Cielo en Weimar

10 diciembre, 2018
Acrílico sobre tela 60 x 80 cms (autor: Jaime-Axel Ruiz)

Ha empezado la recogida de la aceituna

1 diciembre, 2018
Acuarelas del autor

Don Ramón Ruiz-Marín López, un señor de Jaén. Evocación

22 noviembre, 2018

Tío Ramón ya es ceniza desde hace muchos años pero su recuerdo perdura en mí.

Ramón Ruiz se sintió siempre del campo y para el campo. Las olivas, las fincas, los montes, eran su universo. Nació con el siglo XX en Segura de la Sierra, provincia de Jaén, en la vieja casona que era de la familia y que aun existe junto a la plaza, frente a la iglesia.

Ingeniero, conocía los árboles al tacto, palpaba la tierra y los barros, cuando veía un olivar lejano sabía, antes de pisarlo, si era bueno por el color de los árboles y la tierra. Así, hizo dinero comprando fincas, arreglándolas y vendiéndolas en plena producción.

Tío Ramón

A la sombra de su noguera, con su eterno puro

No creía en los ministerios ni en los funcionarios (“que no distinguían un chaparro de una oliva”), desconfiaba del Poder, denostaba el Plan Jaén porque “cuando Dios creó el mundo, dijo ‘Jaén, para olivas’”, no creía en Franco ni en las Hermandades de Labradores ni en los alcaldes. Creía en el trabajo.

Cuando la Reforma Agraria de la República le encargaron supervisar las fincas ocupadas por la zona de Marmolejo. Se encontró unas tierras abandonadas, ganado muerto o enfermo. “Así no defendéis la República”, les dijo a los ocupantes, que naturalmente hicieron caso omiso de sus advertencias.

El 18 de julio le pilló en el pueblo. Fue detenido por unos anarquistas que se lo llevaron en un automóvil confiscado, al juez, decían. Afortunadamente iba con ellos el comunista Ramón Peláez, con una escopeta. Cuando los anarquistas pretendieron parar en una curva para darle el paseo, Peláez empuñó la carabina y dijo “ésta no ha venido a esto”, y les conminó, amenazándoles, a seguir hasta el juzgado, salvándole así la vida. Al suegro de Ramón Ruiz, que era Presidente de la Audiencia, un aragonés recto y conservador, nadie lo salvó y lo asesinaron de mala manera junto a la verja del cementerio, a la que se había aferrado resistiéndose a ser arrastrado. En su casa de Jaén quedaron para siempre los impactos de balas en su despacho que dispararon los ‘incontrolados’ que se presentaron a tomarse la justicia por su mano y lo sacaron a la fuerza de su domicilio.

Pero Ramón Ruiz tuvo más suerte. Restablecido un cierto orden republicano, tras unas semanas detenido, fue puesto en libertad e incorporado como oficial al Ejército de la República, donde hizo toda la guerra. En el frente de Aragón recordaba cómo llegaban los Stukas de la Legión Cóndor, y el ruso con quien compartía el blocao, experto que los detectaba muy lejos, le avisaba, “cama-rrada, Stukas”, y le hacía cubrirse rápidamente. Ramón Ruiz nunca negó la intervención nazi en la guerra civil, la sufrió.

Al finalizar la guerra, su salvador Ramón Peláez fue llevado ante un Consejo de Guerra que pretendía condenarlo a muerte, pero él se presentó a testificar a su favor, ante el asombro de militares, fiscales y falangistas. Condenado a varios años, pudo ser puesto en libertad y Ramón Ruiz lo colocó en el Servicio Nacional del Trigo.

Pasaron los años, la postguerra, llegó la prosperidad de algunos, con sus Packard y sus Cadillac, pero él siguió siempre una vida austera, sin estridencias, en su gran casa de la calle Llana, en el viejo Jaén (que entonces era una ciudad bastante bonita), con su patio, su fuente y su gran palmera.

El verano, “sol y moscas”, lo pasaba en el Molino donde su árbol sagrado, el único ser vivo que le escuchaba –decía- era la noguera. Bajo ella, en su butaca de anea, leía el periódico, escuchaba las noticias en la radio de pilas (siempre se negó a instalar la luz eléctrica, impropia de cortijos) y fumaba sus puros que iban dejando pequeñas quemaduras en sus guayaberas. Leía el ABC y el diario Jaén, del Movimiento, al que llamaba despectivamente el “Trepabarcos” (el hunde barcos, como se dice ‘hundir’ en Jaén) porque durante la guerra mundial, con sus noticias de toneladas hundidas por la Kriegsmarine, había él sólo hundido varias veces a toda la escuadra inglesa.

Contra la electricidad, pero con la radio, la Radio Nacional de España le traía noticias hasta el fondo del valle, junto al río y el molino. Así podía clamar contra Churchill, el hombre más malo del mundo, o reclamar que los paracaidistas ingleses tomasen los pozos petrolíferos, o mandar el Saratoga -el epítome de la fuerza militar, para él- a controlar a los árabes, o menear la cabeza con desaprobación cuando hablaba aquel ministro jiennense de la sonrisa hipócrita, Solís Ruiz.

Acabando agosto estaba el ritual de la Feria de Linares, donde iba a los toros, invitaba a sus amigos, fumaba sus puros. Emprender el viaje a Linares desde el Molino constituía el fin del verano cortijero, que coincidía también con la festividad de San Ramón, el 31 de agosto.

Era un hombre serio, ni de chistes ni de chascarrillos, sino de frases en general ponderadas, a veces exageradas de ironía o incluso con sarcasmo (contra los nuevos ricos, los cursis y los repipis, principalmente). Su mirada, su mal humor o enfado, que acentuaba alzando las cejas y las orejas a la vez, dejaba despavoridos a los peones, aparceros y tratantes que pretendían engañarle.

Cambiaba los nombres –a mí me llamaba Jaimero y Nasser-, detestaba la cursilería y mantenía su distancia respecto del “mujerío” –su mujer, sus hijas, sus hermanas- a las que afeaba que le contasen a los confesores lo que no le contaban a sus maridos. Cuando una hija suya pretendió meterse a monja, amenazó seriamente con hacerse protestante. En las misas, cuando llevaba al “mujerío a misearse”, se quedaba esperándolas en la puerta, con los hombres, reteniéndome, “los hombres, aquí”, hablando del campo, de las cosechas y los capachos. A mi padre, su hermano pequeño, lo ayudó cuando volvimos de Bruselas y siempre lo respetó, aunque difirieran en ideas, opiniones y muchas cosas (“era el más inteligente de todos nosotros”, me dijo un día).

Aquel a quien consultaban terratenientes (él también lo era, pero no era un propietario absentista), gobernadores, alcaldes y en secreto algún ministro, al final tenía sus dos fieles y pacientes confidentes, Vicente Muñoz, más viejo, que ya había trabajado con su padre antes de la guerra, e Isidro, que casi no hablaba, sólo escuchaba. Isidro después de la guerra recogía hierba y algunas raíces para que su mujer preparase una sopa para los hijos, casi muertos de hambre. Hablaban de la sequía, que no era tan mala como la del “año del hambre” (1946), pero que dejaba las tierras asuradas, las olivas estériles y los pastos a ras del suelo en los Campos de Hernán Perea, por la Chaparra y Cueva Rincón, en las tierras altas de Santiago de la Espada.

Nunca ejerció de cacique. Sus opiniones las plasmaba en artículos sobre la agricultura, contra las pretensiones de los primeros tecnócratas sabelotodo de Madrid –ciudad que detestaba por lo descomunal y por lo que representaba de burocracia y poder lejano-.

Él, que había sido un buen jinete, que se iba a caballo desde La Puerta a Santiago de la Espada a ver los rebaños, ordenar las cortas y las plantaciones, tuvo que renunciar a montar tras el accidente con su Land Rover que le destrozó la rodilla. Ahora llevaba bastón, la garrota, y sólo usaba el auto, para sus recados y para bajar de vez en cuando al pueblo a las tertulias que ya iban languideciendo, como la de ‘La Peña’. El auto siempre debía estar recién lavado, tras sufrir las carreteras polvorientas de macadam de entonces, desde aquel ‘pato’, el Citroën 11 L, negro, que siempre echó de menos, hasta los grandes Seat.

Le recuerdo, al final de sus días, cuando le fallaba el habla y hacía un gesto de irritación y de contrariedad porque no le salían las palabras que él quería. Dejó este mundo en 1980. Alguien de mi familia dijo que lo malo del Jaén de entonces era que “había demasiados señoritos pero pocos señores”. Ramón Ruiz-Marín López fue uno de los señores.

 


Jean-Claude Brisville y la excelencia de la lengua francesa

20 noviembre, 2018

Las obras del dramaturgo Jean-Claude Brisville (1922-2014) han sido representadas en España casi siempre gracias a Josep Maria Flotats, que fue su amigo. Así, tuvimos la suerte de ver Beaumarchais, el insolente hace diez años en el Español, en Madrid. Brisville y Flotats, dos personas de una gran cultura, que se han centrado en personajes históricos franceses.

Brisville fue secretario de Albert Camus, cuya muerte le siguió doliendo toda su vida. Admiraba a escritores menos conocidos, como a Dino Buzatti y Ernst Jünger, y entre los franceses a Julien Gracq, Vauvenargues, Sénancour (cuyo Obermann era uno de los libros preferidos de Unamuno), Roger Nimier, René Char, Jean Grenier y Michel Déon.

En mi opinión, ha reflejado perfectamente en su obra el sutil carácter francés, su tono natural, su forma, que se expresa sobre todo en el lenguaje.images

Nunca fue un hombre fácil pues era demasiado crítico, sobre todo con “la raza de los escritores con el dedo alzado, siempre dispuestos a dar lecciones”, como Philippe Sollers o Mauriac, de distintas generaciones. Era despiadado en sus recuerdos, por ejemplo cuando nos dice que André Breton, tras la muerte de Elsa, estaba sobre todo preocupado porque el Presidente de la República aun no le había llamado para darle el pésame.

Sobre su época, también era caústico e hizo suya la frase que oyó de una campesina “antes, la gente era ignorante; ahora, es idiota”. Osó además, en su libertad irreductible, criticar algunos símbolos como la torre Eiffel, el Sacre Coeur, la Tour Montparnasse, otros tantos “ultrajes a la belleza, e imbecilidades dominantes”. No era ni quería serlo, ni en lo social ni en lo cultural ni político, ‘políticamente correcto’.

Era, como el decía, “el hombre de su vida”, un solitario, refractario a la compañía. La prensa, aun reconociendo su valía, nunca le fue muy favorable. En sus libros De mémoire y Quartiers d’hiver nos da cumplida cuenta de sus pensamientos y recuerdos. Se puede decir que fue un escritor y dramaturgo estimado pero no amado por la crítica, como se resume en la acerva crítica que le hiciera Jerôme Garcin.

La dernière salveCentrándonos en su escritura, se servía y dominaba la lengua francesa como pocos. Es uno de los escritores que han contribuido a mantenerla en ese nivel de pureza, sobriedad, economía del discurso y belleza que siempre la ha caracterizado. Ha contribuido así, sin pertenecer a escuelas ni promociones oficiales, al esfuerzo de defensa en el que los intelectuales y escritores franceses llevan empeñados muchas décadas, sobre todo ante la amenaza del inglés de andar por casa que se ha enseñoreado de la comunicación mundial.

Sus obras abordan épocas de la historia de Francia (1750, L’antichambre), Napoleón en Santa Helena (La dernière salve, La última salva), la Restauración con esos dos chaqueteros históricos, Talleyrand y Fouché (Le souper, La cena, “le Vice appuyé sur le bras du Crime”, como dice Chateaubriand en Mémoires d’Outretombe), los debates filosóficos (Pascal y Descartes). Pero también se ha recreado en la época actual, con una sutil e inteligente venganza en Le fauteuil à bascule, contra su editor, cuando fue cesado como director de la colección Le livre de Poche (en España, Carlos Barral debería haber hecho algo parecido cuando fue expulsado de Seix Barral, o el editor y escritor Mario Muchnick al ser relegado sin preaviso ni contemplaciones por el grupo Anaya). También ha dejado obras, como Saint Just, una de sus primeras (1957), o Le bonheur à Romorantin, drama de costumbres.

Son obras de pocos personajes, de diálogos caústicos, donde cada palabra encaja en la idea. Fundamental es, pues un actor culto, de perfecta dicción, con maestría en la voz y el tono, en los matices de la conversación, los silencios, las respuestas fulgurantes. Quizás deban ser casi francófilos, o unos buenos afrancesados para representarlas mejor, y con personalidad, lo que Stanislavsky llamaba el actor con personalidad, con carácter. Son obras en las que cuenta principalmente el personaje, no el escenario. Recordemos, por ejemplo, el papel de Talleyrand que hizo Sacha Guitry para el cine.

En Francia su teatro ha sido publicado habitualmente por Actes Sud, esa gran y cuidadísima editorial de Arles fundada por el belga Hubert Nyssen que tantos escritores ha descubierto y puesto en la palestra.

 

 

 

 

 


El río Hudson, pintura

18 octubre, 2018

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Hudson River, New York, 2014 Acrílico sobre tela, 50 x 70 cms


‘O vento assobiando nas gruas’, el viento silbando entre las grúas, novela de Lídia Jorge

17 octubre, 2018

Una anciana se escapa de un asilo y aparece muerta frente al edificio abandonado de la fábrica de conservas de la aún es propietaria. Su nieta, Milene, es encontrada vagando, medio perdida, buscando a su abuela por las inmediaciones y es recogida por la familia que ocupa ahora los bajos de la fábrica, a modo de vivienda de fortuna. Estamos en el Algarve, Portugal, hacia finales de los años ochenta del pasado siglo XX.

download-1Los hijos de la anciana dona Regina están más preocupados que afligidos. Por el qué dirán y por cómo repartirse su pingüe herencia. Algo avergonzados de que se sepa que no estaban presentes cuando ocurrió el óbito. Tuvo que ser la GNR (equivalente a la Guardia Civil) quien se encargase de todo. Estaban de vacaciones en el extranjero.

Tras el entierro y muchas incidencias familiares, resulta que la nieta, medio perdida y con algo de parvulez, se enamora de uno de los ocupantes de la fábrica, que encima es negro, caboverdiano, lo que es ultrajante para tan notable familia. Un tío es el alcalde, otro un empresario que ha hecho su fortuna en Angola y Suráfrica. Toda la novela gira en torno a esas dos familias, los caboverdianos pobres, desordenados, que viven un poco tribalmente, y los burgueses de pretendida alcurnia, cuyo único afán es hacer dinero con la especulación inmobiliaria.

Por todos lados, en medio de tierras abandonadas, de rastrojos, se alzan urbanizaciones, hoteles. Aparecen unos inversores holandeses asociados a la familia que sobrevuelan en helicóptero, como rapaces, la vieja fábrica y todas las tierras que quieren comprar para edificar. La familia venderá y la plusvalía irá a manos extranjeras, como siempre.

Al morir dona Regina se han derrumbado los restos de un mundo. Los sucesores son meramente parásitos que quieren vivir alimentándose de lo que hicieron sus antepasados. Es lo que está pasando en muchos países, y en Portugal, que asume su modernidad un poco exageradamente, con el turismo y el inmobiliario como principal motor, a pesar del paisaje, de las costas (como en Comporta, cuya zona protegida va a ser privatizada para riquísimos), a pesar de las ciudades que tenían alma, aunque fuera algo melancólica y hubiera edificios medio en ruinas.

Pero antes habrá que resolver, a toda costa, el para ellos absurdo enamoramiento con un africano de la nieta de doña Regina, huérfana y algo inocente.

Al final, como nos advierte nuestra amiga Francisca, lectora sagaz que ha participado de la lectura y de esta conversación literaria, todo resolverá mediante la fórmula tan portuguesa del “entendimento”, de conciliar lo inconciliable.

Lidia Jorge, de Boliqueime, Algarve (1946), nos ha relatado esa historia familiar, que es un trasunto de la historia de Portugal, de la decadencia de las viejas familias, esas tres oleadas (revolución industrial tardía, ocupación en la revolución de los claveles y abandono, y ocupación por inmigrantes pobres gracias a un sentido de la justicia de la anciana desaparecida, que los protege).download

O vento assobiando nas gruas, El viento silbando entre las grúas (470 páginas) es una crónica de ese Algarve sometido a la codicia y la especulación. Las grúas son las de las construcciones. La escritora se refiere constantemente a la polvareda, las chabolas, la basura, las carreteras desfondadas, el pasto quemado, las cunetas sucias, las dunas, los hierbajos, las obras, las grúas y los bulldozers. El libro me hace evocar otro, El astillero, de Onetti, donde también los antiguos empleados venden al peso la maquinaria como chatarra.

No es la de Lidia Jorge una escritura diáfana, pero sí eficaz para introducir al lector en ese ambiente cargado, como de aire viciado, que ensombrece toda la novela. A veces intenta enviar el haz de luz sobre demasiadas cosas, demasiados personajes, de los que sólo sobresalen unos pocos, la abuela caboverdiana Ana Mata, don Silvestre, principalmente, el resto es comparsa, pero pueden llegar a confundir al lector. De hecho, es en el llamado post scriptum donde se desvelan muchas de las claves del libro.

Su obra literaria es perfectamente contemporánea, desde su primera novela, 1980, O dia dos prodígios, pasando por A costa dos murmúrios, hasta hoy. Como dicen algunos críticos, es una verdadera cronista del Portugal de hoy. En Os memoráveis habló de todos esos tiempos heroicos de abril (25 de abril de 1974) y en lo que han acabado. En su última novela, Estuário (2018), el mar, la costa, también están presentes. De hecho, ella dice haberse inspirado en la Ode Marítima, de Alvaro de Campos (un heterónimo de Pessoa). En fin, en sus páginas, como en muchos escritores portugueses, siempre afloran el mar y Africa.

 


La Italia de Vasco Pratolini

9 octubre, 2018

Hablar de Vasco Pratolini (1913-1991) a estas alturas podría parecer un ejercicio de nostalgia. Pero visto lo que sucede en Italia y otros países, es oportuno recordar su posición ética y estética.

En  Alegoría y escarnio, Allegoria e derisione, un hombre, Valerio, se planta ante dos espejos, el de sus propios diarios, y otro que da a la calle, que refleja su memoria de unos años aciagos, de 1935 a 1945, los años de la guerra de España, de la invasión de Abisinia por Mussolini, de la guerra mundial y de la resistencia.

6019274En la obra hay tres ejes: la responsabilidad del intelectual resistente, la amistad y el amor, el auge y caída del fascismo. Y se basa en las tres cualidades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad.

La memoria, que es la madre, los Marsili, familia de campesinos, antigua, modesta, sus orígenes obreros. El entendimiento, porque Valerio conserva la lucidez y la ética en medio del totalitarismo, de la pobreza, de la guerra. La voluntad, porque no pierde de vista la necesidad de libertad, de vencer al opresor.

Serán la cultura, el arte, el amor y la amistad los resquicios de libertad de Valerio Marsili en medio de la impuesta uniformidad fascista, mental y hasta vestimentaria (le sancionan porque llevar una boina azul en vez del fez en una revista de la juventud fascista, a la que pertenece).

Los diarios de Valerio se escalonan en función del amor, la madre, las sucesivas amigas, enamoradas, hasta una prostituta, y finalmente, su mujer. Dos, tres amigos, como el pintor Vieri Mangani, Mauricio y Corrado, son las otras referencias del protagonista. La novela, si se puede llamar así, que no creo, tiene bastante de autobiográfica, donde fluye la memoria de la ciudad, del barrio, las ventanas con geranios, las trastadas de los chicuelos. Todo brota de la propia experiencia de Pratolini. Nos ha dejado su testimonio y no en vano dos de sus grandes obras llevan el título de crónica (De los pobres amantes, Crónica familiar). Para captar mejor todo su universo, habría que leer también El Barrio, Il quartiere, donde describe con afecto, sensibilidad y cierta nostalgia la vida en el barrio florentino de clase obrera donde creció el autor.

Vasco Pratolini, florentino, autodidacta, estuvo siempre entre el marxismo y el existencialismo, lo que no es necesariamente incompatible. Su dolor personal expresaba el dolor colectivo de un pueblo, de la clase obrera italiana, de los intelectuales más honestos, En ese sentido, habría que trazar los paralelos con dos escritores de su generación, Albert Camus y Peter Weiss. Sus temas, su estética –como La estética de la resistencia del alemán, comentada hace poco-, o L’homme revolté, traducido dudosamente por ‘El hombre rebelde’, son similares y constituyen piedras angulares de un compromiso vital, racional, libre, revolucionario, frente a los totalitarismos y frente a la rapacidad capitalista primaria que alentaba el fascismo y el nazismo. Trae el perfume de aquellas películas del neorrealismo italiano, filmadas al poco de liberarse Italia.

El barrio

Portada de Rafael Alberti

Sería un error encasillar a Pratolini en el neorrealismo. Pratolini no escribe de forma naturalista (tampoco estoy de acuerdo con la afirmación francesa de que fuera el Zola italiano) ni en la simplicidad de lo que entendemos por realismo socialista. De la trilogía Una historia italianaMetello y Lo Scialo (El desperdicio) son quizás más clásicas de factura, más novelas, en sentido estricto, mientras Alegoría y escarnio profundiza más en la complejidad del pensamiento humano, de sus actos y decisiones para los que no bastan las doctrinas, los conocimientos teóricos, pues la vida presenta demasiadas variantes. Así, el personaje ambiguo de Francesca, prostituta pero con lealtad, aunque al final sea condenada, cuya condena Pratolini deja flotando en la duda de si  fue justa. Lo que lleva a deshacer otra simplificación, cual es que Pratolini como escritor legitimaba automáticamente la política del Partido Comunista. Era  mucho más sutil y de hecho sería apartado temporalmente del mismo.

Pratolini encarna lo que debe ser la responsabilidad del intelectual, algo que hoy parece olvidado (miremos lo que pasa en Cataluña y el silencio de muchos ante ello). Nos confronta con la naturaleza contradictoria del hombre, del amor, a las distintas posibilidades dentro del estrecho cerco a que está sometido. La vida no venía determinada totalmente, aunque estuviese muy limitada por la omnipresencia del fascismo. Siempre hay lugar para alzarse contra la opresión. La comunicación entre camaradas y amigos era difícil, con altibajos y malentendidos –como con Vieri el pintor-, aunque la lealtad terminaba por sobreponerse. Los camaradas han tenido que hacer la guerra en Etiopía, en España, en Rusia, y sin embargo ellos luchan contra el fascismo. Nada es sencillo ni lineal, ser conscientes del propio ser, no aceptar el destino trazado conllevaba el mayor riesgo, la muerte. No se rindieron.

Alegoría y escarnio está constantemente referida a la cultura del momento porque, así como Weiss, se interroga sobre el papel de la cultura en la sociedad. Hay referencias, a los grandes autores (no es casual la mención reiterada de Dostoievsky), a Proust, Joyce o Stendhal. La pintura, Goya, Picasso, Géricault, Morandi, el desconocido en España Scipione, Ottone Rosai, Masaccio, Giotto, los clásicos italianos.

¿Puede considerarse a Pratolini pasado de moda, pues a las empresas editoriales ya no les interesa por no ser rentable? Curiosa, esta banalidad cuando Alegoria y escarnio y toda su obra (como la de su amigo Elio Vittorini, las de Pavese, Calvino, todos ellos forjados contra el fascismo) es precisamente la historia de la lucha contra la banalidad, contra lo impuesto, contra la alienación.

CronicaGran parte de los críticos literarios sólo parecen atender a lo reciente, salvo los ídolos indiscutibles, de la escolástica y el santoral habitual (Pessoa, Lorca, Virginia Woolf, Auster o Knausgaard, por citar algunos) a la producción editorial del momento, a los servicios de prensa de las grandes casas de edición o a las redes llamadas sociales. Hay como una endogamia entre edición y crítica, que se satisfacen recíprocamente, de modo que sólo se analiza lo que interesa a la primera. Pratolini tuvo siempre poca suerte en la edición española, pero mucha más en la argentina (Siglo Veinte, Losada), aunque sean traducciones con argentinismos. Hoy, la mayoría de sus libros son inhallables.

Nuestra sensibilidad y quizá nuestro gusto cambiaron, el canon parece que mudó de parámetros (¿pero quién establece el canon?) y los lectores ya no tienen paciencia para ciertas historias. Sin embargo, los testimonios, las crónicas, siguen siendo válidos y muy pertinentes. Pratolini, además de escribir muy bien, hace que el lector vea lo que describe, por lo que puede considerarse un clásico en el sentido que da Azorín, citando a Lasserre, “el que reduce sus experiencias personales a lo esencial”, o consigue que “lo eterno (esté) inscrito en lo cotidiano”.

Vasco Pratolini ha contribuido al imaginario cultural, literario e histórico de su país y forma parte de la civilización literaria italiana. Y más cuando Italia es hoy un país en dudas, vacilante, cuando la izquierda digna de tal nombre prácticamente ha desaparecido (entre todos, menos del 19%), en esta Europa que se inclina hacia el nacionalismo y el populismo.

Aquí tenemos todavía las obras de esa otra Italia posible, libre, abierta, embrollada pero siempre fascinante, que, tras el desencanto de los años sesenta del pasado siglo, late en el alma de muchos italianos. Volver a leer a Pratolini no es en absoluto un ejercicio melancólico ni sólo para italianos, sino para comprender mejor de dónde venimos, de dónde salieron la Italia y la Europa de hoy y cuáles son el papel y la responsabilidad de los que aún llamamos intelectuales.

[Nota.- En Florencia en las elecciones de este año, los demócratas del centro izquierda aún han resistido a la Lega y a Salvini, pero han bajado del 46% al 37%.]


El blog de Agustín Galán

Filosofía de la ignorancia

La pluma del cormorán

Objetos perdidos y hallados. Mensajes en una botella. Libros, historias y algún viaje.

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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