Misión en Angola. 3

El coronel A.M.

El ayudante del coronel se eclipsa tras dejarme en el despacho. Por la ventana, una palmera afligida bajo el viento y la lluvia; al fondo, la luz resalta la familiar, tranquilizante silueta de la sierra de Arrábida, allá por Palmela.

Huele a tabaco. Sobre la mesa hay un pesado cenicero de cristal lleno de colillas. En los muros, mapas de Angola, un manoseado plano de Luanda, panoplias, banderines y metopas de las diversas unidades especiales de los Comandos. Entra el coronel. Me parece más bajo que en las fotografías, más insignificante, pero al mismo tiempo me impresiona profundamente. Apenas le reconozco en el lejano recuerdo de la primera vez que le ví, hace casi veinte años. Su mirada apenas se detiene en mí. Me invita a que me siente. Enciende el enésimo cigarrillo de la mañana. Su uniforme está impecable.

-Bien, doutor da Cunha. Se preguntará usted la razón por la que le hemos convocado, -sin dejarme contestar, traspasándome con unos ojos acerados prosigue-, hemos encontrado un importante cartapacio sobre sus andanzas. Estaba en los locales de la policía. La PIDE – me aclara-. Nos hemos llevado una sorpresa. Muchos de mis colegas le tenían por un caetanista[1], por un reaccionario. Estos papeles van a ser su rehabilitación. ¿No sabía usted nada? ¿Por qué no se ha presentado a las nuevas autoridades? ¿Por qué no ha pedido todavía…?

– Mi coronel, no creía que fuera necesario, si se refiere usted a mi incidente, mi percance, en Luanda, hace más de diez años, yo…

-¡Cómo, percance! Estuvo usted metido en la mayor conspiración, en el mayor embrollo desde el secuestro del Santa María y le llama usted incidente, percance. No terminó usted en Caxias o en Peniche porque le salvaron mis compañeros, concretamente, según veo, el entonces capitán Veiga Seoane. Si no hubiese sido por él, usted no hubiera recobrado la libertad hasta la primavera pasada.

No sabía si el coronel A.M. me estaba amonestando, felicitando, tranquilizádome o amenazando con un proceso, ahora que las tornas habían cambiado.

-Yo, mi coronel, me presté inocentemente a una operación del senhor Doutor -noté que le impacientaba mi vieja terminología- quiero decir, de Salazar en la que llegué a creer de buena fe. La PIDE fue la que desbarató todo, me confundieron, pero yo no…

– Olvídese, está todo muy claro, aunque usted no sabe todo lo que aquello acarreó, dónde terminaron su amigos los Bodenberg, su amiguita…Forst, el capitán …, Couto,…

No quise interrumpirle, pero sí sabía cómo habían acabado todos. Al acabar la entrevista, que no duró más de diez minutos, el ayudante ya estaba a mi espalda con mi paraguas y mi gabardina y el coronel había encendido otro cigarrillo y miraba obstinadamente por la ventana, contemplando el aguacero. Apenas se volvió.

-En adelante, no sea usted tan ingenuo. Son tiempos complicados. Todos estos papeles se quedan aquí, no se preocupe. Para nosotros está claro. Pero no se le ocurra hacer alusión alguna a todo aquello. Sabemos que es usted discreto, ni siquiera ha hecho alarde de su detención por la PIDE, como tantos nuevos opositores a Salazar que nos ofrecen de repente sus servicios…Vaya tranquilo y guarde silencio.

Salí con el corazón ligero bajo una lluvia que limpiaba las calles y mi pasado, mi turbio pasado salazarista debido a un torpe malentendido. Pasé bajo el Arco de San Vicente y emprendí el descenso pasando por la travessa das Mónicas, donde moraba mi amiga la poetisa, Mello Breyner.

Alfama era un hervidero de revolución y de insolencia. Los cafés oscuros y las ginginhas todavía albergaban parroquianos húmedos y tristes. Limpio mi pasado, por fin, me proponía ir a dar un portazo al despacho de Queiroz de M, que ahora presumía de liberal y hacía tan ímprobos como inútiles esfuerzos por reconocer compañeros suyos de la universidad o del colegio entre los nuevos dirigentes. Daba la impresión de que de repente hubiese sufrido un ataque de amnesia, habiendo perdido toda memoria útil, salvo para los códigos.

Desde ese momento, yo dejé de ser un fascista vergonzante. El mismísimo coronel A.M. me había amnistiado. Mi expediente estaba libre de toda mancha sospechosa. Ahora era un ciudadano más de Abril. Yo también era povo unido. Jamás me vencerían.

Creo recordar que la primera vez que vi al coronel A.M. fue precisamente a dos pasos de aquí, en casa de unos aristócratas arruinados, en uno de esos palacetes disimulados en el caserío de Alfama.

Entonces A.M. era un brillante capitán condecorado por su excepcional valor en acciones de guerra. Se había lanzado con admirable coraje, al frente de un puñado de hombres, a un ataque certero contra la guerrilla anexionista que, financiada por el siniestro Nehru, pretendía privarnos de nuestra querida Goa –como efectivamente nos privó-, que en aquellos años era todavía más portuguesa, si cabe, que Póvoa de Varzim.

Se bailaban, con lo que podríamos denominar un cierto desenfado contenido, las congas pegadizas, el repetitivo chá-chá-chá y aquellos swings.

Se habían formado varios corrillos, en los que los hombres, cada cual con su whisky and soda en la mano, discutían del tema de siempre. La situación en Oriente, decían, estaba bajo control. Las últimas operaciones en la India ponían a salvo la tranquilidad del resto de las provincias. Tanto Goa como Timor e, incluso, Macau, estaban ahora definitivamente a salvo. Fue entonces cuando alguien se dirigió a A.M., que permanecía en otro corrillo, charlando, entre alegres carcajadas, no precisamente de ultramar.

– Enhorabuena por lo de Goa, capitán. Un par de lecciones más como ésas y Nehru corre a Londres para pedir que el ejército británico regrese a Delhi.

Recuerdo que A.M., a modo de respuesta, hizo un gesto vago con la mano en la que tenía el cigarrillo americano, como quitándose importancia, con falsa modestia.

Me fijé en la cruz solitaria que relucía en su pecho. El propio Presidente del Consejo se la había impuesto esa misma mañana en São Bento. Por méritos de guerra.

El capitán A.M. reunía todas las cualidades para llegar algún día a ser uno de los garantes del régimen. Quiso el destino que no fuera así.

Al cabo de los años, a la vez que confirmaba su arrojado valor y sus extraordinarias dotes de mando, descubriría lo insostenible de un modelo de Portugal que sólo podía arrastrarnos al abismo.

Como el excelente hombre de acción que era, puso en marcha junto con un puñado de oficiales un movimiento de rasgos marcadamente izquierdistas que, a la postre, acabaría tanto con la dictadura como con las provincias de Ultramar.

No sé en qué momento A.M. comprendió que todos los territorios situados más allá del Portugal continental, fuera Madeira y Azores, no eran sino colonias que más temprano o más tarde habría que abandonar a su suerte. Lo de provincias de Ultramar ya no se lo creía.

Debo confesar que, incluso hoy en día, no he comprendido esa lógica tan pretendidamente aplastante de los capitanes de Abril. Sí comparto que Portugal nadaba contra la corriente de la Historia. También que era imposible prolongar la carnicería que cada semana cubría de ataúdes anónimos los muelles de Alcántara y de Santa Apolónia. Los descargaban siempre los mismos estibadores taciturnos, una y otra vez, al amparo de la noche. Luego, ya de amanecida, se reunían todos en las tascas de las inmediaciones de la estación de Santa Apolonia.

Creo, sin embargo, que tal vez existiese la fórmula mágica que hubiese salvado las provincias ultramarinas. Sobre todo Angola. De hecho, si Oliveira Salazar hubiese tenido un mínimo de sensatez, buscando los apoyos precisos, prescindiendo de sus peores enemigos, que no estaban, como siempre creyó, en el mato[2], en las fábricas y en las aulas universitarias, sino en las filas de su propia policía política, en las siniestras guaridas de la PIDE, tal vez la misión que me encomendó hubiese sido la primera piedra para levantar en África aquel nuevo Brasil interétnico, moderno y también democrático que nos hubiera salvado a todos.

Luego vino la revolución. Abril y sus capitanes, con A.M. al frente y el general Spínola de compañero de viaje.

Portugal necesitaba desesperadamente una poción que evitase, o al menos, aliviase su terrible agonía. Todavía hoy mantengo, al igual que en 1974, que no era aquella la medicina adecuada.

De no ser porque en aquella lejana aventura perdí el amor y la paz de espíritu, todo habría tenido un final feliz. Pero no adelantemos acontecimientos. Regresemos a lo que ocurrió diez años antes.

 

[1] Seguidor de Marcello Caetano, Presidente del Consejo tras el accidente cerebral de Salazar.

[2] En la jungla.

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