As montras em execução, los escaparates de alfarrabistas lisboetas.

Montra em execução y volto jà, son los dos letreros más famosos de los escaparates portugueses, hacen nuestra delicia, excitan nuestra curiosidad e incitan a ese deporte urbano que es pasear mirando escaparates, eso que los americanos llaman window shopping. En las librerías de lance los escaparates son importantes, aunque no imprescindibles.

Libros viejos, óleo del autor.

Los alfarrabistas, como son llamados los libreros de viejo o de lance en Portugal, siempre tienen los escaparates en ejecución, es decir, as montras em execução. Y tienen razón pues, por definición, el escaparate de una librería debe estar en constante cambio, nunca terminado, nunca inmóvil.

Esta curiosa palabra viene de alfarrábio, libro viejo o cartapacio. Lo que quizás llamaríamos nosotros mamotreto (livro de apontamentos, según el Diccionario Español-Portugués de Manuel do Canto e Castro Mascarenhas Valdez, Lisboa, 1866; el primer diccionario bilingüe publicado tras la restauración de la independencia nacional en 1640, tras más de dos siglos ignorándose).

Las montras o escaparates deben cambiar a menudo porque los libros cambian cada semana, cada día, a tenor de los caprichos de los buscadores empedernidos. En Madrid, donde residía, hay librerías históricas como Marcial Pons, en la plaza del Conde del Valle de Suchil, cuya disposición escaparatista no ha cambiado desde hace medio siglo, con una clara separación entre los libros de historia de España, la de otros países y, junto a la entrada, a la izquierda, unas cuantas novedades en idiomas extranjeros. Pero los títulos y volúmenes son cambiados al menos una vez por semana, manteniendo la novedad, incitando a la compra, a ese vice impuni, la lecture (no es casual que Valéry Larbaud fuera un amante de Portugal. Seguro que fatigó las librerías lisboetas). En Lisboa, donde todavía resisten bastantes libreros de viejo, sus escaparates son siempre atractivos, incitantes.

Así, la librería de Bernardo Trindade en la rua do Alecrim (la calle del romero), esa que baja en cuesta pronunciada desde la plaza de Camões hacia el Cais do Sodré, hacia el Tajo. El escaparate, pequeño, cambia según las nuevas adquisiciones y con una lógica por temas: cine, automóviles, Angola, cocina y culinaria (me niego a decir ‘gastronomía’, palabreja que me recuerda la gastroenteritis).

Quince metros más abajo está la librería de António Trindade, librero y anticuario de una vieja familia de Alcobaça. Su escaparate, su montra, es siempre suntuosa, con libros impresionantes y alguna obra de arte. Cambia el escaparate, pero no se puede decir que sea una montra em execução.

Recuerde el viandante que más abajo estaba el Hotel Bragança, desaparecido como tantos lugares de Lisboa sacrificados al turismo de masas y cruceros para convertirlos en hostels o boutique-hotel (cursilería muy extendida). En el hotel Bragança se desarrollaba gran parte de una de las mejores novelas de José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis, evocadora de ese heterónimo de Fernando Pessoa.

En el Campo de Ourique, en el 145 de la Rua Saraiva de Carvalho (Jurisconsulto 1839-1882), la librera Dona Crisálida Filipe también tiene su montra en permanente cambio, aunque ella favorece los temas coloniales, angoleños, y las estampas antiguas. Mi amigo Iñaki, luso portugués (luso español, quería decir), le ayuda de vez en cuando a organizar los libros, tarea imposible en ese magnífico desorden propicio al hallazgo sorprendente.

El escaparate de dona Crisálida, en la Livraria Moderna.

Otra montra em execução  permanente es la pequeña librería y bric-à-brac, de  Claudio, junto al Jardim da Parada en el barrio del Campo de Ourique. Claudio se ha instalado en lo que fue una tienda de fotografía, es amante del cine y muy a menudo vemos en su escaparate libros sobre el séptimo arte. Pero también una biografía de algún rey inglés, o un libro del oscuro escritor Rui Vaz de Cunha. Este escritor escribió varios libros ya olvidados. Uno, creo recordar que el dedicado al pintor Daniel Vázquez Díaz –del que se vendieron dos ejemplares de los 500 que mandó imprimir en Jabugo, Huelva –, estaba lugar de honor en esa permanente montra em execução. El tal Rui –converso y judaizante, sospecho- mandó imprimir ese libro en la jamonera villa, a su coste, pues ninguna editorial lo aceptó. Probablemente pensó que el último lugar donde la policía religiosa lo iba a buscar era un pueblo donde se producían cosas del cerdo, alimento prohibido a judíos.

Libros en Galileu, cortesía de Caroline Tyssen

Pero dejemos esta digresión y lléguese el amante de los libros a Cascais, a la Livraria Galileu, uno de los últimos puertos de abrigo en esta villa que sucumbe hoy en medio del tráfago mundano y las tiendas de chucherías turísticas que se han cargado la otrora amable calle principal. Caroline Tyssen va cambiando el escaparate, de dos hojas, muy grande, y lo convierte en una obra de arte que incita al bibliófilo a entrar inmediatamente. A veces es la pintora Paula Rêgo, a veces Tintin y Hergé, otras, libros ingleses, de historia, literatura, siempre interesante. Nuno Oliveira y Caroline Tyssen fundaron esta librería en 1972, que se convirtió desde entonces en un icono cultural de esta ciudad costera y también en un espacio de libertad y debate.

Pero también hay librerías sin escaparate, como la Bizantina, en la rua da Misericordia, cerca ya de São Roque, donde hay que entrar para ver el mostrador, la mesa, donde el señor Bobone, otro librero veterano, va cambiando los libros a diario: banca em execução permanente.

Dicho esto, los libros más interesantes que he encontrado lo han sido dentro de las librerías, rebuscando, husmeando en los estantes, revolviendo en las pilas polvorientas. Las librerías son la gracia de las ciudades, sus islas del tesoro, el pretexto del paseo.

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