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Salir del tumulto consumista

La crisis inesperada, pero no menos previsible, como nos debían haber demostrado pasadas pandemias (y algunas aún vigentes, como el ébola), pone en entredicho el modelo de economía de España, con el consumo y el turismo como los principales motores y palancas de la economía. Ortega y Gasset (En torno a Galileo), ya habló de esos fenómenos naturales que alterarían nuestra confianza en la ciencia, “esa fe en la que vive el hombre actual”,

“se nos habría caído la casa en que estábamos instalados, no sabríamos, en todo lo material, a qué atenernos, volvería a azotar a la humanidad la plaga terrible que durante milenios la ha sobrecogido y mantenido prisionera: el pavor cósmico, el miedo de Pan, el terror pánico. Pues bien, la cosa no es tan absolutamente remota de la realidad como puede suponerse”.

Sociedad alegre y confiada, espectáculo de sí misma, eternamente bulliciosa y divertida. Estábamos en un crescendo paroxista, el mismo que ha convertido nuestras costas en muros de hormigón, nuestras calles en terrazas para beber y dar ruidosas carcajadas, mientras hemos despreciado los laboratorios, las bibliotecas y las aulas de música. Nos creíamos dioses, invencibles, superiores.

Ahora descubrimos (como quien descubre el Mediterráneo) que nos faltan servicios esenciales, que nuestra investigación ha sido postergada, que hemos invertido mucho más en hoteles, restaurantes y bares que en hospitales, personal sanitario y protección civil.

Hemos fomentado una forma de vida gregaria y tumultuaria: grandes almacenes, extensas superficies comerciales, outlets, autopistas, aeropuertos, descomunales, monstruosos navíos de cruceros que contaminan más que una ciudad. No hay más que ver nuestras calles, una sucesión de tiendas de ropa, cosméticos, bares y restaurantes.

En muchos países se descubren ahora las consecuencias de las políticas ultraliberales, tipo thatcheriano, de privatizar servicios sanitarios y de reducir el papel del Estado.

Pero poníamos el maquillaje y adorno de las bicicletas municipales para los barrios acomodados (¿cuántos obreros y empleadas del servicio doméstico usan la bicicleta para ir a trabajar?), que no son municipales sino de poderosas empresas contratistas perfectamente vinculadas, amigas, de los ayuntamientos. Son las mismas que instalan por doquier anuncios innecesarios, paneles que estorban el paisaje urbano, etc). Ponían los alcaldes estos adornos para “hacer como si”, para disimular el derroche de energía, de gasolina, para disimular el fomento del automóvil que llevan a cabo esas mismas empresas de bicicletas (como Vinci o Decaux -que se puede leer cadeaux, regalos-) haciendo estacionamientos subterráneos, privatizando aeropuertos, mercantilizando estaciones ferroviarias.

Todo esto debe ser abolido pues ha demostrado que es incapaz de enfrentar los grandes retos que de vez en cuando llegan. ¿A qué llamábamos Estado Social de Bienestar? ¿A un Estado que financiaba principalmente el consumo desaforado, el tumulto general y que ahora se demuestra que le estalla por las costuras? ¿A un Estado que debe recurrir al ejército a falta de una sanidad pública bien financiada y dotada? Muchos ayuntamientos han sido máquinas para enriquecer a especuladores inmobiliarios.

A lo mejor debemos cambiar el modelo y pensar más en Investigación, Sanidad, Seguridad y protección civil, en sanear de pólipos y trombos de una circulación financiera que esté más orientada a toda la población y no sólo a los grandes consorcios bancarios y empresariales.

En España, siempre ha habido muchas voces que han reclamado el sentido común y el buen sentido, desde Miguel de Unamuno a María Zambrano, pasando por Antonio Machado y Ortega. Pero las teorías aburren y sólo convencen a unos pocos mientras aburren a la mayoría. Así que no les hicimos caso, eran mera referencia estética de unos cuantos. Para muchos eran unos tristes, unos cenizos, unos aguafiestas.

Pero no se alarmen, no es comunismo lo que se predica. Sólo una cierta dieta de adelgazamiento, de salud, de buen sentido. Reducir, si no abolir, el jolgorio como forma de vida, el hedonismo como meta social, el tumulto como forma de viajar. Quizás hay que revisar qué estábamos haciendo porque nos hemos topado con lo que no queríamos ver pero era previsible que sucediese, como Bill Gates ya había advertido hace poco.

Recuperar la ética del trabajo bien hecho, esa que están demostrando los sanitarios, los servidores de las Fuerzas de Seguridad del Estado, bomberos, protección civil y tantas personas que están ayudando, que no tiene el lucro como único objetivo. Recuperar un sentido de la sobriedad y de la austeridad (aunque esa palabra haya sido utilizada para oprimir a los más desfavorecidos en la crisis de 2008).

La socialdemocracia y el mero liberalismo económico no están a la altura de los desafíos; en el fondo quieren lo mismo, el individualismo, el consumismo y el lucro como únicos ejes del desarrollo.

Es esta una lección –las lecciones se dictan pero no necesariamente se aprenden, como sabemos- que podría servirnos también para encarar ese cambio climático ante el que arrastran los pies los gobiernos, todas esas crisis que sospechamos pero que tardamos en enfrentar, de tener en cuenta como acontecimientos que pueden suceder, que no son entelequias de cuatro chalados ecologistas.

Salir de nuestro solipsismo, del egoísmo como modelo de vida y de economía. La libertad y la democracia, en su sentido primordial, deben ser más respetadas; los políticos profesionales deben pensar más en los que representan y no en sus jugarretas y regateos mediáticos; y el Estado debe garantizar la salud de toda la población, las vidas humanas, la solidaridad e igualdad, lo que no se hace privatizando la sanidad.

En fin, vayan estas reflexiones desde el confinamiento y la meditación. Podemos cambiar un poco de forma de pensar y de vivir. Aunque presumo que no lo haremos pasados estos meses.

2 Comentarios »

  1. No sabemos qué pasará o cómo serán los que sobrevivan tras esta severa llamada de atención. Como tú, mi confianza es pobre. Pero ojalá se dé prioridad a lo que es esencial para una sociedad sana de cuerpo y alma, que no es el consumo galopante e insaciable. Gracias por tu artículo.

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