Misión en Angola. Cap 14. El concepto alemán de los indígenas.

El conde estaba desde muy temprano en sus plantaciones y ya estaba al corriente de mi nuevo sistema de transporte y compañía, según me hizo saber un viejo alemán de bismarquianos mostachos que era una especie de administrador. Podía irme. En la cena siguiente el conde estaría para hacer de introductor.

El viaje a la hacienda de Von Coerper, una de las más grandes del territorio, fue largo. Al final iríamos ella y yo solos con los boys, mudos, sordos y ciegos –especialmente invidentes- ante nuestras confianzas. Las doradas e interminables piernas de Lilo llegaban hasta el borde altísimo de unos shorts breves. Hicimos una parada larga, en medio del día, a la sombra de un inmenso baobab que, por los rastros de rodadas, era parada obligada en aquel itinerario. La sombra del baobab estaba salpicada de agujeros blancos y sólo su inmensidad conseguía abrigarnos del sol. Es un árbol que parece casi un tubérculo gigante, con un tronco grueso, elefantiásico, pero hueco. Los boys alzaron como diligentes autómatas, entre los dos coches, una tienda para nuestro almuerzo y se alejaron discretamente hacia unos matorrales que había a cierta distancia. La tarde se hizo fuego sobre el hielo.

De la posterior travesía, pasada la tumultuosa y placentera siesta, sólo recuerdo como en sueños la discusión de Lilo sobre si era mejor llevar los neumáticos llenos de agua o de aire, y si el chófer sabía o no lo que se hacía. Debía saberlo pues llegamos a la hacienda sanos y salvos tras horas de una pista. En las semanas siguientes aprendí a respetar a esos guías, chóferes, scouts, que tenían un instinto para encontrar los mejores pasos en los barrizales y para evitar las trampas de los indígenas en las que podían haberse precipitado nuestros autos, o para encontrar siempre el árbol al que arrimarse, o la pista por la que eludir un encuentro peligroso con algún amigo del MPLA.

Todas las haciendas alemanas se distinguían inmediatamente de las portuguesas que vimos a lo lejos, por un especial orden en las plantaciones, por las perfectas hileras empenachadas de palmeras, todas de la misma altura, que bordeaban los caminos en una rigidez vegetal en medio de la desordenada jungla, por las barandas y porches como recién pintados, por la pulcritud de los boys que acudían a desembarazarnos de nuestros equipajes. Un clima de prosperidad y eficacia reinaba en aquellos campos y hasta las habitaciones de los negros, cubiertas de zinc, simples, escuetas, fumigadas con desinfectante y pasadas por cal. Y, como luego comprobé, porque los negros eran casi invisibles, la distancia entre ellos y los amos alemanes era como la que había de Luanda a Berlín. Cada vez que nos cruzábamos con indígenas éstos debían saludar, descubrirse si iban con sombrero, salirse del camino dejando amplio paso e inclinarse levemente, sobre todo si íbamos con alguna señora. Los alemanes habían conseguido, en una tierra tan cálida, caliente, establecer algo de glacial, de distante, que amedrentaba a los negros, espantaba a los portugueses y mantenía a raya a los sicarios de la PIDE.

Von Coerper pertenecía a una familia de la Alta Pomerania que se había instalado en Africa del Sudoeste en 1906. Su padre había combatido en el Africa Occidental Alemana en la guerra de los Hereros, y luego en el frente ruso en 1917, y había debido salir, con la fortuna perdida, tras la abusiva entrega de las colonias alemanas a Inglaterra y Francia. Sólo los portugueses habían permitido a algunos colonos alemanes expulsados de Tanganika, de lo que ahora es Namibia, y del Camerún, instalarse en sus colonias, por un acuerdo tácito con los ingleses. Los menos se habían instalado en los años treinta, mientras la mayoría había llegado después de la segunda guerra mundial. Su hacienda era de las más grandes de Angola, sólo superada por las gigantescas de los Kronheimer y el auténtico virreinato de Von Ahlefeldt, a los que tenía que ir a ver dentro de unos días, según la cuidadosa y exacta agenda que me había proporcionado el señor Caetano.

Me preguntaba qué papel iba a jugar Lilo en todo este periplo, qué pensarían los alemanes de un portugués que les roba su doncella. Pero no pensaban nada, primero porque Lilo era res nullius, no era de nadie, y segundo porque estaban demasiado preocupados con sus cosechas, con la lluvia que tardaba, con los insurgentes. Y además no era doncella. A mí me consiguió quitar en nueve semanas y media todas las prevenciones católicas que guardaba. No que fuera yo un virginal mozo, que ya el amor venal me había permitido conocer las profundidades de alguna española, normalmente andaluza o extremeña, que enseñaban con displicencia a los más tímidos unas escasas y ciertamente demasiado pasivas artes en los turbios y sifilíticos locales que abundan por detrás del mercado da Ribeira, en el Poço Borratèm y por Martim Moniz.

Mientras la tarde se deshacía en colores de miel en las verandas, los hacendados me iban escuchando con forzada paciencia, mordiendo sus pipas o jugueteando con sus fustas. En general recibían la novedad, la brillante idea del señor Doutor, con una cierta prevención, algunos con no disimulado sarcasmo. Sus preocupaciones inmediatas eran la mala cosecha de algodón, el descenso de ventas del sisal y los nuevos cultivos de robusta y los experimentos con arabica.

Sólo el aval del conde –a quien la idea de un Brasil africano le parecía plausible- les hacía confiar en que no era un provocador más. Ya habían pasado por muchas traiciones, exilios, derrotas, como para creerse al primer funcionario llegado de Lisboa con el encargo de formar un movimiento de independentistas blancos. El modelo de Ian Smith lo contemplaban con desprecio, como una muestra más de la volubilidad británica. Se consideraban infinitamente superiores a nosotros y aquellas prevenciones, aquellas maniobras de maquiavelismo de vía estrecha les parecian fútiles. Sólo creían en la represión pura y simple, militar. La PIDE era para ellos una especie de intrusión de gestapistas aficionados y matones sin más inteligencia. Encerrados en una visión de los más boer[1], casi todos creían que podrían repetir la hazaña del aplastamiento de la rebelión y exterminio de los Hereros. Como había subrayado un tal Haraldsson.

-Esto les pasa a ustedes por su inútil Estatuto de los Indígenas, con el que minaron su propia colonia- graznaba la torre desde la esquina de la mesa (el conde procuraba alejarlo de la presidencia de la mesa para que no molestase y no nos llegasen sus improperios, pero la voz de Haraldsson saltaba todas las cautelas del protocolo). La cena continuaba, servida por aquellos silenciosos boys perfectamente adiestrados bajo la dura mirada de una especie de báltico, un tal Haraldsson, ya de edad con una cicatriz que le surcaba la frente tostada como una raya roja, con cara de verdugo desocupado que solo con las pupilas transparentes, con esos párpados sin pestañas, los tenía convencidos de que era el mismo diablo, el mítico Mwene Puto. Haraldsson se había lucido en la guerra en el frente del Este en hazañas que nadie osaba evocar, ni siquiera él mismo. Su historia oficial lo hacía apenas responsable del transporte por las estepas ora heladas ora enfangadas de un armón con cuatro inmensos percherones. La elegancia de Von Bodenberg bastaba para intimidarlo, pues el conde eludía saludarlo y el báltico no se atrevía a abrir la boca en su presencia. Sólo en algunas veladas regadas abundantemente de cerveza angoleña, se había ido de la lengua, pero Lilo había rehusado -entonces no supe porqué- traducirme aquellos relatos que mantenían a los alemanes con los ojos fijos, unos, y con una visible incomodidad a los menos beodos. Helmut Haraldsson era el eslabón perdido de los caballeros teutónicos que asolaron las llanuras polacas y rusas desde tiempo inmemorial, a la caza del eslavo.

-Creo que está usted equivocado, con todos los respetos –aventuraba yo- el Estatuto de 1933 de lo que peca es de no haber permitido que éstos se sintieran de verdad portugueses, sino casi siervos…

-Y ¿qué pretende?, ¿hacerlos ciudadanos?, insistía el báltico, ustedes no los pusieron en su sitio, están llenos de caridad católica, son como los polacos, añadía, con una mueca de desprecio que abarcaba Polonia, Portugal y todo lo que no fuera teutón.

-Bueno, ahora ya es tarde para debatir leyes pasadas, terciaba el conde, lo importante es ver qué se puede salvar todavía, si somos capaces de aprender la lección del Congo Belga, de Argelia…

-A sus cinco millones de negros, divididos en tribus, algunas irreconciliables, se les puede dominar perfectamente, está todo inventado, miren la Unión, Rodesia del Sur, no invente brasiles, que no hace falta. En Brasil tenían la amenaza por todas partes, los Estados Unidos que daba lecciones como siempre, todos los masones de las colonias españolas que prodigaban el mal ejemplo, aquí no hay problema, estos africanos todavía necesitan cien años para ser de verdad peligrosos. Y ni soviéticos ni nadie lograrán echarnos de aquí. Mano dura y ya está, concluía triunfante Haraldsson, echándose otro vaso de schnaps al gaznate, más bermejo que nunca.

Algunos comensales asentían, mientras el conde, demasiado elegante para entrar en liza, como buen anfitrión, me miraba con aire desconsolado. Con aquellos energúmenos no había esperanza.

Yo meditaba mientras sobre el nihilismo alemán y su habilidad para llegar al apocalipsis con orgullo y convencimiento, miraba por los amplios ventanales y veía a lo lejos a la baronesa podando tranquilamente sus rosales con un servidor negro que la seguía eficiente como un autómata con su carretilla. A lo mejor tenían razón y lo que teníamos los portugueses eran demasiadas contemplaciones. Como repetían muchos granjeros alemanes, “a los negros se les dan órdenes, no se habla con ellos”. Indestructible argumento.

Para mis lectores portugueses, les recuerdo que en 1905, los Herero, una tribu de habla bantú que eran los antiguos amos de Namibia, de remotos orígenes etíope-abisinios, se sublevó contra los colonizadores alemanes. Armados, con uniformes y con una decente organización militar, no era una siempre algarada de una tribu díscola. El castigo fue terrible y miles de ellos fueron exterminados y sus jefes ejecutados. No hubo apenas prisioneros. Ya en aquellos años 60 , el lugar de Okahandjia, donde están enterrados muchos de los legendarios dirigentes de aquella guerra, como su jefe Maherero, era un lugar de peregrinación.

 

[1] Boer quiere decir campesino en holandés.

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