Misión en Angola. 11. Don Francisco Couto.

 

Que nunca falte um pérfido inimigo

Aqueles de quem foste tanto amigo!

 

Don Francisco Couto se ha llevado muchos secretos a la tumba. Desde los más triviales, como saber cuántos pequeños mulatos llevan su sangre, hasta el que más me inquieta, ¿qué papel jugaba Couto en aquellos grupos inspirados en la OAS? ¿A quién traicionó? ¿Traicionó a los alemanes y, en especial, a Lilo Forst, a mí? Creo que nos traicionó a todos y se marchó tan fresco a pasar sus últimos años sin ‘Já pode’, oportunamente fallecida en 1973 de un síncope, en alguna villa perdida de Petrópolis.

Couto era un rico mercader, hábil en todos los negocios, entre los cuales, su Hotel Sul, de rosadas columnas que imitaban mármol, su restaurante donde servían las mejores ensaladas de Luanda, aunque abusaban algo de la dulzona remolacha con sabor a moho, no era más que un divertimento, una inocente tapadera para sus conspiraciones. Por el Sul pasaban discretamente militares de alta graduación, colonos alemanes que podrían haberse pagado holgadamente el hotel Continental pero que preferían ese aire algo más provinciano y en desuso del Sul, funcionarios del Banco de Angola, despachantes de aduanas, comerciantes, empresarios sudafricanos, algún que otro americano con aire de predicador y la agenda repleta de peligrosos y turbios encargos de la CIA.

En el comedor, Couto hacía su aparición a la una en punto, con su piel cetrina bruñida, el pelo pegado a las sienes con dosis de brillantina, un fino bigote y unos ojos entre reidores y de metal negro, impecablemente vestido de lino blanco, con zapatos crujientes de dos colores y una sonrisa entre burlona y triunfal. Saludando a todos los insignes comensales, se detenía fugazmente ante el desorbitado escote de alguna bella alemana, a la que cumplimentaba con ojos libidinosos, enmascarados en obsequiosidad oriental. Aparentemente no hacía nada, simplemente ejercía de anfitrión, daba breves y mudas órdenes a los camareros negros, de inmaculados uniformes y maneras suaves, corregía la posición de unas copas, revisaba las cubetas de hielo donde se enfriaban las botellas de vinho verde, echaba un vistazo a las frutas colocadas en inmensos conos en mesas laterales. El maître, un portugués del norte, rosado y redondo frotado con agua de colonia, iba con gesto grave tras el ubicuo patrón, levemente echado hacia delante, atento al menor atisbo de reproche o sanción.

Pero mientras Couto se dedicaba a estos menesteres con sus maneras algo afectadas, cardenalicias, iba grabando en su memoria la disposición de las mesas, qué comensales acudían, quién veía a cuál, medía la efusión de los saludos, espiaba la reacción de algún boer que cortejaba algún alto cargo de la administración. Couto era el meticuloso e infalible diario de todo cuanto pasaba en Luanda. El Gobernador militar le odiaba pero le invitaba a cenar por lo menos una vez al mes, lo necesitaba, los capitanes de barcos anclados en la bahía recalaban por el Sul para tomarse la última copa antes de seguir para El Cabo y Lourenço Marques, con los debidos encargos y recados de don Francisco.

Tras dos días en Luanda, su morada era mi visita obligada, inaplazable. Me citó en su casa con un tarjetón de bordes dorados, más propio de un bautizo o una pedida cursi : tener acceso a su casa era una deferencia familiar inestimable, distinción máxima a un joven recién llegado. Vivía cerca del consulado suizo, en una casa rodeada de muros con buganvilias …

La señora Couto, embutida a duras penas en un traje de organza azul gritón, me recibió con ruido de pulseras y regada de perfume francés denso y dulzón. Me entretuvo unos minutos haciendo las más dispares preguntas sin esperar respuesta, desde el trabajo de Isabel hasta las tiendas del Campo de Ourique, que era su nostalgioso barrio lisboeta. Tras un breve aperitivo, sirvieron la mesa dos mulatas escogidas entre las más feas de la ciudad, cautela innecesaria de la señora, que los cazaderos de Couto eran otros y de más postín, quien me hizo un despliegue de todas sus sabidurías culinarias de las que sólo recuerdo que el aceite de palma estaba presente en todos los platos menos quizás en el café.

Tras el opíparo y pesadísimo almuerzo, Couto me llevó a su gabinete, que daba sobre un jardín trasero, sacó un par de puros de las Azores y tras cortarlos cuidadosamente, ofrecerme uno, encenderlos y dar una primera calada profunda, se dispuso a escucharme entre la humareda.

Desde el primer momento supe que no creía un ápice mi historia. Yo maldecía por dentro aquellos militares simplones que me habían dado coartadas de un peligroso infantilismo. Pero era suficientemente discreto como para intuir un encargo de alguien de cierta importancia, aunque no sospechase aún que el propio presidente del Consejo hubiera tenido la locura de encomendarme la más mínima tarea ultramarina.

-Quédese en mi casa, Rui, dijo meneando la cabeza, se ahorrará el dinero de sus dietas, tendrá todo lo que quiera y hasta uno de mis automóviles a su disposición. Y entrada privada para las madrugadas, añadió con un brillo malicioso. Y estará más seguro, añadió, súbitamente serio.

-Señor Couto, no puedo, debe comprenderlo, todos los abogados saben que paro en el Globo, Q. de M. es muy puntilloso en esta materia, me ha exigido expresamente que esté disponible veinticuatro horas al día, que siga sus instrucciones al pie de la letra, yo soy su empleado, al fin y al cabo…

-Estos funcionarios de Lisboa no han pisado Africa, no saben nada, no saben distinguir una palanca de un antílope, un ambundo de un quimbundo, para ellos todo es lo mismo, todos negros, y luego quieren venir a poner orden tarde y mal. Primero, el Globo no es hotel para usted, está lleno de pobres, segundo, para tener entrada en los clubes donde pueda usted encontrar negocio, hay que estar mejor conectado. Pero, en fin, si así lo mandan, yo me someto, dijo, haciendo un gesto como de impotencia ante la necedad.

Yo quería cambiar de conversación, hablar del jardín, de automóviles –alguno de los cuales reposaba al fresco del jardín, sin una mota de polvo-, preguntarle por su negocios, pero él cortó pronto toda inquisición. Empezó un largo monólogo sobre Salazar, sobre las masacres de hacía dos años en …, sobre el comandante Galvão, con quien había cazado más de una palanca. Couto hablaba con la seguridad de quien conocía todas las debilidades de los enviados de Salazar. Al hilo de su exposición clavaba sus ojos en mí, espiando mi reacción, a ver si me cogía en un renuncio, si enseñaba mis cartas. Podría haberle contado cualquier historia menos la que me habían inculcado.

Yo había traído en un baúl pesados expedientes del despacho, códigos, material forense. Había instalado todo ello en la modesta habitación del hotel y emborronaba todas las mañanas algunos folios para que los agentes de la PIDE, los que hacían las camas, no dudasen de mi artimaña y pensasen que dedicaba largas horas al estudio de legajos y escrituras. Y ahora don Francisco me tomaba por un idiota que pretendía hacerle pasar a él mismo, al todopoderoso y sabelotodo Couto, por otro estúpido. Aterrado, pensaba en cómo reaccionaría la policía, si aquella coartada del viaje no se tenía en pie para alguien que, al fin y al cabo, no era policía. ¿O era?

Gracias a Couto fui conociendo todo lo que había de interesante en Luanda. Para compensar mi abrupta renuncia a su hospitalidad solíamos quedar al caer la tarde para dar una vuelta por la Marginal antes de recalar en el Bambi, en el Siberia o en el Copacabana, donde oficiales de permiso, comerciantes de pesados párpados aburridos y oscuros escandinavos y flamencos con nostalgias de Katanga liquidaban pausadamente long drinks dejándose mecer por la brisa y la luz de poniente. A veces nos despachábamos un par de suculentas langostas en O Farol Velho, donde encontrábamos la nata, si no la flor, de la provincia.

Según pasaban los días en esa maravillosa indolencia me iba dando cuenta que su hospitalidad era un control más ; no me podía despegar de él.

Los europeos se paseaban impúdicamente con aire de propietarios en inmensos automóviles descapotables de colores pastel. Africa parecía allí todavía, dulcemente suya. Léopoldville, Elizabethville, todo aquello había sido olvidado. La vida seguía y era bella.

Las dos primeras semanas que pasé en Luanda me dediqué a transpirar y a despistar. Por las noches, cuando el calor húmedo se hacía más soportable, iba al cine, recalando sobre todo en el Tropical, donde ví Un taxi para Tobruk, que pensaba me ilustraría sobre mis próximos encuentros con los colonos alemanes, y en el Restauração, que tenían aire acondicionado ; a veces me pasaba por la Marginal, por el Touring u otros mentideros. Pero siempre con un deliberado aire de funcionario, de pasante de abogado algo pasmado, enviado a gestionar unos títulos de propiedad, a visitar a los cartorios notariales y otras inocentes y tediosas ocupaciones. Así hacía tiempo hasta que los alemanes vinieran a buscarme, pretendiendo estar ocupadísimo en meticulosas tareas hipotecarias y registrales, expedientes de dominio y tractos sucesivos.

Una de aquellas húmedas veladas, tras otra densísima cena que me había ofrecido la señora Couto, servida esta vez por unos criados enguantados, don Francisco me llevó al fumoir. Repantigado en un amplio sillón blanco, me empezó a dar su versión de los acontecimientos. Sería aquel un primer aviso que yo, entonces ingenuo e insconsciente de la gran cámara de rumores y mentiras que era Luanda, creí ser sólo una lección de historia contemporánea y era una encubierta advertencia para que me fuese de allí cuanto antes y no jugase a aprendiz de brujo.

-Esto es todo muy complicado, joven. Todo empezó con la llegada – me dijo Couto tirando de un larguísimo puro habano, esta vez no un azoriano, que había extraído de un imponente humidor, un aparato que yo nunca había visto parecido – de un tal Míster Markson al consulado norteamericano en Luanda en 1961. Con él los americanos empezaron a meter las narices en nuestros asuntos. Desde el consulado se hacían operaciones encubiertas con el títere, el mono ese de Jonas Savimbi y su ridículo Frente Nacional de Liberación, que ya ha causado no pocas masacres en nuestras haciendas con ayuda de dólares y armas automáticas facilitadas, regaladas, por los yanquis con el pretexto de que así luchará contra los marxistas de Neto.

-Aquel tipo era un estúpido, añadió, como examinando cuidadosamente la vitola, se dedicó a enredar con unos cuantos asimilados que se las daban de listos, todos becados por nuestro gobierno para que estudiasen en Coimbra. Allí, en nuestra tierra, se hicieron marxistas, conspiraron con los otros pretos de Guinea, de Mozambique, de Cabo Verde, nosotros mismos les dimos alas. Bueno, el caso es que este Markson, que parecía salido de algún Peace Corps, no, ni siquiera, del Ejército de Salvación, se dedicó a suministrarles materiales, a inflamarlos, a hablarles de los derechos humanos. Un imbécil. No se daba cuenta de que le utilizaban, que eran ya más comunistas que Lenin. Ellos ya habían vuelto de los derechos humanos que el curilla aquel quería inculcarles. Pero como los portugueses hemos sido siempre unos acomplejados, el que un tipejo, por el hecho de ser alto y rubio, ya nos impone, aunque no sea más que un meapilas del consulado americano les protegiese, nos tuvo un tiempo indecisos. Hasta que nos abrieron los ojos en febrero del 61. Pero cuando nos despertamos, le quitamos las ganas de volver a las andadas. Le tiramos al mar.

-¿Lo tiraron al mar, al americano?

-Bueno, no , de momento sólo su automóvil ; se libró por los pelos pero su Buick acabó en el agua durante la manifestación en marzo de ese año. Ya nos tenían hasta la coronilla, [1] . Los americanos de Kennedy son de lo más hipócrita, quieren Africa para los africanos, pero sólo para los africanos negros, los demás no contamos, no existimos. El yanqui se esfumó, yo creo que su embajador en Lisboa lo repatrió en el primer avión. Pero en fin, el mal estaba hecho, además de Savimbi, el Holden Roberto, otro oportunista, ya se había montado su gobierno de opereta en Léopoldville –Kinshasa, que la llaman ahora – y recibía dinero de todos, hasta de los suecos. Ahí nos empezaron a hacer la pinza todos los que se dicen nuestros aliados. Y luego le fueron creciendo enanos por todas partes, que si pro castristas, que si maoistas, todos los seminaristas de Luanda, .

Couto se iba encendiendo por momentos en su antiamericanismo, tan ibérico ; parecía que había ido coleccionando agravios para echárselos en cara al primer yanqui que traspasase la terraza del club.

-¿No se les ocurrió sublevar las Azores con el pretexto de que éramos fascistas ? Con aliados como ésos no necesitamos amigos. Tanto pregonar el anticomunismo y en el fondo –y en la forma- lo único que les interesa es mangonear toda Africa, y toda Europa, y el mundo entero, bramaba Couto alzando el diapasón[2].

[1] Pá es una expresión coloquial, como la española ‘hombre’. El traductor la ha conservado por un prurito de fidelidad a la forma de hablar de Couto, que salpicaba sus largas disertaciones de pás, con un afán de populismo verbal que no le iba nada.

[2] Pero es verdad que el entonces general que dirigía los Servicios Secretos norteamericanos, Donovan, había inventado y animado un movimiento independentista azoriano en 1940 para convertir nuestro archipiélago en una especie de Puerto Rico o, aún mejor, en un Hawai cualquiera.

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