El pintor Andrew Wyeth en la Thyssen, una conmoción

Andrew Wyeth era un perfecto desconocido en España y en Europa. Su obra apenas salió del país, siendo solamente Tokio uno de los lugares donde periódicamente se exhibían sus obras. Una vez fue algún cuadro suyo a Berlín, a una exposición colectiva, en 1951, y en Londres y en la galería Claude Bernard de París en 1980. Y poco más.

La elección de este norteamericano es, pues, un gran acierto y una novedad en el Viejo Continente. En España, con la escasez de pintura norteamericana en las colecciones públicas y privadas, es doblemente bienvenido.

También en los Estados Unidos fue bastante ignorado por la crítica artísticamente correcta. Los críticos –que viven casi todos en Manhattan, como es sabido- se centraban en los expresionistas abstractos (Pollock, De Kooning, Kline, etc) mientras que casi pensaban que Wyeth era una especie de pintor rural. El pintó como quiso, lo que quiso, de forma muy subjetiva, y apartado de las corrientes de moda. Fue conservador y algunos le acusaron de representar el puritanismo.

Nacido en Pennsylvania en 1917, falleció en 2009 mientras dormía, en donde nació, Chadds Ford. Pasó la vida pintando, usando sobre todo tempera sobre tabla (tempera: pigmento, agua destilada y yema de huevo) y la acuarela. Ambas técnicas requieren un minucioso estudio previo y el temple, una paciencia en las capas sucesivas, hasta encontrar la luminosidad requerida. El temple o tempera se presta a pintar estados de ánimo en lo que en principio es algo inanimado, como una granja o un almacén (barn).

Andrew Wyeth 1972Además de su oficio (su padre, Newell Convers Wyeth, pintor e ilustrador, le enseñó a dibujar y pintar), sorprende la calidad humana de su pintura. La América profunda, rural (tan opuesto a Warhol, el artista de la ciudad por antonomasia, cuyos retratos por el hijo, Jamie Wyeth, se exponen en el Thyssen) las personas que le rodeaban, trabajadores, granjeros, niños, desde un mendigo, Tom Clark, hasta un indio, Nogeeshik, pasando por el viejo soldado alemán.

No hay improvisación en su arte, sino que, como él decía, algunas imágenes iban madurando lentamente, semanas, meses, hasta que algo las precipitaba. Visité su casa en Maine cuando él aun vivía. La guía nos contaba que a veces, se levantaba repentinamente del almuerzo para ir al estudio a dar las pinceladas que iban fermentando en su interior. Trabajó toda su vida en el arte, lo que le hizo vivir largos años, 91 (murió mientras dormía). Para él, pintar era una necesidad, era su forma de expresarse.

El decía que pretendía siempre mostrar la verdad que hay debajo de los hechos, de los meros datos físicos. Desde la ternura en los retratos de Christina Olson, la inválida de polio que fuera su modelo y amiga durante décadas, o el de su hijo Jamie, Lejanía, o Faraway (1952), que ilustra el folleto de la exposición, hasta los retratos inquietantes de Karl Kuerner y su extraña mujer, o la sensualidad de sus desnudos, tanto de Siri como de Helga o de Eric. Los animales fueron también parte de su interés, pues los amaba como hombre del campo; así como los paisajes de Pennsylvania y Maine, invernales, a menudo solitarios y siempre evocadores de algo indefinible, que deja soñar al contemplador.

Wyeth 1983., por Bruce Weber

Wyeth, 1983, por Bruce Webwe

Efectivamente, hay una poesía, una cierta magia que prevalece en sus pinturas, en las que el espectador está fuera pues Wyeth lo coloca en un ángulo extraño, casi irreal a pesar del realismo de lo pintado. Hay siempre un cierto misterio, una tensión no explicable en los retratos y en los paisajes, en los que nos transmite su sentimiento y una gran fuerza dramática. Por eso sería erróneo considerarlo un nostálgico de la América preindustrial o un pintor realista.

Se perciben paralelismos con los paisajes de Patinir –a través de las ventanas abiertas a la lejanía- o los interiores de Vermeer, así como con los grabados de Durero.

Y no dejen, en fin, de apreciar también muchos de los marcos, perfectos para los motivos y escogidos para que haya una cierta continuidad entre la pintura y su borde. Muchos de ellos, por su madera, parecen haber salido de los mismos árboles que pintaba.

La exposición, muy bien presentada por la Fundación y con unos textos adecuados, sin aplastar bajo el saber, continúa hasta el 19 de junio.http://www.museothyssen.org

 

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