La búsqueda del coche perdido. El Vauxhall Velox (10ª entrega)

Un Vauxhall en las olivas.-

Paseando por Lisboa me encontré un viejo Vauxhall Velox Saloon en la Travessa do Enviado de Inglaterra, callejuela cuyo nombre hace soñar. Hacía treinta años que no había visto ninguno así al natural, desde que allá en un olivar jiennense un Vauxhall Velox negro, también de tío Vicente, tiraba de un tractor que se había quedado atascado en el barro. Así eran estos potentes autos, con sus más de dos litros de cubicaje y sus seis cilindros. Se les notaba que sus antepasados habían sido tanques y que eran bastante sajones.

Sin título-Escaneado-10Estos coches eran de una potencia extraordinaria, con tres velocidades y con un sistema de dirección precursor de la dirección asistida, recirculating ball bearings. Cuando el coche estaba parado la dirección era muy suave y era fácil aparcarlo, mientras que en marcha su dirección se iba endureciendo a medida que iba tomando velocidad.

La firma Vauxhall se remonta a mediados del siglo XIX –su nombre viene de los Vauxhall Gardens, deformación de Falkes Hall, cerca de Londres era el lugar de encuentro de los elegantes en la época de Sir Samuel Pepys. Es una deformación del nombre normando Falkes de Breauté, lugar al sur de Londres donde hubo unos inmensos jardines que fueron destruidos para levantar casas a mediados del siglo XIX -. La firma “Vauxhall Iron Works Ltd”, se dedicaba a la fabricación de maquinaria y forja; empieza a fabricar automóviles muy pronto, en 1903.

En 1913 se fabrica el primero de los míticos Prince Henry C Type, unos de los últimos representantes de los automóviles ‘edwardians’, construídos en aquel período de prosperidad que precedió a la Primera Guerra Mundial, bajo el apacible e inteligente reinado de Eduardo VII. De los Prince Henry se harían tres series, 1913, 1914 y 1915. Hay muchos documentos gráficos de la Gran Guerra con los altos mandos militares ingleses a bordo del Prince Henry en los frentes de la Marne, de la Somme y Flandes, en el infierno de la aldea belga de Paschendaal, hoy quizá más conocida por su excelente queso.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Vauxhall dedicó su producción a las necesidades militares, fabricando el 100 H-Type, que serviría de base a los tanques. Por otro lado, dedicó la Bedford a fabricar cerca de un cuarto de millón de camiones. Fue uno de los más importantes baluartes de la industria militar británica y entre otros, fabricó más de cinco mil tanques modelo Churchill y reparó otros tres mil; cinco millones de depósitos de gasolina; cuatro millones de componentes para lanzagranadas; casi un millón de cascos para los ‘tommies’; maquetas de camiones y aviones para engañar al enemigo y el desarrollo de los cazabombarderos y bombarderos Lancaster, Halifax y Mosquito.

Los Vauxhall tuvieron varios modelos Velox que se llamaron así porque en los años treinta ganaron muchas competiciones de velocidad. En 1937, un poco más tarde que el Citroën Tracción, fabricó el primer coche inglés monocoque, es decir, con la carrocería y el bastidor integrados. El Vauxhall Velox Saloon fue el principio del fin de la marca como diseñadora independiente (con la breve sucesión del Cresta en 1955 y del Víctor en 1961). Hoy, Vauxhall no es más que el logotipo de los impersonales y sosos Opel en Gran Bretaña, la división británica de la General Motors, que ya había adquirido la firma allá por el año 1925 pero durante lustros mantuvo sus propios diseños y modelos. Sic transit gloria mundi.

El Vauxhall negro de tío Vicente en el cortijo de La Parrilla no nos gustaba al principio a nadie, o por lo menos no le prestábamos casi atención, porque no resistía la comparación con el alado y blanco palomo, pero era un coche que se hacía de querer poco a poco, no de amours fous. Lo usaba el encargado y solía estar cubierto de polvo rojizo o de barro de llevarlo campo a través. Pero estaba siempre preparado para cualquier emergencia y mientras todos los demás sufrían averías, falta de piezas, inconvenientes, el austero y fiel Vauxhall nunca fallaba. A mí eso de que en aquel cortijo no hubiera un Land Rover o un Citroën 2 CV como en todos, sino un Vauxhall me parecía el máximo de la distinción. Al final, ya en los finales de los setenta, no lo querían ni los chatarreros y tío Vicente decía que lo iba a tirar por algún barranco. El coche dejó de ser útil cuando en 1974 subió la gasolina. Algún día tendré que escribir las purgas y selección natural que los acontecimientos mundiales y las decisiones presupuestarias o fiscales han ido causando en los parques automovilísticos, mandando al desguace de un plumazo miles de viejas glorias.

Ahí había algo con que empezar una colección pero la oportunidad, como tantas en la vida, pasó sin que nadie se percatara. Con los coches sucede como con ciertas obras de arte o con algunos paisajes, en algunos casos entusiasman a la primera, en otros se necesita como una familiarización lenta, un roce que termina haciéndolas, haciéndolos, estimables, apreciados y buscados. Ahora, hacerse con un Vauxhall debe ser en España dificilísimo y caro. Por el de la Travessa do Enviado de Inglaterra -que, al parecer, procedía de Angola, salvado de la descolonización- me pedían más un millón de escudos, cinco mil euros.

(continuará…)

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