Jeremy Rifkin y las utopías realistas

[Artículo aparecido en Www.estrelladigital.es el 1º de octubre)

 

El título podría parecer un contrasentido, pero es que Jeremy Rifkin siempre sorprende. Desde El fin del trabajo, hasta La sociedad de coste marginal cero, las ideas de este profesor norteamericano nos llevan interpelando tres lustros al menos. Algunos lo critican o ignoran, como Rajoy, que lo considera un fantasioso – me temo que la virtud del Presidente del Gobierno español no sea precisamente la imaginación ni aceptar ideas nuevas o diferentes- , mientras otros los consideraban un gurú, como Zapatero, más crédulo.

 Si se considera que el papel de un investigador de la sociedad es hacernos preguntas, plantearnos dudas, Rifkin acierta en pleno. The Economist  lo ha calificado de vidente o visionario. La situación de crisis, más bien de un necesario cambio de paradigma, hacen más que oportunas su reflexiones. Sería bueno que tras esta larga crisis no volviéramos a las andadas, a depredar el planeta, como si nada. De hecho, quizá se prolonga tanto porque no hemos cambiado nuestra visión e intentamos resolverla con las viejas recetas. El profesor nos avisa de que hay otros caminos.

 Hace pocos días volvió a comparecer en la Fundación Rafael del Pino, www.frdelpino.es , un foro muy útil para la vida española donde podemos escuchar a políticos, economistas, pensadores, diplomáticos, científicos, siempre innovadores.

Todos sus libros plantean la emergencia de una civilización empática (título de uno de ellos, 2009), opuesta a la actual, de entropía y destrucción del planeta. La tercera revolución industrial estará marcada por la interconectividad, la ecología y en la que la “Edad de la Empatía eclipsará la Edad de la Razón”. Compartir tareas, descentralizar las fuentes de energía, estar conectado y trabajar menos pero mejor son sus pronósticos en la sociedad del inmediato futuro. El fin del trabajo, parafraseando a Francis Fukuyama.

Rifkin no duda en hablar del Homo empathicus como el hombre del futuro. La empatía es el hilo conductor de todas sus obras.  El símbolo precursor de este hombre nuevo lo sitúa en aquella conocida tregua espontánea de Navidad en el frente de Flandes en 1914, cuando los soldados británicos y alemanes hasta jugaron un partido de fútbol. Confraternización que fue cortada de raíz por los mandos de Londres y Berlín.

Rifkin lucha con sus ideas para plantear los nuevos retos económicos, sociales y medioambientales que nos permitirían ahorrar, cuidar del planeta y desperdiciar menos, desde agua o energía hasta esfuerzo. Muchas de sus propuestas ya están siendo aplicadas en Alemania (con el plan energético Energiewende) y en Dinamarca, y recientemente en China. Su visión optimista del ser humano, la valoración globalmente positiva de la Unión Europea y su crítica constructiva le han hecho acreedor de los ataques de muchos de sus compatriotas, por considerarlo un soñador. Nadie es profeta en su tierra.

Leer sus libros y escucharle no nos dejan indiferentes en ningún caso pues son una ventana de aire fresco y constituyen una provocación saludable. Esperemos que alguien en nuestros Ministerios –especialmente los de Industria y Agricultura- se moleste al menos el leerlo  La utopía es motor y no fábula cuando se apoya en un gran conocimiento de la historia, de las corrientes económicas y los descubrimientos científicos, como es el caso de Jeremy Rifkin.

4 Responses to Jeremy Rifkin y las utopías realistas

  1. esteban dice:

    Hoy día aún no estamos preparados para este tipo de visión de la vida pero, a Julio Verne también lo consideraron un soñador, y muchos de las historias que escribió, fantasiosas en su época, son hoy realidades, no hay más que leer .

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  2. esteban dice:

    , que no pude acabar el comentario.

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  3. esteban dice:

    ”De la tierra a la luna”, que no pude acabar el comentario.

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  4. David dice:

    Muy interesante entrada, y muy interesante referencia. Jeremy Rifkin parte de fundamentos muy sólidos, al hablar de la Tercera Revolución Industrial, caracterizada por la conectividad, y por la tendencia a compartir, en lugar de a dividir, tareas. Nada de esto es utópico. En mi opinión la dificultad reside en hacer el salto de fe entre una economía y sociedad interconectadas, y donde las tareas se comparten, y una sociedad donde la persona es más empática.

    Aunque soy un optimista, me parece que existen dos obstáculos que no se pueden perder de vista. El primero es la desigualdad. La tercera Revolución Industrial, caracterizada por la sociedad ed la información y el conocimiento, y por el impulso a la globalización, ha contribuido notablemente a concentrar la riqueza en un porcentaje cada vez más estrecho de la población, que se ha visto beneficiada bien por la mayor demanda de sus habilidades, bien por el superior rendimiento del capital. Mientras tanto, la mayoría de la población ha visto cómo el crecimiento de sus salarios se estancaba, y, en los casos más trágicos, cómo no les permiten llevar una vida digna (el fenómeno del trabajador pobre, como persona dentro del sistema, pero excluida al mismo tiempo). Esta tendencia, que no parece ir a revertir en un futuro cercano, supone un enorme obstáculo para el homo empaticus. Históricamente los periodos de desigualdad y necesidad han venido asociados a una mayor conflictividad, venga en la forma de lucha de clases o de otro modo, y a una mayor volatilidad en las políticas gubernamentales, que oscilan entre la desconexión con los problemas de la ciudadanía (cuando el gobierno se alinea con los intereses de la ciudadanía más favorecida) y el populismo (cuando dicen alinearse con los problemas de los desfavorecidos).

    El segundo de los obstáculos es la presunción de que la mayor conectividad nos hace más empáticos. Esto, quizás, asimila niveles de comunicación que pueden ser muy distintos. Ej. Facebook me permite comunicarme con millones de personas, pero mucha gente consideraría que no puede sustituir a una charla de café con un amigo como mecanismo de educación emocional que nos ayuda e empatizar con nuestros semejantes.

    El reto reside, creo yo, en que las nuevas pautas de interacción desarrollen formas de empatía que sustituyan a las antiguas. En relación con el primer obstáculo esto puede ocurrir, por ejemplo, si, en el tejido económico, se demuestra que la superior empatía de un trabajador o directivo, y su mayor capacidad de razonar en términos multipolares (esto es, la capacidad de conciliar intereses y objetivos diversos) no sólo lo convierten en una mejor persona, sino también en un mejor mejor trabajador (algo que, yo creo, es así, pero es importante que el mercado lo vea). En relación con lo segundo, puede darse que, superada la primera generación de redes sociales, que facilitan una comunicación de masas, pero, al tiempo, superficial, se vea acompañada por una segunda, donde el elemento importante sea la posibilidad de comunicarse a un nivel más profundo con personas de contextos geográficos, lingüísticos, sociales y culturales muy distintos (ej. comparar mi visión del trabajo o el medio ambiente con un estudiante chino, o un padre de familia en la India). En ese caso la mayor conectividad, junto con la ventaja de la anonimidad parcial puede, efectivamente, convertirnos en seres más empáticos.

    ¿Qué será, será? como dice la canción. Yo estoy con los optimistas, pero, efectivamente, ser optimista no es ser utópico. Creo que la diferencia reside en ser consciente de los obstáculos, pero creer en que el ingenio infinito del ser humano sabrá superarlos aprovechando las oportunidades. En todo caso, repito, enhorabuena por la entrada. Es un gusto que te hagan pensar.

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