Misión en Angola. 8. Un almuerzo con militares

La comida brasileña nunca ha sido mi fuerte. Las carnes algo salvajes, las potentes alubias, los frutos tropicales y las cantidades de cerveza que hay que ingerir para hacer circular todos los excesos grasos, me parecen más propicias a los posteriores galopes inmisericordes por las fazendas y los sertões. Pero, como por una misteriosa red de desconocidos que se hubiera puesto en marcha a raíz de mi reunión con Salazar, y sin duda convocados y alertados por aquel edecán silencioso, a los pocos días recibí una invitación para una comida en A Alcatra, un restaurante brasileño relativamente discreto. Los restaurantes y casas de comidas o casas de pasto en Lisboa están casi todos en torno a los ejes comerciales de la Baixa, y de las avenidas da Liberdade y de la República. Bastaba darse una vuelta por el Martinho o por un par de establecimientos en las Portas de Santo Antão, como el Gambrinus, para estar al corriente de todos los rumores, novedades, nombramientos y hasta infidelidades conyugales de los que en Portugal contaban.

En A Alcatra, no. Decorado con los colores brasileños, desentonaba en ese barrio algo abandonado, por las cuestas del Conservatorio y junto al dormido Largo da Academia de Ciencias. Es un barrio entre eclesiástico y docente, poco frecuentado y donde todavía hay muchos talleres de carpintería, encuadernadores, herreros y alguna que otra imprenta. El diario O Seculo y sus empleados no molestaban nada a la discreción del lugar elegido pues todos se suelen echar a la Baixa y a la Praça do Comercio a la búsqueda de noticias y comunicados ministeriales con los que justificar la tinta de sus insulsas páginas.

Eramos cinco en la mesa, en un reservado alejado de las miradas indiscretas. Me llamó la atención uno de los militares, rubio como un alemán, con un leve bigote, ojos azules muy claros, gélidos, con un aire de afrikaaner y que sin embargo era un minhoto curtido en la lucha contrainsurgente, a quien se atribuía gran parte de la paternidad de los planes Centauro Grande y Marfil Negro. Bebía y fumaba sin parar cigarrillos ingleses y su voz me recordaba la de algunos comentaristas radiofónicos, aguardentosa y cálida. Los otros tres eran obviamente de menor graduación y escuchaban o asentían más que iniciaban. Uno, Saraiva, pertenecía a la unidad de helicópteros que se había hecho famosa en Cabora Bassa. Era risueño y había algo casi de inocente en su mirada, aunque no me hubiera gustado estar en su punto de mira. Delgado, de perfil casi zorruno, debía ser un excelente e intrépido tirador. Nos dió consejos para mantenerse sanos, como beber agua con ajo, no beber ni fumar (no probó el vino) y soltó algún que otro chascarrillo. A mi me cayó mal porque me recordaba los andaluces, a los zarzueleros españoles, siempre de broma, como dicen en la ópera Carmen.

El tercero era algo fanfarrón y se limitaba a apostillar al rubio, que debía ser un coronel, pero añadiendo siempre alguna hazaña o anécdota personal. Había estado destinado en Angola varios años, de los cuales el último en Luanda a cargo de la guarnición del fuerte que hay en la inmensa bahía, dedicado al entrenamiento de los nuevos comandos. Por último, un tipo trigueño, seco, con un perfecto corte militar, no fumador, no bebedor, austero y gélido como un jesuita, era según deduje, miembro de un servicio de la Inteligencia Militar.

Yo callaba y escuchaba. Casi no sabía ni dónde estaba Angola y apenas seguía sus historias del mato[1], lugares impronunciables y desconocidas siglas de regimientos. Todos coincidían en su odio a la PIDE, policías despreciables que pensaban les iban a estropear sus planes. No creían en la represión policial sino en el combate puro y estaban perfectamente seguros de la superioridad sobre unos grupos de insurgentes, muchos de ellos incluso extranjeros –congoleños- que, una vez totalmente aniquilados, permitirían incluso elevar el prestigio de Portugal entre los negros que hubieran tenido alguna duda.

-Los negros nos piden que les protejamos, decía el rubio. Si fallamos se echarán en brazos de los terroristas. Ellos se pondrán siempre del lado del más fuerte, siempre ha sido así. Lo que respetan es la autoridad y lo que quieren es trabajo en las haciendas, el médico y el enfermero, el padre –el misionero- que les atiende. Ellos no tienen problemas con nosotros, al contrario, están deseosos de que les metamos en nuestras unidades.

-Mire, apostillaba el inexorable fanfarrón, cuando liberamos una aldea de la frontera, al aterrizar no había nadie. A la media hora, iban saliendo negros del mato corriendo hacia los helicópteros, sonrientes, felices de que hubiéramos llegado a poner orden. Nos daban información, les tuvimos que obligar a enterrar a los muertos insurgentes, querían dejarlos allí, como escarnio.

-A nosotros no nos pasará como a los franceses en Indochina, Angola no es una colonia, es parte de Portugal, es lusitana, reiteraba el rubio.

Me iban contando sus hazañas, sus experiencias, cuya importancia iba aumentando a medida que avanzaba el almuerzo y bajaban las botellas de cerveza. Pero salvo el fanfarrón, que era más astuto, todos creían todavía en la guerra clásica, con sus fronteras, sus criterios de amigo-enemigo, la finalidad última de aniquilar al enemigo. Por eso cuando hablaban de los terroristas o de los bandoleros hablaban siempre de infiltración fronteriza, de invasión, de penetración. Todo era como si un ejército clásico hubiera traspasado las fronteras de nuestra provincia y bastase con devolverlos a sus países para resolver el problema.

-En el mato, de lo que se trata es de sobrevivir, si juegas a la estrategia eres hombre muerto. Apuntar, avanzar, disparar, no preguntar. Si preguntas te matan.

El fanfarrón, que gustaba de ser llamado Dumba, león, el nombre que le habían puesto sus hombres, se extendía en panegíricos sobre el orden portugués y del entrenamiento de sus comandos.

-Cuando empezamos, los campins, y los saloios también, que han salido del pueblo y no tienen puta idea de lo que es la guerra, se paraban a cargar munición, miraban para abajo, perdían el control del terreno, no sabían hacer las dos cosas a la vez y terminaban muertos. Ahora avanzan por el barro, por el polvo, por los espinos, con una mano en el gatillo y con otra recargando los peines.

Era de las primeras promociones del CIOE, salido de Lamego con una formación mejor que la de un boina verde norteamericano. Pero le pegaba demasiado al whisky y a los cigarrillos.

Cuando llegamos a los postres, mucha naranja pelada y mangas preparadas –que en esto los militares eran más sobrios y no gustaban del dulce- y antes de los cafés, me fueron dando los consejos. El coronel llevaba, como siempre, la iniciativa.

-No pise una misión extranjera, no se acerque por los periódicos, lea A Provincia de Angola, ni un periódico extranjero, ni siquiera sudafricano. Durante el tiempo que esté en Luanda haga la vida de un viajante de comercio o, mejor, de un abogado, de lo que es, que ha ido a consultar catastros y registros para sus clientes, vaya al Teatro Nacional, a algún cine. Lo más gris posible. Espere en el hotel. Hotel Globo, en la calle Salvador Correia. Le llegarán noticias y la hoja de ruta. Le vendrán a buscar. Queremos que vaya primero a Quilumbo y después a Quitulo, en Cuanza Sur. Son zonas muy ricas, cafetales con organización alemana.

            No se trataba en absoluto de crear una OAS ni otros disparates por el estilo. Había que hablar con dirigentes negros, con lo más lúcidos de ambas partes y, sobre todo, con los alemanes, de poderosas influencias en Bonn, Brasil, Sudáfrica e incluso Estados Unidos, para tratar de formar un movimiento sólido, inter-étnico que fuera preparando la salida del seno de la madre patria de una manera ordenada y con mano de hierro sobre los insurgentes. Las instrucciones me llegarían después, meticulosamente preparadas por la mente ordenada del Conde Von Bodenberg, mi contacto en Angola. Nunca habría pruebas escritas ni comprometedoras.

Tras las bravuconadas de rigor, las advertencias para que no cayera en los brazos de la bellas mucandonas como tanto campesino llegado de Tras os Montes que en su vida había visto un par de nalgas bien firmes (« en cuanto cumplen veinte años dejan de ser atractivas »), me dieron muchas instrucciones complementarias, muchas explicaciones, todas verbales, que yo iba intentando almacenar en mi memoria. Ni un papel, ni una orden escrita. Nada. Si la PIDE me preguntaba, yo era el abogado del bufete Q. de M. En prospección jurídica, nada más. Oportunamente, recibiría las invitaciones de un tal Herr…..para ir a Quilumbo, en …… Una vez en “zona alemana”, me podría mover con más libertad, gracias a su pequeño estado dentro del estado donde la Policía Internacional de Defensa del Estado –la PIDE- no metía las narices. Las plantaciones alemanas, relativamente autónomas y más opacas a los pides, serían nuestra base de operaciones.

Debía sortear a la PIDE, a la CIA, a los intelectuales herbáceos de Luanda, al servicio de información militar y a las seductoras bailarinas de las boites de Luanda. Y, como me habían advertido en San Bento, si me cogían en un renuncio, en un contacto comprometido, sería bajo mi exclusiva responsabilidad, nadie daría la cara por mí.

La recompensa, que el señor doutor había dejado ambiguamente entrever, sería una embajada, un gobierno civil o una alcaldía, a mi elección.

Años después, alguno de aquellos comensales vendría a ocupar puestos importantes en el llamado movimiento de los capitanes, cubriéndose de gloria con el asalto a la embajada española, tolerado si no impulsado por alguno de aquellos veletas. El fanfarrón murió hace poco en Setúbal, donde vivía retirado dedicado a su modesto negocio de autocares por la costa vicentina. El rubio, el coronel, se ha sumergido en el alcohol para tratar quizás de olvidar todo lo que pasó después, los bombardeos con napalm, las ejecuciones de población civil, los horrores, sus hombres descuartizados y destripados por las alevosas minas, arma favorita de todas las guerrillas soviéticas. El paracaidista vive feliz, ya viejo, flaco y sano, como siempre, en Estremoz, rodeado de nietos y dedicado al cultivo moderno del olivar. De quien nunca más he sabido es del siniestro. Oí decir que había dejado el ejército y había ganado mucho dinero con el tráfico de armas, que estaba tan pronto en Casablanca como en Johannesburgo y que nunca llegó a participar en el 25 de abril. Alguien me ha dicho que le han visto frecuentar los clubes alemanes de Portoalegre y de Petrópolis.

En los días que precedieron mi partida, entre ponerme al día en la historia de nuestra provincia, consultas con el médico de la familia, el doctor Juvenal Esteves –con el que tantas veces departimos sobre la influencia del Derecho Romano en las formas de propiedad y servidumbre del Alentejo- y las obligadas y discretas visitas a despachos ignorados, lejos de las sedes ministeriales más conspicuas, me fui informando mejor de qué estaba pasando en Africa, en nuestras provincias. El plan, finalmente, bien regado con oro de nuestras reservas, no era tan descabellado. ¿No acababa Benjamim Pinto Buli, secretario general de la llamada União dos Naturais da Guiné (UNGP), de pactar con las autoridades portuguesas la creación de un régimen de autonomía interna? Sudáfrica, Rodesia, eran otros ejemplos a seguir.

 

[1] Mato es selva, bosque.

 

 

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