‘Casa de conversación’, o contra la envidia entre escritores, por Azorín

Azorín fue siempre un crítico amable. Si no tenía nada bueno que decir de un escritor, de un poeta, no decía nada. Para la crítica actual, tan ideologizada, tan sesgada según la persona e ideas del autor, es posible que su actitud sea calificada de blanda, de complaciente.

Escriitores de AzorinCasa de conversación era una tertulia de amigos de las letras que evoca en un artículo así titulado, publicado en ABC el 11 de julio de 1924, ¡qué nombre mucho más atinado y bello, casa de conversación!, dedicada a leer, estudiar y honrar a José María de Pereda, ese escritor decimonónico hoy totalmente menospreciado por nuestros eruditos a la violeta y literariamente correctos.

Pero lo interesante era el espíritu que reinaba en ese círculo, que es la “cordialidad más sincera y efusiva”. Claro que es porque “son hombres sencillos, arcaicos, un poco limitados”, dice con ironía, que “no pueden sino comprender la poesía con ritmo y rima”,

“Si uno de los socios escribe un artículo y es preciso en él citar el nombre de un compañero, lo cita sin empacho, y no da un rodeo, o suprime un argumento, por no verse en la necesidad –tristísima necesidad- de citar, con elogio, el nombre del camarada. El recelo y la hostilidad hacia el compañero afortunado, no existen en esta Sociedad”.

Y nos cita Azorín a Tirso de Molina, pues ya entonces se estilaba la envidia entre poetas:

Pues véndese agora tanta

envidia a ingenios diversos,

que hay hombre que haciendo versos

a los demás se adelanta,

y aunque más fama le den,

Es tal (la verdad os digo)

que niega el habla a un amigo

cada vez que escribe bien.

Hoy sería muy saludable que en todos esos suplementos literarios en los que sólo se habla bien de los amigos y se ignora a los desafortunados que no tienen pie en la sociedad literaria, se aplicase esta buena recomendación de Azorín. Porque, como ha dicho hace pocos días la escritora portuguesa Lídia Jorge, (Jornal de Letras, 26 de septiembre de 2018), eso también afecta a los agentes literarios y a las casas de edición:

“las agencias de escritores y periodistas se comportan con los escritores como los demás agentes de otras áreas. No merece la pena pensar que existe cualquier tipo de compasión. El que pierde es desterrado, el que gana elogiado y alabado, la ruleta rusa tiene mucho que ver con esto”.

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