Manolo, el inocente

Dichosos los pobres en el espíritu

porque suyo es el reino de los cielos

(Mateo, 5, 2)

Hace treinta años, cada pueblo español tenía su ‘tonto’. No había muchas instituciones ni clínicas y los retrasados mentales, los pobres, no los de familias con más posibles, estaban libres, ‘sueltos’, a merced de la caridad, del escarnio o de la chanza de los lugareños. Dependía de la buena o mala voluntad de los vecinos. Los ‘tontos del pueblo’ ayudaban a menudas tareas, vagaban por las calles, hacían recados simples.

Siempre nos preguntaremos si era mejor eso o tenerlos encerrados en grises y sombríos manicomios u hospicios. ¿Eran más felices al albur del tiempo, de la caridad, del hambre? No lo sabremos.

En La Puerta de Segura, en la provincia de Jaén, teníamos al nuestro, a Manolo, apodado cruelmente ‘El Montachicharras’. Cuando le gritaban su apodo se enfurecía y tiraba piedras sin puntería; luego, lloraba. Manolo era bueno, un inocente, un alma de Dios que habrá reposado en paz, finalmente. No sabíamos su edad. A veces iba andrajoso, sucio, con barba de muchos días. Luego, la parroquia o la caridad anónima, le habían limpiado y dado una camisa vieja pero limpia y unos calzones remendados, pero honestos.

 A Manolo lo que más le gustaba eran los automóviles y los camiones. Ayudaba en la maniobras, dirigía el tráfico (el escaso que había, de dos o tres Seats, un polvoriento Chevrolet de 1934 de Maximino y el camión de ‘Rebulle’). A veces lo llevaban a algún cortijo, a ayudar a descargar. Iba diligente, poseído, por un rato, de su necesidad, de que era útil y era como los otros, servía para algo. Y entonces, en la cabina del camión, junto al conductor, era feliz; el ruido áspero del motor, el olor a aceite quemado, el humo del Perkins, lo encandilaban. Llevar a Manolo de paseo, de escudero o ayudante, era darle unos gramos de felicidad.

 Pero otras veces, algún desalmado lo emborrachaba adrede, le daba un cigarro y un vaso de vino peleón y Manolo se quedaba atontado, se tambaleaba, le daban ataques de rabia, le salía baba de su desdentada boca y, al final, lo encontraban tirado, bajo alguna sombra. Manolo sabía que no era normal, sabía cuándo se burlaban de él y cuándo le respetaban, Manolo sentía, sufría, y era agradecido. Tenía más sensibilidad que muchas personas que consideramos normales.

Un día ya lejano, en un invierno frío y húmedo, Manolo enfermó. Se lo llevaron. Nadie supo bien a dónde. ¿A Jaén, a Úbeda?, a algún oscuro caserón donde quedaría encerrado hasta el fin de sus humildes, santos días. Ya no vería coches ni se podría montar en el estribo de una camioneta.

Manolo era nuestro inocente, el alma bendita, humilde y tierna, que ponía en evidencia la imperfección de la vida, la injusticia del mundo y la pobreza universal. Nos recordaba la utilidad de lo inútil en este mundo en que el lucro, la ganancia, el hedonismo y la eficiencia casi han borrado lo humano.

2 Responses to Manolo, el inocente

  1. juan dice:

    Coincido contigo en casi todo salvo en su final. A Manolo se lo encontraron muerto, por hipotermia, en el suelo de su propia casa, al parecer, tras uno de sus desvanecimientos por el alcohol (era un enfermo alcohólico). Fué velado en el templo parroquial de La Puerta por el párroco de entonces (D. Francisco Rosales) y algunas mujeres, pocas, que permanecieron durante toda la noche. No recuerdo bien la fecha de su fallecimiento pero debía ser por el principio de los años ochenta.

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  2. Alfredo Rodriguez dice:

    No le vi desde el 56. En 1972 lo encontré en el bar de Demetrio y estaba muy deteriorado. Le pregunté por su madre, Soledad, y creo que ni me entendió. Demetrio me dijo que Soledad había ya fallecido. Creo que su padre se llamaba Celedonio y era cacharrero.

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