La revolución de 1918 en Munich

16 enero, 2019

Hace un siglo todo cambió. El viejo orden acababa. La Conferencia de Versalles iba a cerrar en mayo de 1919, con revanchismo y de manera ignominiosa para Alemania, la Europa del Tratado de Viena de 1815. Se desarbolaban y desmembraban con saña y codicia los dos grandes imperios, el Otomano –que se repartían Inglaterra y Francia- y el Austro Húngaro (además del ruso, que estuvo a punto de disgregarse con la guerra civil apoyada por las potencias occidentales). Estos imperios mal que bien, habían asegurado un cierto orden internacional. Ahora, Rusia estaba en plena revolución y Alemania, al borde del colapso.

Los campos de Flandes, In Flanders Fields, 1918

En el arte, Kandinsky ya había  escrito en 1912, De lo espiritual en el arte. La Bauhaus estaba a punto de iniciar el cambio total en la arquitectura y el diseño, uniendo arte y técnica. La pintura, la literatura, la música eran también revolucionarias. El rumano Tristan Tzara (Sami Rosentock), había lanzado su manifiesto Dada –de sí, sí, en eslavo, sí a la libertad creativa, sí a la vida- en abril de 1918. El psicoanálisis que había comenzado hacía diez años empezaba a difundirse como terapia. Oswald Spengler había publicado ya el primer volumen de su Decadencia de Occidente que todos leían con fervor, como Mann y Rilke.

Alemania en 1918

Cuando aun no se había firmado el armisticio (el 11 de noviembre), la revolución estallaba en Alemania, de norte a sur. Empezaron los marinos en Bremen y Hamburgo, el Kaiser Wilhem II huía a Holanda. El 8 de noviembre, en Munich, donde vivían Thomas Mann, Rilke y tantos literatos, se expulsaba pacíficamente al rey y se instauraba la república bávara. Daba comienzo la revolución maximalista capitaneada por el periodista y poeta Kurt Eisner y secundada por muchos intelectuales, entre ellos Ernst Toller, Gustav Regler y Oskar Maria Graf, hoy prácticamente olvidados. Les seguían soldados desmovilizados, obreros, estudiantes. Mientras, la burguesía se encerraba en sus casas, acobardada, a la espera.

Kurt Eisner, un socialdemócrata, no era ningún ignorante. Estaba formado como neo kantiano y había publicado un libro, Nietzsche, el apóstol del futuro. Había trabajado en el prestigioso ‘Frankfurter Zeitung’. Un año después de su asesinato eran publicadas sus obras completas.

Un joven reportero que luego se hizo famoso, Viktor Klemperer, da cuenta de lo que sucede. Entre los rebeldes o revolucionarios que desfilan por las avenidas muniquesas figura un cabo desmovilizado que acaba de salir de un hospital militar en Pomerania, un tal Adolf Hitler, que incluso participará en el funeral de Eisner en febrero. El director de orquesta Bruno Walter, amigo de Mann, practicaba su música. En el funeral de Eisner, ‘el Judío’, como le acusaban muchos, asesinado por un noble ultraderechista, Heinrich Mann pronuncia unas palabras, así como el espartakista Max Levien, aunque había sido su oponente.

Klaus Mann eligiría después a Eisner como el héroe de una de sus piezas de teatro. Su hermano Thomas estaba escribiendo La Montaña mágica, trabajo que interrumpió mientras duraba esa revolución. Su protagonista, Hans Castorp es en realidad un producto de esa revolución, de la contradicción entre el progreso democrático y el comunismo de vieja escuela, entre Settembrini y Naphta.

Pero había que acabar con el desorden. Los socialdemócratas alemanes, dirigidos por Friedrich Ebert, pactan con Hindenburg para derrotar a los revolucionarios en toda Alemania. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg son asesinados en enero de 1919, como lo será días más tarde Kurt Eisner, el 21 de febrero.

A finales de abril de 1919, las tropas, la policía y los freikorps ahogan en sangre, a base de ametralladoras, el sueño imposible de aquellos poetas. El pequeño ejército rojo bávaro, de 15.000 soldados fue aniquilado y dispersado rápidamente. La Asociación Thule, fundadora del Deutsche Arbeiter Partei, que luego se convertiría en el NSDAP, estaba ya muy activa y clamaba por la pureza de la raza alemana, por una dictadura y por la expulsión de todos los judíos, a los que acusaba de ser los promotores de la revolución muniquesa.  El 1º de mayo desfilan por las avenidas de la ciudad los húsares prusianos y los freikorps, convenientemente uniformados. El experimento de los ‘soñadores’ ha terminado.

En España solamente Pío Baroja, en Las veleidades de la fortuna, se hace eco de esta revolución,

Stolz les habló de la revolución comunista y les señaló los puntos donde el estudiante Noske dio la batalla a los maximalistas  bávaros. Stolz era reaccionario y antisemita. Todos aquellos judíos mesiánicos, como Trotsky, Bela Kun y Zinoviev, le parecían repugnantes. Kurt Eisner, el socialista asesinado en Munich era, según él, uno de los hombres más pedantes y autoritarios.

(…)

-¿Y era curioso el aspecto de Munich durante la revolución?- preguntó Pepita.

-Nada. Todo iba tomando un aire horrible. Era como el cieno que va apareciendo cuando se revuelve un estanque.

(…)

– El alemán no puede vivir más que con disciplina estrecha. El maximalismo aquí, como todo lo popular en Alemania, tomó aire de fiesta gimnástica. Grupos marchando al paso y cantando la Internacional o la Marsellesa, músicas, tambores, tuvimos todo este estrépito hasta que empezó la canción de las ametralladoras (…)

La revolución de Munich, en la que participan espartakistas (mandados detener temporalmente por Eisner, como Max Levien, fundador del Partido Comunista Alemán), tolstoianos, utopistas, se plasma sobre todo en el papel: la prensa es nacionalizada, o más bien, socializada, se implanta la jornada de ocho horas (aunque la mayoría de las fábricas están paradas y hay miles de parados), se nacionaliza la industria minera. Las finanzas se guían por las teorías iluminadas de Silvio Gesell, Delegado del Pueblo, que considera la moneda como un residuo del pasado y propone que el dinero sea sujeto a una tasa semanal y sólo aceptado cuando los billetes lleven el sello de haber sido pagada; sostiene que el interés hace esclavos a los hombres, que la tierra y sus tesoros, su riqueza, pertenecen a todos, “no hay carbón inglés ni petróleo rumano, todo pertenece a la humanidad”. Pero sus teorías no eran tan disparatadas y serán estudiadas después, entre otros, por Keynes. Pretenden ingenuamente una paz separada de Baviera con la Entente (cuando Wilson, Clemenceau y Lloyd George lo que quieren es quitar a Alemania de en medio, quitarle sus colonias y someterla para siempre).

En conclusión, todo parece apuntar a que Eisner era un iluso, no sabía lo que quería, era pacífico, dudaba, y fue abandonado. Hará bueno ese aforismo alemán de que “quien sabe escribir un poema es un inútil en política”. Lenin, prudente y calculador, no había avalado el movimiento. La Tercera Internacional aun no se había constituido y la consigna era salvar la revolución en Rusia, no iniciar otras, de dudoso éxito. El camino hacia la constitución de Weimar quedaba despejado.

Esto y mucho más nos lo cuenta el libro de Volker Weidermann sobre aquellos sucesos: Dreamers, when the writers took power (Pushkin Press, 2018), Soñadores, cuando los escritores tomaron el poder, Alemania 1918.

No basta con ser culto, creativo y tener buena fe para dirigir la política y menos una revolución.

Leyendo esta triste historia del llamado soviet  de Baviera, no puedo por menos que ver un cierto paralelismo con otros sucesos históricos, esta vez españoles, que podría llevar el título titularse Cuando los ateneístas tomaron el poder. En efecto, don Manuel Azaña y tantos otros se encontraron con el poder en las manos en 1931, y sobre todo a partir de febrero de 1936, pero no supieron conservarlo ejerciendo la autoridad legítima de que disponían. El orden público se les fue a los republicanos de las manos, y el lumpenproletariado hizo de las suyas con las brigadas del amanecer, asaltos a cárceles y asesinatos sin cuento. Esta pérdida, esta carencia de poder cívico, netamente republicano, les fue enajenando voluntades tanto en España como en el extranjero y contribuiría en gran medida a su derrota.


Música, poder y miedo: una visión de Shostakovich

6 enero, 2019

La música en Rusia siempre ha pertenecido a su alma profunda. Rusia y la música son inseparables. Por eso, tras la revolución de Octubre de 1917, el nuevo Estado se esforzó en crear una música ‘soviética’, de la nueva Rusia, al igual que haría con el teatro. Pero escoger un músico ‘soviético’ era más sutil y difícil. Tres serían los principales seleccionados, Stravinsky –pero se fue del país inmediatamente-, Prokofiev, que también pasó largo tiempo fuera, aunque volvería en 1933, y Dimitri Shostakovich, que siempre permaneció en el país.images-2

La música siempre ha sido esencial en la cultura rusa, en la educación y en los espectáculos. Sovietizar implicaba, en cierto modo, atenuar, si no apagar, la corriente petersburguesa de la música (y de la literatura y las artes en general), considerada demasiado occidental. San Petersburgo fue siempre el escenario y palco de los grandes músicos europeos y rusos. Era una escala obligada.

Esta tendencia a imprimir un profundo carácter ruso no era nueva. Los músicos del siglo XIX ya se habían esforzado en imprimir un carácter esencialmente ruso a sus composiciones para distanciarse de la inmensa influencia alemana, sobre todo de Bach. Rimsky Korsakov, Borodin, Mussorgky y Tchaikovsky –menos, pues más influenciado por la cultura francesa- se inspiraron en los viejos cantos bizantinos y en las canciones populares de los campesinos.

Ahora había que modificar ese pasado demasiado burgués y occidental. No en vano, la capital pasa de Petrogrado a Moscú. Era eslavizar. El control de los grandes teatros –que servían muchos de ellos para el ballet, la ópera y los conciertos, como el Bolshoi o el Mariinsky, fueron, desde octubre de 1917, objeto de polémica y debate entre los distintos grupos revolucionarios.

Julian Barnes ha escrito hace un par de años ‘El ruido del tiempo’, un corto libro, como casi todos los suyos, en el que nos resume la trayectoria y trabajo del compositor ruso Shostakovich.

El libro se divide en tres partes: El aterrizaje, En el avión, En el coche. El primero trata del aterrizaje de Dimitri en este mundo, sus padres, la protección del Mariscal Tukhachevsky, el primer matrimonio, su caída –relativa- en desgracia tras la ópera Lady Macbeth de Mtsenk, que fue tachada de individualista, pesimista, formalista y decadente por el Pravda (es decir, por Stalin) en 1936. Además “amenazaba con pervertir a los espíritus más nuevos”, como decía el musicólogo oficialista soviético Martynov en 1942. Cuando se estrena esta ópera los procesos de Moscú ya habían comenzado a cercenar a los héroes de la Revolución de Octubre, entre ellos a los mejores militares, como Tukhachevsky, Antonov Ossenko (mandado volver desde Albacete a Moscú en plena guerra civil española), a los que seguirían los compañeros de Lenin como Zinoviev y Bujarin, sin contar todos los trotskystas, …

La segunda parte narra su acomodo forzoso al Poder, a Stalin, hasta en los años de la postguerra. La tercera, la sumisión a la burocracia tras el fin del “Gran Timonel” en 1953 hasta su muerte en 1975.

Tres temas planean sobre la vida del compositor: su miedo o cobardía, la persecución y coerción, y su impulso creador, que se sobrepone a los dos condicionantes anteriores. El miedo, la amenaza, el pesimismo, la miseria moral y la auto denigración marcan, según Barnes, la personalidad del músico.

El entorno pasa, del terror ordinario entre 1936 y la muerte de Stalin en 1953, a la subyugación mansa al Poder, algo menos temerosa, pero subyugación, desde la época de Khrushev hasta su muerte. Este gobernante, bastante burdo e inculto, despreciaba la música clásica y en particular la suya, que le parecía jazz, y por tanto despreciable, así como denigraba el arte abstracto.

Sólo la época de la guerra parece haber salvado la dignidad de Shostakovich para Barnes. Las purgas estalinistas ceden algo frente al enemigo exterior. Es cuando compone en unas semanas de septiembre de 1941 la Séptima Sinfonía, la del cerco de Leningrado, de la hecatombe, que se estrena en la ciudad asediada bajo el ruido de las alarmas aéreas y las bombas incendiarias, y finalmente cuando plasma en su Octava Sinfonía la victoria de la llamada Gran guerra Patriótica.images-1

Pero afortunadamente Barnes deja entrever –aunque no lo destaca- también una honestidad, una dignidad en nuestro compositor: su desprecio hacia personajes como Sartre o Picasso, encaramados en su torre, haciéndose los revolucionarios desde su comodidad burguesa, y la lealtad a su país y a su pueblo. El propio músico no se amaba mucho, no se gustaba y quizás se avergonzaba de su silencio, como le sucedió a tantos artistas, por ejemplo Sibelius o a Gogol, que se menospreciaban a sí mismos por otras razones. Pero no se suicidó, aunque en el entierro de su amigo el músico Solomon Mikhoels asesinado por orden de Stalin, confesó “lo envidio”. Porque para él la muerte hubiera sido preferible al terror inacabable que siempre padeció. De hecho, “le gustaba pensar que no tenía miedo a la muerte, sino a la vida”, interpreta Barnes.

Como toda obra en la que su autor tome partido, hay una cierta injusticia, un obviar algunos hechos relevantes que desmentirían el duro juicio que hace Barnes del biografiado como un cobarde y amedrentado. Así, habría que recordar que Shostakovich permaneció en el Leningrado asediado compartiendo la vida del pueblo, y cómo fue que, a pesar de todo, pudo seguir trabajando, pudo crear, componer, trabajar. El precio que hubo de pagar al Poder fue denigrar en público a Stravinsky, al que admiraba (en su viaje a Nueva York), o a Soljhenitsin, al que leía ávidamente en secreto, o a Sakharov, fue el callar ante el gulag, callar ante las desapariciones y las expulsiones de sus colegas y amigos. Pero hay que señalar también que el gran ególatra que fue Igor Stravinsky nunca firmó nada para denunciar la persecución de músicos, artistas y poetas en la Unión Soviética, y eso que no arriesgaba nada. Prokofiev, por su parte, siempre calló, incluso cuando su esposa española fue mandada al gulag.

En definitiva, el libro de Julian Barnes, magistralmente escrito, en frases y párrafos contundentes, expresivos, casi al ritmo de una obra de Shostakovich (como la primera parte, llena de números y cifras que recuerdan ese enlace entre la música y las matemáticas, dos lenguajes universales), es un alegato contra el estalinismo, pero también contra el marxismo. Las tres partes del libro comienzan con un contrapunto al inicio del libro de Dickens, Historia de dos ciudades: “Lo que sabía era que que este era el peor de los tiempos”.

Hay tres libros complementarios a éste cuales son Vida y destino, Todo fluye y Por una causa justa, de Vasili Grossman, para entender lo que fue el estalinismo y lo que es la indestructible alma rusa, ese patriotismo que resiste a la opresión y que siempre renace y que permitió la derrota del nazismo. Creo, es mi personal opinión, que Julian Barnes ha obviado esta condición del alma rusa y, en el fondo, no ha entendido a Shostakovich.

El título del libro, El ruido del tiempo, está tomado del libro autobiográfico del poeta ruso Ossip Mandelstam, publicado en Rusia en 1925. Es un libro que muestra la desesperación. Mandelstam moriría en 1938 en un campo de concentración en la zona de Vladivostok,aunque se desconocen las circunstancias de su muerte, como la de Isaak Babel y tantos otros caídos en desgracia. Julian Barnes, con este título que ha copiado, quiere aludir a las perturbaciones políticas que marcaron la vida de Shostakovich: “¿Qué podía oponer frente al ruido del tiempo? Únicamente que la música está dentro de nosotros –la música de nuestro ser- que algunos logran transformar en música real”.

La vida de Dimitri Shostakovich (1906-1975) también podría ceñirse a una frase: el triunfo de la libertad de creación, aunque él la resumiría en 1961 como “torturado por una servidumbre cruel”, en mención a su relato del 8º Cuarteto para cuerda, opus 110. Es el binomio Poder y Creación, es decir, libertad frente a la opresión. Es un libro triste en el que los protagonistas son siempre la ansiedad y el miedo y en el que el compositor es mostrado sólo como un sobreviviente.

El ruido del tiempo, por Julian Barnes, editorial Anagrama, 2016, 206 págs.


Cielo en Weimar

10 diciembre, 2018
Acrílico sobre tela 60 x 80 cms (autor: Jaime-Axel Ruiz)

Ha empezado la recogida de la aceituna

1 diciembre, 2018
Acuarelas del autor

Don Ramón Ruiz-Marín López, un señor de Jaén. Evocación

22 noviembre, 2018

Tío Ramón ya es ceniza desde hace muchos años pero su recuerdo perdura en mí.

Ramón Ruiz se sintió siempre del campo y para el campo. Las olivas, las fincas, los montes, eran su universo. Nació con el siglo XX en Segura de la Sierra, provincia de Jaén, en la vieja casona que era de la familia y que aun existe junto a la plaza, frente a la iglesia.

Ingeniero, conocía los árboles al tacto, palpaba la tierra y los barros, cuando veía un olivar lejano sabía, antes de pisarlo, si era bueno por el color de los árboles y la tierra. Así, hizo dinero comprando fincas, arreglándolas y vendiéndolas en plena producción.

Tío Ramón

A la sombra de su noguera, con su eterno puro

No creía en los ministerios ni en los funcionarios (“que no distinguían un chaparro de una oliva”), desconfiaba del Poder, denostaba el Plan Jaén porque “cuando Dios creó el mundo, dijo ‘Jaén, para olivas’”, no creía en Franco ni en las Hermandades de Labradores ni en los alcaldes. Creía en el trabajo.

Cuando la Reforma Agraria de la República le encargaron supervisar las fincas ocupadas por la zona de Marmolejo. Se encontró unas tierras abandonadas, ganado muerto o enfermo. “Así no defendéis la República”, les dijo a los ocupantes, que naturalmente hicieron caso omiso de sus advertencias.

El 18 de julio le pilló en el pueblo. Fue detenido por unos anarquistas que se lo llevaron en un automóvil confiscado, al juez, decían. Afortunadamente iba con ellos el comunista Ramón Peláez, con una escopeta. Cuando los anarquistas pretendieron parar en una curva para darle el paseo, Peláez empuñó la carabina y dijo “ésta no ha venido a esto”, y les conminó, amenazándoles, a seguir hasta el juzgado, salvándole así la vida. Al suegro de Ramón Ruiz, que era Presidente de la Audiencia, un aragonés recto y conservador, nadie lo salvó y lo asesinaron de mala manera junto a la verja del cementerio, a la que se había aferrado resistiéndose a ser arrastrado. En su casa de Jaén quedaron para siempre los impactos de balas en su despacho que dispararon los ‘incontrolados’ que se presentaron a tomarse la justicia por su mano y lo sacaron a la fuerza de su domicilio.

Pero Ramón Ruiz tuvo más suerte. Restablecido un cierto orden republicano, tras unas semanas detenido, fue puesto en libertad e incorporado como oficial al Ejército de la República, donde hizo toda la guerra. En el frente de Aragón recordaba cómo llegaban los Stukas de la Legión Cóndor, y el ruso con quien compartía el blocao, experto que los detectaba muy lejos, le avisaba, “cama-rrada, Stukas”, y le hacía cubrirse rápidamente. Ramón Ruiz nunca negó la intervención nazi en la guerra civil, la sufrió.

Al finalizar la guerra, su salvador Ramón Peláez fue llevado ante un Consejo de Guerra que pretendía condenarlo a muerte, pero él se presentó a testificar a su favor, ante el asombro de militares, fiscales y falangistas. Condenado a varios años, pudo ser puesto en libertad y Ramón Ruiz lo colocó en el Servicio Nacional del Trigo.

Pasaron los años, la postguerra, llegó la prosperidad de algunos, con sus Packard y sus Cadillac, pero él siguió siempre una vida austera, sin estridencias, en su gran casa de la calle Llana, en el viejo Jaén (que entonces era una ciudad bastante bonita), con su patio, su fuente y su gran palmera.

El verano, “sol y moscas”, lo pasaba en el Molino donde su árbol sagrado, el único ser vivo que le escuchaba –decía- era la noguera. Bajo ella, en su butaca de anea, leía el periódico, escuchaba las noticias en la radio de pilas (siempre se negó a instalar la luz eléctrica, impropia de cortijos) y fumaba sus puros que iban dejando pequeñas quemaduras en sus guayaberas. Leía el ABC y el diario Jaén, del Movimiento, al que llamaba despectivamente el “Trepabarcos” (el hunde barcos, como se dice ‘hundir’ en Jaén) porque durante la guerra mundial, con sus noticias de toneladas hundidas por la Kriegsmarine, había él sólo hundido varias veces a toda la escuadra inglesa.

Contra la electricidad, pero con la radio, la Radio Nacional de España le traía noticias hasta el fondo del valle, junto al río y el molino. Así podía clamar contra Churchill, el hombre más malo del mundo, o reclamar que los paracaidistas ingleses tomasen los pozos petrolíferos, o mandar el Saratoga -el epítome de la fuerza militar, para él- a controlar a los árabes, o menear la cabeza con desaprobación cuando hablaba aquel ministro jiennense de la sonrisa hipócrita, Solís Ruiz.

Acabando agosto estaba el ritual de la Feria de Linares, donde iba a los toros, invitaba a sus amigos, fumaba sus puros. Emprender el viaje a Linares desde el Molino constituía el fin del verano cortijero, que coincidía también con la festividad de San Ramón, el 31 de agosto.

Era un hombre serio, ni de chistes ni de chascarrillos, sino de frases en general ponderadas, a veces exageradas de ironía o incluso con sarcasmo (contra los nuevos ricos, los cursis y los repipis, principalmente). Su mirada, su mal humor o enfado, que acentuaba alzando las cejas y las orejas a la vez, dejaba despavoridos a los peones, aparceros y tratantes que pretendían engañarle.

Cambiaba los nombres –a mí me llamaba Jaimero y Nasser-, detestaba la cursilería y mantenía su distancia respecto del “mujerío” –su mujer, sus hijas, sus hermanas- a las que afeaba que le contasen a los confesores lo que no le contaban a sus maridos. Cuando una hija suya pretendió meterse a monja, amenazó seriamente con hacerse protestante. En las misas, cuando llevaba al “mujerío a misearse”, se quedaba esperándolas en la puerta, con los hombres, reteniéndome, “los hombres, aquí”, hablando del campo, de las cosechas y los capachos. A mi padre, su hermano pequeño, lo ayudó cuando volvimos de Bruselas y siempre lo respetó, aunque difirieran en ideas, opiniones y muchas cosas (“era el más inteligente de todos nosotros”, me dijo un día).

Aquel a quien consultaban terratenientes (él también lo era, pero no era un propietario absentista), gobernadores, alcaldes y en secreto algún ministro, al final tenía sus dos fieles y pacientes confidentes, Vicente Muñoz, más viejo, que ya había trabajado con su padre antes de la guerra, e Isidro, que casi no hablaba, sólo escuchaba. Isidro después de la guerra recogía hierba y algunas raíces para que su mujer preparase una sopa para los hijos, casi muertos de hambre. Hablaban de la sequía, que no era tan mala como la del “año del hambre” (1946), pero que dejaba las tierras asuradas, las olivas estériles y los pastos a ras del suelo en los Campos de Hernán Perea, por la Chaparra y Cueva Rincón, en las tierras altas de Santiago de la Espada.

Nunca ejerció de cacique. Sus opiniones las plasmaba en artículos sobre la agricultura, contra las pretensiones de los primeros tecnócratas sabelotodo de Madrid –ciudad que detestaba por lo descomunal y por lo que representaba de burocracia y poder lejano-.

Él, que había sido un buen jinete, que se iba a caballo desde La Puerta a Santiago de la Espada a ver los rebaños, ordenar las cortas y las plantaciones, tuvo que renunciar a montar tras el accidente con su Land Rover que le destrozó la rodilla. Ahora llevaba bastón, la garrota, y sólo usaba el auto, para sus recados y para bajar de vez en cuando al pueblo a las tertulias que ya iban languideciendo, como la de ‘La Peña’. El auto siempre debía estar recién lavado, tras sufrir las carreteras polvorientas de macadam de entonces, desde aquel ‘pato’, el Citroën 11 L, negro, que siempre echó de menos, hasta los grandes Seat.

Le recuerdo, al final de sus días, cuando le fallaba el habla y hacía un gesto de irritación y de contrariedad porque no le salían las palabras que él quería. Dejó este mundo en 1980. Alguien de mi familia dijo que lo malo del Jaén de entonces era que “había demasiados señoritos pero pocos señores”. Ramón Ruiz-Marín López fue uno de los señores.

 


Jean-Claude Brisville y la excelencia de la lengua francesa

20 noviembre, 2018

Las obras del dramaturgo Jean-Claude Brisville (1922-2014) han sido representadas en España casi siempre gracias a Josep Maria Flotats, que fue su amigo. Así, tuvimos la suerte de ver Beaumarchais, el insolente hace diez años en el Español, en Madrid. Brisville y Flotats, dos personas de una gran cultura, que se han centrado en personajes históricos franceses.

Brisville fue secretario de Albert Camus, cuya muerte le siguió doliendo toda su vida. Admiraba a escritores menos conocidos, como a Dino Buzatti y Ernst Jünger, y entre los franceses a Julien Gracq, Vauvenargues, Sénancour (cuyo Obermann era uno de los libros preferidos de Unamuno), Roger Nimier, René Char, Jean Grenier y Michel Déon.

En mi opinión, ha reflejado perfectamente en su obra el sutil carácter francés, su tono natural, su forma, que se expresa sobre todo en el lenguaje.images

Nunca fue un hombre fácil pues era demasiado crítico, sobre todo con “la raza de los escritores con el dedo alzado, siempre dispuestos a dar lecciones”, como Philippe Sollers o Mauriac, de distintas generaciones. Era despiadado en sus recuerdos, por ejemplo cuando nos dice que André Breton, tras la muerte de Elsa, estaba sobre todo preocupado porque el Presidente de la República aun no le había llamado para darle el pésame.

Sobre su época, también era caústico e hizo suya la frase que oyó de una campesina “antes, la gente era ignorante; ahora, es idiota”. Osó además, en su libertad irreductible, criticar algunos símbolos como la torre Eiffel, el Sacre Coeur, la Tour Montparnasse, otros tantos “ultrajes a la belleza, e imbecilidades dominantes”. No era ni quería serlo, ni en lo social ni en lo cultural ni político, ‘políticamente correcto’.

Era, como el decía, “el hombre de su vida”, un solitario, refractario a la compañía. La prensa, aun reconociendo su valía, nunca le fue muy favorable. En sus libros De mémoire y Quartiers d’hiver nos da cumplida cuenta de sus pensamientos y recuerdos. Se puede decir que fue un escritor y dramaturgo estimado pero no amado por la crítica, como se resume en la acerva crítica que le hiciera Jerôme Garcin.

La dernière salveCentrándonos en su escritura, se servía y dominaba la lengua francesa como pocos. Es uno de los escritores que han contribuido a mantenerla en ese nivel de pureza, sobriedad, economía del discurso y belleza que siempre la ha caracterizado. Ha contribuido así, sin pertenecer a escuelas ni promociones oficiales, al esfuerzo de defensa en el que los intelectuales y escritores franceses llevan empeñados muchas décadas, sobre todo ante la amenaza del inglés de andar por casa que se ha enseñoreado de la comunicación mundial.

Sus obras abordan épocas de la historia de Francia (1750, L’antichambre), Napoleón en Santa Helena (La dernière salve, La última salva), la Restauración con esos dos chaqueteros históricos, Talleyrand y Fouché (Le souper, La cena, “le Vice appuyé sur le bras du Crime”, como dice Chateaubriand en Mémoires d’Outretombe), los debates filosóficos (Pascal y Descartes). Pero también se ha recreado en la época actual, con una sutil e inteligente venganza en Le fauteuil à bascule, contra su editor, cuando fue cesado como director de la colección Le livre de Poche (en España, Carlos Barral debería haber hecho algo parecido cuando fue expulsado de Seix Barral, o el editor y escritor Mario Muchnick al ser relegado sin preaviso ni contemplaciones por el grupo Anaya). También ha dejado obras, como Saint Just, una de sus primeras (1957), o Le bonheur à Romorantin, drama de costumbres.

Son obras de pocos personajes, de diálogos caústicos, donde cada palabra encaja en la idea. Fundamental es, pues un actor culto, de perfecta dicción, con maestría en la voz y el tono, en los matices de la conversación, los silencios, las respuestas fulgurantes. Quizás deban ser casi francófilos, o unos buenos afrancesados para representarlas mejor, y con personalidad, lo que Stanislavsky llamaba el actor con personalidad, con carácter. Son obras en las que cuenta principalmente el personaje, no el escenario. Recordemos, por ejemplo, el papel de Talleyrand que hizo Sacha Guitry para el cine.

En Francia su teatro ha sido publicado habitualmente por Actes Sud, esa gran y cuidadísima editorial de Arles fundada por el belga Hubert Nyssen que tantos escritores ha descubierto y puesto en la palestra.

 

 

 

 

 


El río Hudson, pintura

18 octubre, 2018

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Hudson River, New York, 2014 Acrílico sobre tela, 50 x 70 cms


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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