El viajero imaginario (relato)

El avión gira lentamente, se inclina, y Cipriano, algo aturdido, contempla luceros alineados, botones brillantes en la oscuridad, trazos de puntos como las luces del club del Puente de Génave. Una sacudida y la gente impaciente quitándose los cinturones, levantándose, maletas cayendo sobre sus cabezas, las camareras de uniforme rogando inútilmente un poco de orden y de paciencia. Cipriano es disciplinado. Apenas lleva una bolsa de lona marrón con un letrero con dos palmeras entrelazadas y Viajes Patamar. También lleva una bolsita de plástico transparente como las que usa su hermana la de Barcelona para guardar cosas en la nevera. Se la dieron en la agencia de Úbeda con el pasaporte que le mandaron del Gobierno Civil, los cupones para un hotel que pone Mercure Supreme Second Avenue, un billete para un autobús llamado city, un folleto que dice Nueva York al alcance su mano, el papel verde que le ha dado una de las camareras, seca como una maestra, y gracias al cual ha echado la mitad del viaje escribiendo. Con el papel y las comidas en las bandejas con plástico ha ido pasando el rato porque Cipriano no puede dormirse en la butaca. Que si ha sido comunista o ha participado en un alboroto o algo así, que si lleva plantas o animales, hombre, para ir en avión cómo se va a traer los animales, a ver si es que se creen que uno es tan bruto, y si lleva más de diez mil dólares. La camarera le ha dicho que diga a todo que no y al final le ha cogido ella misma el cuarto papel que le ha dado porque los ha emborronado y le ha puesto unas aspas en los recuadros que son como los papeles que le dan en la cooperativa pero que se los rellena Gil, el gestor. Ha pasado los controles, respondido a las preguntas de varios guardias negros. A la salida, entre gentes que se precipitan con los carritos llenos de maletas rompiendo espinillas, llamando por los móviles, ha sido interceptado por un hombrecillo que llevaba un cartel escrito con rotulador rojo que rezaba, Viajes Patamar, Mr. Cipriano Ruiz.

Vista de Nueva YorkCipriano pasó unos días confusos, sin poder fumar en parte alguna, entre autobuses y ascensores y los vídeos mejicanos del hotel. Recuerda vagamente que le salpicó un autobús los pantalones claros nuevos, que le subieron en unos interminables ascensores de aluminio con un cobrador a las cumbres de un par de edificios altísimos desde los que se veían muchos barrios, que le hablaron de unas torres mellizas que allí estuvieron, que debieron ser aquellas que derribaron los moros, que vió muchos negros grandotes y coches amarillos de ruidosas bocinas, como el camión de Rebulle cuando llega a la cortijada con los melones. Y más autobuses, y el metro, que es peor que el de Barcelona, y unos puentes de hierro pero más grandes que los de Mengíbar y Vilches por los que solo pasa el tren.

En Barajas, con la bolsa de Viajes Patamar de Úbeda, llena de ropa sucia, le habían embarcado de vuelta al pueblo en una pava de La Sepulvedana que tardó en llegar casi tanto como a Nueva York. Empezó a recobrar conciencia en Manzanares, en la estación de autobuses que olía a orines, a serrín y a churros fríos. Allí se fumó el primer cigarrillo a gusto en diez días.

Pero el viaje de Cipriano empezó en realidad unos días más tarde, en la barra de La Cumbre, en La Puerta de Segura, entre el familiar y entrañable humo de tabaco, el timbre de las maquinitas y la televisión que vomitaba flamenco de Canal Sur. El interrogatorio lo dirigía su amigo Pedro el Pocero, que algunos todavía llamaban Pedrillo a pesar de que ya le ha pasado la edad del retiro, que se dedicó a ese oficio para no moverse del lugar, que se había casado con su tía carnal para evitarse descubrir mozas de otro pueblo quizás lejano de cinco kilómetros, y que vivía en el barrio de Beas, encaramado entre las casas de los gitanos y las tapias del cementerio, a unos metros apenas de la casa donde hacía setenta y cinco años que había nacido y a otros pocos metros de donde descansaría en breve.

-Mira Cipriano, le decía Pedrillo tomando a toda la barra por testigo, a mí no me cuentas el cuento de que has estado en Nueva York (nuevallor). ¿Cómo me lo vas a demostrar? ¿Qué has visto? ¿Has visto a Obama? ¿Te han hablado en inglés? Dime, ¿de qué te acuerdas?. Tú te has ido a Madrid con alguna lagarta del club y ahora nos vienes con lo de América. Todos asentían y le miraban en plan de guasa.

Cipriano sacaba el billete arrugado que ponía Madrid, aeropuerto de llegada La Guardia (lo que le delató, porque entonces todos los parroquianos dieron por seguro que no había pasado de Ocaña), y estaba lleno de números incomprensibles. El billete estaba sobado de pasar de mano en mano sin que nadie acertase a certificar, como un documento auténtico, que era la prueba irrefutable de que Cipriano había estado en América. El no podía testimoniar de nada, no había visto el mar, no había visto a Obama, al que todos conocían perfectamente porque salía en los telediarios.

Finalmente, para salir de dudas, convocaron en La Cumbre a don Julián, el Juez de Paz retirado, que examinó en plan forense, científico, a Cipriano. Este, albañil, no había traído más que unas tarjetas postales en las que se veían muchos bloques, pero como lo único que escribía eran las cuentas que apuntaba en el paquete de Ducados con un bolígrafo que llevaba en la camioneta y no tenía a quien escribirle, no había escrito ninguna carta, prueba documental fehaciente de que al menos la habría remitido desde América, sentenciaba, inapelable, don Julián. El sobado billete no bastaba porque don Julián nunca había cogido el avión y el sitio más lejos que había ido era a Barcelona a la boda de su ahijado que trabajaba en la SEAT. Y don Julián le hizo preguntas profundas:

-Pero ¿no has visto el mar? ¿No dicen que estamos mar por medio? ¿Si no has visto americanos de los que hablan inglés, si no has visto el mar, entonces cómo quieres que nos creamos que has ido a Nueva York? Y eso pone La Guardia, que está en Jaén y en Toledo, eso no es una ciudad, es un pueblo que no tiene aeropuerto.

Los demás perdían interés, “en nueballor que dice que ha estado, pues no te fastidia, se quiere quedar con nosotros”. Y se volvían hacia la televisión donde una revoltosa alzaba los faralaes.

La Puerta de Segura (Jaén). España

Cipriano en realidad lo único que recordaba era la estación de autobuses de Manzanares, un vecino del autobús que no hablaba nada y que parecía de esos rusos que iban a la vendimia, y el hombrecillo de viajes Patamar que le había recogido, cuando estaba medio dormido, en el tumulto al bajarse del avión. Pero tampoco había visto el avión, sólo un pasillo por el que la gente llevaba unas maletas con ruedas, de que unas camareras se ponían una especie de chaleco amarillo y se lo ataban y se lo desataban, una de las camareras que le había tirado una bandeja forrada de plástico con un muslo de pollo frío y un bollo de esos que le daban a la abuela que en paz descanse cuando estaba en el hospital para merendar, de unas televisiones que salían del techo y en las que aparecía gente que no entendía y de que no pudo fumar en la semana que pasó entre un cuarto de una pensión, unos ascensores y el hombrecillo de Patamar que hablaba como los malagueños o como los sevillanos, pero que no parecía de Sevilla ni de Málaga, que era de por allí.

Y don Julián devolviéndole con un gesto desconsolado el billete de La Guardia ese, sobado y las postales en blanco, y los del bar que perdían interés y miraban la televisión, y el Pocero que le decía que él había escudriñado el interior de la tierra desde que tenía once años y ni era redonda ni falta que hacía, y que Cipriano le quería hacer tragar que había estado en América cuando ya se sabe que los americanos son unos mentirosos que sacaron una película diciendo que habían llegado a la Luna porque habían hecho una película pisando arena o greda y dejando la huella de una bota, que él estaba harto de dejar huellas en la greda verdosa y no se había hecho fotos para engañar a la gente.

Y Cipriano que se iba a consolarse a jugar solo a las maquinitas al puticlub del Puente de Génave donde nadie le preguntaba por el viaje a América que le había tocado en el sorteo de la Caja Rural y que había decidido que si le tocaba otra vez la lotería o un premio se iría de viaje pero acompañado, para que no le faltasen testigos, que él no era un mentiroso. Que lo único que había hecho toda su vida era trabajar y no había tenido ni oportunidad de encontrar novia y a este paso con cincuenta y cinco tacos ya nada. Cipriano apartaba con un brazo a una especie de mulata gorda y con el par de cuba libres daba por terminada la velada del domingo. Hasta el día siguiente, que había quedado con Pedro el Pocero, que tenían que ir a Linares a comprar otra motobomba, y ahí sí iba a recordar todo el viaje porque iba en su camioneta y paraban en todos los pueblos y traían la motobomba para el jardín de don Julián y eso no le iban a negar, que había estado en Linares, que habían comido churros en Baeza, frente a la estación de los autobuses, y que a la vuelta se habían comido unas gambas al ajillo en Villanueva del Arzobispo, donde las comía don Amancio, que en gloria esté.

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