Misión en Angola. Episodio 20. La PIDE aparece.

 Mientras estuvimos el ilustre conde y yo tratando de formar un comité de notables más o menos presentable y digno de llevar a cabo la brasileñización , todo fue bastante bien. Cenas, alguna cacería a la que asistí, torpe, como mero espectador, alguna que otra resaca tras acompañar con schnaps las sucesivas celebraciones de pasadas victorias que los hacendados apreciaban más que las leyendas wagnerianas. Todo eso a la PIDE le parecía más o menos un ‘sport’, y además tenían un respeto reverencial por los alemanes, una admiración nostálgica, algo abyecta, incluso.

            Pero al nobilísimo conde se le ocurrió la peregrina idea de incluir algunos negros en el comité.

            -Nunca sería creíble una autodeterminación, una independencia sin nativos.

            -Pero eso no está en mis instrucciones, la misión…, intenté balbucear.

       -No se preocupe, no son subversivos, son más portugueses que usted. Pero necesita conocerlos, incluirlos. Ya convenceremos al señor Doutor (el gran visionario del futuro Imperio lusoafricano, Salazar), me intentaba tranquilizar el conde.

El caso es que me dio una serie de pistas para que, de vuelta a Luanda, antes de partir, hiciera algunas incursiones en determinados lugares frecuentados por los nativos más evolucionados.

Tenía una pequeñas claves y unas direcciones. Cuando llegué a Luanda descubrí, con horror, que muchas de esas direcciones eran edificios de oficinas coloniales. Mis contactos serían funcionarios del gobierno civil, de las aduanas, despachantes de mercancías, pequeños empleados civiles. Debía llevarles una serie de cartas, peticiones, documentos triviales para ser sellados. Preguntaría por nombres de personas, curiosamente ausentes o de vacaciones, algo por lo demás muy común, y en la respuesta habría invariablemente un número y un nombre, equivalentes (tras descifrarlos en mi hotel tranquilamente con las claves de bridge que el conde me facilitara) a una cita en un día, a una hora y en un café preciso.

 La primera cita fue en el restaurante Munique, muy apropiado, en la rua de Paiva Cuceiro, un jueves por la tarde noche. Después siguieron el cine Império, las boites Tamar y Flamingo, el cabaret Marialvas, el Bowling bar, y muchos otros bares como el 007, el Xeque, el Acrópolis o el Calhambeque.

……………

…………….

Mi hospedaje caluroso y algo sórdido seguía siendo mi base de operaciones, si base y operaciones eran términos aplicables a estos enredos de aficionado. El papel que me deslizaron por debajo de la puerta en el hotel a la vuelta del periplo por las planicies era para mí un auténtico arcano.

El oeste dirige la acción con la espada. Si yo gano el as, enseño muestra, exagero con los diamantes, echo la espada y después tomo el corazón, perderé sin remedio.

Cuando el jack de corazones vaya ganando, él sólo necesitará cuatro diamantes y podrá jugar seguro.

Genio cómico: el oeste sacará la reina de trébol. El sur, pasa; el oeste, pasa; el norte, echa el seis de muestra; y, por fin, el este, pasa.

El Oeste no posee los tres honores que le faltan a la espada; si hubiera tenido el criado dispuesto, podría haber atacado al rey.

Deduje, por mis escasos conocimientos de bridge, que eran comentarios basados en tan antiguo y misterioso juego. Pero entonces no supe descifrar las claves. Las evidentes eran que el oeste eran los Estados Unidos, es decir, el consulado en Luanda . El sur era los sudafricanos, el norte, Portugal, y el este, el MPLA, sostenido por los soviéticos. Pero entre pasar y no pasar o echar, no tenía claro quién ganaba, quién perdía, ni tampoco qué representaban los diamantes (¿la Diamang ?¿el WNLA? ¿De Beers?). El trébol en inglés es club; el Touring Club, pensaba yo. ¿O club de palo con el que se puede agredir? Seguía también sin saber quién pudiera ser Jack, que en francés es valet, criado, quién tenía la espada en el primer mensaje –quién hacía uso de la fuerza o amenazaba con ella-. Pero, en fin, todo esto era tan fácil que antes bien pensaba que podía ser todo lo contrario pues es sabido que el bridge admite millones de combinaciones. La máquina Enigma, cuyas virtudes exaltaba un alemán tuerto en la hacienda de Von Coerper, no hubiera sido capaz de desentrañar este misterio ya que no había clave alguna.

Copié inmediatamente los misteriosos párrafos en un papel de fumar y los metí entre la encuadernación de la Biblia que me había regalado el obispo. El papel lo dejé adrede encima de la mesa, como sin darle importancia, entre los folletos de turismo, unas facturas, las carpetas del Registro catastral y recado de escribir, para solaz de los pides que no tardarían en husmear mi cuarto una vez hubiera salido para el acostumbrado paseo vespertino por aquella Marginal que tanto había echado de menos en las chanas y mulolas aquellas cinco semanas.

Fue pocas jornadas después, en medio de la noche oscura cuando la puerta del cuarto se abrió despacio. Una débil corriente hizo aletear las ligeras cortinas en la ventana abierta de par en par. El calor no me dejaba dormir profundamente por lo que inmediatamente me incorporé. Al principio sólo ví al conserje, cabizbajo y como avergonzado, su alcohólica nariz miñota más roja que de costumbre. Tras él, dos hombres. Uno era sólido, con el pelo cortado a cepillo. El otro, como un fin de raza de los que se encuentran entre los sifilíticos de las callejuelas aledañas a Martim Moniz. El grandullón se abalanzó sobre mí, como si yo hubiera pensado jamás en defenderme o en saltar por una ventana. El sifilítico, de lacio bigote mandarín, me clavó unas esposas bien apretadas y así bajé los tres pisos del hotel, en silencio y cuidando de no caerme por las escaleras. Uno de ellos, no podría decir cuál, pero debía ser el gordo, tenía un fétido aliento a cena copiosa y mal digerida (aún me sorprende cómo la PIDE no utilizase como tortura el arma más irresistible el hedor de muchos de sus esbirros, pero, claro, ellos no eran conscientes de su propia hediondez).

Apenas cruzaron palabra alguna y ya me encontraba apretado entre ambos en el asiento trasero de un gran automóvil negro que olía a colillas. Fui rehaciendo el recorrido por las calles desiertas de Luanda intentando averiguar a dónde me llevaban. En una esquina se tambaleaba un negro borracho, a la luz macilenta de alguna timba. Cada rato nos cruzábamos con algún jeep militar lleno de soldados adormilados que patrullaban la ciudad. Pasamos por calles sin iluminar, por zonas de solares. Nos alejábamos de la avenida Marginal y del centro de la ciudad. No reconocí el edificio, aunque me pareció recordar que habíamos pasado por las inmediaciones del Banco de Angola.

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