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La 'grande bouffe' o el inspirador del turismo gastronómico

Hace unos años, antes del covid, había un gran experto en turismo, cargo oficial y jerarca máximo, para el que el turismo de comer y beber era el único rentable. Era este sujeto un gran provinciano que no hablaba ninguna lengua conocida pero conocía todos los restaurantes con estrellas michelin de España y parte del extranjero. Evidentemente, nunca pagaba de su bolsillo sino que era invitado gracias a sus zalemas y sus discursos atinados, con su apariencia de sabio económico, algo calvo y preclaro, pues era gran hablador.

Trasponía sin cesar con sus dos móviles en ristre, en aviones, a observar y degustar, siempre business class y limousines con chófer; gran sabio, sacaba conclusiones importantísimas para el futuro de la Organización Mundial del Turismo, de los cruceros y de las ciudades inmarcesibles, llenas de restaurantes, gastrobares y gastroenteritis. Un lacayo de su pueblo isleño le llevaba la cartera y chóferes obsequiosos le abrían las puertas de Mercedes ostentosos.

“El futuro es la comida, la bebida y el jolgorio nocturno, así tienen que ser las ciudades turísticas, es decir, todas”, afirmaba nuestro héroe, seguro, imponente e intolerante a la mínima discordia, “las demás, desaparecerán”, sentenciaba, inapelable. Tenía frases imponentes con las que todos se regocijaban, como “sacar a colofón” o su afán por las sinergías, así, con acento en la i, que había oído en un coloquio sobre aviación y turismo.

Todas sus lecturas eran los menús y las etiquetas de los vinos. Y con eso le sobraba para ir por el mundo.

Tanto hablaba de las cosas gástricas que finalmente, cuando por fin le cesaron, la FAO le contrató para que mejorase la dieta de africanos y demás desahuciados del planeta. Dicen que pasaba sus días en un despacho en Roma, en el EUR, comiendo tristemente del tupper y atracándose de pizzas por las noches. Por lo visto, no le invitaban ya a los restaurantes de postín.

Pero tenemos noticias de última hora y es que, repatriado, ha sido confinado en su pueblo, y encarga la comida en Uber eats para no tocar ni ser tocado.

1 Comentario »

  1. Se perdió el encanto del menú rural; la comida de pobres como llamaban algunos. La comida de subsistencia o de temporada según poder económico familiar. El saber y bien hacer de nuestras madres y abuelas. El placer por excelencia de una buena comida casera, con el encanto de la compañía familiar y los sabores y olores de siempre.

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