Misión en Angola, cap. 2

Octubre de 1974

Los archivos de la PIDE (Policia Internacional de Defesa do Estado) están abiertos y a disposición del pueblo soberano. La rua Antonio Maria Cardoso[1] de Lisboa está llena de papeles, de cajas desfondadas. Algún trapero rebusca entre los archivadores rotos, entre las astillas y los restos de mobiliario y cajones. Cuando algunos celosos pides[2], sin saber que sus amos hacía horas que habían desertado, intentaron una desesperada defensa, la ira de nuestro pueblo, a pesar de sus « blandas costumbres », provocó estragos en la ominosas y vulgares a más no poder, oficinas de la policía política.

Paseo ahora furtivamente entre una multitud greñuda, de pantalones acampanados, barbas –nunca había visto tantas barbas (¿o es que se las han dejado crecer desde marzo pasado?), puños cerrados, gritos y consignas. Los muros del barrio están cada día más llenos de pintadas, de convocatorias, de consignas, siglas desconocidas, algunas quizás improvisadas. El grupo más prolijo parace ser el MRPP, pero no le van mucho a la zaga el PRP, el FPL, el FPLN, el MES, la CDE, URML, ARPML, CMLP, PCML, y así sucesivamente, cambiando el orden de la L, libertad o liberación, o leninista, la M, movimiento, marxista, la P, popular, pueblo, portugués. Parecen acertijos plantados en las esquinas para que los lisboetas vayamos descifrando claves dignas de máquinas de cifrar. Por todas las esquinas nos recuerdan, ‘o povo unido...’; está copiado de la Unidad Popular chilena, pues nosotros no inventamos nunca nada. O povo unido…”, no queda mal. La rima es pegadiza, como la de una canción de verano.

Tras el desastre chileno, me temía que los soviéticos intentarían otra experiencia en uno de los puntos débiles de esta Europa de tercera que formamos en la península ibérica.

Han aparecido también no pocos artistas que se inspiraron en el realismo de la Revolución cultural para ilustrar con fruición al pueblo. Me recuerdan a los muralistas mexicanos. Se adelantan a las nacionalizaciones de la banca, al reparto de tierras y a la movilización imparable de un ejército popular. Las fachadas de Lisboa despliegan mensajes revolucionarios, campesinos del brazo de soldados, obreros y empleados tras banderas victoriosas.

Entre tanto dislate y alegría revolucionaria mi atuendo burgués, encorbatado y serio, llama algo la atención. A menudo me piden la documentación. De momento, el carnet de abogado es la mejor garantía. Todavía creen que un abogado es parte del pueblo. ¡Qué ingenuidad! El pueblo unido, unido a no se sabe muy bien qué, pero unido al fin y al cabo.

El otoño acude a su cita con Lisboa. La lluvia lava las calzadas. Se lleva panfletos y papeles sueltos. Los carteles se despegan de las tapias. Las plazoletas y los largos se vacían al caer la tarde. La gente se refugia en cualquier ginginha[3], o en los cafés, a comentar las novedades de la jornada. Se trabaja poco –salvo los periodistas y los aguerridos soldados populares- y eso contribuye al debate peripatético.

Un ocio filosófico se extiende por este jardín plantado junto al mar, ahora barrido por un vendaval de reuniones permanentes, convocadas con cualquier motivo o pretexto.

Antes, las únicas reuniones autorizadas en Portugal eran los funerales, las bodas y los almuerzos dominicales con la familia. De repente, los lusitanos hemos descubierto que es mucho más divertido reunirse con gente que no conocemos de nada, con la que no tenemos el más mínimo interés en dialogar y con las que no tenemos que respetar ni las formas ni tan siquiera el más mínimo recato.

Mis compañeros de despacho, que cada día se levantan más de izquierdas, salen del bufete –incluso los hay que ni siquiera llegan a entrar- para precipitarse en cafés, tertulias, asistir a reuniones de barrio, de comités, de escuelas alternativas, ir a películas de arte y ensayo en cines imposibles o participar en obras de teatro de vanguardia que nadie comprende, en las que todos gritan, incluido el público.

Los que tienen hijos en edad escolar están estableciendo cooperativas autogestionarias. Se denuncia al Ministerio de Educación a aquellos maestros más recalcitrantes. Son obstáculos que frenan el proceso revolucionario.

Los periodistas turiferarios del pasado han sido despedidos fulminantemente y salen precipitadamente hacia Río y Madrid. Todo el mundo en la calle lleva algún libro encima, hatos de periódicos bajo el brazo, revistas, declaraciones y proclamas diversas que recogen por las esquinas de la Avenida, donde los harapientos ardinhas[4], pobres pero alegres como siempre, se dedican a repartirlas. Hay ansia de escritos, de libertad.

En pleno tumulto he recibido una citación firmada nada menos que por el propio coronel A.M. No he dicho nada en el despacho. Como los horarios y la puntualidad han sido declarados a extinguir debido a que son armas del capitalismo para explotar a la clase obrera y a su aliado objetivo, las clases profesionales de la revolución científico-técnica (de aquel olvidado checo, Radovan Richta), podré escabullirme sin que se note.

Mantengo una cierta calma por no haber sido convocado a Cova da Moura, nido revolucionario de los militares, sino a un tradicional cuartel. Me abstengo, no obstante, del primer café de cada mañana. Me desayuno apenas con mi acostumbrado bolo de arroz acompañado de un café Delta del gran Nabeiro, de Campo Maior, en el Alentejo.

El cuartel, pasados los primeros controles de la Policía Militar, unos tipos con pinta un poco de paletos y no mucha marcialidad, con patillas, cabellos crespos bajo las gorras, vuelve a tener la apacible pero siniestra apariencia anterior al mes de abril.

Los mismos automóviles negros en el patio, los mismos pasillos vacíos, azulejos dieciochescos en las escaleras, peldaños abrillantados. Sólo la mirada algo insolente, desafiante, de algún soldado, recuerda que estamos en octubre de 1974.

Los despachos están en la parte alta del Campo de Santa Clara, un barrio que no frecuento mucho desde que me mudé del Largo do Outeirinho da Amendoeira a otro barrio Siempre me ha parecido un poco olvidado a pesar de sus vistas, su tranquilidad y de la feria da Ladra que anima los martes y los sábados las inmediaciones del parquecillo que tantas saudades me trae.

[1] La sede principal de la PIDE en Lisboa.

[2] Los miembros de la policía política.

[3] Taberna popular donde se consume la ginginha, un aguardiente de cerezas.

[4] Ardinha: chaval que vende periódicos por las calles.

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