Misión en Angola. 9. Isabel

Pero en aquellos días novembrinos todo lo demás no me importaba. Pensaba en la gloria por venir, mientras reponía fuerzas con un bife en el Suisso tras aquella memorable entrevista con el señor Doutor. Mi vanidad de pasante, mi complejo de señorito alentejano que vivía de las glorias y no de las fincas, habían sido reforzados por la especial encomienda.

La misión iba a durar por lo menos un par de meses. En el despacho, el doctor Queiros de M –que alardeaba en sus ratos de un improbable parentesco con el sublime Eça- estaba perfectamente al corriente –y orgulloso de mí – de ese encargo de la Presidencia del Consejo.

Lo demás no importaba. ¿Ni siquiera Isabel? Difícil iba a ser convencerla de mi ausencia. Novia de abrigo y falda plisada, llevaba saliendo con ella desde el último año de Facultad. Católica empedernida a sus veinticuatro años, Era una mujer alegre, optimista, el modelo de mujer portuguesa, sólida, con vocación de madre y de ama de casa perfecta. Amorosa y muy tierna, si bien puritana, de una belleza simple, limpia, sin adornos, trabajadora. Su empleo en la Imprenta Nacional le permitía dedicar sus energías intelectuales al rescate de viejos manuscritos, a la preparación de ediciones de los clásicos portugueses.

Tras unos primeros meses de paseos y salidas, rigurosamente cronometrados hasta las nueve de la noche, inevitablemente acompañados con alguna aburrida prima ‘de carabina’, ahora nos veíamos solos casi todos los días. Cuando ella salía de su oficina de la rua da Escola Politécnica, tomábamos ella un carioca de limón y yo una media de leche en La Alsaciana, recatados y amartelados, después subíamos hasta el Parque Eduardo Séptimo para luego descender despaciosamente hasta Pombal. Por las zonas más umbrosas le intentaba robar algún beso menos casto, lo que sólo de tarde en tarde conseguía, sobre todo con la lluvia como aliada ya que entonces la gente desertaba el parque y los que se precipitaban a tomar los autobuses en la rotonda no tenían tiempo de observar nuestros furtivos escarceos. Luego solíamos acercarnos a cenar con su madre en el inmenso piso de la rua de San Mamede, 15. A las diez de la noche yo me retiraba prudentemente y la madre hacía como que no se daba cuenta de que ella bajaba al portal a despedirme. Algún domingo, después de misa, comíamos, derroche de tiempo y tedio, en la Lira de Oro, pagando siempre yo, que la futura suegra era bastante agarrada.

Vivía yo por entonces en la otra punta de Lisboa, en el Largo do Outeirinho da Amendoeira, en plena Alfama, por detrás de São Vicente de Fora. Barrio popular, los establecimientos militares –fabricación de botas, boinas, gorras y demás pertrechos- le restaban ese aire de fado y de canaille portuaria que abunda más abajo. Por las mañanas, las sirenas de las pequeñas fábricas de la vecindad nos ahorraban el despertador y nos ponían en marcha, quisiéramos o no. Haber elegido vivir allí era fruto de mi frustrada ambición bohemia pues más hubiera querido fugarme a París, perder los años de Derecho y no aprender código alguno. Pero un sentido del deber impuesto por los Salesianos del Campo de Ourique, gemelo del eximio de Estoril, albergue de realezas destronadas, me habían impedido largarme de aquel Portugal asfixiante y cerrado sobre sí. Por el contrario, me había aburguesado, había entrado de pasante en un despacho respetable, tenía novia formal de siete a diez. La única concesión a mis sueños de rebeldía era aquel piso con vistas, entre dos casas, al río y donde, muchos sábados, organizaba cenas literarias con algún exceso alcohólico, con mis amigos menos recomendables (y sin Isabel, por supuesto).

Por una especial coincidencia del destino, después de mi aventura angoleña, Isabel trabajaría en una oficina de la rua Ivens, paralela a la de Capelo, ambos exploradores intrépidos del interior africano, continente que hasta muy finales del siglo pasado habíamos olvidado bajo la inmensa sombra de las aguerridas tribus bantús. Sólo la pérdida del Brasil y la codicia inglesa –a su vez excitada tras perder América- nos hizo sacudirnos nuestra pasmaceira[1] habitual y comprender que con sólo tener las costas, al modo de las antiguas factorías, nos íbamos a quedar sin nada, pues ingleses, belgas y alemanes multiplicaban sus exploraciones financiadas por filántropos, banqueros, ávidos mercaderes y constructores de ferrocarriles. Sus informes sobre las tribus del interior son un ejemplo de la altivez de los blancos de aquellas épocas, con un menosprecio por los que dudaban si fueran hombres o sólo homínidos.

Tras mi heroica misión, aquel noviazgo, tocado de ala, no cuajó. Isabel ha terminado como una feliz madre de cuatro hijos como esposa de un banquero importante. Vive en Estoril y afortunadamente no nos hemos cruzado más que en contadas ocasiones porque todavía tengo saudades de aquellos años. Ella ha envejecido –si se puede decir- muy bien, como madre y hoy como abuela y todavía guarda esa sonrisa de ingenuidad y bondad que tanto me atrajeron hace más de cuarenta años. Yo sigo soltero y aún no sé jugar al bridge. Yo no era un buen partido y ella quería estabilidad, menos sueños y un plan de vida.

 

Me fue difícil explicarle mi escapada sine die a Luanda –no le dije nada de plantaciones alemanas ni de viajes al interior, para no asustarla y porque las instrucciones eran de secreto absoluto.

-Serán tres meses como mucho, Isabel, y cuando vuelva podremos hacer planes para casarnos, me van a pagar bastante más, aún no sé cuánto más.

Ella me cogió la mano sobre la mesa, algo que no solía hacer pues era extremadamente prudente y casi ñoña. Estábamos en un pequeño restaurante del Bairro Alto, cerca una de esas calles con escadinhas que hacen las delicias de los enamorados lisboetas, no muy lejano por cierto de A Alcatra. Sus ojos estaban húmedos. Yo, sin embargo, excitado con la misión, no tenía muy en cuenta sus sentimientos. El encargo del doctor Salazar y mi patriótica ambición por quedar bien, por ser un leal súbdito, me costó un matrimonio probablemente muy feliz.

El problema, además, era que la red familiar alcanzaba el ultramar pues un tío suyo vivía en Luanda. Era hermano de la madre y desde hacía años había sido mentor y financiero de la familia, tras la muerte de su padre. Yo le había conocido en uno de sus viajes a la metrópoli y era imposible ir a Luanda sin ir a verle o, lo que era peor, sin aceptar su hospitalidad.

Su tío Francisco Couto era un hombre algo excéntrico, botarate en sus mejores tiempos y hoy un rico comerciante que además tenía dos hoteles, el Vila Mercedes y el Sul. Con una calva bruñida y tostada y sus trajes blancos impecables, debía ser un peligroso don Juan. Había tenido más de un lío con alguna esposa aburrida de militares en misión en el interior y mi novia lo veía con cariño pero con cierta prevención. Prudente, tenía también negocios en Johannesburgo. “A mí no me pasa lo que a los belgas de Katanga, que se han quedado sin nada”, esgrimiendo el habano, « hay que poner los huevos en distintos cestos ».

-Quédate esos meses con mi tío. Tienen una casa grandísima, una villa sobre la bahía- insistía Isabel.

-No puedo ni debo, yo tengo que trabajar, entrar y salir y allí me voy a meter en una vida familiar, con obligaciones y agobios. Además, el bufete me paga el hotel y todos los viáticos, mentí.

Isabel no entendía mi afán de independencia, era como no querer saber nada de su familia. La culpa era mía pues con cierta frecuencia había invitado a su madre y a ella, en unas castísimas vacaciones, a pasar unos días conmigo en la quinta de Alcácer y ahora ellos se consideraban como obligados a devolver la invitación por medio de tío Francisco.

El argumento supremo para deshacerme del compromiso fue que tío Francisco era un poco calavera, que sus malas influencias podrían ponerme en peligro de pecado de lesa mulata o señora de militar aburrida y que además, la esposa de su tío era una persona ensombrecida –por los correteos del infiel esposo- y de cierto –comprensible- mal café. La familia de Isabel la apodaba ‘Já pode’ porque era tacaña y mezquina y si alguien alababa un buen yantar o un buen vino, inmediatamente saltaba, ‘ya puede, para lo que me ha costado’, e inmediatamente asestaba el precio de la carne, del licor o de los cubiertos como si quisiera cobrarle la factura al súbitamente encogido invitado.

 

Los últimos preparativos fueron muy rápidos, apenas tenía poco más de una semana para emprender la travesía, el barco era en la época el medio normal de llegar a Luanda desde Lisboa.

Las últimas tardes con Isabel fueron raras y especialmente melancólicas, incluso para lo que era habitual en aquella Lisboa del fin del otoño en 1963. El día anterior a la partida recuerdo que almorzamos solos en el hotel Mundial, no sé porqué. Por los inmensos ventanales del restaurante, apenas probamos la comida, que está en el último piso, veíamos el castelo de São Jorge, el caserío plácido y colorido que baja por la colina. Luego siempre he pensado que aquella tarde Isabel hubiera estado dispuesta a darme, a modo de adieux. Lo que preservaba para el día de la boda. Un temblor en su cuerpo, cuando la tomé por la cintura tras la comida, la terraza bañada por un sol de otoño cálido y dorado, un estremecimiento, una mirada algo líquida de Isabel, me deberían haber puesto sobre aviso. Hoy no sé si lamentar mi cortedad (hubiera sido tan fácil tomar una habitación a mi nombre, saltándonos las inquisitoriales miradas y preguntas de los porteros del salazarismo que velaban por nuestra pureza) o alegrarme de no haberla tomado cuando se me ofrecía. Ella no puede reprocharme nada y en el fondo nos queda la saudade del amor nunca enteramente consumado. A veces, en fugaces momentos de soledad, he imaginado que ella se quedaba viuda y cumplíamos nuestro compromiso con la ternura de los sesentones. La tarde de noviembre se va oscureciendo sobre los tejados de Alfama.

Los últimos preparativos de papeles, vacunas contra la fiebre amarilla, la viruela y la malaria (allá por el Mercado da Ribeira, en el antiguo dispensario antituberculoso), no me dejaron mucho tiempo para pensar en Isabel. El día de la partida me despidió en el muelle y me llevó un libro, que aún conservo, Cartas a un joven poeta, de Rilke. Isabel, que luego ha hecho una vida burguesa, quizás hasta trivial, confortablemente trivial, fue quien me hizo leer a Florbela Espanca, a Sebastião de Gama, los sonetos amorosos de Camões, Isabel fue quien me iniciaría en el gusto por la poesía, esa forma de oración silenciosa de que gustamos los agnósticos.

Todavía conservo aquel mismo ejemplar, amarillento, usado, y de vez en cuando lo rescato del pequeño anaquel donde tengo mis libros con historia y me detengo en algunas líneas,

 

…por eso los jóvenes, que empiezan en todo, aún no saben practicar el amor: hace falta que lo aprendan…

 

Mucho iba a aprender.

El día de la partida, en el muelle, soldados de las Beiras y Tras os Montes miraban con temor la mole blanca del buque. La cabeza gacha escondía todo el laberinto de la saudade que les apelaba a sacrificios ignotos, a cruentas batallas. Los sargentos, imperiosos, iban entre las filas de aquellos campesinos que habían cambiado el hato por una pesada mochila. Tras las vallas, mujeres de negro y viejos del Restelo, dubitativos, agoreros, los saludaban tímidamente a lo lejos, impersonales pañuelos que se agitaban tristes, adioses que se lanzaban al aire fresco de aquella mañana en Belem. Entre las gentes y los taciturnos corrillos, intentaban disimularse algunos bigotillos y gafas oscuras de los pides al acecho del renuncio antipatriótico, de la duda colonial.

El navío destacaba sobre las casas y galpones, entre diminutos remolcadores, algún barco de cabotaje oxidado y sombrío. Imperturbables, los cacilleiros atravesaban alegres las dos orillas.

Isabel se fue quedando pequeña agitando lentamente su brazo, el Restelo blanquísimo al fondo del escenario, y un barullo de militares y reclutas gritando por la borda, minutos más tarde, muy atrás la solitaria Torre del Bugío, la silueta de la Sierra de Sintra no era sino un borroso perfil. Muchos años después he recordado siempre aquellas dos escenas, la terraza del Mundial, cogidos de la cintura, en una tarde luminosa contemplando los tejados y azoteas de Lisboa y su cara, sonriente con lágrimas, en el muelle ruidoso de aquella mañana de niebla triste, un día propicio para la vuelta del todavía deseado Don Sebastián, el Encubierto. Aquel era el mismo muelle, no podía menos que evocarlo, encumbrándome a los altos designios que para mí tenía trazados el señor doutor, de los grandes moementos de la humanidad, de las expediciones de Vasco de Gama y de Magallanes, de la navegación al océano infinito.

[1] Pasmaceira es un estado de pasmo habitual en las ciudades lusas, mezcla de aburrimiento, hastío y desgana, pero al fin y al cabo, muy agradable y apacible (nota del traductor).

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