La isla del último hombre, de Bruno de Cessole, un perturbador thriller sobre el terrorismo islámico


Reseñar un libro aún no publicado en España es posible en este blog particular, exento de todo compromiso editorial y sólo guiado por el gusto de la lectura.


El yihadismo de los musulmanes europeos es pasado a la lupa en esta novela sobre las investigaciones de un periodista francés experto en islamismo, y sus problemas subsiguientes con los servicios de seguridad francés y británico y con los terroristas.

Poner en evidencia la amenaza del islamismo radical parece que incomoda a muchos, como les incomoda que se denuncie el machismo, discriminación y desprecio de la mujer cuando los autores son musulmanes. Los mismos que denuncian con rapidez los crímenes machistas callan, disimulan o pasan un tupido velo (¡nunca mejor dicho!) cuando los autores son musulmanes. Y se obvia mucho la opresión legal, diaria, y mortal a veces, de la mujer en el mundo musulmán, resaltando sólo la que sufre en las sociedades occidentales, que no tiene comparación. Todos los días vemos también en los medios esa tendencia solapada a ocultar, escamotear o disimular la autoría de crímenes por motivos yihadistas. La última ha sido la del asesinato de cuatro policías franceses que los medios se apresuraron a calificaro de acto aislado de un “alucinado”. La investigación ha demostrado que era un acto de terrorismo islamista bien premeditado. O como se cubren los atentados en Alemania o Francia contra judíos, sinagogas y cementerios obra en su mayoría de radicales islamistas pero llamados con el genérico ‘acto antisemita’.


Pues bien, Bruno de Cessole (https://fr.wikipedia.org/wiki/Bruno_de_Cessole), periodista y escritor francés, pone en esta novela los datos reales en relieve. Como él nos dice, la trama y los personajes son ficción, pero los hechos, los datos sobre las barriadas donde prolifera el yihadismo, sus mensajes, son estrictamente reales, producto de una larga investigación.


El libro es muy perturbador y el lector se pregunta al final si este terrorismo tendrá fin algún día; entre otras razones por la inepcia y cobardía de los gobiernos europeos a enfrentarlo en todos sus campos: en el reclutamiento, en las mezquitas de los barrios, en las escuelas, en el rap, en el mundo de la inmigración musulmana donde el vacío de los valores republicanos y democráticos se hace sentir, como una isla enorme en medio de la democracia occidental.


El islamismo radical es un enemigo interno de la democracia y de la libertad por dos razones principales: primero, por lo que significa en sí mismo, su negación de los valores liberales, de separación entre política yreligión, de igualdad y tolerancia, segundo, por lo que provoca en la reacción xenófoba y populista europeas. Pero la lucha contra este cáncer en las sociedades occidentales debe ser protagonizada y dirigida por los demócratas, no por los populistas tipo Orban, Salvini o Vox.


El reclutamiento ideológico entre los inmigrantes de religión musulmana es particularmente grave pero los gobiernos miran para otro lado para no ser acusados de antiislamismo. Sería necesario que esta lucha fuera contemplada como un esfuerzo por consolidar la democracia y reprimir a cuantos la ponen en peligro, sean fascistas, sean islamistas. Pero los políticamente correctos sólo ponen el acento en la lucha contra los fascistas y dejan en sordina la amenaza islamista que se impone, por acción u omisión, a la mayoría de la inmigración musulmana en Europa.


Ésta es diseccionada en este libro: los llamados chibanis son aquellos primeros inmigrantes de los años 1945 al 1975, que se integraron bastante bien por el trabajo, hoy jubilados, pero muchos de cuyos nietos, nacidos en Francia, son los partidarios de la yihad. Los terroristas franceses de Trappes que van a partir a Siria lo dicen con mucha claridad:


“Hubieran querido integrarse, nuestros padres, hicieron todo lo posible, pero los franchutes sólo les han dado los trabajos peores, los que ellos no querían hacer. ¡Sólo buenos para la porquería y las basuras! ¡La libertad es para vosotros, no para nosotros, la igualdad, entre vosotros, los franchutes! Por eso nosotros pasamos de Francia, de la república y sus proclamaciones de mierda, somos nosotros los que no queremos nada de vosotros. ¡Tú no estás aquí en tu casa, estás en Argelia, en Marruecos, en Túnez, en Turquía, en Mauritania, en Libia, en Mali, en Burkina, pero no estás en tu Francia!”


En otro momento, estos yihadistas, crudamente le dicen al periodista:


“Te equivocas, chaval, dijo Sufian, con una siniestra sonrisa (…) todos los años yo degüello corderos para el Aid, tengo mano, degollar un infiel no es más difícil y no me plantea ningún problema, con la ayuda de Alá”.


El resumen y pronóstico del periodista Saint-Réal sobre el empuje salafista en Europa en el seno de la inmigración musulmana es muy pesimista:


“Sabía que las mayorías son pasivas y fácilmente manipulables. Y se daba cuenta de que los musulmanes más pasivos aceptarían, de mejor o peor gana, la ley del más fuerte si los salafistas alcanzaban su objetivo, si no en el conjunto del país, al menos en ciertos territorios. Entre su lealtad a las leyes de la República y la solidaridad islámica, no dudarían por mucho tiempo”.
Nada es casual ni fortuito en esta novela, ni siquiera el cinismo con que los servicios MI6 (seguridad exterior británica) ni la DGSI francesa tratan del asunto, no dudando en sacrificar o quemar agentes, expulsarlos o maltratarlos, como sucede con la agente británica Deborah McRuari, la otra protagonista de esta novela.


Las descripciones de las banlieues, de los personajes, de las ciudades como Aleppo –hace unos meses, en manos del ISIS- o Beirut son exactas y completamente actuales. El personaje del periodista Saint-Reál, stendhaliano (de temperamento conservador e ideas progresistas), algo ambiguo –simpatizante casi de la causa islámica- y al final demasiado ingenuo, responde a ese particular carácter que encontramos en la literatura francesa, culto, desencantado y cosmopolita. Las escenas de caza en la remota isla escocesa de Jura –donde se refugió George Orwell unos meses para escribir- son nítidas y bellas. No en vano, De Cessole ha sido también cazador y conoce bien de lo que escribe. El recurso a la remota Escocia ya ha sido explotado en la literatura negra, desde el mítico 39 escalones de John Buchan, y muchas otras novelas de espionaje inglesas.


No puede ser más oportuno este libro tan revelador cuando estamos viendo ahora en las pantallas una especie de compasión por los yihadistas del ISIS y sus familias que están prisioneros en campos de detención. Como si sus esposas fueran unas inocentes que “no sabían nada” de las actividades de sus “benditos” esposos. El sentimiento de culpa occidental y una cierta cobardía racional y de actos para enfrentarse con claridad al mensaje retrógrado de una parte del Islam, proliferan en nuestras acomplejadas sociedades.

Este libro entiendo que podrá molestar a los servicios oficiales, dejados al desnudo en su oportunismo y su rivalidad. Daría también para un guión cinematográfico.


Ha sido presentado en París hace unas semanas y esperemos que lo sea pronto en España y que sea traducido con prontitud, pues aún estamos bastante en la inopia, con un cierto buenismo y ese miedo cerval a ser considerados racistas o de Vox, en lo que se refiere a la comprensión del peligro del islamismo radical y el salafismo.


L’île du dernier homme, de Bruno de Cessole, 424 págs., Éditions Albin Michel, 2019. ISBN 978-2-22644196-6

2 Responses to La isla del último hombre, de Bruno de Cessole, un perturbador thriller sobre el terrorismo islámico

  1. cristinaruizbaudrihaye dice:

    Magnífica reseña, llena de verdades.

    Cristina Camino a Casa https://www.facebook.com/cristina.ruizbaudrihaye

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  2. Alfredo Rodríguez dice:

    !Acongojante! No me atrevería a leer ese libro por resultarme doloroso comprobar cómo las sociedades europeas son incapaces de defenderse. Alguien sembró entre nosotros la semilla de la culpa, porque crear culpables es la mejor forma de ser dominados. Ya no se puede llamar negro a un negro (subsahariano) ni moro a un moro (magrebí). Se nos ha hurtado el lenguaje porque tememos ser acusados de racistas, homófobos, machistas y demás ralea. Alguien lo ha dicho: en los setenta y ochenta del pasado siglo, todos éramos más libres; ahora hay que medir cuidadosamente las actitudes y las palabras. La Historia nunca avanza en línea recta.

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