Misión en Angola. 6. ¿Por qué Salazar pensó en mí?

Los vericuetos administrativos, personales y políticos a través de los cuales el Presidente del Consejo de Ministros había llegado hasta mí, joven abogado sin pleitos, no me fueron extraños. Mi familia paterna unía, a la fidelidad perruna al dictador, intereses en las colonias, aunque principalmente en Guinea Bissao y en Mozambique. Yo, otrora díscolo universitario, era a fin de cuentas un asimilado por la dictadura. Me esperaba un porvenir seguro, si gris. Mi quinta cerca de Alcácer do Sal, mis viajes, mis libros. Yo no tenía ideología, si bien no me podían incluir en el bando gubernamental, era un liberal acomodaticio y vago. Estaba en aquellos tiempos de pasante con el ilustre jurista Queiro de M., acémila afín al dictador (aunque después del 25 de abril, él y muchos de sus abogados hayan hecho alarde de sus inveteradas convicciones liberales, ‘de toda la vida’). Por el despacho de la rua Castilho pasaba todo lo que contaba en la república y mis informes, mi presencia discreta pero eficaz en reuniones de alto nivel, absolutamente secretas, en las que se jugaban los millones de la CUF o las acciones de Champalimaud, habían sido unánimemente apreciadas. Mi patrono me retribuía de tarde en tarde con la largueza de un almuerzo en el club 31 o en el cercano Pabe con algún cliente importante donde se fumaban habanos traídos de Madrid y se terminaba hablando confidencialmente de las consabidas españolas, intercambíandose direcciones de apartamentos secretos de Cascais y Estoril. La prueba de haber sido admitido en el selecto mundo de los abogados y la curia era precisamente que se hablase de las españolas en presencia del pasante. A partir de ese momento era elevado a la categoría de respetable miembro de la profesión, digno de escuchar los consejos y sugerencias de los más veteranos sobre cuál era la casa de Estoril donde la calidad y disponibilidad de la oferta era más placentera y accesible, incluso para la modesta remuneración del pasante elevado a socio.

Angola era nuestro inmenso patio trasero, nuestro espacio vital donde colocar a la emigración endémica fruto de la política antiindustrial del Estado Novo. Inmensas obras públicas, repartos de territorios grandes como términos municipales del Alentejo, iban a parar a familias portuguesas, alemanas y a concesionarios mineros extranjeros. La mano de obra gratuita, esclava, y los cuadros intermedios portugueses, aseguraban una economía saneada y una estabilidad social. Los negros, resignados desde hacía siglos, amedrentados desde remotos tiempos por los mercaderes de esclavos y por sus propios reyezuelos que vendían el excedente a los europeos para llevarlos al Brasil, eran sumisos y bondadosos. La vida era bella y el tedio invadía nuestras ciudades, construidas a imagen y semejanza de las poblaciones creadas por Salazar en las zonas deprimidas del Portugal continental; su escuela, su iglesia, sus paseos con árboles y sus almacenes pintados de rosa de esquinas redondeadas y con tejados a la portuguesa. El proyecto más reciente y más disparatado, como los años se encargarían de demostrar era la futura capital Nova Lisboa, en el centro del planalto, colonia del futuro y base de la Angola asociada del señor Doutor. Parecía como si la emulación del Brasil se reflejase en la edificación de esa nueva capital, una especie de Brasilia que nunca cuajaría.

Pero la catástrofe se cernía sobre nuestra plácida colonia. Argelia, cuya independencia hacía unos meses había provocado el éxodo masivo de europeos, algunos de los cuales llevaban allí varias generaciones, el Congo Belga, eran pruebas recientes de que no iba a ser fácil. La Unión Soviética y sus circunstanciales compañeros de viaje, los escandinavos, los americanos, los siempre benévolo, ingenuos y bienintencionados canadienses, no iban a dejarnos instalar allí un país que se saliera del reparto a compás y cartabón que los aliados habían trazado hacía más de quince años. Mi escasa experiencia diplomática, reducida a frecuentar los salones de las embajadas de Inglaterra y Estados Unidos en la colina de Lapa en recepciones encorsetadas por el protocolo, me habían desengañado hacía tiempo. Si éramos atacados, nos las deberíamos apañar solos y contra corriente.

Salazar, tras reiterarme un par de veces su consigna favorita “todo por la Nación, nada contra la Nación”, lo que era redundante y ocioso pues la sabíamos obligatoriamente todos los portugueses desde nuestra tierna infancia salazarista, me había insistido en la condición de provincia de Angola que no de colonia. Y en verdad, pobres campesinos de Tras os Montes y la Beira Alta, maestros y practicantes, capataces y mecánicos, eso era la gran mayoría de lo que la propaganda enemiga calificaba de esbirros del imperialismo y representantes del capital financiero. Y, contrariamente a Argelia, donde los franceses disfrutaban de todos los derechos y libertades garantizados por la República, ni en Angola ni en la metrópoli, no votábamos portugueses, ni blancos, ni negros ni mestizos, que en eso estabamos igualmente ayunos, sin la menor discriminación.

Desde la independencia del Congo Belga, las incursiones se habían hecho frecuentes en el norte de nuestra provincia ultramarina. Los obreros nativos de las plantaciones dudaban en unirse a los insurgentes o no, duda que era fácil de resolver porque las represalias de éstos si no lo hacían eran tan temibles como las exacciones de la policía territorial o las mucho más aflictivas de la PIDE. Pero el aplastamiento de la primera huelga en la Baixa do Cassange los habia –creía yo- apaciguado. Los sudafricanos nos ayudaban con la información y colaboraban activamente en aplastar los focos insurgentes. Ellos tenían aviones, pilotos y conocían Africa perfectamente, mientras que, en general, nuestros reclutas habían ido a la zaga, hasta entonces, en eficacia. Sólo a partir de entonces, con los Comandos que se organizaban como tropas especiales, empezamos los portugueses a estar a la altura de aquel enemigo sinuoso, que no daba la cara, difícil de aprehender. Pero cuando ya íbamos ganando militarmente, la batalla política ya había sido perdida desde hacía mucho tiempo y tuvimos que irnos, aunque esa es otra historia.

Atenazado por una vanidad desbordante, ciego a las alertas interiores, me sentía un nuevo Pimpinela, un Miguel Strogoff, un héroe antiguo, dispuesto a vencer los bandoleros, la PIDE, los bloques del Este y del Oeste. Había sido ungido por el señor Doutor y todas mis precauciones y cautelas se habían disipado. Había pensado en mí, yo era su hombre. Que yo no supiera de Africa más que cuatro cantigas recitadas por un viejo criado de mis padres que había intentado sin éxito establecerse en Mozambique, y la novela de Rider Haggard, Las minas del rey Salomón, en la versión del excelso Eça, que nosotros consideramos superior al original inglés, no importaba.

Celebré este acontecimiento que durante unos meses de mi vida me iba a disipar un poco el habitual aburrimiento de mí mismo y aunque era tarde, solo y con el egotismo exacerbado por aquella altísima encomienda que me pondría en el trampolín para devenir una figura de la Curia, despaché un bacalao à Brás que sólo eran capaces de preparar en O …., en la rua dos …., regado con un Porta dos Cavaleiros que no estaba tampoco nada mal. Estos excesos me permitieron dormir sin darle más vueltas al asunto y levantarme con un rabioso dolor de cabeza que sólo logré calmar a base de aspirinas y cafés.

Apenas un año después de mi accidentada vuelta al Cais do Sodré, todo se precipitaría en una lamentable cuesta abajo, con el asesinato de Humberto Delgado, la crispación y rabieta del señor Doutor y el ascenso de un vigoroso y gris Marcello Caetano que no se andaría con contemplaciones con las guerrillas y demás terroristas y que, de no ser por el contubernio onusiano, habría incluso conseguido ganar la guerra colonial. Los alemanes venderían o abandonarían sus sueños angoleños y se instalarían en otras tierras más dóciles y fáciles de manejar, principalmente en la Africa del Sudoeste, una vez levantadas las restricciones impuestas tras las dos guerras mundiales.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

La pluma del cormorán

Lecturas y paisajes

El blog de Guillermo Schavelzon

La edición, el libro, los escritores

La Estirga Burlona

El blog de Bárbara García Carpi

Toubab Troubles

Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

A %d blogueros les gusta esto: