Táctica de vencidos

23 diciembre, 2019


Tal como quien devalúa su propia moneda antes de ir a comprar la mercancía, así el PSOE ante los secesionistas catalanes para lograr la investidura. Ese resto descolorido de la antigua izquierda española se rebaja a pactar pírricamente con virulentos nacionalistas que van a aprovechar la ocasión para implantarse mejor y aumentar su capital político.


No nos engañemos, que ni el revolucionarismo pequeño burgués de Unidas Podemos ni el de ERC van a trabajar por el ‘progreso’, sino por disolver el país y convertirlo en una especie de rompecabezas en el que faltarán muchas piezas.


Al fin y al cabo, no es de extrañar, ha desaparecido el proletariado internacionalista en la actual sociedad europea, ahíta de bienes de consumo y con un gran tedio que suple con el espectáculo como forma de vida, social y política. Una sociedad que se ha convertido en un narcisismo de masas.

Esta táctica de vencidos me recuerda los manejos de Daladier y Chamberlain en Munich en septiembre de 1938 para evitar la guerra, cediendo a Hitler los Sudetes y dejando definitivamente abandonada a su suerte a la República española. Ya antes habían mirado para otro lado con la guerra imperialista de Abisinia, con la No intervención en España. Pronto caería Austria. Daba igual. Hasta que la Wehrmacht desfiló por los Campos Elíseos y cayeron en la cuenta. Trop tard.


La táctica del PSOE hoy es una táctica de vencidos, no es dar un paso atrás para dar dos pasos adelante: es dar tres pasos atrás. Es constituirse en rehén de los secesionistas catalanes. Es también una contradictio in terminis pues se pretende ‘gobernar’ España precisamente apoyándose en los que detestan España y desean su desintegración. Ya lo experimentó Negrín cuando hacia el final de la guerra civil la Generalitat y los nacionalistas vascos dejaban en la estacada a la República española (lean la biografía de Negrín de Enrique Moradiellos).


También el PSC ha extraviado la brújula y se ha pasado con armas y bagajes al nacionalismo pequeño burgués aceptando ese engendro de “plurinacionalidad” o de “nación de naciones”.

Además de robarle el alma al país, de desencarnarlo, los objetivos que hubieran podido ser los siguientes, tal como la izquierda sostenía, no se alcanzarán:

1. No harán avanzar una educación pública igual para todos los ciudadanos de España. Entre otras cosas, porque los nacionalistas catalanes están muy vinculados a la Iglesia, como los nacionalistas vascos.

2. No conseguirán una igualdad de trato y calidad de la sanidad pública. Esta ya es desigual, pero va a serlo aún más, más privatizada y más subcontratada.

3. No conseguirán el equilibrio social, económico y territorial del país, pues los nacionalistas de Cataluña, una de las regiones más ricas del mundo, lo que no quieren es compartir.

4. La volatilidad política hará que el préstamo de dinero a España resulte más caro y la economía pueda entrar, si no en recesión, en estancamiento.

5. A falta de cohesión territorial, tampoco podrán trazar una política ambiental, ni del agua –ese bien cada vez más escaso-, ni de los ríos y cuencas hidráulicas, ni una protección integral de la naturaleza ni políticas de transición energética.

6. Y no tendrán un Estado español fuerte, con autoridad y legitimidad en la Unión Europea ni ante el mundo porque a los nacionalistas catalanes y vascos precisamente les interesa un Estado débil y tener sus embajaditas de turismo y propaganda.


En vez de inventarse un país (pues ya no será España, será otra cosa), “plurinacional”, o una “nación de naciones”, yo les pediría a estos señores y señoras del PSOE que tengan más lucidez, más inteligencia y más sentido del Estado. Porque al final, los españoles, no perdonarán esa capitulación nacional y el PSOE irá camino de su desaparición, como los socialistas franceses o italianos y casi los laboristas. Ya estamos fatigados, cansados y abandonamos. Lo que va a conseguir el PSOE al seguir esta táctica de vencidos es que se va a extender el derrotismo .


Una escritura tranquila

21 diciembre, 2019

Ignacio Vázquez Moliní decidió un día pasar a papel sus doscientas columnas publicadas en Estrella Digital; encontró un pulcro editor en Huelva y las ha lanzado al mundo hace unas semanas en Lisboa, donde reside. Ha tenido una buena idea pues los textos digitales se los lleva el viento, la nube, internet, la malla. Y los escritos de Ignacio Vázquez son bastante inmemoriales, casi como esas memorias de Azorín que tanto admira, y merecen la permanencia de la imprenta. Su prosa me hace evocar esas famosas y constantes querellas entre los antiguos y los modernos.


En efecto, Moliní es uno de los rarísimos lectores –no sólo españoles sino presumo que franceses y portugueses y del mundo entero- de Anatole France, por ejemplo, cuyas obras completas posee y en las que liba de vez en cuando, sorprendiendo a modernos. También lee a Maurice Maeterlinck, siendo probablemente su único lector en España, así como al surrealista también belga Marcel Mariën. Muchos los encuentra en las librerías de lance (los famosos alfarrabistas lisboetas), pues es un inveterado rebuscador de libros olvidados pero inolvidables.


Claro que también le gustan los autores más modernos, como Marguerite Duras, Italo Calvino (Moliní habla también italiano), o el cine de Pasolini. Y, por supuesto, su apreciado Luis Landero, de cuyo grupo Faroni fue uno de los fundadores. Es pues moderno también aunque defienda con tesón tantos antiguos que las editoriales han ido descartando. Es además uno de los pocos escritores españoles que se han adentrado en la literatura de Guinea Ecuatorial, como la poeta Raquel del Pozo Epita, o los novelistas María Nsué Angüe y Juan Balboa Boneke.


El título de su libro, La mirada tranquila, es casi un eco de su admirado Ortega y Gasset y refleja perfectamente la cualidad humana de su autor: objetivo, con sus ideas y compromisos éticos pero sin arrebatos ni denuestos. Ojalá fueran así muchos de los comentaristas y columnistas de la prensa española actual: con mirada tranquila.


Su estilo está bien temperado y se nota que ha asimilado casi todos los clásicos castellanos y muchos de los suramericanos. Moliní quien nos habla en sus columnas de Ciro Alegría, de Ciro Bayo, de Gaya Nuño, de Cunqueiro, de Miguel Espinosa, y de otros tantos escritores que para quienes no disfrutamos de las modas son siempre un puerto de retorno. La falta (¿) de tiempo, la pereza y esa lista de espera que todo lector tiene encima de su mesa de cosas por leer, a veces nos hace dejarlos de lado y Moliní nos los trae de nuevo.


También nos lleva Vázquez Moliní a sus lugares favoritos, aprovechando un libro o algún acontecimiento: Lisboa, Túnez, Bruselas, Beirut. Sobre su afición y cariño por la capital libanesa habría que decir que sólo conozco –de lectura- a alguien parecido, como es el gran veterano Tomás Alcoverro, corresponsal de ese diario ejemplar, imprescindible, que es La Vanguardia. Lean también, de Moliní, su Periplo alfabético de un fumador de pipa, pues ese es más geográfico que literario y el Líbano tan sufrido y tan bello, aquel país legendario de La Châtelaine du Liban (Pierre Benoit), reaparece constantemente.

Ignacio Vázquez Moliní


Ignacio Vázquez Moliní, que ya ha escrito y publicado varios libros, incluso de poesía, se guía por el principio del placer de la escritura y de compartir sus pensamientos; como dijo Somerset Maugham, esa es la recompensa principal que todo escritor debe buscar, antes que la censura o la lisonja, el éxito o el fracaso, es decir, la fama (aprovecho para sostener que Ignacio Vázquez, que parece tan serio, es sobre todo un cronopio, muy lejos de los famas).


Este libro se puede leer a trozos, entero, a saltos, volver a él por cualquier artículo (todos tienen una extensión en torno a las cuatrocientas palabras). No los ha fechado y acierta al hacerlo así, precisamente porque si a veces aluden a hechos o acontecimientos concretos (‘El terror en Niza’, el atentado de Las Ramblas, comentarios sobre el Brexit, etcétera), se elevan siempre por encima de lo contingente y adquieren el valor de meditación, de sosegada y atinada mirada. Nos amplían el horizonte, nos sirven de solaz y de reflexión y nos recreamos en su impecable lengua castellana.


[La mirada tranquila, por Ignacio Vázquez Moliní, Editorial Niebla, Huelva, 2019, 415 páginas.]


Un portugués de Ultramar (segundo retrato lisboeta)

16 diciembre, 2019


Tiene una pequeña tienda de electricidad en el barrio algo triste de Campolide, en una de las vilas –Vila Taborda- que todavía quedan antes de que las derriben para hacer pisos de lujo, en la rua General Taborda. Las ‘vilas’ son como patios de vecindad, con casas de una planta, que alegran y esponjan los barrios lisboetas. Los buitres de la especulación planean sobre ella para demolerlas y arrasar y construir.


En la vila donde vive el señor Alves viven mujeres de limpieza, algún albañil, un cartero, una familia caboverdiana que lleva en Portugal medio siglo, y muchos viejos. Hay un fregadero, una parrilla para asar sardinas y macetas en los alféizares y dos o tres gatos tranquilos que liberan de roedores la vila. En algunas casas sólo hay luz eléctrica desde hace cinco años y todavían guardan sus lámpara de Petromax, por si acaso. A la entrada, en un viejo arco de chapa oscurecida por el óxido, la inscripción medio borrada ‘Vila Taborda’.


Su tienda, mejor taller, atestada de aparatos, da siempre una sensación de sosiego, de una cierta tranquilidad, un lugar para detenerse y conversar. Con su arte y oficio, António Alves, en la soledad de su taller, no es el vendedor apresurado, hipócritamente amable, sino que pasa los ratos arreglando máquinas que le traen los vecinos –esas que dicen que no vale la pena repararlas sino que hay comprar unas nuevas-. Más que tienda tiene su oficina, lo que en portugués llaman al taller. Palabra que no designa un despacho sino el lugar donde se ejerce un oficio, un officium, de ob facere.


De vez en cuando vende algo, poca cosa, un tostador de pan (ya se sabe que duran dos temporadas, están hechos adrede para durar poco), una pilas, un exprimidor. El senhor Alves devuelve a su establecimiento el sentido que siempre tuvo, no un lugar donde se entra, se compra y se paga, sino algo mucho más humano. No es uno de esos templos del consumo impersonales, con muzak de fondo y dependientes mal pagados que proliferan en los centros comerciales de Portugal.


El mostrador lo ha convertido en un banco de trabajo donde se acumulan piezas sueltas, alicates finos y destornilladores, medidores de tensión, condensadores, lámparas catódicas, válvulas de radios viejas, conmutadores, diferenciales destripados, transformadores que todavía sirven, alguna bombilla, un par de reostatos para medir la resistencia. Por la tienda hay aparatos en cajas, unos nuevos, otros para reparar. El señor Alves sabe cómo funcionan todos y cada uno, su potencia, su capacidad real, su consumo. Sabe descifrar la información abstrusa de tanto catálogo que para los legos nos es indescifrable, ininteligible. En su sótano tiene más material, además de un pulcro retrete y lavabo.


A pesar de su edad, 77 años, el señor Alves se pasa el día de pie, reparando aparatos, soldando conexiones rotas con estaño, facilitándole la vida a los vecinos. La tienda-taller del señor Alves es un servicio público, comunitario.
El señor Alves es capaz de explicar, de manera muy didáctica, lo que significan el voltio, el amperio, el vatio y el ohmio.


El vatio o watio, me cuenta, es la cantidad de energía eléctrica que fluye, el amperio, la intensidad, el voltio es la presión, como la presión del agua, y el ohmio es la resistencia al paso de la electricidad (imagínese un tubo de agua, me dice). El ohmio expresa la relación entre tensión, intensidad y resistencia, que son los tres elementos de todo circuito. Cuando vamos por el culombio, algo que me dice “determina la magnitud de energía entre dos cuerpos de polaridad opuesta”, ya me he perdido. Veo, entre sus papeles y cuadernos, numerosos dibujos de circuitos, perfectamente trazados a dos tintas, indescifrables para mí como un jeroglífico. Mientras conversamos, escuchamos en el fondo una música agradable. Son Juan Francisco Torreblanca y Simón Díaz, magníficos cantores que dominaron el arpa, las maracas y el cuatro, la guitarra venezolana de cuatro cuerdas.

El senhor Alves, enjuto, con el pelo de una blancura impecable, plateada, es el portugués por antonomasia: educado, cosmopolita, viajero, con un vínculo africano que se inició cuando sirvió en el ejército en el Norte de Angola bajo el mariscal António de Spínola. Spínola, con su monóculo, recordemos, fue uno de los más prestigiados militares de Salazar –había sido observador en la campaña alemana en Rusia, antes de Stalingrado-, aunque luego fue el promotor del 25 de abril (Portugal e o futuro), cuya revolución lo devoró, teniendo que marchar al exilio. Tras el episodio angoleño, Alves trabajó varios años en una fábrica de locomotoras en Salisbury, en la Rhodesia del Sur de Ian Smith, que hoy languidece y se empobrece bajo el nombre de Harare. Ya no hay fábricas de locomotoras y el legendario hotel Meikles está hoy medio abandonado. Conserva una fotografía dedicada de Ian Smith de cuando éste visitó la fábrica y una metopa con el escudo de la reserva nacional de Hwange (creada por los ingleses en 1928 con el nombre Wankie Game Reserve) y recuerda haberle visto entrar varias veces en aquel hotel. Fundado en 1915 por un escocés llamado Meikle parece que va a resucitar ahora de manos de unos inversores de Dubai. Por aquellos dichosos años, el senhor Alves conducía incluso un flamante Plymouth Valiant, fabricado en Canadá.

Metopa del Wankie Game Reserve, con la siiueta de una palanca negra.


Cuando la descolonización, el senhor Alves, en vez de volver a Portugal, a la metrópoli, encontró trabajo en Venezuela, en una de las fábricas de la cerveza Polar, en la agradable ciudad de Valencia, “es la que tiene el mejor clima del país”, me dice. De entonces le viene la afición por una de las mejores músicas de América Latina.


Los portugueses de Africa, de las entonces llamadas provincias de Ultramar, se dispersaron por medio mundo tras 1976, cuando la descolonización se desorganizó desde los despachos de Lisboa, y se perpetró como una auténtica desbandada. Los retornados a Portugal fueron la mitad; los demás se fueron a Suráfrica, a Brasil, a Canadá, incluso a Australia. Tras muchos años de silencio, ahora se empieza a escribir sobre aquel éxodo de miles de modestas familias portuguesas –un millón de personas- que salieron con lo puesto ante la impasibilidad de los políticos de la metrópoli. Lean, para muestra, uno de los más recientes, O retorno, de la escritora Dulce María Cardoso. El senhor Alves, como tantos retornados, guarda un discreto silencio sobre aquellos años del retorno.


Tras mucho bregar y caminar, el senhor Alves lleva esa vida tranquila de barrio en su pequeño establecimiento, con la satisfacción diaria de hacer que un aparato vuelva a funcionar, de reparar cosas y facilitar la vida de sus vecinos y clientes. La gran sombra de su vida fue quedarse viudo hace unos años, pero sus dos hijos son su satisfacción.


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