Cap. I . Misión en Angola

Cuando Angola parecía aun tener salvación

Desde la caída del imperio soviético, un trepidante fervor archivístico se  apoderó de los estudiosos que escudriñan el pasado. Se diría que los historiadores están ávidos por hallar cualquier revelación que renueve una vez más aquel viejo placer que consiste en pontificar desde la altura de la cátedra con el tan manido de ‘ya lo había previsto yo’.

Los archivos del Kremlin han sido pasados a cedazo, no siempre por expertos solventes.  Estos han confirmado las sospechas y rumores de los turbios montajes en los que se enredaron los servicios de información, del fomento del terrorismo, las siniestras razones de estado y ciertos independentismos más o menos prescindibles. Se trata de un cóctel explosivo cuyas consecuencias han conmocionado al mundo, una y otra vez,  desde el comienzo de la guerra fría hasta prácticamente nuestros días.

Sin embargo,  ese afán de transparencia no ha alcanzado  a todos los países por igual. En ciertos lugares que también fueron protagonistas de aquellos conflictos, alguno de los cuales permanece todavía humeante, poco sabemos sobre lo que realmente aconteció. Tal es el caso de Angola.

En mi país, Portugal, todavía hay muchos tabúes sobre lo que ocurrió en las llamadas provincias ultramarinas. Eso sí, todos coincidimos en considerar que esos territorios no eran meras colonias, como ocurría con las posesiones africanas de Francia y del Reino Unido, sino partes integrantes de nuestro querido Portugal.

Aquella Angola de hace cuarenta años no era, ni mucho menos, la mejor posible. Todos, tanto blancos como negros, estábamos colonizados pues todos padecíamos privaciones y limitaciones en nuestras libertades. Sin embargo, reinaba un cierto orden. Se construía, se convivía y nos mezclábamos sin grandes prejuicios. El ejército portugués aseguraba que no renaciesen aquellas seculares luchas tribales que asolaron la provincia en el siglo XIX y que rebrotaron cuando aun no había salido de Luanda el último contingente de nuestras tropas.

Pero a mi edad, que ya se va a cercando a la patriarcal, he creído necesario contribuir, en la escasa medida de mis méritos, a ilustrar un episodio poco conocido y de cuyo protagonismo siempre he querido estar ayuno, dada la perversa imagen de la dictadura del Doctor Salazar.

Una misión lejana y secreta me fue encomendada en São Bento[1], en un fin de tarde lluvioso y taciturno de Lisboa, allá por el año 1962. Yo era joven y aguerrido. No pasaba de ser un licenciado oscuro, discreto y sin dinero. Era un tanto ambicioso y, reconozcámoslo, también algo presuntuoso; mi facilidad para los idiomas me hacía un candidato idóneo para aquella misión.

Se trataba de llevar a cabo una exploración, un mero sondeo, que el senhor Doutor[2] no quería encomendar a nadie que fuera medianamente conocido.

Todo aquello naufragó. Nuestro arcaizante prócer hizo gala una vez más de la improvisación que le caracterizaba. No se había preparado el terreno lo más mínimo. De hecho, al elegirme a mí para tan delicada misión, quedaba patente la falta de visión de Oliveira Salazar y su nulidad como hombre de Estado.

Como el lector sabe, y como demuestra el estado en que se encuentra aquel bello país africano casi cincuenta años después, a pesar o por causa de su ilimitada riqueza, mi misión fracasaría estrepitosamente. La construcción de un Brasil africano nunca pasó la etapa de deslumbrante quimera.

Encontrará el lector bastante impostura. Tenga por tanto presente que todas las referencias a nombres, lugares y acontecimientos son reales. Asumo sin inquietudes, a estas alturas de la vida, todos los riesgos, tanto judiciales como físicos que se deriven de contar mis aquellas remotas andanzas.

Pero dejémonos de prolegómenos. Ahora que el coronel A.M. ha desaparecido, cuando tantos personajes de aquellos tiempos han perdido deliberadamente la memoria o pasan sus días dulcemente en algún club perdido de Porto Alegre o de Münster, tras treinta años y más de medio millón de muertos olvidados en aquellas tierras bermejas, paso a contar mi frustrada misión.

Hoc dixit et salvavit animam meam.

 

[1] Es la residencia oficial del Presidente del Consejo en Lisboa.
[2] Así era como normalmente se llamaba al profesor Oliveira Salazar.

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