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Eduardo Mallea, un escritor argentino que flota en el tiempo

No sé cómo llegué a Eduardo Mallea, escritor argentino (Bahía Blanca, 1903-Buenos Aires, 1982). Fue hacia 1970 y lo iba leyendo en el autobús 26 que me llevaba por Conde de Peñalver (que los castizos llamamos todavía Torrijos) hacia Narváez y el Retiro, al final del cual, junto al Observatorio, se instaló provisionalmente la flamante Universidad Autónoma de Madrid. Allí me dedicaba a todo menos a estudiar, a conspirar contra la dictadura, a enamorar con mi novia judía de ojos azules, y a leer. Leí a Mallea antes que a Mújica Laínez, Sábato, Onetti o Cortázar. Pero fue él quien me introdujo poco a poco en la literatura argentina, y en la uruguaya.

El llamado boom latinoamericano -que en España no incluyó a los brasileños, otros suramericanos- no fue el árbol que oculta el bosque sino el bosque que oculta el árbol. Parecía, de repente, como si antes de esos magníficos escritores descubiertos y promocionados en los 70 no hubiera habido ninguno.

Yo creo que ya nadie lee a Mallea (salvo yo y algún despistado) y sin embargo sus obras, sus páginas, nos dejan como suspendidos en el tiempo, o fuera de él. Entramos en una atmósfera especial, de una pampa de haciendas, pueblos, villas, noches frías o balsámicas, en la que aún conviven los tílburys, los breques (breaks), americanas y sulkys con los Ford. O en ciudades con sus teatros, personas cultas y tristes, inmigrantes y mujeres siempre algo enigmáticas. El lector se siente cautivado por la historia, contada lentamente, con detalles de paisaje, clima, interiores, y con unos personajes siempre complicados, complejos.

De un castellano perfecto, con esa pizca de extraterritorialidad porteña entre inglesa e italiana, nos introduce en un país que para los españoles siempre ha sido un imán. Un país que casi redescubrimos literariamente y personalmente con tantos miles de exiliados argentinos en los tiempos siniestros de Videla, que recalaron en España hacia 1976. Ellos descubrieron que los gayegos no éramos tan brutos al fin y al cabo y nosotros nos quedamos prendados de su estilo, su saber, su forma de hablar.

Es un escritor austral en cuyas páginas la Pampa, Buenos Aires, los campos, están omnipresentes, pero muy vinculado a la cultura europea pues, como dice él -en Poderío de la novela– “no conocemos nuestro pueblo sino después de haber visto el otro pueblo”. Es muy interesante observar cómo, partiendo de una geografía física y cultural parecida, los escritores argentinos del siglo XX seguirán un camino muy diferente al de sus contemporáneos norteamericanos. Y serán mucho menos conocidos. Los americanos llevaban la intendencia detrás o delante, mientras los suramericanos tenían que luchar por un lugar bajo el sol. Con el agravante de que las editoras americanas e inglesas fueron siempre inmensamente poderosas en comparación con las hispanoamericanas. El mercado editorial de la primera mitad del siglo XX privilegió a unos y olvidó a otros. Menos mal que existió la colección Austral hispano-argentina y que existieron las magníficas Losada, Emecé, Editorial Sudamericana, Corregidor. De no haberlo, estos escritores no nos serían conocidos, a pesar de que muchos de ellos eran muy cosmopolitas y eran bien conocidos en los círculos literarios de Francia, Inglaterra, Italia y hasta de Estados Unidos.

Amigo de Borges y muy amigo de Victoria Ocampo, Mallea fue partidario de lo que él llamaba “narrar definiendo”. Su obra es casi de pensamiento, “pensando y relatando”, razón por la que quizás sea poco leído hoy dadas las clasificaciones estrechas existentes. ¿Novela, relato, ensayo novelado? El lector atento decidirá.

Todos los libros, nos dice, son “vulnerables, explotables, desvirtuables”, y de ellos nace siempre un malentendido. Al lector actual que quiera pasar páginas rápidamente no le gustará. Estamos acostumbrados cada vez más a las novelas, por así decirlo, cinematográficas.

Mallea puede ser discutido como un novelista con ideas o un ensayista con relatos. Luis Harss lo despacha brevemente como “escritor del viejo mundo”, de “obras pletóricas y laboriosas … que divagan por la hipérbole y el eufemismo”. Este juicio me parece injusto y precipitado, más porque no le gustan sus libros que por un análisis objetivo. Cortázar lo respetaba, aunque lo tacha de alambicado y se ve que no le gustaba demasiado.

Mi primera lectura de Mallea fue Sala de espera, siete introspecciones de siete personajes en una estación de la pampa. Historia de una pasión argentina, Cuentos para una inglesa desesperada le siguieron. Más tarde, en París, en la sabatina feria de libros viejos del Parc Brassens, en la Porte Brancion (XVème), ese mercado que todo amante de los libros no puede ignorar, me hice con dos volúmenes de sus obras completas (que no son completas), que vendía un amable bouquiniste argentino que tenía su puesto lleno de obras en español, de todos los países.

Sabemos que en los libros, además del contenido ameno e interesante también cuenta el diseño de sus portadas, pero además esa maestría rara de escoger títulos que nos evocan algo o nos hacen casi soñar antes de leerlos. Los títulos de Eduardo Mallea son magníficos, misteriosos como su contenido, por ejemplo, Rodeada está de sueño, La barca de hielo (novela que los que estén preocupados por el autismo deberían leer), En la creciente oscuridad, Todo verdor perecerá, La ciudad junto al río inmóvil (que es Buenos Aires), y así sucesivamente. Por sus páginas pasa la Argentina de entonces (sobre todo la de los años 30 y 40) y sus gentes, variadas, introspectivas, en general, tristes.

Sirva este par de páginas solamente para introducir o re-introducir a este singular escritor, que es perdurable, quedando para próximas entregas alguna reseña de su obra.

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