Azorín pasa la guerra de España en París

En su segunda y última estancia en París, durante los años de la guerra civil española, Azorín viviría en un barrio con poca alma. Se alojaba en el hotel Buckingham, en el 45-47 de la rue des Mathurins, frente a la Capilla Expiatoria, panteón de Luis XVI y María Antonieta, cuyos cuerpos decapitados fueron llevados años después a ese lugar. Por allí vivió Godoy, según el Marqués de Rochegude que en su Guide pratique à travers le vieux Paris (Hachette, 1903) nos informa de que la apertura de la calle Scribe hizo desaparecer el palacete de Manuel Godoï, “prince de la Paix”. Su descendiente, monsieur Philippe Godoy, afirma que su antepasado, olvidado por la Corte española y por el infame Fernando VII, vivió en la mayor pobreza sus últimos años, habiendo abandonado dicho palacete cuando se arruinó por culpa de Pepita Tudó, su segunda esposa, que se largó con el último dinero que le quedaba de sus cuentas francesas e inglesas que le había administrado Cabarrús.

Azorín busca libros viejos en los puestos del Sena

Azorín en los puestos de libros de lance del Sena

Después moraría Azorín en el Hotel Peiffer, situado en un callejón de la Madeleine, cerca de Les Arcades. Este era unos de los grandes barrios elegantes de París, de la nobleza del Imperio. Son barrios fríos como aburridos salones burgueses, de una sequedad cartesiana. No muy lejos está la iglesia de Saint Philippe du Roule, triste, envarada. Allí enterraron a Balzac, y fue el lugar donde se celebraron los funerales de la mujer y gran amor de otro gran –e injustamente- olvidado, Pierre Benoit.

Azorín se acercaba algunos días al número 112 del cercano Bulevar Malesherbes, donde su amigo Sebastián Miranda esculpía su busto. Quizás la elección de los barrios y calles donde moró Azorín, le dificultaron relacionarse con los intelectuales franceses y con el resto de españoles que pululaban por París, entre Montparnasse y sobre todo por Saint Michel y Saint Germain. Su amigo Baroja, a pesar de ser huraño, sí los encontró de vez en cuando.

Tampoco se mezcla Azorín con el pueblo francés vivo y voluptuoso, sino con los modestos artesanos, trabajadores como él, de la minucia y el detalle. Admira al zapatero, al ebanista, a la coqueta telefonista o a la joven modista que va en un autobús. Y, contemplativo, se detiene en los squares, esas pequeñas plazuelas silenciosas, con jardín, que para él son el culmen de la civilidad, pues invitan al descanso, a la lectura y permiten el juego de los niños (Azorín, sin hijos, sí gustaba de los niños, de su alegría y sus juegos). Prefería el square Carpeaux, pero el viajero de París puede encontrar estos oasis por toda la ciudad, a espaldas de una iglesia o una de esas escuelas centenarias, de ladrillo. Los squares, para Azorín, forman parte de la narrativa de la ciudad. Fueron creados en la época de Haussmann para amenizar los bulevares y los barrios, dotándolos de arbolado, zona de juegos, una fuente y bancos.

Con un libro de Azorín en la mano redescubriremos aquel París amable, suavemente gris y otoñal. Sumergirse en el pasado para volver al presente.

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