Misión en Angola. Episodio 22. El fin de la heroica misión y vuelta a mi Lisboa.

Volví en un transporte militar, un decrépito paquebote comprado de quinta mano a los ingleses, que seguramente habría transportado a los Royal Fusiliers en la guerra de los boers y que estaba más preparado para el servicio en las Islas Hébridas que para los trópicos. Pero, comparado con los calabozos de la PIDE, era un crucero con aire acondicionado.

Del último mes sólo recuerdo el agrio olor a pies del cuartel de la PIDE y el hedor a vómitos de los camarotes donde nos hacinábamos soldados y otros pobres que retornaban a Portugal. Cuando desembarqué en Lisboa no me esperaba nadie. Isabel se había hartado naturalmente de mi silencio y, como pronto descubrí, su tío Francisco le había instruido sobre mi infidelidad con la demoníaca y esplendorosa alemana.

Una vez restablecido mi equilibrio para no andar como mareado, lo que suele acontecer tras largas travesías, y debidamente bañado y con ropa limpia, como almidonada, seca y rígida en comparación de lo que había llevado en Luanda y en el Planalto, me fui a despachar un bacalao à lagareiro como Dios manda, es decir, con su aceite en abundancia y sus patatas asadas un poco aplastadas, acompañado con una botella entera de Dão. Después, enfrenté la tarde lisboeta, su luz suave y su aire fino, con un demorado paseo por el Chiado y el Rossío donde, afortunadamente, no me topé con nadie conocido.

El lugar de la emboscada a Herrinkx

El lugar de la emboscada a Herrinkx

Al partir de Luanda, había hecho balance. Tres éxitos y tres fracasos. Las últimas, no haber aprendido a jugar al bridge, no echarme en los  tiernos y sensuales brazos de alguna de aquellas negras esplendorosas y no haberle devuelto al dueño del hotel, colaborador de la PIDE, los infectos cafés que todas las mañanas me sirvió un remedo de desayuno. Los éxitos eran involuntarios: no haber caído enfermo en aquellos casi cinco meses, aprender a conservar mariposas y no haber perdido mi empleo de pasante en el bufete del doctor Q, que me esperaba en Lisboa.

Con aquellos magros resultados me di por contento y me sumergí en la amable y dulce pasmaceira lisboeta, de la que sólo me sacarían los tumultos del 25 de abril de 1974. Pero eso será objeto de otra pormenorizada historia en una próxima entrega de las historias de mis vidas.

Pero visto desde la distancia de los años, si no hubiera estado inmerso en los placeres de la carne a que nos llevaba el hambre sexual padecida bajo la dictadura (en realidad, tengo que reconocer que esa fue la única cortapisa a mi veleidosos deseos que experimenté bajo la tutela del señor Doutor ; aunque quizás con Marcello Caetano todo fue más administrativo, menos aldeano y cada vez más pesado), un retazo de conversación cogida al azar de mi aproximativo alemán en una de las veladas musicales de la granja de Von Coerper debería haberme puesto sobre aviso y alertado sobre la verdadera conspiración que se tramaba entre Luanda, el Planalto, la rua Antonio Maria Cardoso, la sede de la PIDE. Pero en aquellos meses todavía era un inocente cruzado del señor Doutor, ávido de su reconocimiento paternal. Couto me parecía más una molestia que una verdadera amenaza. Y Lilo, una medida higiénica.

Sólo mucho más tarde supe que Couto era un agente doble que no había dudado en vender al emprendedor Herrinkx.

El MPLA salvaría los bienes de Couto y le retribuiría debidamente en la lejana villa brasileña de Itaquí, fronteriza con Uruguay, donde el viejo pasó sus últimos años. Eso y sus servicios a la PIDE, igualmente discretos, le habían permitido sortear los avatares de 1975, aquella descolonización que fue una oscura desbandada.

La clave estaba en aquella carta que me había entregado para Isabel y sobre la que yo, con hidalguía, no había osado ni siquiera echar un vistazo. La uní a mi trivial carta semanal y nunca pensé que antes de que la portera se la diera a Isabel, alguien había sustraído cuidadosamente las dos hojas de cuartillas de Couto.

Los alemanes estaban aquella noche algo alterados pero entonces no capté la importancia del suceso: sus planes se venían abajo pues el belga era su casi único contacto con las autoridades de Windhoek, en la Namibia colonizada por los sudafricanos y Herrinkx era el único que podía encontrar los apoyos necesarios en la Unión Sudafricana para el proyecto de una especie de nuevo Brasil multiétnico en plena Africa.

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