Misión en Angola. 18. Juegos de manos, juegos de villanos

Desde mis años mozos me había sido inculcado un altivo horror hacia los juegos de envite y azar. “Juegos de manos, juegos de villanos”, recitaba mi tío Sebastião en la heredad alentejana cuando veía que me atraían los juegos de naipes de los jornaleros y peones. Es así que jamás aprendí juego alguno, salvo algunos solitarios que una prima mía –la trigueña Antonia- me enseñaba, junto a otras cosas, en las largas siestas de estío, monótonas y silenciosas.

En las granjas y haciendas alemanas, por el contrario, estos juegos no eran considerados en absoluto como juegos de villanos, sino de alto nivel. El bridge y otros que nunca supe seguir eran los medios para acercarse, para formar equipos y para conseguir introducir en la conversación. Lilo me fue adiestrando también en estas artes, en un lejano paralelismo con mi prima, y eso me serviría al menos para no hacer figura de estúpido total en aquellas veladas en las que se oían lejanos rugidos, mugidos y otros chillidos de fieras inidentificables, servidos por silenciosos boys que se eclipsaban tras el servicio para reaparecer como por ensalmo al menor gesto del conde o de otro de los huéspedes principales. Los boys tenían un especial instinto para detectar los próceres entre la morralla de plantadores sin negocio y de pisaverdes más o menos advenedizos, en cuyo ínfimo grupo sin duda me incluían.

El ritual era casi siempre el mismo. Tras una sesión en el fumoir o en la terraza que hiciera las veces, un grupo de hacendados se desgajaba y se dirigía a la sala de caza que inevitablemente existía en toda propiedad. Luego, poco a poco, los rezagados se iban acercando y, al final, un grupo nunca más numeroso que diez o doce personas se disponían a asistir en silencio a las justas naipescas. Yo, en las primeras jornadas, sólo iba de apuntador o mohíno, con cuidado de no gesticular demasiado, no obstante, por temor a despertar la cólera negra de alguno de aquellos granjeros que tomaban las partidas como estrategias militares. Si bien no jugaban jamás dinero, consideraban aquellos momentos, alejados de las inmediatas preocupaciones de plantaciones, ganado, trabajadores, como el momento más cerebral del día.

Las enseñanzas de Lilo fueron superficiales, pero suficientes para poder seguir el juego con cierto interés, descubrir las artimañas y conocer de antemano quién sería el ganador. El conde, que jugaba rara vez, era sin embargo el mejor, con una especie de elegancia y una inteligencia casi eléctrica que anticipaba las jugadas de sus adversarios. El bridge, hecho de ingenio, deducción y comunicación, exigía una memoria prodigiosa (a los que mis estudios forenses me habían entrenado), pero también un razonamiento y una capacidad de planificación en las que todos aquellos antiguos militares eran excelentes.

En aquellas plácidas veladas casi olvidaba el objeto de la misión y me dejaba adormecer por la dulce sensación de unas largas vacaciones.

Las cosas cambiaron cuando llegó Herrinkx. Las parejas Norte Sur y Este Oeste apenas estaban formadas cuando Haraldsson, el carteador, le invitó de compañero. Tiempo después, supe que el nombre oficial del compañero era ‘el muerto’. Herrinkx era un belga de Elisabethville que trabajaba para la WNLA desde el final de la guerra mundial; era un negocio mucho más lucrativo que su granja katangueña. La Witwatersrand Native Labour Association era la principal organización de contratación -no era sino una especie de leva autorizada- de trabajadores para llevar a los más fornidos a las minas de El Cabo. ‘Irse al John’ o ‘bajarse al John’ era sinónimo de un buen futuro para muchos indígenas cuyo único futuro eran si no las plantaciones interminables o las kubatas de los alrededores de Luanda.

Herrinkx era grandón, de estirpe mercenaria y robusta, con la solidez de esos que llaman españoles de Flandes, textura germana pero un color algo del sur, restos de las mezclas de guerreros de los Tercios con las rubicundas mozas de Courtrai y de Gante. Herrinkx era además un hombre sin miedo. Los aduaneros portugueses de Calueque le tenían respeto, y se embolsaban con disimulo las comisiones que el belga les entregaba. Pasaba y repasaba la frontera con su camión Panhard sin ser inquietado, llevando de carga a cinco o seis fornidos negros congoleses destinados a trabajar en los profundos túneles de la De Beers. Alguno de aquellos negros, en realidad miembro de la guerrilla, le terminaría denunciando y nadie, ni siquiera el bien situado Couto, con quien vaciaba botellas y se entretenía con sus bailarinas frívolas en los clubes más osados de Luanda, le había advertido o alertado. Caería en la ratonera tendida a unos cuantos kilómetros de Cassinga, unas tres horas después de haber pasado la frontera. Era una ironía del destino porque allí era donde los alemanes de Krupp empezaban a invertir millones de marcos, con la cabeza de puente de algunos de los más veteranos hacendados que fueron quienes sirvieron de enlace para tamañas inversiones. Alemania, país con escaso y remoto pasado colonial, era un socio más apetecido que los americanos, de dudosa lealtad, o los escandinavos, de furibundo anticolonialismo. Los galos eran, pura y simplemente, excluidos.

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