Personas olvidadas y aldeas deshabitadas

La tragedia de su España;
sobre la tierra Dios sordo,
sordas de dolor las almas
Miguel de Unamuno

 

Las carreteras y caminos vecinales son siempre interesantes. Viniendo de Albacete por la nacional 322, en dirección a Bailén, aproximadamente en el quilómetro 222, hay que entrar por la carreterilla JV 6302 que sube a Las Graceas, ya en la provincia de Jaén. La N 322 sigue aproximadamente la misma vía que la ruta de Aníbal (aún quedan vestigios de las turris hannibalis, que muchos confunden con torres moras), que luego los romanos convertirán en una vía romana.

Las Graceas está abandonada, como tantas otras aldeas y cortijadas. Sus últimos habitantes fueron fotografiados por Antonio Damián Gallego, de cuyo álbum se habló en este mismo blog (Fotografías de las gentes de La Puerta de Segura y Las Graceas, 14 de julio de 2017). Dos o tres casas parecen conservadas, el resto muros sin techo.

Junto al empalme de la N 322, con la vecinal que sube a la aldea, a la espalda de un hostal polvoriento y abandonado, en un corral una vieja camioneta Peugeot 202 espera alguien que la restaure.

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Peugeot 202. Al fondo Las Graceas en las faldas del monte Salfaraf.

Las Graceas están en las faldas del monte Salfaraf, que aquí llaman La Cabeza, y traen su nombre de los agracejos, esos arbustos que, como las retamas, crecen en tierras pobres. Y recordamos ese cuento de la viuda rica y ciega que iba con su mulero a buscar unas tierras para comprar. “Ata la mula en algún lentisco”, le dijo. “Mire, doña Matilde que aquí no hay más que retamas”. “Pues vámonos, ya está vista la finca”. En efecto, donde hay lentiscos hay tierra buena, de monte, donde retamas, mala.

Las tierras que la circundan están abandonadas, casi desérticas, desoladas como las ruinas de las casas y corrales donde hace cincuenta años vivían familias, chiquillos, ganado. Un paisaje como de postguerra o tras una batalla anónima, perdida y desconocida. Paseamos como sonámbulos entre los muros desmoronados, restos de uralita y de ladrillos, vigas desplomadas, tejas rotas. Acabó el ganado, acabó toda posibilidad de trabajo. Ni un árbol daba sombra. Sólo unos olivos escuálidos, recientes, dan algún discreto color a esas lomas. Como se sabe, el olivo es el monocultivo de Jaén, cuando se han perdido también los pocos hortales que antes alimentaban a los pobladores.

Por aquí no pasaron las reformas ilustradas de la época de Jovellanos, ni siquiera las precarias reformas agrarias de la Segunda República. Las dos Desamortizaciones del siglo XIX dieron la puntilla a aquellas gentes pues fueron los ya ricos los que compraron montes, pastos y tierras de labor, extendiendo sus latifundios.

Toda esta gente tuvo que abandonar sus casas, el lugar en que habían nacido. Nadie les protegió nunca, ni el Estado, ni la Iglesia ni institución pública alguna. Acabaron lejos, en Cataluña, en Francia y sus descendientes ya habrán olvidado hasta el nombre de la aldea donde vivieron sus abuelos. Poco tuvieron y pocos recuerdos se perdieron.

Ya nadie quiere vivir allí. A lo sumo, algunos arreglan una casa para pasar unas semanas. Tierras sin labrar, llenas de abrojos y retamas. Unas cabras negras se abrigan del sol bajo un viejo mantón de la aceituna. Si no hay de qué vivir, podrán contemplar el imponente paisaje del valle del Guadalimar que desde esos cerros se divisa.

De Las Graceas se baja hacia Puente de Génave. Me detengo en el Bar El Pintor, umbrío, antiguo. En la pared, unas viejas fotografías enmarcadas. El dueño, Antonio Vico Lombardo, me cuenta de sus dos antepasados cuyos retratos, envejecidos por haber estado arrumbados en alguna cámara, ha tenido a bien recuperar.

IMG_4778 (1)Uno es de José María González Ramos, que viste el uniforme militar de hace cien años. Sirvió en el ejército en los años de la Guerra de Africa. No murió en aquella sino muchos años después al echar una apuesta de quién levantaba con los dientes un costal de garbanzos. Le reventó la carótida, falleciendo pocos días después.

El otro retrato es de Juan Pedro Lombardo, que era recluta destinado en Madrid, que sobrevive al asalto del Cuartel de la Montaña en julio de 1936 y consigue escabullirse (porque allí prácticamente no se hicieron prisioneros) y se une al Ejército de la República, pero muere pronto, en ese mismo año, en Colomera (Granada), por fuego ‘amigo’.

Estos dos retratos son el símbolo de lo que han sido estas tierras desde tiempos inmemoriales: sólo útiles para suministrar braceros, para mandar quintos a las guerras (éstas, casi siempre fratricidas) o para criar emigrantes. El desinterés del Estado, de todas las Administraciones hizo que las gentes también perdieran el interés en la comunidad, en la falta de interés social que se percibe en estas tierras, que fueron del reino de Murcia y luego de Jaén tras 1833, siempre extremas, siempre lejos. El desgobierno ha hecho mella hasta en el paisaje.IMG_4780

Decir abandono es una presunción idealista porque supone que alguna vez no estuvieron abandonados estos parajes. Al igual que decir decadencia, que implica que hubo un momento alto, bueno, del que luego se cayó. El abandono, la ausencia, más bien de todo Estado, de Junta, de cualquier Administración, es palpable (lo único es que asfaltaron el carril que subía a Las Graceas). Los únicos que cuidaron aquellas tierras fueron sus habitantes, estos sí, abandonados a su suerte. Hasta que se hartaron y se buscaron la vida en las fábricas catalanas, los hoteles mallorquines o las vendimias francesas. La madre patria sólo los usó para las guerras. Ellos olvidarán la tierra.

Es una sensación extraña la de querer adentrarse ahora, tanto tiempo después, en las vidas anónimas de unas personas que nos miran, tristes, desde las viejas fotografías. No sabemos ni su historia ni casi la de esas poblaciones, de estas aldeas ya perdidas, ni sabemos su origen ni su causa. No es extraño que tampoco sepamos nada de los que allí habitaron.

La memoria histórica no es solamente tratar de las barbaridades perpetradas sino recordar también a tantos hombres y mujeres que yacen en el olvido y cuyas vidas fueron atrapadas por los torbellinos de nuestro país. Por toda España, buscando un poco, podemos recuperar historias perdidas, vidas olvidadas que sólo las familias conservan con respeto. Honrar la historia, honrar a los que allí vivieron, es dar moral a los que aún permanecen. El desinterés por la historia sólo conduce a la resignación y al fatalismo.

Aquí no hubo separación entre Estado e individuo. Simplemente, no hubo Estado, si no era para las levas. Y con la democracia electoral, tampoco hubo interés alguno, los pocos habitantes de esas tierras eran votos innecesarios, no contaban casi.

Aquí, no “todo tiempo pasado fue mejor”, como versificaba Jorge Manrique.

 

One Response to Personas olvidadas y aldeas deshabitadas

  1. Marcos dice:

    Conmovedor Jaime, triste pero bonito, abrazo, Marcos

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