‘Bajo la tormenta’, de Seydou Badian

18 abril, 2018

Seydou Badian, escritor de Mali nacido en Bamako en 1918, tiene actualmente noventa años.

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Seydou Badian

Hace unos días, el pasado domingo 15 de abril, por casualidad, al borde del mar, en la route des Almadies, en Dakar, encuentro un chaval que vende libros, llevándolos en la mano. En vez de vender recuerdos turísticos, vende libros. Entre ellos, Sous l’orage (Kany), Bajo la tormenta, un libro escrito por Badian en 1954 que se ha convertido en un clásico de la literatura africana.

Es una novela que trata principalmente del encuentro entre la tradición africana, con sus costumbres, su respeto a la familia y a los mayores, sus pequeños ritos, y la necesidad de progreso. Algunos jóvenes rechazan las costumbres de sus mayores, se dejan deslumbrar por la civilización de los Blancos (con mayúscula en la novela). El título, Bajo la tormenta, es una metáfora del derrumbamiento de la sociedad tradicional a causa del colonialismo.

Seydou Badian, sabio, pensador, no pretende imponer la tradición, simplemente nos recuerda que ésta debería ser respetada, que no es necesariamente incompatible con el progreso.

Kany es una joven que quiere estudiar enfermería, que ya ha pasado unos años en la escuela de los Blancos, y “sabe leer lo que escribe la máquina”. No quiere casarse con Famagan, de la que sería una esposa más “relegada en el fondo de la cabaña”, sino con Samou, al que ama, y que no es polígamo. La madre respeta su decisión mientras el padre la desprecia y está en contra, furioso. La familia, los vecinos, la excluirán, pero ellos seguirán la vía de la libertad.

Toda esta historia es el pretexto para explicar los cambios profundos que introdujeron los colonizadores en las viejas sociedades africanas. Algunos para mal, otros para bien, como defienden muchos jóvenes (sanidad, educación, libertad –“todos seremos iguales”, “al mismo trabajo igual salario”, etc-).

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En Noflaye, route des Almadies, donde me encontré al vendedor de libros ambulante.

Pero el padre Djigui (‘padre’ es cómo designan al hombre mayor, una especie de patriarca) le advierte a la joven Kany:  “Los Blancos se pelean siempre porque se han equivocado de camino, se han enfrentado a los dioses y han perdido; deshacer lo que han hecho los dioses y sustituirlo por lo que desean los hombres, es lo que sueñan hacer audazmente los Blancos, he ahí el origen de sus guerras”.

Y cuando Kany insiste en que quieren tener esas casas, automóviles, como los Blancos, le responde el padre Djigui: “Sigue el progreso, las querellas te seguirán y esas casas, esos autos, esas máquinas te aplastarán un día y echarás de menos la aldea y la fatiga de los campos, los cantos de los piragüistas, el ir y venir de los tejedores. Porque el hombre debe poder dominar sus criaturas. Si, mediante el progreso suprimís el esfuerzo de los trabajadores, tendréis nuevas cargas y os sentiréis peor a la llegada que a la salida. Con el progreso creéis dominar la naturaleza pero quedáis prisioneros de vuestras propias criaturas”.

Los mayores se sienten postergados, sus creencias ya no son tan respetadas, “los Europeos han roto todo en nosotros; sí, todos los valores que hubieran podido hacer de nosotros los continuadores de nuestros padres y al mismo tiempo los pioneros de una Africa que, sin renegar de sí misma, asimilaría la enseñanza europea”.IMG_20180418_111242

Pero no es un libro de tesis pues Badian evoca con lirismo la luz, la oscuridad, los crepúsculos en el campo, las fieras, la caza, los animales domésticos, “el cielo estaba igual de azul que el río en el crepúsculo (es el Níger). La Luna infatigable huía de las nubes”, los espíritus benignos y malignos, la mezcla del antiguo fetichismo con el más reciente Islam. Nos describe un mundo en desaparición, sin nostalgia pero con el desencanto de la pérdida de una forma de sociedad, imperfecta, pero que tenía unas reglas nobles, ancestrales.

 

 

 


António Nobre y Jaime Gil de Biedma, poemas sobre la felicidad

11 abril, 2018

Los dos poetas cantan la vida feliz, sin prisas, sin preocupaciones económicas, sin ansias intelectuales, en una casa sencilla (blanqueada, frente al mar) aunque el portugués añade que añora una mujer que le dé una hija.

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Canto da felicidade (Ideal dum parisiense)

Por António Nobre (Oporto, 1867-1900)

 

Felicidade! Felicidade!

Ai quem me dera na minha mão

não passar nunca desta mesma idade,

Dos 25, do quarteirão.

 

Morar, mui simples, nalguma casa

Toda caiada, defronte o Mar;

No lume, ao menos ter uma brasa

E uma sardinha para nela assar…

 

Não ter fortuna, não ter dinheiro,

Papéis no Banco, nada a render.

Guardar, podendo, num mealheiro

Economía pró que vier.

 

Ir, pelas tardes, até à fonte

Ver as pequenas a encher e a rir,

E ver entre elas o Zé da Ponte

Um pouco torto, quase a cair.

 

Não ter quimeras, não ter cuidados

E contentar-se com o que é seu,

Não ter torturas, não ter pecados,

Que, em se morrendo, vai-se pró Céu!

 

Não ter talento: suficiente

Para na vida saber andar,

E quanto a estudos saber somente

(mas ai somente) ler e contar.

 

Mulher e filhos! A mulhercinha

Tão loira e alegre, Jesús, Jesús!

E, em nove meses, vê-la choquinha

Como uma pomba, dar outra à luz.

 

Oh! Grande vida, valha a verdade!

Oh! Grande vida, mas que ilusão!

Felicidade! Felicidade!

Ai quem me dera na minha mão!

 

 

De vita beata

Por Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990)

 

En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

 

 

 

 


Llerena, el sosiego

5 abril, 2018

Hay pueblos a los que solamente se puede llegar por carretera, sin ferrocarril ni autovía. Eso les ha podido hundir, o quizás, mejor, salvar. Así es Llerena, la antigua Allaria o Ellerina, al sur de la inmensa provincia de Badajoz. Calles blancas, prístinas, limpias. Las paredes refulgen en el sol de la tarde. Todas las puertas y ventanas están pintadas de marrón oscuro, no sé si por orden municipal o por el austero y sobrio buen gusto de los moradores. Rejas negras, rectas, sin florituras estériles, puertas bien pintadas, de marrón oscuro, algunas entreabiertas como es costumbre en el sur, invitando al paseante a entrar hasta la cancela, como indicando hospitalidad y que la casa está habitada.

image-e1522952358777.jpegLas calles de Llerena, al iniciarse la primavera, están muy tranquilas. Son calles solitarias, con algunos portales que declaran su pasado mudéjar, como las torres de sus iglesias y antiguos conventos, en especial la parroquial de Nuestra Señora de la Granada. Ha de tenerse en cuenta que en el siglo XVIII Llerena llegó a tener el diez por ciento de su población religiosa. Rodea el pueblo una extensa campiña, sembrada de cereales, tierras que ya fueron puestas en cultivo por los romanos.

Se venden muchas casas, los letreros cuelgan de los balcones. No sabe el viajero si Llerena es un pueblo con mucha actividad económica, si da de comer y trabajar a sus jóvenes. Pero es un pueblo bello, un pueblo que merece tener más actividad, que se organicen más reuniones, conciertos, que tenga más vida. Aquí vivió y trabajó algún tiempo Zurbarán, aquí nacieron el descubridor del Cañón del Colorado, la actriz Catalina Clara, entre muchas personas que dieron renombre al lugar y al país. El museo histórico, antiguo palacio episcopal, es nuevo, es digno de una visita sobre todo por la obra en sí.

Desayunamos en la plaza, en La Casineta, bar y café popular donde los llerenenses se encuentran y charlan. Atienden rápido y con simpatía, pan tostado con aceite y tomate o manteca colorá, suave o picante, ese desayuno ancestral andaluz. Es uno de los bares de los soportales de la plaza, plaza mudéjar y blanca, impoluta y civilizada. Un hombre se queja de que no ha podido plantar a tiempo las patatas porque ha llovido mucho, lo que nos recuerda que estamos en una comarca agrícola por excelencia, en la que todo gira en torno al campo, como desde la época romana, aunque tiene un pasado de fábricas textiles y minero.

imageLuego nos vamos a ocho kilómetros de allí, hacia el este, a Las Casas de la Reina, donde hay un teatro romano bien restaurado, con vista al norte sobre todo el horizonte de la campiñ. Era la ciudad de Regina, una población de paso y parada obligada entre Emérita Augusta y Córdoba, al pie de una alcazaba. Algo más lejos, están las milenarias minas de hierro de La Jayona, que cerraron en 1921.

Pero no encontramos libros sobre la rica historia de Llerena, historia de la Orden de Santiago, de la Inquisición, que allí tuvo sede durante tres siglos, ni de los alumbrados, esa secta pseudo mística que fue perseguida en los tiempos de Felipe II. Hay dos pequeñas papelerías donde venden prensa y pocos libros. El remedio, para el viajero con más tiempo, es acudir a la biblioteca municipal, bien surtida. Tampoco encontraremos muchos libros en la cercana Zafra que, esa sí, tiene unas cuantas librerías, como la simpática Atenea. Bastantes cosas de la guerra civil, pero nada del pasado romano, medieval o renacentista. También se pueden encontrar algunos estudios en la red, dispersos y de desigual calidad.

Para más información de visitas y alojamiento, consultar http://www.llerena.org, y, para los curiosos sobre Extremadura, se pueden buscar los libros de la Biblioteca Popular Extremeña, donde se cuenta mucho de esta región, desde los tiempos romanos hasta la guerra civil del siglo pasado.


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Toubab: /tu.bab/ (noun) white person (used especially in Gambia and Senegal).

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