Un portugués en La Montaña mágica

La Biblioteca Nacional de Lisboa, en el Campo Grande, es de construcción racionalista, con techos de madera y corcho que amortiguan el escaso ruido (los portugueses son silenciosos) y unos tapices y unos frescos sobre los descubridores dignos de admiración. Suele presentar pequeñas pero interesantes exposiciones de literatos, historiadores y personalidades que nos hablan de ese Portugal tan desconocido en España. Y en sus vitrinas suelen encontrarse joyas bibliográficas, cartas, documentos que completan la biografía del personaje elegido.

Hace un par de meses visité la exposición sobre Los dos últimos publicistas, Sampaio Bruno y França Borges, lo que  despertó mi curiosidad por estos republicanos lusitanos de finales del XIX.

 imgresBuscando en la biblioteca, donde se puede adquirir la carta de lector semanal, mensual o anual inmediatamente, he caido en una gran confusión, pues resulta que otro França Borges, éste militar, es el que está debidamente catalogado, con trabajos sobre infantería, sobre la región de Torres Vedras y sobre vinicultura.

 He tenido que explorar en la hemeroteca para encontrar al França Borges que buscaba. Difícil, pues sus artículos están dispersos en periódicos olvidados, finiseculares, de esos que duraban unos meses o como mucho un par de años. La siguiente expedición deberá ser a la Hemeroteca.

 Pero tras sucesivos descubrimientos, he podido saber que Hans Catorp y Joachim Ziemssen conocieron a França Borges en Davos, donde fallecería el portugués en 1915. Joachim y su primo ya habían fallecido, el primero de tisis, el segundo en combate a principios de la Gran Guerra, como cuenta Thomas Mann en La montaña mágica.

 António França Borges nació en 1871 en Sobral de Monte Agraço, a unos cuarenta kilómetros al norte de Lisboa, en la región llamada Estremadura.

 -Yo no soy un hombre de letras, sólo un hombre de propaganda, les comentó a Joachim y Hans cuando el ubicuo y sabihondo italiano, Settembrini, le abordó en una terraza donde Borges reposaba rodeado de libracos.

 Con ello, quiso librarse de ser sometido a un interrogatorio intelectual, en francés, además, pero lo único que consiguió fue la inmediata simpatía de Hans ante su modestia.

França Borges sostenía ubi libertas, ibi patria, por lo que Suiza, aun en la alta montaña, constituyó un descanso a su azarosa vida y a su exilio. Allí, en sus dos últimos años de vida, encontraría la paz de espíritu suficiente para leer todo aquello que no tuvo tiempo y aun para empezar un diario, sepultado en cualquiera sabe qué archivo portugués. Mann pudo saber de él cuando visitó Davos con su esposa en 1912, para inspirar su novela.

 Los disidentes o Generación Nueva, como les llamó Teófilo Braga fueron los pensadores más heterodoxos –pero malos políticos, un poco como los ateneistas españoles, como Manuel Azaña- que Portugal dio en su conjunto y que allanaron el camino para la República, que tan mal terminaría por sus propias limitaciones (con el Estado Novo de Salazar).

 

 

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