, al igual que los radioaficionados de la Citizen Band, le permitía cartearse con gentes de muchos países, coleccionar tarjetas postales de los lugares más impensables y salir de la monotonía. Su sueño era pasar al esperanto Os Maias, pero fue tarea ímproba.

Al señor Maciel se le ocurrió organizar hace años, antes del 25 de abril, otra tertulia de esperanto, para lo que se requería saber hablarlo, al menos un poco. Era en el Café Raiano, local algo apartado y discreto (que ya no existe, como otros tantos), por la rua Possidónio da Silva, esa calle que honra la memoria de un ilustrado masón –del rito irlandés-. Pero, a pesar de eso, o por eso mismo, provocó la curiosidad de un agente de la PIDE, fumador empedernido que se sentaba al fondo del café con un vaso de agua y que casi les daba lástima.

Pero él me dijo con cierta sorna, que muchos de los que se reían de su esperantismo al fin y al cabo no eran sino nietos de aquellos que vendían dátiles –tâmaras, les llamaban, los daktilos en esperanto- por el Arco da Graça hace cien años, venidos de Tánger y Gibraltar, que hablaban una mezcla de maltés, inglés y español, de cualquier manera, y que ahora se las daban de distinguidos y se habían mudado más lejos de Martim Moniz para borrar sus orígenes de vendedores ambulantes.

Maciel esperaba que una lengua única, un solo idioma para los comerciantes, esos mismos que habían popularizado el telégrafo, el teléfono, los ordenadores, fuera en beneficio del mundo. Pero el inglés llegó en los remolques de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra (EEUU y la Commonwealth). Los comerciantes eligieron el inglés.

Acariciaron la idea de crear una radio en esperanto en Lisboa, La onda de Lisbono, pero no tuvieron fondos. De los tiempos del esperanto ya no queda nada, aunque el señor Maciel conserva unos cuadernos donde fue anotando las palabras y las frases más utilizadas: zinko, su material de base, tre bone, danke, que siempre da las gracias a sus clientes, urbdomo Lisbono, el ayuntamiento que le trae por la calle de la amargura con tantas reglas, cu vi havas tason kafo?, porque le gusta el café y se toma varias tazas al día (que compra en el tostadero de un amigo en la Travessa do Pasteleiro, por Madragoa), kion vi devos fari?, siempre con cosas que hacer, y así sucesivamente, hasta su vendis tre malkara lampeto, lumsirmilo kaj kandelingo, pues vende barato sus lámparas, pantallas y candelabros.

El señor Maciel, cuando tenga algunos ahorros y con el pretexto de alguna partida de las que exporta, no quiere morirse sin ir a ver el Museo del Esperanto en el Hofburg de Viena. Entre sus libros tiene además una curiosa biografía del general francés Hyppolite Sebert –un gran defensor de Dreyfus, me dice- gran esperantista, que su diligente hijo ha encontrado en la Feria da Ladra, en el puesto del señor Luis, librero ambulante.

En fin, esta es una de las personas que todavía encuentro por las calles, cafés y establecimientos de apartadas calles de Lisboa.

Para más información sobre el esperanto: https://eo.wikipedia.org/wiki/Vikipedio:%C4%88efpa%C4%9Do


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