Ílhavo y Aveiro, esa luz atlántica

(Fue publicada otra versión en El Laberinto español, suplemento de http://www.cronicapopular.es)

Portugal es un país de luz, pero algunos lugares parece que han sido hechos de y por la luz, como la ría de Aveiro e Ílhavo. La luz cambia con las nubes, el curso del sol, las tempestades. Cada día es diferente, como es cada estación del año. Al despedirse el sol, nos deja la inmensa noche atlántica sobre el mar oscuro. A lo lejos, la ráfaga del faro más alto del país. En los días de niebla parece querernos recordar las playas belgas de Knocke le Zoute, tras las dunas y con el océano gris. No es casual que toda la poesía portuguesa haya cantado el mar, desde Camões hasta Ruy Belo o Sophia de Melo Breyner, pasando por Álvaro de Campos (Pessoa) y Nuno Júdice. La “mar océana” ha sido la gran protagonista de la historia del país, y en Aveiro e Ílhavo el viajero sensible lo siente.

A unos cincuenta kilómetros al sur de Oporto, en una costa cuya luz que Raul Brandão llamaba “dorada y viva, hecha de agua azul y traspasada de sol”, se encuentra la ciudad de Aveiro y su Ría de características muy especiales en cuanto a la geología, el mar y el clima. El paisaje es singular, con una barra de arena que corre paralela a la costa, llamada Costa Nova.

Aveiro

En la Barra o Costa Nova, las casas pintadas con bandas verticales de color, los palheiros, se fueron construyendo a partir de 1808, cuando los más importantes pescadores allí se trasladaron desde Aveiro. Hacia 1822 empieza el uso balneario, compatible entonces con las faenas pesqueras. Los palheiros son modestos edificios de dos plantas que antes fueron casetas de pescadores en las que guardaban el pescado para secar y salar. Tienen dos pisos como máximo, una balaustrada, un porche y unas mansardas (en Portugal llamadas con el sugestivo nombre de aguas furtadas). Son de tablas de madera, de bandas pintadas de blanco y rojo, o blanco y azul, aunque las antiguas eran de un solo color. Hace muchos años, la arquitectura y el gusto eran peculiares, las casas se construían a gusto del dueño, no del arquitecto y éste, profesional raro, más escaso que hoy, era ilustrado, veía revistas extranjeras, viajaba. Entonces, los arquitectos constituían una cierta élite. Las buenas influencias estéticas llegaban hasta el extremo occidental de Europa.

Aveiro y su vecina Ílhavo son los dos centros ancestrales de la pesca del bacalao por los mares de Groenlandia y Terra Nova. Era la llamada ‘faena mayor’. Junto a ella, la pesca de altura más cercana, y la de bajura, con las famosas xávegas, nombre de los barcos y de esas redes de arrastre que se lanzan al mar y se recogen gracias a las yuntas de bueyes que tiran del copo en la playa, escena tantas veces reproducida en las guías turísticas. En Ílhavo, además de apreciar sus casas modernistas, una visita a su Museu Marítimo será la parada necesaria para entender mejor la industria e historia de la zona, la historia de Portugal.

Palheiros, Costa Nova, Ílhavo

La Gafanha de Nazaré está formada por aldeas de pescadores en torno a la Ría en lo que fueran zonas pantanosas y arenosas, hoy plantadas de inmensos pinares, pero donde también proliferan acacias y cambrones. El observador de aves saldrá también satisfecho.

La segunda industria floreciente fueron las salinas, de las cuales hay ya registro en el siglo X, aunque hoy quedan muy pocas, habiendo sido muchas de sus balsas convertidas en piscifactorías. La sal, monopolio real, fue un producto estratégico sobre todo para un imperio marítimo como el portugués.

Una tercera industria es la cerámica fina. La fábrica de cerámica de Vista Alegre, fundada en 1824, continúa activa y con buena salud aunque la propiedad haya cambiado. Las primeras instalaciones respondían a ese capitalismo algo filantrópico que era capaz de hacer compatible el trabajo infantil -véanse las fotografía de la exposición permanente- con la protección social, con la construcción de viviendas para los obreros en una especie de ciudad-jardín idealizada, con su iglesia y sus escuelas. Hoy también hay un bello hotel, el Montebelo, anexo a la fábrica, moderno, sin impacto paisajístico y muy bien acondicionado.

Aquí la industria prosperó gracias a las inversiones del Estado, a los pinares que suministraban combustible para la cerámica y el cristal. Es una manifestación práctica de lo que Mariana Mazzucato ha señalado en El Estado emprendedor de que es gracias al Estado, a las inversiones estatales, como las empresas privadas han podido prosperar. Así, las infraestructuras, la protección del paisaje y las plantaciones los extensos pinares-, los espigones para impedir que desaparezcan las playas, amenazadas por la construcción de edificios y bloques. Esto ha sucedido en las Landas francesas y también en toda esta costa portuguesa.

Tras la Primera Guerra Mundial, Portugal se enriqueció, Inglaterra era su mejor aliado y sus colonias eran rentables. Flotaba un cierto optimismo que la nueva República (fundada en 1910), bastante inestable, no llegó a desmoronar. De ahí tanta construcción modernista y luego Déco. De hecho, el llamado Estado Novo, la dictadura de Salazar, siguió impulsando una cierta modernidad –a veces teñida de imperialismo y nostalgia- y no travó ni el Art Nouveau ni el Art Déco.

De estos dos movimientos quedan muchas trazas en Aveiro y en la cercana Ílhavo. Todo es de una volumetría sensata, con equilibrio, sin destrozos demasiado visibles pues los portugueses han tenido el gusto de conservar el decoro.

No muy lejos está la Pousada –Parador- que data de 1960 y es un edificio moderno pero de buen gusto, leve, bien construido, junto a la Reserva Natural das Dunas de São Jacinto. En el lado sur de la bocana, el Farol da Barra, el faro más alto de Portugal, que se puede ver desde muy lejos.

Todas estas tierras son de una belleza sin pretensiones, callada, recogida, con la luz del océano como gran protectora. El escritor Eça de Queiroz, que había nacido no muy lejos de allí, en Póvoa de Varzim, consideraba que la “Costa Nova era uno de los lugares más deliciosos del planeta”. Sin embargo, su amigo y compañero de pluma, Ramalho Ortigão, no habla de ella en su libro-guía Las playas de Portugal. Todavía no tenía la consideración de zona balnearia.

En Aveiro, veremos los moliceiros, especie de grandes góndolas decoradas y pintadas con ingenio y gracia que recorren el canal y la ría. Se llaman así porque antiguamente transportaban el moliço, una mezcla de limo, algas y sargazos que se utilizaba como abono. Hoy son una atracción turística. Aquí hay que probar los dulces a base de yema de huevo (entre ellos esa rosca imponente, la lampreia de ovos), el barquillo –llamado bolacha americana-, y experimentar los restaurantes (yo me quedo con el más auténtico, lleno de portugueses que vienen en familia, O Mercantel, en un primer piso de una sosegada calle, la rua António Lé). Habrá que probar el bacalao, pero sin olvidar el rodaballo o los mariscos. Y quien guste, las anguilas.

Los moliceiros

Al ayuntamiento de Aveiro se le antojó hace unos pocos años autorizar el mamotreto del Fórum, un centro comercial con aparcamiento subterráneo. Ocurrencias que tienen los alcaldes en busca de inmortalidad. Pero pasemos por alto ese exabrupto arquitectónico y fijémonos en todo lo que hay de bello y apacible, que representa mucho mejor la esencia del alma portuguesa.
Para los aficionados a los automóviles antiguos, hay que recordar que en Aveiro se celebra cada primavera la feria más importante de toda la península ibérica, la Feira de Autos Clássicos.

Sobre los riesgos de saturación, hace quince años la experta medioambiental portuguesa Luisa Schmidt ya alertó y prestó su pluma para alertar de los riesgos de sobreedificación en la Barra de la Ría de Aveiro que, como toda esa zona, corre el riesgo de una grave erosión costera. El Ayuntamiento de Aveiro, en un afán de modernidad mal entendida, decidió autorizar la ocupación inmobiliaria de la Costa Nova y de muchos espacios junto a la Ría que beneficiaban solamente a las empresas constructoras y no añadían nada, sino que restan, al paisaje.

El viajero desearía que se estén quietos y paren con los afanes de atraer más turismo de masas, que puede acabar con el encanto sosegado de esas playas, gafanhas y barras. El viajero busca sosiego, serenidad, que para movimiento ya tiene las mareas, los vientos, la luz siempre cambiante, del alba al crepúsculo .

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