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El zapatero de portal (tercer retrato lisboeta)

Siempre ha habido un cierto menosprecio por esta profesión tan imprescindible de zapatero. “Zapatero remendón”, “zapatero a tus zapatos”, son frases que encarnan ese concepto algo peyorativo del que nos ayuda andar bien, a no torcernos la columna, a no resbalarnos. Y que ayuda –o ayudaba- a la prestancia del bien trajeado. Este menosprecio de los oficios individuales y sobre todo de los manuales va aumentando a medida que la globalización y la llamada inteligencia artificial se adueñan de la producción.

Los zapateros de portal trabajan en un rincón cerca del vano o hueco de la escalera, una especie de cuchitril donde acumulan zapatos torcidos, desangelados, atribulados, pero que resucitan en sus manos. Pero ya no hay casi zapateros remendones porque las suelas están pegadas, no cosidas y porque las llamadas ‘deportivas’ las usan hasta los jubilados.

Por llevar la contraria, acabo de hacerme lustrar los zapatos con el señor Alberto, que es un zapatero de portal. En Lisboa todavía existen algunos. Me siento en la pequeña butaca o taburete, según el limpia. Coloco los pies en los pitones o pies de hierro con forma de suela. El lustrado consta de ocho capítulos:

  1. El limpia inserta las lengüetas de cuero blando (antiguas suelas reutilizadas) en el zapato para proteger los calcetines del cliente.
  2. Se quita el polvo con un cepillo algo duro.
  3. Se extiende la densa crema líquida Viriato de bote con un cepillo viejísimo, ya bastante mocho.
  4. Se cepilla de nuevo para quitar los restos húmedos de la crema.
  5. Se unta crema de lata Galgo con un paño viejo, amarronado y abatanado, que se sujeta a los dedos corazón y anular haciendo casi un nudo.
  6. Con un cepillo duro se frota bien la crema, para quitar los posibles grumos.
  7. Se pasa enérgicamente un cepillo blando para dar brillo.
  8. Se frota con una bayeta bien abatanada, que se sujeta con las dos manos, para terminar de lustrarlos.

Precio: dos euros y medio.

En este campo del oficio hay dos escuelas. Los limpiabotas que usan primero la crema Viriato, negra o marrón, según el cuero, que es bastante líquida. Y otros, como el senhor Silva, que sostienen con vehemencia que jamás ha de aplicarse líquido a un zapato, por muy denso que sea, y pasan directamente, tras un enérgico cepillado para quitar el polvo o el barro, a la crema. Al final, además de otro cepillado en el que el cepillo baila de una a otra mano a velocidad pasmosa, con esa habilidad del limpiabotas con sus dedos ennegrecidos del betún, se debe efectuar un frotado enérgico con un trapo coriáceo que ha trabajado ya en muchas limpiezas, lo que deja el zapato reluciente.

Pero también he sido testigo, estupefacto, de cómo el senhor  Silva, de la Oficina do Calçado de la avenida Alvares Cabral ha cogido diligente un papel de lija para quitar las manchas de unos zapatos de ante.

El arte del limpiabotas se va perdiendo. Ha habido doctas interpretaciones marxistas de dónde encuadrar al limpiabotas y al zapatero en la escala de clases sociales. Para los ortodoxos podrían estar en un segmento, como dicen, entre el lumpenproletario y el trabajador no proletario. Sólo Baroja habla con admiración en Las figuras de cera, de un zapatero de Bayona, Palassou, un sansimoniano. Tengo que rebuscar en Galdós, que seguramente los menciona.

Para la mayoría, como decía al principio, los zapateros son personas sin mayor importancia. Y, sin embargo, el zapatero sabe cómo andamos, de qué pie cojeamos, si apoyamos la punta o el talón. El andar de una persona revela bastante de su personalidad, cohibido, arrogante (“pisar fuerte”), estúpido (“un tuercebotas”), sensato (“con pies de plomo”), insensato (“la cabeza caliente y los pies fríos”), desganado (“arrastrando los pies”).

El calzado ha constituido siempre un medio de distinción y diferencia, social. Recuerdo cómo en el campo andaluz eran la alpargata y las abarcas (con suela de rueda de coche) lo que predominaba. Los ‘zapatos de material’, es decir, de cuero, eran raros y sólo se usaban en bodas y funerales. En Rusia, las suelas eran de corteza de abedul (lapti).

Hoy día debido a varias causas, los zapateros y los limpiabotas desaparecen. Primero, por el desarrollo económico y la mejora gradual –no muy rápida, pero gradual- del nivel de vida. Segundo, porque a ningún joven se le ocurre, aunque se encuentre en la más abyecta precariedad, aprender este oficio en que hay que agacharse ante el cliente, casi en genuflexión servil; prefiere estar en el paro eterno. Tercero, porque muchísima gente se ha pasado a las ’deportivas’, cómodas pero ramplonas.

La zapatería del senhor Alberto en Lisboa

Llevar los zapatos limpios, relucientes, denota al caballero. En algunas reuniones de cierto postín he comprobado, en efecto, que al ser presentado a los viejos aristócratas y algunos diplomáticos, éstos miran rápidamente a la cara y después bajan la mirada hacia los zapatos. Curiosamente, también he leído por ahí que los estudiantes de la Torah y el Talmud, en los viejos y embarrados shtels de Polonia y Bielorrusia, debían llevar los zapatos bien bruñidos. Los zapatos son también una muestra del diablo, sobre todo si son rojos, y quien haya leído El maestro y Margarita, de Bulgákov, lo sabe. Ese libro lo tituló provisionalmente su autor El consejero con pezuñas. Pezuñas, en francés, también significa zuecos (sabots). Hay múltiples alusiones a cómo ese ‘extranjero’, el diablo, va calzado: “grises, de fabricación extranjera”, “rojos, mal lustrados”, “zapatos barnizados”, “centenas de zapatos –negros, blancos, amarillos, de cuero, de satén, de ante, de seda-“ y hasta pantuflas.

P.S.- Tras redactar este artículo me he enterado que el padre de Stalin era zapatero.

2 Comentarios »

  1. Me ha encantado este artículo. Yo también reivindicaría esa figura que ya no vemos en nuestras calles y cafés. Es literaria (y poética). Y, por qué no, también una fuente de ingresos.

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