El río Hudson, pintura

18 octubre, 2018
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Hudson River, New York, 2014 Acrílico sobre tela, 50 x 70 cms


‘O vento assobiando nas gruas’, el viento silbando entre las grúas, novela de Lídia Jorge

17 octubre, 2018

Una anciana se escapa de un asilo y aparece muerta frente al edificio abandonado de la fábrica de conservas de la aún es propietaria. Su nieta, Milene, es encontrada vagando, medio perdida, buscando a su abuela por las inmediaciones y es recogida por la familia que ocupa ahora los bajos de la fábrica, a modo de vivienda de fortuna. Estamos en el Algarve, Portugal, hacia finales de los años ochenta del pasado siglo XX.

download-1Los hijos de la anciana dona Regina están más preocupados que afligidos. Por el qué dirán y por cómo repartirse su pingüe herencia. Algo avergonzados de que se sepa que no estaban presentes cuando ocurrió el óbito. Tuvo que ser la GNR (equivalente a la Guardia Civil) quien se encargase de todo. Estaban de vacaciones en el extranjero.

Tras el entierro y muchas incidencias familiares, resulta que la nieta, medio perdida y con algo de parvulez, se enamora de uno de los ocupantes de la fábrica, que encima es negro, caboverdiano, lo que es ultrajante para tan notable familia. Un tío es el alcalde, otro un empresario que ha hecho su fortuna en Angola y Suráfrica. Toda la novela gira en torno a esas dos familias, los caboverdianos pobres, desordenados, que viven un poco tribalmente, y los burgueses de pretendida alcurnia, cuyo único afán es hacer dinero con la especulación inmobiliaria.

Por todos lados, en medio de tierras abandonadas, de rastrojos, se alzan urbanizaciones, hoteles. Aparecen unos inversores holandeses asociados a la familia que sobrevuelan en helicóptero, como rapaces, la vieja fábrica y todas las tierras que quieren comprar para edificar. La familia venderá y la plusvalía irá a manos extranjeras, como siempre.

Al morir dona Regina se han derrumbado los restos de un mundo. Los sucesores son meramente parásitos que quieren vivir alimentándose de lo que hicieron sus antepasados. Es lo que está pasando en muchos países, y en Portugal, que asume su modernidad un poco exageradamente, con el turismo y el inmobiliario como principal motor, a pesar del paisaje, de las costas (como en Comporta, cuya zona protegida va a ser privatizada para riquísimos), a pesar de las ciudades que tenían alma, aunque fuera algo melancólica y hubiera edificios medio en ruinas.

Pero antes habrá que resolver, a toda costa, el para ellos absurdo enamoramiento con un africano de la nieta de doña Regina, huérfana y algo inocente.

Al final, como nos advierte nuestra amiga Francisca, lectora sagaz que ha participado de la lectura y de esta conversación literaria, todo resolverá mediante la fórmula tan portuguesa del “entendimento”, de conciliar lo inconciliable.

Lidia Jorge, de Boliqueime, Algarve (1946), nos ha relatado esa historia familiar, que es un trasunto de la historia de Portugal, de la decadencia de las viejas familias, esas tres oleadas (revolución industrial tardía, ocupación en la revolución de los claveles y abandono, y ocupación por inmigrantes pobres gracias a un sentido de la justicia de la anciana desaparecida, que los protege).download

O vento assobiando nas gruas, El viento silbando entre las grúas (470 páginas) es una crónica de ese Algarve sometido a la codicia y la especulación. Las grúas son las de las construcciones. La escritora se refiere constantemente a la polvareda, las chabolas, la basura, las carreteras desfondadas, el pasto quemado, las cunetas sucias, las dunas, los hierbajos, las obras, las grúas y los bulldozers. El libro me hace evocar otro, El astillero, de Onetti, donde también los antiguos empleados venden al peso la maquinaria como chatarra.

No es la de Lidia Jorge una escritura diáfana, pero sí eficaz para introducir al lector en ese ambiente cargado, como de aire viciado, que ensombrece toda la novela. A veces intenta enviar el haz de luz sobre demasiadas cosas, demasiados personajes, de los que sólo sobresalen unos pocos, la abuela caboverdiana Ana Mata, don Silvestre, principalmente, el resto es comparsa, pero pueden llegar a confundir al lector. De hecho, es en el llamado post scriptum donde se desvelan muchas de las claves del libro.

Su obra literaria es perfectamente contemporánea, desde su primera novela, 1980, O dia dos prodígios, pasando por A costa dos murmúrios, hasta hoy. Como dicen algunos críticos, es una verdadera cronista del Portugal de hoy. En Os memoráveis habló de todos esos tiempos heroicos de abril (25 de abril de 1974) y en lo que han acabado. En su última novela, Estuário (2018), el mar, la costa, también están presentes. De hecho, ella dice haberse inspirado en la Ode Marítima, de Alvaro de Campos (un heterónimo de Pessoa). En fin, en sus páginas, como en muchos escritores portugueses, siempre afloran el mar y Africa.

 


La Italia de Vasco Pratolini

9 octubre, 2018

Hablar de Vasco Pratolini (1913-1991) a estas alturas podría parecer un ejercicio de nostalgia. Pero visto lo que sucede en Italia y otros países, es oportuno recordar su posición ética y estética.

En  Alegoría y escarnio, Allegoria e derisione, un hombre, Valerio, se planta ante dos espejos, el de sus propios diarios, y otro que da a la calle, que refleja su memoria de unos años aciagos, de 1935 a 1945, los años de la guerra de España, de la invasión de Abisinia por Mussolini, de la guerra mundial y de la resistencia.

6019274En la obra hay tres ejes: la responsabilidad del intelectual resistente, la amistad y el amor, el auge y caída del fascismo. Y se basa en las tres cualidades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

La memoria, que es la madre, los Marsili, familia de campesinos, antigua, modesta, sus orígenes obreros. El entendimiento, porque Valerio conserva la lucidez y la ética en medio del totalitarismo, de la pobreza, de la guerra. La voluntad, porque no pierde de vista la necesidad de libertad, de vencer al opresor.

Serán la cultura, el arte, el amor y la amistad los resquicios de libertad de Valerio Marsili en medio de la impuesta uniformidad fascista, mental y hasta vestimentaria (le sancionan porque llevar una boina azul en vez del fez en una revista de la juventud fascista, a la que pertenece).

Los diarios de Valerio se escalonan en función del amor, la madre, las sucesivas amigas, enamoradas, hasta una prostituta, y finalmente, su mujer. Dos, tres amigos, como el pintor Vieri Mangani, Mauricio y Corrado, son las otras referencias del protagonista. La novela, si se puede llamar así, que no creo, tiene bastante de autobiográfica, donde fluye la memoria de la ciudad, del barrio, las ventanas con geranios, las trastadas de los chicuelos. Todo brota de la propia experiencia de Pratolini. Nos ha dejado su testimonio y no en vano dos de sus grandes obras llevan el título de crónica (De los pobres amantes, Crónica familiar). Para captar mejor todo su universo, habría que leer también El Barrio, Il quartiere, donde describe con afecto, sensibilidad y cierta nostalgia la vida en el barrio florentino de clase obrera donde creció el autor.

Vasco Pratolini, florentino, autodidacta, estuvo siempre entre el marxismo y el existencialismo, lo que no es necesariamente incompatible. Su dolor personal expresaba el dolor colectivo de un pueblo, de la clase obrera italiana, de los intelectuales más honestos, En ese sentido, habría que trazar los paralelos con dos escritores de su generación, Albert Camus y Peter Weiss. Sus temas, su estética –como La estética de la resistencia del alemán, comentada hace poco-, o L’homme revolté, traducido dudosamente por ‘El hombre rebelde’, son similares y constituyen piedras angulares de un compromiso vital, racional, libre, revolucionario, frente a los totalitarismos y frente a la rapacidad capitalista primaria que alentaba el fascismo y el nazismo. Trae el perfume de aquellas películas del neorrealismo italiano, filmadas al poco de liberarse Italia.

El barrio

Portada de Rafael Alberti

Sería un error encasillar a Pratolini en el neorrealismo. Pratolini no escribe de forma naturalista (tampoco estoy de acuerdo con la afirmación francesa de que fuera el Zola italiano) ni en la simplicidad de lo que entendemos por realismo socialista. De la trilogía Una historia italianaMetello y Lo Scialo (El desperdicio) son quizás más clásicas de factura, más novelas, en sentido estricto, mientras Alegoría y escarnio profundiza más en la complejidad del pensamiento humano, de sus actos y decisiones para los que no bastan las doctrinas, los conocimientos teóricos, pues la vida presenta demasiadas variantes. Así, el personaje ambiguo de Francesca, prostituta pero con lealtad, aunque al final sea condenada, cuya condena Pratolini deja flotando en la duda de si  fue justa. Lo que lleva a deshacer otra simplificación, cual es que Pratolini como escritor legitimaba automáticamente la política del Partido Comunista. Era  mucho más sutil y de hecho sería apartado temporalmente del mismo.

Pratolini encarna lo que debe ser la responsabilidad del intelectual, algo que hoy parece olvidado (miremos lo que pasa en Cataluña y el silencio de muchos ante ello). Nos confronta con la naturaleza contradictoria del hombre, del amor, a las distintas posibilidades dentro del estrecho cerco a que está sometido. La vida no venía determinada totalmente, aunque estuviese muy limitada por la omnipresencia del fascismo. Siempre hay lugar para alzarse contra la opresión. La comunicación entre camaradas y amigos era difícil, con altibajos y malentendidos –como con Vieri el pintor-, aunque la lealtad terminaba por sobreponerse. Los camaradas han tenido que hacer la guerra en Etiopía, en España, en Rusia, y sin embargo ellos luchan contra el fascismo. Nada es sencillo ni lineal, ser conscientes del propio ser, no aceptar el destino trazado conllevaba el mayor riesgo, la muerte. No se rindieron.

Alegoría y escarnio está constantemente referida a la cultura del momento porque, así como Weiss, se interroga sobre el papel de la cultura en la sociedad. Hay referencias, a los grandes autores (no es casual la mención reiterada de Dostoievsky), a Proust, Joyce o Stendhal. La pintura, Goya, Picasso, Géricault, Morandi, el desconocido en España Scipione, Ottone Rosai, Masaccio, Giotto, los clásicos italianos.

¿Puede considerarse a Pratolini pasado de moda, pues a las empresas editoriales ya no les interesa por no ser rentable? Curiosa, esta banalidad cuando Alegoria y escarnio y toda su obra (como la de su amigo Elio Vittorini, las de Pavese, Calvino, todos ellos forjados contra el fascismo) es precisamente la historia de la lucha contra la banalidad, contra lo impuesto, contra la alienación.

CronicaGran parte de los críticos literarios sólo parecen atender a lo reciente, salvo los ídolos indiscutibles, de la escolástica y el santoral habitual (Pessoa, Lorca, Virginia Woolf, Auster o Knausgaard, por citar algunos) a la producción editorial del momento, a los servicios de prensa de las grandes casas de edición o a las redes llamadas sociales. Hay como una endogamia entre edición y crítica, que se satisfacen recíprocamente, de modo que sólo se analiza lo que interesa a la primera. Pratolini tuvo siempre poca suerte en la edición española, pero mucha más en la argentina (Siglo Veinte, Losada), aunque sean traducciones con argentinismos. Hoy, la mayoría de sus libros son inhallables.

Nuestra sensibilidad y quizá nuestro gusto cambiaron, el canon parece que mudó de parámetros (¿pero quién establece el canon?) y los lectores ya no tienen paciencia para ciertas historias. Sin embargo, los testimonios, las crónicas, siguen siendo válidos y muy pertinentes. Pratolini, además de escribir muy bien, hace que el lector vea lo que describe, por lo que puede considerarse un clásico en el sentido que da Azorín, citando a Lasserre, “el que reduce sus experiencias personales a lo esencial”, o consigue que “lo eterno (esté) inscrito en lo cotidiano”.

Vasco Pratolini ha contribuido al imaginario cultural, literario e histórico de su país y forma parte de la civilización literaria italiana. Y más cuando Italia es hoy un país en dudas, vacilante, cuando la izquierda digna de tal nombre prácticamente ha desaparecido (entre todos, menos del 19%), en esta Europa que se inclina hacia el nacionalismo y el populismo.

Aquí tenemos todavía las obras de esa otra Italia posible, libre, abierta, embrollada pero siempre fascinante, que, tras el desencanto de los años sesenta del pasado siglo, late en el alma de muchos italianos. Volver a leer a Pratolini no es en absoluto un ejercicio melancólico ni sólo para italianos, sino para comprender mejor de dónde venimos, de dónde salieron la Italia y la Europa de hoy y cuáles son el papel y la responsabilidad de los que aún llamamos intelectuales.

[Nota.- En Florencia en las elecciones de este año, los demócratas del centro izquierda aún han resistido a la Lega y a Salvini, pero han bajado del 46% al 37%.]


‘Casa de conversación’, o contra la envidia entre escritores, por Azorín

2 octubre, 2018

Azorín fue siempre un crítico amable. Si no tenía nada bueno que decir de un escritor, de un poeta, no decía nada. Para la crítica actual, tan ideologizada, tan sesgada según la persona e ideas del autor, es posible que su actitud sea calificada de blanda, de complaciente.

Escriitores de AzorinCasa de conversación era una tertulia de amigos de las letras que evoca en un artículo así titulado, publicado en ABC el 11 de julio de 1924, ¡qué nombre mucho más atinado y bello, casa de conversación!, dedicada a leer, estudiar y honrar a José María de Pereda, ese escritor decimonónico hoy totalmente menospreciado por nuestros eruditos a la violeta y literariamente correctos.

Pero lo interesante era el espíritu que reinaba en ese círculo, que es la “cordialidad más sincera y efusiva”. Claro que es porque “son hombres sencillos, arcaicos, un poco limitados”, dice con ironía, que “no pueden sino comprender la poesía con ritmo y rima”,

“Si uno de los socios escribe un artículo y es preciso en él citar el nombre de un compañero, lo cita sin empacho, y no da un rodeo, o suprime un argumento, por no verse en la necesidad –tristísima necesidad- de citar, con elogio, el nombre del camarada. El recelo y la hostilidad hacia el compañero afortunado, no existen en esta Sociedad”.

Y nos cita Azorín a Tirso de Molina, pues ya entonces se estilaba la envidia entre poetas:

Pues véndese agora tanta

envidia a ingenios diversos,

que hay hombre que haciendo versos

a los demás se adelanta,

y aunque más fama le den,

Es tal (la verdad os digo)

que niega el habla a un amigo

cada vez que escribe bien.

Hoy sería muy saludable que en todos esos suplementos literarios en los que sólo se habla bien de los amigos y se ignora a los desafortunados que no tienen pie en la sociedad literaria, se aplicase esta buena recomendación de Azorín. Porque, como ha dicho hace pocos días la escritora portuguesa Lídia Jorge, (Jornal de Letras, 26 de septiembre de 2018), eso también afecta a los agentes literarios y a las casas de edición:

“las agencias de escritores y periodistas se comportan con los escritores como los demás agentes de otras áreas. No merece la pena pensar que existe cualquier tipo de compasión. El que pierde es desterrado, el que gana elogiado y alabado, la ruleta rusa tiene mucho que ver con esto”.


Personas olvidadas y aldeas deshabitadas

26 septiembre, 2018
La tragedia de su España;
sobre la tierra Dios sordo,
sordas de dolor las almas
Miguel de Unamuno

 

Las carreteras y caminos vecinales son siempre interesantes. Viniendo de Albacete por la nacional 322, en dirección a Bailén, aproximadamente en el quilómetro 222, hay que entrar por la carreterilla JV 6302 que sube a Las Graceas, ya en la provincia de Jaén. La N 322 sigue aproximadamente la misma vía que la ruta de Aníbal (aún quedan vestigios de las turris hannibalis, que muchos confunden con torres moras), que luego los romanos convertirán en una vía romana.

Las Graceas está abandonada, como tantas otras aldeas y cortijadas. Sus últimos habitantes fueron fotografiados por Antonio Damián Gallego, de cuyo álbum se habló en este mismo blog (Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura y Las Graceas, 14 de julio de 2017). Dos o tres casas parecen conservadas, el resto muros sin techo.

Junto al empalme de la N 322, con la vecinal que sube a la aldea, a la espalda de un hostal polvoriento y abandonado, en un corral una vieja camioneta Peugeot 202 espera alguien que la restaure.

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Peugeot 202. Al fondo Las Graceas en las faldas del monte Salfaraf.

Las Graceas están en las faldas del monte Salfaraf, que aquí llaman La Cabeza, y traen su nombre de los agracejos, esos arbustos que, como las retamas, crecen en tierras pobres. Y recordamos ese cuento de la viuda rica y ciega que iba con su mulero a buscar unas tierras para comprar. “Ata la mula en algún lentisco”, le dijo. “Mire, doña Matilde que aquí no hay más que retamas”. “Pues vámonos, ya está vista la finca”. En efecto, donde hay lentiscos hay tierra buena, de monte, donde retamas, mala.

Las tierras que la circundan están abandonadas, casi desérticas, desoladas como las ruinas de las casas y corrales donde hace cincuenta años vivían familias, chiquillos, ganado. Un paisaje como de postguerra o tras una batalla anónima, perdida y desconocida. Paseamos como sonámbulos entre los muros desmoronados, restos de uralita y de ladrillos, vigas desplomadas, tejas rotas. Acabó el ganado, acabó toda posibilidad de trabajo. Ni un árbol daba sombra. Sólo unos olivos escuálidos, recientes, dan algún discreto color a esas lomas. Como se sabe, el olivo es el monocultivo de Jaén, cuando se han perdido también los pocos hortales que antes alimentaban a los pobladores.

Por aquí no pasaron las reformas ilustradas de la época de Jovellanos, ni siquiera las precarias reformas agrarias de la Segunda República. Las dos Desamortizaciones del siglo XIX dieron la puntilla a aquellas gentes pues fueron los ya ricos los que compraron montes, pastos y tierras de labor, extendiendo sus latifundios.

Toda esta gente tuvo que abandonar sus casas, el lugar en que habían nacido. Nadie les protegió nunca, ni el Estado, ni la Iglesia ni institución pública alguna. Acabaron lejos, en Cataluña, en Francia y sus descendientes ya habrán olvidado hasta el nombre de la aldea donde vivieron sus abuelos. Poco tuvieron y pocos recuerdos se perdieron.

Ya nadie quiere vivir allí. A lo sumo, algunos arreglan una casa para pasar unas semanas. Tierras sin labrar, llenas de abrojos y retamas. Unas cabras negras se abrigan del sol bajo un viejo mantón de la aceituna. Si no hay de qué vivir, podrán contemplar el imponente paisaje del valle del Guadalimar que desde esos cerros se divisa.

De Las Graceas se baja hacia Puente de Génave. Me detengo en el Bar El Pintor, umbrío, antiguo. En la pared, unas viejas fotografías enmarcadas. El dueño, Antonio Vico Lombardo, me cuenta de sus dos antepasados cuyos retratos, envejecidos por haber estado arrumbados en alguna cámara, ha tenido a bien recuperar.

IMG_4778 (1)Uno es de José María González Ramos, que viste el uniforme militar de hace cien años. Sirvió en el ejército en los años de la Guerra de Africa. No murió en aquella sino muchos años después al echar una apuesta de quién levantaba con los dientes un costal de garbanzos. Le reventó la carótida, falleciendo pocos días después.

El otro retrato es de Juan Pedro Lombardo, que era recluta destinado en Madrid, que sobrevive al asalto del Cuartel de la Montaña en julio de 1936 y consigue escabullirse (porque allí prácticamente no se hicieron prisioneros) y se une al Ejército de la República, pero muere pronto, en ese mismo año, en Colomera (Granada), por fuego ‘amigo’.

Estos dos retratos son el símbolo de lo que han sido estas tierras desde tiempos inmemoriales: sólo útiles para suministrar braceros, para mandar quintos a las guerras (éstas, casi siempre fratricidas) o para criar emigrantes. El desinterés del Estado, de todas las Administraciones hizo que las gentes también perdieran el interés en la comunidad, en la falta de interés social que se percibe en estas tierras, que fueron del reino de Murcia y luego de Jaén tras 1833, siempre extremas, siempre lejos. El desgobierno ha hecho mella hasta en el paisaje.IMG_4780

Decir abandono es una presunción idealista porque supone que alguna vez no estuvieron abandonados estos parajes. Al igual que decir decadencia, que implica que hubo un momento alto, bueno, del que luego se cayó. El abandono, la ausencia, más bien de todo Estado, de Junta, de cualquier Administración, es palpable (lo único es que asfaltaron el carril que subía a Las Graceas). Los únicos que cuidaron aquellas tierras fueron sus habitantes, estos sí, abandonados a su suerte. Hasta que se hartaron y se buscaron la vida en las fábricas catalanas, los hoteles mallorquines o las vendimias francesas. La madre patria sólo los usó para las guerras. Ellos olvidarán la tierra.

Es una sensación extraña la de querer adentrarse ahora, tanto tiempo después, en las vidas anónimas de unas personas que nos miran, tristes, desde las viejas fotografías. No sabemos ni su historia ni casi la de esas poblaciones, de estas aldeas ya perdidas, ni sabemos su origen ni su causa. No es extraño que tampoco sepamos nada de los que allí habitaron.

La memoria histórica no es solamente tratar de las barbaridades perpetradas sino recordar también a tantos hombres y mujeres que yacen en el olvido y cuyas vidas fueron atrapadas por los torbellinos de nuestro país. Por toda España, buscando un poco, podemos recuperar historias perdidas, vidas olvidadas que sólo las familias conservan con respeto. Honrar la historia, honrar a los que allí vivieron, es dar moral a los que aún permanecen. El desinterés por la historia sólo conduce a la resignación y al fatalismo.

Aquí no hubo separación entre Estado e individuo. Simplemente, no hubo Estado, si no era para las levas. Y con la democracia electoral, tampoco hubo interés alguno, los pocos habitantes de esas tierras eran votos innecesarios, no contaban casi.

Aquí, no “todo tiempo pasado fue mejor”, como versificaba Jorge Manrique.

 


La estética de la resistencia, de Peter Weiss.

14 septiembre, 2018

Peter Weiss (1916-1982), dramaturgo y escritor alemán, exiliado en Suecia, judío, nos ha dejado, entre decenas de obras de teatro de las que muchos recordarán Marat-Sade– algunos libros sobre su vida y su época.images-2

La estética de la resistencia aborda tres grandes temas,

  1. La ascensión del nazismo y la resistencia alemana contra él.
  2. La progresiva burocratización del comunismo y la represión estalinista.
  3. La tragedia de los refugiados, brigadistas, exilados, apátridas, deportados.

y se despliega en tres escenarios que se entrelazan en los tres libros o partes de la obra:

  • la lucha antifascista (Brigadas Internacionales, actividad del Partido Comunista alemán y resistencia antinazi en Alemania, incluida la Orquesta Roja),
  • la historia antigua y contemporánea descrita a través de obras de arte, como los frisos de Pergamon, cuadros y libros, la colonización, la lucha histórica de los proletarios hasta donde alcanza la memoria, además de referencias concretas a los sucesivos pactos que dan oxígeno a Hitler, el Pacto de No Intervención, el Acuerdo de Munich, el Pacto Germano Soviético, etc., y
  • su trance vital, personal, la persecución, deportación y exilio de sus padres, la muerte de su madre, la vida de los refugiados en Suecia, los apátridas de toda procedencia, las dudas, la decepción y la desorientación ante los acontecimientos.

Es un libro que interesará sobre todo a quien quiera saber de primera mano qué es lo que sucedió con la hecatombe nazi y la práctica desaparición del comunismo alemán en los años treinta del pasado siglo. Conocer la gran crisis personal y colectiva de tantos comunistas de todo el mundo debida a los procesos estalinistas de Moscú de 1937 y al Pacto Germano Soviético (que conlleva la devolución de comunistas alemanes refugiados en la URSS a los nazis, pág. 794), o la guerra fino soviética. Las vicisitudes de tantos resistentes, como la del comunista alemán Münzenberg, asesinado en la Francia ocupada no se sabe si por sus propios camaradas, etc.

Hay una desolación, pesadumbre en toda la obra, entre el olvido y la memoria, esa sensación de perderlo todo, desde la nacionalidad, hasta los ideales. Pero no hay pesimismo o inacción ya que, a pesar de que “se hablaba mucho de la desaparición de la perseverancia” que Weiss, opone una resistencia ética y estética.

Por la obra, una especie de coro a múltiples voces, con algo de técnica teatral, circulan personajes como Max Hodann, el médico alemán que fue siempre su mentor, Rosalinde Ossietzky, la hija del pacifista que muere de tuberculosis en un campo de internamiento alemán, Charlotte Bischoff, la comunista alemana que al final Suecia no devuelve a los nazis (devolvió a muchos) pero que vuelve a la Alemania nazi clandestinamente para continuar la lucha con la Orquesta Roja, Rote Kapelle, con Hans Coppi (“nuestro Rimbaud”), Schulze-Boysse, Harnack, y muchos otros, (ella había sido apedreada por los obreros suecos tras el Pacto Germano-Soviético). Evoca a la poeta sueca, comunista, Karin Boye, que se suicidará. Nos quita la venda sobre esa presunta neutralidad sueca (marcaban los papeles de los judíos alemanes con una ‘J’, por ejemplo), con sus pingües negocios de acero con el Reich, con su mirar para otro lado, con la antipatía generalizada hacia los refugiados comunistas y judíos, que empieza a cambiar un poco tras el desembarco aliado en 1944. Hasta pudo ver a Antonov Ossenko, a quien recogió en el Grand Hotel de Albacete, “un automóvil, señal de que junto al embajador Rosenberg les habían ordenado el regreso a Moscú” (ya sabemos para qué).

“Nosotros, los rezagados, dejamos de preguntar por los que habían sido fusilados en los sótanos” (pág. 347), dice, cuando en plena guerra española “el mundo ha aceptado la anexión de Austria a Alemania sin protesta alguna”, y simultáneamente en Moscú Vichinsky hace condenar a la muerte a los revolucionarios rusos.

Arte y política.-

Tal como empieza describiendo los frisos del museo berlinés de Pergamon, la obra es un bajorrelieve de lo que fue la primera mitad del siglo XX

y también una defensa de la herencia cultural, sin la cual no hay revolución válida. Se expresa el deseo de seguir hacia delante, sin lamentarse demasiado sobre el pasado y definiendo el heroísmo (ese que aparece en el Pergamon), como la sencilla tarea de hacer lo necesario por las ideas.

Weiss indaga en la dialéctica entre arte y política. Al describir los cuadros pretende confirmar la interacción entre poetas, literatos y artistas que siempre ha producido resultados revolucionarios. Sus análisis de obras de arte –Weiss era también pintor y dibujante- en su contexto histórico, como La Balsa de la Medusa de Géricault le sirve para mencionar la expedición colonial francesa al Senegal, La Loca Meg o Dulle Gret, de Brueghel, para la lucha de las mujeres, Delacroix, para la revolución. El Guernica, Goya, Wenzel Hablik –el monumento al trabajo y al trabajador-, Koehler, Van Gogh, la Melancolía de Durero, símbolo para él de la época. Su técnica es brechtiana, es decir, va señalando, mostrando, los detalles de las pinturas, un poco como hacían los juglares o los romances de ciego, en ese indicar, zeigen, explicando su contenido, los paralelismos. Es un puro análisis de materialismo dialéctico, accesible, claro, incluso erudito.

La crítica estética es muy importante porque Weiss desmonta la posibilidad de que el arte sea utilizado por el poder, como pretendió el nazismo, donde el arte “no era un auxiliar de la política”, sino que se convertía en “la pieza maestra del programa nazi”. Peter Weiss deconstruye, por así decirlo, las obras de escritores y artistas, para demostrar que el verdadero arte, la verdadera literatura son, efectivamente, una estética de la resistencia.

El segundo capítulo del Segundo Libro, más de cien páginas, está en gran parte dedicado a su gran maestro, Bertolt Brecht, que trabaja entonces, en Estocolmo, en Madre Coraje, ambientada en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que siempre fue un símbolo histórico de la destrucción de Germania por las luchas civiles, religiosas y las invasiones de las potencias extranjeras, principalmente Suecia y Francia. Bertolt Brecht, del que encomia su libertad intelectual y que opera “transfiriendo nuestra pesadumbre actual a la confrontación con las circunstancias de entonces”.

Mientras, Weiss se adentra en la historia de la rebelión de mineros sueca del siglo XIV protagonizada por Engelbrekt, que fue otro de los proyectos de Brecht, no concluido. Esto le sirve para trazar el paralelo entre la situación histórica de Suecia y su ambigüedad frente al nazismo. Como él decía, cuando se ocupaba de temas históricos era para relacionarlo con la actualidad.

También son importantes sus comentarios literarios, principalmente sobre Kafka, Céline, Canetti, Esquilo, Maiakovski, Holderlin, Ehrenburg, Lorca, incluso sobre el menospreciado –erróneamente, según Weiss- Eugène Sue, con sus Misterios de París, ese viejo París que desapareció y que él intenta redescubrir en el Museo Carnavalet (por cierto, Pío Baroja, en sus memorias, habla mucho de esas viejas calles, antes de construir los grandes bulevares, como el de St. Germain).

Los lugares.-

Evoca ciudades como Madrid y El Pardo, por boca del capitán comunista Ignacio Gallego (que era de Siles, provincia de Jaén), a quien conoció personalmente, quien le cuenta su salida de España, su internamiento en Orán y en la meseta desértica argelina, maltratado por los franceses hasta su liberación para poder exilarse en la Unión Soviética. Describe el sombrío París donde llegan –mal vistos, “licenciados de la República española, en proceso de descomposición y habiendo llegado al atardecer …”, – los brigadistas que salen de España. El recuerdo de Valencia, con sus edificios, sus tiendas y plazas, el Tribunal de las Aguas que sigue funcionando durante la guerra. La Barcelona de Gaudí. El castillo de Denia, con el paisaje que se tendía a sus pies hasta el mar (hoy ya no es más que un siniestro conglomerado de arrabales turisticos y urbanizaciones), le da pie para una sabia digresión sobre el significado del helenismo y sobre Heracles (Hércules). Incluso, volviendo a Brecht, alude a Los fusiles de la señora Carrar (1937), inspirada en nuestra guerra civil.

A los españoles nos interesará doblemente porque cuenta con detalle de su experiencia muy personal en las Brigadas Internacionales (“aquí, en el paisaje de don Quijote”), en las que estuvo en Albacete, en La Cueva de la Potita, y en Denia, en el hospital instalado en el chalet ‘Villa Cándida’. Había entrado a pie por La Junquera, pasando por Calella, Barcelona, Vinaroz, en vagones de tren de madera hasta Valencia (“donde el barroco se ve hasta en las balaustradas”). Describe los momentos de esperanza de las batallas de Teruel y del Ebro, la partición de la España republicana tras la toma de Vinaroz por los franquistas en abril de 1938, “mientras la cúpula militar se peleaba” (pág 354). Se detiene largamente en las luchas entre comunistas, anarquistas y trostkistas. Sus afirmaciones, corroboradas desgraciadamente por los resultados, resultan esclarecedoras: “Todo el capital se une en torno a un único, irrefutable argumento de tanques, artillería y escuadrillas aéreas, pero aquellos que defienden la República, están desunidos…”

La vida cotidiana en La Cueva de la Potita, establecimiento sanitario en las afueras de Albacete, con los problemas humanos que no dejan de surgir, los egoísmos, la represión sexual de los soldados, la diferencia entre el brigadista de origen burgués y el de origen obrero pero todos unidos en la solidaridad con España (a la que llama ‘nuestro país’). Evoca la energía combatiente, militar, de los brigadistas que dejan sus vidas, en contraste con las intrigas de los políticos tanto en España como en Europa, “las intrigas de los poderosos habían acabado con el resto de voluntad que quería rebelarse”.

La reflexión sobre la lucha. El precio.-

Weiss aborda esos conceptos a menudo demasiado manoseados y mal usados, como heroísmo, libertad, clase social, idealismo, deber militar. En este sentido, La estética de la resistencia es también un auténtico ensayo filosófico.

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Peter Weiss en Suecia, 1941, foto de Curt Turpte

En lo familiar y más cercano, los sufrimientos de sus padres en la primera parte del Libro Tercero, deportados, salvados casualmente del exterminio porque el padre poseía la Cruz de Hierro por la I Guerra Mundial, es sobrecogedora. La enfermedad mental y muerte de la madre ya en Suecia es un auténtico kadish que me recuerda al de Allen Ginsberg a la suya, Naomi, también enferma mental –obsesionada con una manía persecutoria de los nazis- y también comunista.

La parte final está dedicada a sus reflexiones sobre el exilio y la resistencia, sobre todo del médico Hodann, y a los resistentes alemanes torturados y ejecutados por los nazis en la prisión de Plötzensee, Berlín, con sus últimos momentos, la pánfila intervención del pastor Poelchau y el estólido funcionario de los cadalsos Schwarz, o el cumplidor y metódico verdugo Röttger que” le gustaba hablar de una misión que equiparaba a las tareas del clérigo”.

Libertad de pensamiento. La verdad incómoda.-

La obra es un canto a la libertad de pensamiento, por la libertad del hombre. Contra el fascismo pero también contra las jerarquías burocráticas de los partidos comunistas y su falta de visión, en particular la del KPD, que era inicialmente, nos dice Weiss, una institución al servicio de la razón.

Explica cómo la jerarquía soviética fomenta la división de la clase obrera, lo que facilitó el ascenso de los nazis, “las degeneraciones en el Estado surgido de la Revolución de Octubre habían sumido en la parálisis y el anquilosamiento no sólo al país sino a la totalidad del movimiento obrero”. Pero hay que tener en cuenta que el KPD tenía muy reciente la memoria de cómo el socialdemócrata Noske había ahogado en sangre la revolución spartakista de 1919.

“Nosotros no somos reconocibles como individuos, sólo existíamos dentro del movimiento de los trabajadores, y cuando éste se desintegró con sus discordias, se dejó ver toda nuestra debilidad (…) Por habernos convertido en alguien sin rostro, irrelevante, porque ya no podemos construir ningún Estado con lo que un día fue nuestro orgullo, no he hablado de nosotros en primera persona, sino de quienes tienen nombre”.

El libro concluye con la esperanza de que Alemania pueda resurgir, “la cultura tendría que ser devuelta a Alemania después de un largo periodo de deshonra”. Pero ya está el Acuerdo de Yalta en marcha, que coincide con la escisión total de la izquierda, entre comunistas y socialistas (salva entre otros a Willy Brandt, “que durante más tiempo se había aferrado a la idea de un Partido Socialista unitario”).

“Precisamente este país que había conducido a la muerte a millones de personas, necesitaba ahora a quienes eran capaces de dudar, de quienes no querían someterse más al mundo de sus padres, a los preceptos de los patriarcas” (como Max Hodann, el médico y brigadista, que tras la guerra morirá en la calle, en el suelo, en Suecia, ignorado por alemanes y suecos, que no le reconocieron su titulación, siendo como era discípulo de Freud, “tuvo que aceptar que que se le calificara de renegado, por no decir de traidor”)

Weiss.-

Peter Weiss forma parte para mí de lo que se ha dado en llamar el ‘Genio alemán’ (Peter Watson, HarperCollins, 2011) una contribución esencial a la memoria alemana. No es casual, dado su marxismo, su posición crítica e incómoda, para los bienpensantes de ambos lados que su obra haya sido poco estudiada en comparación con la atención prestada a Heinrich Böll, Günter Grass o Hans Magnus Enzersberger. No sé si este libro se lee mucho en Alemania, pero casi debería ser de lectura obligada en las escuelas porque eleva el nivel moral recordando que no toda Alemania fue nazi (aunque ya se sabe que los alumnos suelen cogerle tirria a las lecturas obligatorias).

Es un libro largo, denso, muy bien escrito, en grandes bloques, y a menudo con párrafos largos. En los escenarios se intercalan, se superponen, a veces interfiriendo deliberadamente en la narrativa, con recuerdos, evocaciones, reflexiones. Su complejidad se corresponde perfectamente con los acontecimientos. La forma narrativa acompaña lo narrado perfectamente. No es, evidentemente, un libro fácil ni es una novela ¿pero hay alguna gran obra que sea fácil? ¿Es fácil el Quijote, en toda su profundidad, son fáciles Guerra y Paz, Vida y destino, Conversación en La Catedral o Rayuela?

La edición (Editorial Hiru, Colección Las otras voces, Hondarribia, 2013, 1085 páginas) está bien cuidada, es íntegra, y es de agradecer que los editores hayan invertido en esta obra esencial para comprender el siglo XX, aunque a veces surjan algunas dudas sobre la traducción de la tercera parte, (Mercado de los Gendarmes, por Gendarmerplatz, por ejemplo, cabellera ‘frondosa’, “confidente de”, por “confiando en” -1056-, etc.). Sería deseable para este gran ensayo histórico y político, un índice analítico de personas, todas reales, obras y lugares citados, dada la riqueza y enjundia de esas páginas. Importante es la obra sobre Peter Weiss, coordinada por César de Vicente Hernando, también editada por Hiru (Peter Weiss: una estética de la resistencia, 1996).

Complementaria de este libro es La indagación, Oratorio en once cantos (Grijalbo, Barcelona, 1965), obra dramática que resume el juicio de Auschwitz que tuvo lugar en Frankfurt, incidiendo en lo que Hannah Arendt llamó ‘la banalidad del mal’. La concisión del lenguaje, su sequedad forense, hacen aún más horrible, si cabe, lo relatado. No deja de ser curioso que Weiss, uno de los primeros, si no el primero, en denunciar el nazismo, luchar contra él, no haya sido tan reconocido como otros. Quizás su actividad política, su beligerancia contra la guerra de Vietnam, lcontra Salazar (El canto del fantoche lusitano), lo relegaron a los ‘malditos’, a los ‘incómodos’.

Nos queda el deseo de que la obra de Weiss, desperdigada y casi olvidada, sea reeditada completamente en español, pues hoy casi sólo se encuentra rebuscando en las librerías de lance.

Se dirá a qué viene reseñar un libro de Weiss a estas alturas. Pues porque es un ejercicio no sólo de memoria, sino de actualidad, sobre el poder, sobre la manipulación y las medias y falsas verdades, sobre los imparables movimientos de odio de masas fanatizadas, sobre la persecución. Y sobre el miedo que es el terreno abonado de los populismos y de la violencia. Los nazis en el fondo, empezaron por el miedo, a los judíos, a las otras potencias que habían acogotado a Alemania en Versalles, al comunismo. Como lo tienen ahora los de Chemnitz, los que apoyan a Bolsonaro, a Le Pen o a Farage. Y el miedo es muy mal consejero.


Felipe Benítez Reyes, novelas y poemas.

27 agosto, 2018

Pero la vida ocurre sólo en el presente
en el fluido veloz de la insignificancia

Felipe Benítez Reyes

Es una impertinencia, es casi insolente querer comentar en cuatro párrafos un libro que tardó diez años en escribirse. Y menos hacer una crítica literaria como si fuese un cirujano de las letras.

Aún así, deseo comentar El azar y viceversa , obra deslumbrante, un libro largo que entronca con la novela picaresca, que relata las venturas y desventuras de un personaje de Rota en los pasados años sesenta y setenta. Está compuesto por esos retales de gentes de nuestro país de hace medio siglo, lleno de hallazgos verbales, desparpajo y con ese humor que Benítez Reyes sabe administrar. El es un pince-sans-rire, como llaman los franceses a quien hace reir como sin querer, sin hacer el ademán del gracioso.

download-2La primera parte, más que la crónica agridulce de una época de Rota, es la elegía de Rota, de esa Baja Andalucía tan personal, tan diferente (no en vano en la Constitución Federal de la Primera República se decía que “componen la Nación española, los Estados de Andalucía Alta, Andalucía Baja, etcétera”). De unos años lejanos, los últimos del franquismo en que la sociedad se salía por las costuras de la gazmoñería reinante. Rota, situada estratégicamente en la entrada de la Bahía de Cádiz, parece que hubiera atraído, como un cruce de civilizaciones –que siempre fue aquella esquina de la península-, no sólo los navíos de guerra norteamericanos, sino los tipos más singulares y estrafalarios que en la pluma de FBR cobran relieve. Son los tiempos de Emerson, Lake & Palmer, de los bakuninistas y de los colgados, entre toda esa turbamulta que frecuenta bares como el Hades.

La segunda parte de la vida de Antonio Jesús Escribano Rangel se desarrolla en Cádiz en un ambiente entre estudiantil y de los bajos fondos de chamarileros y tratantes de antigüedades y otras cosas. Sin olvidar la sardónica mirada hacia algunos poetastros.

La tercera es Sevilla, donde el protagonista trabajará para El Tunecino, comerciante de trastos viejos, rico y humano. Una Sevilla cervantina aún, de Rinconete y Cortadillo, Mercedes Benz negro y un diputado autonómico, una prefiguración o premonición de lo que luego hemos visto que ha transitado por la política andaluza.

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La librería de lance, óleo sobre tela, 40×30

Hay humanidad y cierto afecto en las descripciones hasta de los más negativos personajes, por ejemplo, Cupido, salvo en la de Fantomas, el padrastro, y el estúpido y aprovechado diputado autonómico. Pero también hay momentos de gravedad, pues Antonio, el protagonista, cuyo nombre aparece sólo una vez, el pelirrojo, oculta bajo su humor despegado bastante dolor. A lo largo de su historia van apareciendo todas las emociones del personaje, desde el cinismo y la desvergüenza más simpática, hasta el amor, el dolor, la amistad, la perplejidad, la inocencia, hasta hacérnoslo tan real como descubrimos al final. Si de los cuatro humores debiera escoger, pienso que el personaje es entre flemático y melancólico.

Azar

La misteriosa portada del libro

Sin elogiarlo a expensas de otros coetáneos que también escriben en buen español, encuentro en FPB descripciones sin palabras superfluas, sin asomo de retórica, con personajes inefables –que darían para varias novelas por sí solos-, el ritmo de la vida del pícaro que disfraza su dolor del huérfano, de la madre maltratada por el padrastro, bajo un distante y cariñoso humor, con esas frases finales, cortas, sin moralizar, desdramatizando, que sintetizan y rematan decenas de líneas. Sólo podría decir, para que esta reseña voluntaria, no encargada, sea sincera, que a veces hay como un exceso de celo en la redacción que alarga ciertas descripciones, ciertos personajes. Pero, en todo caso, como decía Navarrete de Cervantes, está “escrita con lozanía, ligereza y las gracias y sales cómicas”, que precisa toda obra de pícaros, sin que sea ésta una obra jocosa.

Pues apresurado es calificarla de picaresca. Termino su lectura con un nudo en la garganta. El libro es una épica, la historia de una vida en medio de los altibajos de aquella España donde la lucha de clases parecía haber sido sustituida por un sálvese quien pueda, a través de bares, alcohol, trapicheo y choriceo. Las múltiples voces de la novela son una novedad en el panorama de los argumentos al uso en la mayoría de las novelas españolas actuales, poblados de intelectuales, burgueses afligidos, clases altas desorientadas. Aquí son los borrachines, los laissés pour compte, los desharrapados, peristas, chamarileros, gitanos, guiris, aprovechados, escritores sin lectores, toda esa gente que no suele ser protagonista de nada, salvo de las páginas de sucesos.

El libro, desde lo particular, con los detalles tan bien contados de esas vidas medio rotas, de fracasados, vividores y supervivientes, llega a lo universal. La incertidumbre, el hombre frente a su destino, el amor y la muerte, es decir, el argumento de todas las vidas. Es un libro para guardar, releer, volver a reir o disfrutar con algunas de las peripecias del protagonista. Un libro que no acepta ser resumido, que hay que descubrir.

Llegar tarde, pero aún a tiempo, a un poeta, a un escritor, encierra dos sentimientos, uno de regret, de no haberlo disfrutado antes, otro, más positivo, del placer de descubrir algo que nos conmueva.

He conocido a Felipe Benítez Reyes por casualidad y buena suerte hace un par de meses. En Lisboa compartimos almuerzo en el sosegado Círculo Eça de Queiroz circuloecadequeiroz.com junto con su mujer, Silvia. Me sonaba su nombre de frecuentar librerías, pero le confesé que no había leído nada suyo. Hizo un pequeño gesto amable de no darle importancia (recuerdo una vez, contrariamente, que un escritor francés al que le habían concedido el Premio Cervantes, casi me recriminó, ofendido, porque yo no estaba al corriente de tamaño honor).

Mi ignorancia la he solucionado tras pasar por la librería Visor, en el barrio de Argüelles de Madrid, esa librería en la que desde hace cincuenta años se encuentra todo lo interesante, donde te buscan todo, entienden de libros y donde se puede uno estar horas, demorarse en hojear volúmenes, en descubrir ediciones desconocidas. Las mesas ofrecen las novedades inteligentes, no las del mero mercado, no lo banal y consabido. Los anaqueles siempre tienen sorpresas. Y la colección Visor de poesía –la decana- siempre nos sorprende y se adelanta a nuestros gustos y búsquedas, como si los intuyera. Que Visor esté casi siempre vacía en un barrio universitario, lleno de bares, dice poco bien del espíritu universitario actual.

Felipe Benítez Reyes ha tenido el buen sentido de permanecer en Rota, su lugar de nacimiento, desmintiendo con su extensa y muy contemporánea –y cultivada, sin atisbo de pedantería- obra el mito de la centralidad, de los salones literarios del cotilleo y las familias intelectuales. Y Rota y Cádiz forman parte de su universo literario sin caer en los costumbrismos. Una tierra que evocan siempre sus relatos. Tierra que me es remotamente familiar pues pasé tres veranos de mi infancia no muy lejos, en aquella Chipiona de villas, casas con jardines de buganvillas y camaleones, aun no masacrada y achabacanada por el hormigón, en el pequeño Hotel Sur de Paco Cotro, frente a la capilla de Regla, o en Villa Mercedes. Chipiona era entonces una reserva de vida, peces extraños, rayas, restos de barcos semihundidos, todo estaba todavía virgen. El viaje desde la estación de Jerez lo hacíamos en un imponente Mercedes 190, ‘colas’, atravesando viñedos y pequeñas aldeas con molinos de agua cuyas paletas giraban lentamente en el cielo cremoso de la calima.

La ventaja de leer poesía y novelas sin pasar por el filtro previo, por el pre-juicio, de los críticos, es la que experimento con Felipe Benítez Reyes, la sorpresa ante lo desconocido. Así que seguimos:

imagesLos doce relatos de un almanaque en Cada cual y lo extraño contienen las mejores descripciones de los turistas, de los viajeros perdidos en terminales inhóspitas de aeropuertos (¿las hay que no lo sean?), los adolescentes, los dramas de parejas, el pequeñoburgués, los viejos (“Mi padre prosiguió, en fin, con su rutina de limbo, estando sin estar, dentro de sí para no estar dentro de nada”). A pesar de los dramas reales que cuenta, su escritura viene teñida siempre con ese humor, esa distancia que siempre ha sido natural en la mejor literatura hispana. Sobre ese escenario moderno, de la ‘vida notarial’, como él dice, van apareciendo los personajes humanos, contradictorios y, al fin, sensibles, tratados con afecto.

En su poesía, Felipe Benítez Reyes, con la misma personalidad, querencias y preocupaciones que afloran en su prosa, se mantiene más escueto, con la economía de la palabra. Nada interfiere en la claridad, no hay retórica ni palabras rebuscadas. No hay conmiseración, lamento ni esa especie de sentimentalismo, jeremiada o de sentirse sorry for himself que aflora desgraciadamente en tantos poetas. Sólo lucidez y sensibilidad, con la palabra exacta.

En la colección publicada bajo el título Libros de poemas (Visor, Madrid, 2009) el protagonista es el tiempo, con minúscula y con mayúscula, esa indagación que es de todos nosotros, aunque a veces pretendamos esquinarla, mirar para otro lado.. En La misma luna es el tema central -pero quizá lo sea en todos sus poemas-, que enlaza con los materiales más frecuentes, pero siempre nuevos, contados de otra manera, de Benítez Reyes. En estos poemas, si tuviéramos que escoger cuatro palabras que siempre retornan, serían: tiempo, niebla, memoria y espejismo. El tiempo incesante, fugaz, vacío, el Tiempo que Benítez Reyes disecciona y cataloga en todas sus formas, como en

            el presente, ese urgente espejismo que aún no es tiempo,

o “la corrupción del tiempo”, “el tiempo que llama a la puerta”, “el tiempo circular”. Todo va unido, entrelazado, en una especie de búsqueda de qué es el tiempo, es decir, qué es la vida.

                                    Tiempo que destruiste

                                   las cosas más pequeñas

                                    con el mismo rencor

                                    que a los imperios

Los enlaces o engarces entre los temas, entre las estrofas, esa línea que nos lleva hasta el final, sea culminación o desolación, en cada uno de sus poemas, es lo que hace singular su poesía, poesía que, como todo canto, debe ser leída en voz alta con su ritmo de versos libres de ataduras formales.

De los 276 poemas se puede elegir cualquiera, todo es subjetivo. Para resumir el arduo trabajo de todo poeta con las palabras, yo escojo En torno a las palabras,

                        Estamos condenados a ese pacto:

                        Expresar cada cosa

                        Para que cada cosa exista en este caos

                        Como una sombra armónica

                        …

Para resumir, no resisto citar unos versos de Antonio Machado que resumen lo que se puede decir de la poesía de Felipe Benítez Reyes,

En su claro verso se canta y medita sin grito ni ceño

Para terminar, según me informa mi amigo Ángel Vivas, crítico literario, Benítez Reyes también toca muy bien la guitarra, ah, y el curioso también descubre, subrepticiamente, que el collage que ilustra la cubierta de este poemario es de un tal FBR (pintar quizá sea su pequeño violín de Ingres).

 

 

 


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