Caracas hace más de veinte años y la visión de Arturo Uslar Pietri en 1936

18 febrero, 2019

Hace poco más de veinte años, cuando Chávez estaba a punto de ganar las elecciones, estuve en Caracas.

Aún se podía pasear por los parques, por el magnífico Jardín Botánico, en las cafeterías servían los mejores zumos de frutas que nunca probé, de frutas que llevan nombres exóticos, diferentes. Se escuchaba la magnífica música venezolana, cuyos CDs se podían comprar en las numerosas tiendas de Sabana Grande, había educación musical por doquier, en los colegios, en las escuelas (no es casualidad que allí surgiera un Dudamel). Las mujeres de Caracas, bellísimas, fuera la clase social a la que pertenecieran (y perdonen, pero es un dato objetivo). También había magníficas heladerías, pastelerías (las panaderías suelen ser allí de inmigrantes portugueses, madeirenses sobre todo)  y restaurantes, entre los que destacaban los italianos. Dos magníficas editoras, la Biblioteca Ayacucho y Monte Avila, suministraban libros de gran calidad. Los de Ayacucho son hoy coleccionables, dignos de ser conservados, con su exclente papel y calidad tipográfica, además de reunir en su catálogo lo mejor de la literatura e historia de la América hispana. El Museo de Arte Contemporáneo fundado por Sofía Imber estaba entonces en pleno funcionamiento (Chávez lo mandó a los infiernos imperialistas calificándolo –tan ilustrado él- como una intromisión cosmopolita –es decir, judía- en el espíritu venezolano y bolivariano).

Caracas no es una ciudad bonita, es como una sucesión de autopistas y pasos elevados en medio de un paisaje natural bello, con lo poco que resta de la época colonial y del siglo XIX totalmente oculto por bloques y edificios, muchos a medio terminar. A pesar de las enormes diferencias sociales, del desorden urbano y de bastante inseguridad, se notaba bastante alegría de vivir. A las siete de la tarde había que recogerse porque, decían los amigos caraqueños, la policía también se recogía.

También se notaba una enorme diferencia de clases, tan típica de todos los países de América Latina, los muy pobres y los inmensamente ricos. Estos, parecían haber fracasado en hacer de Venezuela un país próspero, más igualitario y menos corrupto. Recuerdo el horror al ver a dos hombres acuclillados comiendo basura de unos cubos que habían volcado a las puertas de un restaurante. En los morros había millares de chabolas –como las favelas de Rio- donde vivían los denostados colombianos, acusados de todos los males, de ser ladrones. Decían que había dos millones de colombianos, los inmigrantes mal vistos. Hoy me imagino que la percepción habrá cambiado, cuando Colombia ha abierto sus fronteras a los emigrantes venezolanos y el camino de la emigración se recorre en el otro sentido.

Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del planeta, con unas tierras fértiles aptas al ganado, con potencia hidráulica, con los minerales más variados (entre ellos la preciada bauxita), está hoy empobrecida hasta límites obscenos, insultantes, para un país que tiene de todo, que incluso ha tenido y tiene una élite profesional y cultural considerable.

Y todos buscan un culpable: el imperialismo americano, evidentemente, el comunismo larvado, también evidente, Cuba, Putin, Trump, España, la corrupción endémica y el despilfarro, también. Hay culpables para todos los gustos. A cada cual con su venda ideológica. Yo, decadente, sin ganas de buscar culpables y solamente de dejar constancia de lo que podría haber sido este país, me pongo a leer al muy reaccionario mas interesante Ramón de Basterra, el bilbaino que murió loco y escribió Los navíos de la Ilustración, además de una poesía vasca interesante y evocadora. En Los navíos de la Ilustración, Basterra nos contaba lo que había sido la Real Compañía Guipuzcoana de Navegación a Caracas, ligada a la “Real Sociedad de Amigos del País”, y la enorme  influencia que tuvieron los ilustrados españoles de Guipúzcoa en el movimiento independentista.

Y, en fin, un recuerdo también a aquella Venezuela que tras la guerra española acogió generosamente tantos exiliados, como el gran jurista Manuel García Pelayo o como el médico Josep Solanes, quien escribiera En tierra ajena. Exilio y literatura desde la Odisea hasta Molloy (Quaderns Crema, Acantilado, 2016). O que acogía a los canarios que huían del hambre y del franquismo en auténticas pateras.

Un país que fue mal administrado por sus dirigentes, que no resolvió los problemas sociales y que confió en la extracción, la economía extractiva, en vez de en la productiva. Quiero citar a Arturo Uslar Pietri (Caracas, 1906–2001), que escribió esto en 1936, pero que sigue siendo desgraciadamente actual, cuando el petróleo era considerado el maná :

Arturo Uslar Pietri

“Cuando se considera con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía. En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a la cigarra y no a la hormiga.

En efecto, en un presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. (…)

Pero no sólo llega a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece (…) Se esterilizan las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal (…)

La lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía reproductiva y progresiva. (…)

La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.

Si hubiéramos de proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente, que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola, reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo”. [Publicado el 14 de julio de 1936 en el diario caraqueño Ahora].


In Flanders fields (el poeta John McCrae). La Gran guerra en los campos de Flandes, 1914-1918. Cuatro pinturas

10 febrero, 2019

El conocido poema del teniente coronel canadiense McCrae, caído en combate en enero de 1918 en Boulogne sur Mer, norte de Francia, me han inspirado las cuatro pinturas que se exponen más abajo, la serie In Flanders Fields.

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie
In Flanders fields.

Take up our with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields

[En los campos de Flandes las amapolas florecen
Entre las cruces, hilera tras hilera
Marcando nuestro lugar; y en el cielo
Las alondras cantan todavía, vuelan
Pero poco se oyen entre los cañones de aquí abajo.

Somos los Muertos. Hace pocos días
Vivíamos, veíamos el amanecer y el brillo de la puesta del Sol
Amábamos y éramos amados, y ahora yacemos
En los campos de Flandes.

Continúa el combate con el enemigo:
Con manos ya débiles te pasamos
La antorcha; tuya es, manténla bien alto.
Si pierdes la fe en los que morimos
No dormiremos, aunque las amapolas florezcan
En los campos de Flandes.]

(Traducción: La pluma del cormorán)


Green Book, la película de don Quijote y Sancho

6 febrero, 2019

Viggo Mortensen es Sancho Panza y Mahersala Ali Don Quijote. La película de Peter Farrely no ha tenido unas luminosas críticas entre los expertos cinéfilos portugueses, pues, como en el suplemento cultural del diario Público, Ipsilon, se han centrado en lo más obvio, en lo inmediato, el tema ya tan trillado de la discriminación racial en los Estados Unidos en los años sesenta. El árbol no les ha dejado ver el bosque, mucho más profundo y complejo, donde lo político es un pretexto para contarnos la historia de una amistad, de una cierta simbiosis, de la pérdida de la inocencia y una educación social y sentimental.

Ya hemos visto muchas películas y leído muchas historias sobre el racismo en los Estados del sur (ahora me viene a la memoria, por ejemplo, ‘Driving Miss Daisy’). Pero estos críticos, que no habrán leído la novela de Cervantes, quizás no se han dado cuenta de que la película nos atrae más porque escenifica une de los arquetipos más famosos, el idealismo de don Quijote y el realismo, el pragmatismo, de Sancho.

El gran músico negro Doc Don Shirley, que se quería presentar como un príncipe africano, con trono, vestimenta y adornos, inicia una gira musical por el Sur -como si quisiese vencer el racismo a base de conciertos de piano- para la que contrata un chófer escudero, el inefable Frank Tony Lip , que tiene los pies sobre la tierra, que al principio no le comprende pero que le defiende y le va mostrando la cruda realidad. Le hace partícipe de la música del pueblo, le enseña a comer los Kentucky Fried Chicken, que el ‘príncipe’ al principio desprecia y luego aprecia, Frank se para, con el inmenso Cadillac, en los lugares más impensables, más cutres, donde se deleita con la buena comida, mientras el gran músico permanece altivo, distante, demasiado fino para degustar esos ‘vulgares’ placeres.

Frank/Sancho coge a hurtadillas una piedra que le va a traer suerte, no tiene el pudor de don Quijote/Shirley, pero va admirando cada vez más a su patrón, lo respeta y al final, él, un blue collar racista, pide a sus familiares que lo respeten, que no le llamen ‘nombres’. Como Sancho Panza, cambia los nombres, en su incultura, como Joe Pin, Chopin. Los golpes de Lip nos hacen sonreír, como en don Quijote, y su cambio personal a lo largo de ese road movie que es un trasunto del periplo del Caballero de la Triste Figura, no emocionan.

Sancho se va quijotizando, al igual que don Quijote se va sanchificando, al como sucede en la obra de Cervantes, cuando al final es Sancho quien anima a don Quijote, evocando la posibilidad de volver a ir por esos andurriales como Caballero Andante. Shirley, al final, viene a compartir la Navidad con la familia de italoamericanos, obreros, se ha creado una amistad.

Shirley, en su idealismo, lucha a su manera contra la discriminación racial, pero la realidad es más dura de lo que se imagina, y Sancho/Lip es quien le saca de apuros, le protege y al final, comparte sus ideales. La película nos apela porque, en el fondo, se sirve de esos dos objetivos de la vida: la fama, los ideales frente a la realidad, lo cotidiano, encarnados por el Músico cultísimo, distinguido y caballero, y el humilde chófer escudero.


‘Periplo alfabético de un fumador de pipa’, por Ignacio Vázquez Moliní

5 febrero, 2019

No seré objetivo, lo aviso. El señor Moliní, con quien comparto impostura bajo el nombre del decadentísimo portugués Rui Vaz de Cunha, tiene la manía de escribir y no seré yo quien le desanime, al contrario. Este es más un libro de viajero que de viajes y, por tanto, no es lineal.

En efecto, la estructura del libro es alfabética en vez de itinerante, ya que relata sus estancias, algunas a tiro de piedra de su casa, como la L de Lapa, barrio lisboeta donde mora el escritor, según la inicial. Están representados los cuatro continentes con diecisiete europeas ciudades, cuatro asiáticas, cuatro americanas y tres africanas.

Vázquez Moliní, grand flâneur, es todo lo contrario de esos viajeros ingleses o franceses, a menudo condescendientes, que miran con superioridad al pueblo visitado. Moliní nos cuenta de personajes, de sus dudas y extravíos, sus sorpresas, todo acompañado de una pipa bien olorosa. Nunca juzga. Como mucho, deja caer un comentario irónico, como cuando en Arles le dejan comer a deshora sin que le suceda lo que a tantos viajeros que se topan con la eterna, marmórea, inamovible respuesta francesa: “désolé, la cuisine est fermée”. O cuando compara los procedimientos de los guardianes de la revolución iraní en la puerta de la Mezquita de Qum con el derecho administrativo español, complejo, contradictorio y muchas veces incumplido.

Su hilo conductor es una afición ya caduca, decadente y destinada a la prohibición total por los guardianes de la Sanidad orwelliana, como es fumar en pipa. Dije que no sería objetivo. La pipa es un residuo de civilización. Mi padre también fumaba en pipa y sus cachimbas las guardamos como pequeñas reliquias, así como algunas latas vacías de Amphora, Dunhill, Capstan’s o State Express que sirven para guardar tornillos, monedas viejas, gomas de borrar y sacapuntas.

Además de las equivocaciones, despistes y desorientaciones del viajero normal, Moliní añade tres problemas más al viaje: encontrar un lugar donde le dejen humear, conseguir un buen tabaco y escoger bien la pipa. Todo ello da en el humor, además de que escudriña los lugares más imprevistos para poder fumar en paz. No en vano, cita a Potocki (Manuscrito hallado en Zaragoza) y la teoría del laberinto para justificar su libro.

Además, el viajero encuentra personas, evoca amistades, como la del inefable Primitivo Martínez, en Beirut, al que yo tuve el gusto de conocer años después en Rabat, donde dirigía el instituto Cervantes (de antes de la institución). En La Habana, bajo la H, nos habla de don Ramón, en Kyoto les hace a sus anfitriones una sopa de ajo. Es un viajero con afectos, no un instagram con piernas.

Algunos de los lugares que describe son hoy casi leyenda, como Sidi Bu Said, Beirut o Marienbad. Otros se prestan al paseo como Rávena o Nicosia. Incluso alguno, como en el libro de Potocki, son inventados, tal Faronípolis, que es un homenaje a su admirado escritor Luis Landero. En Gijón, con la X regionalista, licencia poética para poner una ciudad o lugar que no sea Xanadú, donde no ha estado, resulta que hasta pierde la pipa.

Al final hay un pequeño glosario con las marcas de tabacos (algunas supongo que desterradas para siempre de la industria por mor del Estado salubre) y de las pipas, que hoy serán casi objeto de colección. Me quedan dos dudas: cómo olerá el tabaco Latakia, y cómo serán, y cuáles sus efectos de fumarlas, las pipas de Espuma de mar, Aphros en griego, de donde viene Afrodita. ¿Será que fumar en pipa es afrodisíaco y no quiere confesarlo?

En definitiva, el libro de Ignacio Vázquez Moliní es un canto a la libertad de movimientos, a la libertad individual y a la curiosidad viajera, con humildad, sin arrogancia y sin perjuicio de terceros para que no les moleste el humo.

Ha sido editado por Alud Editorial, pequeña empresa onubense que se atreve a publicar obras diferentes. Al final, podríamos decir, como el belga Magritte, Ceci n’est pas une pipe, ceci n’est pas un livre, sino un entretenimiento que nos deja con una sonrisa y con ganas de que su próximo alfabeto tenga entradas mayúsculas y minúsculas y así habrá 56 lugares.

[ Periplo alfabético de un fumador de pipa, por Ignacio V. Moliní, Alud Editorial, Fuenteheridos, Huelva, Octubre de 2018 ]


Nada que no sepas, novela de María Tena (anotación de lectura)

28 enero, 2019

No añadiré nada que no se sepa sobre el último libro de María Tena, Premio Tusquets 2018. Ha sido suficientemente reseñado por los mejores críticos, entre ellos por Masoliver Ródenas. Pero no he querido leer ninguna crítica para no condicionar mi lectura y mi percepción.

El tema del libro es tan antiguo como el género novelístico mismo, el contraste entre pasado y presente, la búsqueda de la madre desaparecida, del tiempo perdido. Pero con un giro especial: un pasado no tan lejano, el Uruguay de los años sesenta del pasado siglo, antes de los Tupamaros y de las dictaduras del Cono Sur, una sociedad con una cierta dosis de inocencia, inocencia que la narradora aún conserva cuando vuelve desde Madrid a los escenarios de su infancia en Montevideo, en la pesquisa de qué fue lo que provocó, o causó, la muerte repentina de su madre, la vuelta precipitada de la familia a España.

María Tena conoce muy bien el país, sus gentes, y recrea con soltura aquel ambiente de las clases pudientes, una sociedad que a mí me recuerda, con más glamour ésta que la hispana de la época, a la que Juan García Hortelano describiese en El gran momento de Mary Tribune, o a la que Luis Goytisolo expusiese en el cuarteto catalán,  Antagonía.

La protagonista de esta búsqueda del pasado, de esta dolorosa indagación, se mueve entre el sueño de aquella infancia y primera adolescencia y su némesis de vivir en Madrid, casada con un tal Alvaro, que se le ha derrumbado como modelo y como marido. La vida cotidiana, el marido infiel, la agencia, los hijos, la domesticidad, y aquel Montevideo, aquel Carrasco que recuerda como el paraíso hasta la súbita desaparición de Mamá, la madre (que los dos términos usa la escritora, el familiar y filial y el social). Le han quitado a Mamá. Y ella vuelve a ese país a ver por qué, qué pasó. Su amigo de la infancia, el maduro ex tupamaro, recluído y autoexcluído de una sociedad que ya no es la suya, es quien le desvelará la verdad.

La segunda parte, con la descripción de somera de la vida y carácter de Yuyo, el desentrañar aquel misterio, me ha parecido lo más sabroso del libro. Un libro triste, un libro de desencanto, donde el pecado conlleva la condena (tanto del padre como de la madre); en este sentido, un libro que transpira un cierto puritanismo residual.

Impecablemente escrito, de frase corta, lenguaje directo y actual, la autora tiende un puente hacia ese Uruguay que pocos conocemos, ese país discreto, estable en el que tantas cosas pasaron y cuya personalidad ha inspirado y marcado a escritores y músicos, tanto del país como extranjeros. Quiero evocar a Lautréamont, Supervielle, Galeano, Onetti, Drexler, entre muchos más, y hoy, María Tena.

Si hubiera que poner un subtítulo al libro, yo elegiría el verso de la cantante Barbara, “que tout  le temps perdu ne se rattrape plus…”.


Tres cuadros recientes (ver más del autor en artmajeur.com/jaimeaxelruiz)

24 enero, 2019

La revolución de 1918 en Munich

16 enero, 2019

Hace un siglo todo cambió. El viejo orden acababa. La Conferencia de Versalles iba a cerrar en mayo de 1919, con revanchismo y de manera ignominiosa para Alemania, la Europa del Tratado de Viena de 1815. Se desarbolaban y desmembraban con saña y codicia los dos grandes imperios, el Otomano –que se repartían Inglaterra y Francia- y el Austro Húngaro (además del ruso, que estuvo a punto de disgregarse con la guerra civil apoyada por las potencias occidentales). Estos imperios mal que bien, habían asegurado un cierto orden internacional. Ahora, Rusia estaba en plena revolución y Alemania, al borde del colapso.

Los campos de Flandes, In Flanders Fields, 1918

En el arte, Kandinsky ya había  escrito en 1912, De lo espiritual en el arte. La Bauhaus estaba a punto de iniciar el cambio total en la arquitectura y el diseño, uniendo arte y técnica. La pintura, la literatura, la música eran también revolucionarias. El rumano Tristan Tzara (Sami Rosentock), había lanzado su manifiesto Dada –de sí, sí, en eslavo, sí a la libertad creativa, sí a la vida- en abril de 1918. El psicoanálisis que había comenzado hacía diez años empezaba a difundirse como terapia. Oswald Spengler había publicado ya el primer volumen de su Decadencia de Occidente que todos leían con fervor, como Mann y Rilke.

Alemania en 1918

Cuando aun no se había firmado el armisticio (el 11 de noviembre), la revolución estallaba en Alemania, de norte a sur. Empezaron los marinos en Bremen y Hamburgo, el Kaiser Wilhem II huía a Holanda. El 8 de noviembre, en Munich, donde vivían Thomas Mann, Rilke y tantos literatos, se expulsaba pacíficamente al rey y se instauraba la república bávara. Daba comienzo la revolución maximalista capitaneada por el periodista y poeta Kurt Eisner y secundada por muchos intelectuales, entre ellos Ernst Toller, Gustav Regler y Oskar Maria Graf, hoy prácticamente olvidados. Les seguían soldados desmovilizados, obreros, estudiantes. Mientras, la burguesía se encerraba en sus casas, acobardada, a la espera.

Kurt Eisner, un socialdemócrata, no era ningún ignorante. Estaba formado como neo kantiano y había publicado un libro, Nietzsche, el apóstol del futuro. Había trabajado en el prestigioso ‘Frankfurter Zeitung’. Un año después de su asesinato eran publicadas sus obras completas.

Un joven reportero que luego se hizo famoso, Viktor Klemperer, da cuenta de lo que sucede. Entre los rebeldes o revolucionarios que desfilan por las avenidas muniquesas figura un cabo desmovilizado que acaba de salir de un hospital militar en Pomerania, un tal Adolf Hitler, que incluso participará en el funeral de Eisner en febrero. El director de orquesta Bruno Walter, amigo de Mann, practicaba su música. En el funeral de Eisner, ‘el Judío’, como le acusaban muchos, asesinado por un noble ultraderechista, Heinrich Mann pronuncia unas palabras, así como el espartakista Max Levien, aunque había sido su oponente.

Klaus Mann eligiría después a Eisner como el héroe de una de sus piezas de teatro. Su hermano Thomas estaba escribiendo La Montaña mágica, trabajo que interrumpió mientras duraba esa revolución. Su protagonista, Hans Castorp es en realidad un producto de esa revolución, de la contradicción entre el progreso democrático y el comunismo de vieja escuela, entre Settembrini y Naphta.

Pero había que acabar con el desorden. Los socialdemócratas alemanes, dirigidos por Friedrich Ebert, pactan con Hindenburg para derrotar a los revolucionarios en toda Alemania. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg son asesinados en enero de 1919, como lo será días más tarde Kurt Eisner, el 21 de febrero.

A finales de abril de 1919, las tropas, la policía y los freikorps ahogan en sangre, a base de ametralladoras, el sueño imposible de aquellos poetas. El pequeño ejército rojo bávaro, de 15.000 soldados fue aniquilado y dispersado rápidamente. La Asociación Thule, fundadora del Deutsche Arbeiter Partei, que luego se convertiría en el NSDAP, estaba ya muy activa y clamaba por la pureza de la raza alemana, por una dictadura y por la expulsión de todos los judíos, a los que acusaba de ser los promotores de la revolución muniquesa.  El 1º de mayo desfilan por las avenidas de la ciudad los húsares prusianos y los freikorps, convenientemente uniformados. El experimento de los ‘soñadores’ ha terminado.

En España solamente Pío Baroja, en Las veleidades de la fortuna, se hace eco de esta revolución,

Stolz les habló de la revolución comunista y les señaló los puntos donde el estudiante Noske dio la batalla a los maximalistas  bávaros. Stolz era reaccionario y antisemita. Todos aquellos judíos mesiánicos, como Trotsky, Bela Kun y Zinoviev, le parecían repugnantes. Kurt Eisner, el socialista asesinado en Munich era, según él, uno de los hombres más pedantes y autoritarios.

(…)

-¿Y era curioso el aspecto de Munich durante la revolución?- preguntó Pepita.

-Nada. Todo iba tomando un aire horrible. Era como el cieno que va apareciendo cuando se revuelve un estanque.

(…)

– El alemán no puede vivir más que con disciplina estrecha. El maximalismo aquí, como todo lo popular en Alemania, tomó aire de fiesta gimnástica. Grupos marchando al paso y cantando la Internacional o la Marsellesa, músicas, tambores, tuvimos todo este estrépito hasta que empezó la canción de las ametralladoras (…)

La revolución de Munich, en la que participan espartakistas (mandados detener temporalmente por Eisner, como Max Levien, fundador del Partido Comunista Alemán), tolstoianos, utopistas, se plasma sobre todo en el papel: la prensa es nacionalizada, o más bien, socializada, se implanta la jornada de ocho horas (aunque la mayoría de las fábricas están paradas y hay miles de parados), se nacionaliza la industria minera. Las finanzas se guían por las teorías iluminadas de Silvio Gesell, Delegado del Pueblo, que considera la moneda como un residuo del pasado y propone que el dinero sea sujeto a una tasa semanal y sólo aceptado cuando los billetes lleven el sello de haber sido pagada; sostiene que el interés hace esclavos a los hombres, que la tierra y sus tesoros, su riqueza, pertenecen a todos, “no hay carbón inglés ni petróleo rumano, todo pertenece a la humanidad”. Pero sus teorías no eran tan disparatadas y serán estudiadas después, entre otros, por Keynes. Pretenden ingenuamente una paz separada de Baviera con la Entente (cuando Wilson, Clemenceau y Lloyd George lo que quieren es quitar a Alemania de en medio, quitarle sus colonias y someterla para siempre).

En conclusión, todo parece apuntar a que Eisner era un iluso, no sabía lo que quería, era pacífico, dudaba, y fue abandonado. Hará bueno ese aforismo alemán de que “quien sabe escribir un poema es un inútil en política”. Lenin, prudente y calculador, no había avalado el movimiento. La Tercera Internacional aun no se había constituido y la consigna era salvar la revolución en Rusia, no iniciar otras, de dudoso éxito. El camino hacia la constitución de Weimar quedaba despejado.

Esto y mucho más nos lo cuenta el libro de Volker Weidermann sobre aquellos sucesos: Dreamers, when the writers took power (Pushkin Press, 2018), Soñadores, cuando los escritores tomaron el poder, Alemania 1918.

No basta con ser culto, creativo y tener buena fe para dirigir la política y menos una revolución.

Leyendo esta triste historia del llamado soviet  de Baviera, no puedo por menos que ver un cierto paralelismo con otros sucesos históricos, esta vez españoles, que podría llevar el título titularse Cuando los ateneístas tomaron el poder. En efecto, don Manuel Azaña y tantos otros se encontraron con el poder en las manos en 1931, y sobre todo a partir de febrero de 1936, pero no supieron conservarlo ejerciendo la autoridad legítima de que disponían. El orden público se les fue a los republicanos de las manos, y el lumpenproletariado hizo de las suyas con las brigadas del amanecer, asaltos a cárceles y asesinatos sin cuento. Esta pérdida, esta carencia de poder cívico, netamente republicano, les fue enajenando voluntades tanto en España como en el extranjero y contribuiría en gran medida a su derrota.


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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