Misión en Angola. 10. Luanda

Sao Paulo de Loanda se tiende en torno a una de las más bellas bahías del mundo. El inmarcesible tuerto no habla de ello porque en Os Lusíadas cuenta otras historias de Vasco de Gama y de la carrera de la India, pues al fin y al cabo, don Luis de lo que sabía era de Asia, donde había estado ejerciendo los más diversos oficios y seduciendo mozas de cien razas.

            En lo que llamaban el mar del Congo o el Océano Ethiópico, a cuarenta grados de latitud merdional, Paulo Dias de Novais funda la primera factoría – le dió su nombre- en 1576, sólo once años después de Río de Janeiro, como consciente de su vocación subalterna y negrera. Cuatrocientos años después, casi día por día, sería abandonada por nosotros en circunstancias que preferimos olvidar, dejando a los angoleños a merced de los clanes, los mercenarios extranjeros y la miseria en uno de los países con más recursos naturales del mundo por metro cuadrado.

Era el acceso principal al reino incierto pero irredento de N’Gola, lo que las viejas cartas de navegación francesas llaman Partie d’Angola o Dongo. Hasta bien entrado el siglo XIX nos limitamos a ocupar las costas porque el único tráfico eran los esclavos. Su enlace con el Brasil, casi premonitorio, a la vista del tardío proyecto cuya promoción el señor Doutor me confiaba, era precisamente el suministro de mano de obra a nuestra colonia americana. Angola fue la madre negra del Brasil y ahora se quería que siguiese el ejemplo de sus hijos y nietos. Inmensas fortunas de negreros luego ennoblecidos se fundaron en aquellas playas y en aquella bahía porque durante siglos, la sola utilidad de las factorías africanas fue proveer de negros a los plantadores del Brasil, enviándolos en crueles y mortíferos viajes, a los puertos de Bahía, Pernambuco y Río.

Los fortines -con nombres como San Miguel, la punta de San Pedro, el Fuerte de la Vera Cruz o el Fuerte Fernando- y presidios no eran más que los puntos de apoyo del trasiego de aquel ébano tierno y sufrido, tratado con desmesurada crueldad. Las iglesias, locales donde se forzaron aquellos bautizos decretados por nuestro carísimo y pundonoroso rey Felipe II (III de España), que no quería que todos los que murieran en las travesías fuesen al infierno, sino por lo menos al purgatorio, dándoles una oportunidad. Todas estas cristianizaciones en masa se sucedieron en el Carmo, en San José, en Nazaré, con sus paneles heroicos de la batalla de Ambulia, la cabeza de don …efímero rey del Kongo, y los acostumbrados naufragios tan apreciados por nuestros escritores, hasta hacía poco más de un siglo, iglesias inocentes, bien cuidadas, que visité raramente mientras estuve en Luanda, pero cuyos campanarios y su contraste con los edificios circundantes eran la única prueba, junto con el fuerte, de que habíamos llegado antes del siglo XX. La otra prueba estaba al otro lado del Atlántico, en la población negra del Brasil que tanto admirábamos ahora.

Pero todo ésto no era más que el fruto de mis febriles y apresuradas lecturas en la quinta de mis padres en Alcácer cuando supe que debía partir para esa Africa para mí ignota. Nadie me había contado nunca aquellos detalles que ahora descubría en libros sospechosos guardados en lo más recóndito de los anaqueles, pertenecientes a mi abuelo masón del que ya creo haber hablado más largamente en otra parte.

Recuerdo la indignación de mi entonces ya anciano padre cuando quise indagar sobre la fortuna de nuestra familia, súbitamente alertada mi conciencia al comprobar que dificilmente todas aquellas quintas, montes, torres y predios pudieran haber salido de los entecos olivos y de unos rebaños más que magros. Pero el tabú de los orígenes de nuestra fortuna solo ha sido comparable al que reina sobre el origen de nuestra estirpe, en la que algunos quisieron ver sangre profana, hebrea.

La llegada fue tremenda y además, errada. En efecto, empecé a dar saltos de alegría cuando vi los promontorios de roca rojiza emergiendo de las aguas y el cerro cónico sobre el que se alzaba lo que luego supe era São Miguel. Los marineros que pasaban a mi lado me miraban con sorna y pronto descubrí que había tomado la isla de cabo por la Tierra Firme. Los canadienses también se equivocaron, lo que me produjo un cierto consuelo a mi bisoñez de agua dulce. Aunque ya estaba acostumbrado al calor pegajoso del barco, esto era mucho más serio ; toda la ciudad bañaba en el mismo ambiente, sin la menor corriente de aire. Los trámites aduaneros, tan minuciosos como inútiles, demoraban horas. « ¿Que venía a hacer en Luanda ? ¿Por cuánto tiempo ? ¿Cuánto dinero traía ? ¿Para quien trabajaba ? ¿Dónde me hospedaría ? ¿Cuáles eran mis señas, mi trabajo y mi ocupación en Lisboa ? ¿A quién conocía en Luanda ? ». La lista de preguntas era interminable y redundante, haciéndome repetir lo que ya venía inscrito en todos los papeles que había debido ir recolectando en Lisboa, en escritorios y despachos morosos, impenetrables y de procedimientos inextricables, durante las tres semanas que habían precedido mi partida.

En el tumulto del desembarco, tras los sudores de la aduana y los policías, olvidé despedirme de algunos de mis compañeros de travesía, me precipité en el primer taxi que encontré y aterricé en el hotel Globo tras una carrera algo desordenada entre centenares de automóviles, muchos más que en Lisboa. El interior me recordaba a esos hoteles a los que van los españoles en Figueira da Foz, destartalados, con olor a coles y en cuyos pasillos se acumulan escobas, cubos de limpieza y montones de sábanas y toallas de colores indefinidos que cambian una vez a la semana. Empecé a encontrar la misión mucho menos apasionante y romántica. Ni lujo ni misterio. Tras almorzar una sopa indefinible y un guiso aún más misterioso con exageración de mandioca, tomé la dispendiosa decisión de gastarme el dinero en, por lo menos, comer decentemente de entonces en adelante. Los militares de A Alcatra me habían asignado el hotel, domicilio obligatorio, pero no me habían hablado de cuaresmas ni penitencias.

La primera impresión de la ciudad, adormecida en el sopor tropical, era la abigarrada mezcla de razas y sobre todos los andares ondulantes, como bailando, de los negros. Los portugueses blancos se pegaban a las aceras que eran de las pletóricas negras, sonrientes, brillantes y de coloridos vestidos. Apenas entendía su habla hecha de risa y canto. Ante aquella explosión de vida, nuestros trasmontanos funcionarios eran de una raza inferior, apocada y amedrentada. Los cafés y plazas eran como un veraneo permanente y me preguntaba cuándo y para quién trabajarían todos aquellos felices desocupados. Luanda era mejor que Lisboa.

En Luanda no entendía a los negros pero, al fin y al cabo, no importaba mucho pues sólo balbucían siempre frases como “sólo mañana”, o “no hay”, o “no es posible” (nao dá).

Su indolencia era pasmosa y les veía derrengados por escalones y entradas de edificios oficiales, sentados en el suelo a la sombra espesa de algún árbol inidentificable, tumbados en bancos y apoyados siempre en paredes y columnas en la sombra de los edificios oficiales. A menudo, dormitaban en los autos y camionetas, esperando no se sabía muy bien qué o a quién. Merodeaban por peluquerías y salones de belleza, al olor de las hembras, como si sus vidas no fueran más que crecer y multiplicarse, siguiendo al pie de la letra, pero con exceso de celo, las enseñanzas de los misioneros.

Había entonces en nuestra provincia unos doscientos mil blancos y casi cinco millones de negros, en sus diversos matices, incluyendo mulatos. Pero, salvo que el señor Doutor consiguiese desviar la emigración hacia Europa de nuestros paisanos, nunca conseguiríamos, calculaba yo, llegar a tener una mínima masa, un peso suficiente para controlar la provincia. Y aquí se me aparecían los claros, prístinos y visionarios designios de nuestro padre de la patria, intentando engrosar aquellas colonias alemanas que serían bastión, refuerzo y consolidación de la obra civilizadora de los europeos.

 

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