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¿Podría publicar hoy Alexandre Dumas?

Tengo mis dudas. Si la ortodoxia que enarbolan hoy los teólogos y sacristanes de la cultura hubiera prevalecido en el siglo XIX francés, Alexandre Dumas no hubiera sobrevivido. Hoy, muchos intelectuales lo menosprecian por considerarlo mera literatura de evasión, facilona. Hoy correría el riesgo de no ser publicado, y sería acusado de no ser políticamente correcto. Por ejemplo, el muy correcto Nineteenth Century French Novel, de Gershman y Wihtworth, ni siquiera menciona a Dumas, entre diecinueve escritores franceses. Charles Dantzig pasa de corrido por Dumas. Y así sucesivamente; muchos lo han considerado un mero escritor de folletines.

En estos días de encierro he ido leyendo a Dumas, Les trois mousquetaires, Vingt ans après y Le vicomte de Bragelonne. Los tres mosqueteros y D’Artagnan, a la luz del canon actual, pecan de todo:

  • Las mujeres, siempre bellas, o son malvadas (Milady) o débiles y objeto de deseo (como Constance Bonacieux o Ketty).
  • A los enemigos se les mata de un escopetazo o se les atraviesa de una estocada. Los mosqueteros tienen licencia para matar. Las armas abundan por doquier y son parte imprescindible del equipo de cada uno, con libertad de uso.
  • Los pobres y escuderos son meros siervos, prestos a cualquier acción, sometidos a la obediencia ciega.
  • Aunque hay objetos industriales, joyas, relojes, trajes, armas, los obreros no aparecen por ningún lado. No es una novela social.
  • Las comidas y bebidas son abundantes en carnes, salsas, vino y alcohol. Y se disfrutan. No existían el gluten, la lactosa ni la soja.
  • Los políticos son ambiciosos, corruptos, prevaricadores e intrigantes, sin excepción. Y no dudan en recurrir a la puñalada para alcanzar sus objetivos.

Nuestros mosqueteros disfrutan jovialmente de la vida, son amorales, libres y gozan. No hay filosofía ni empeño en lección moralizante. No se lamentan, hasta las heridas son motivo de honor. Quizás sea esta libertad de acción lo que más nos fascine de las aventuras de D’Artagnan, Porthos, Athos y Aramis. No hay valor superior al propio interés ni hay moraleja, cortapisas ni mandato (como lo hay en la obra más moralista de Víctor Hugo). Dumas es exuberante, desbordante y excesivo, algo tan contrario a esa introspección en que cayó la novela cien años después.

Además, estas novelas están bien escritas, en buen francés, sus escenarios son rigurosos, sus personajes, todos en relieve, la acción es constante las páginas vuelan en nuestros dedos, a pesar de que son centenares, en total, casi cinco mil.

Sólo Francia pudo producir un Dumas; España estaba encharcada en sus guerras religiosas y sus particularismos (carlismo, cantonalismo); Inglaterra en su industrialización y su puritanismo; Prusia, en su militarismo y su burocracia. Sólo, tal vez, los Estados Unidos, pudieron mostrar un canto a la liberta individual parecido, como expresó Walt Whitman.

Y no es casual que sea Francia precisamente, ese país de grandes dictadores, como Louis XIV, Robespierre, Napoleón y después, de personajes con enorme autoridad, como De Gaulle, un país donde el Estado ha sido siempre fuerte. En el país del cartesianismo, de la diosa Razón, es como una paradoja literaria. Pero precisamente por eso Dumas fue un éxito, representaba ese afán libertador frente a la lógica racionalista e industrial; y por eso pasó de ser meramente francés a ser leído en su siglo en todas las lenguas. Dumas se revuelve contra lo establecido, burocrático, censado, regulado por medio de la fantasía. El espíritu de aventura, la voluntad, triunfan sobre el racionalismo y sobre el victimismo y la lamentación románticas.

Pero también sólo podría aparecer en Francia, donde todos sabían leer y de ahí la popularidad del folletín (sobre todo, pero no sólo, de Eugène Sue, Dumas, Gautier) y donde al final existe esa solidaridad del “uno por todos y todos por uno”, la gloriosa divisa de los cuatro protagonistas, así como la voluntad, la decisión y el arrojo, esa unión casi inmediata entre pensamiento y acción que es su modo de actuar.

En fin, y si fuera literatura de evasión, de aventuras ¿qué? Nada mejor para estos tiempos bastante desesperados.

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