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La lírica del carburador (cuarto retrato lisboeta)

José Manuel, o Zé Manel, era el mecánico de confianza de un garaje que ya no existe y que estaba en la rua Actor Isidoro, por la Alameda de Afonso Henriques de Lisboa.

Había aprendido en la tropa -el servicio militar-, los rudimentos de la mecánica de automóviles y luego fue trabajando, como tantos portugueses, ‘por esse mundo fora’. Estuvo buscándose la vida por el África portuguesa, en Canadá, en Israel, hasta volver a Lisboa cuando ya estaba en la edad de jubilarse, aunque nunca se retiró y seguía haciendo pequeños trabajos de reparación.

Era un hombre delgado, con ese desaliño de los que no le dan importancia al bienestar sino al deber. Con su caja de herramientas y su mono azul iba a donde estuviera el auto afligido y rebuscaba tenaz hasta encontrar el fallo. “La herramienta siempre tiene razón”, solía decir, cuando acertaba a desmontar o montar una pieza que se le resistía. Es una frase que para mí se ha convertido en una máxima aplicable no solamente a la mecánica.

Mi viejo Rover 2000 TC, que Zé Manuel sabía reparar

Una vez logró arreglar el carburador de mi Rover 2000 TC de 1970, que me daba siempre problemas a pesar de su antigua (pues ya no hay con Johnson) elegancia inglesa. El flotador tenía un minúsculo agujero que le hacía hundirse y el carburador se desbordaba. José Manuel conocía todos los tipos de carburadores, del Zenith al Stromberg, pasando por el Holley, hasta el efímero español Irz y, por supuesto, el ubicuo Solex, que es el más simple. Cuando explicaba cómo funcionaban, lo hacía con precisión de entomólogo, y explicaba su alimentación por aspiración o por gravedad, y cuando iba examinando con sus ennegrecidos dedos las válvulas, las bielitas, el filtro, el vaso, la membrana, parecía estar haciendo un poema a la ingeniería. Zé Manel me recordaba que los carburadores funcionan gracias al principio de Arquímedes. Y además, su vocabulario era rico y lírico:

pozo, cuba, surtidor, vaso,
calibre,
mariposas,
chimenea, campana, escalones, paleta, balancín
estrangulador,
aguja, vástago, nodriza, codo,
membranas, camisas, filtro,
impurezas, y, por encima de todo,
el vacío, el vacío
que todo lo absorbe.

Cuando se inundó el carburador del Rover, le dije, derrotista y pesimista,
-No se puede arreglar.
-¿Quién ha dicho eso?, dijo, con un gesto de suficiencia. Y se puso manos a la obra y en un par de horas, con una pequeña soldadura incluida, arregló esa boya o flotador, y volvió a montar pieza a pieza el complicado carburador.

A ferramenta sempre tem razão

Garajes y cocheras, talleres olorosos de óleos
y caucho, oscuros, de luz indispensable,
paredes grasas con carteles de senos de vestales,
latas vacías y bidones, piezas de hierro en los rincones.
Mecánicos taciturnos observadores
de válvulas y bielas y resortes,
que con manos negras curan los motores, dedos hábiles y monos sucios,
émbolos, chiclés, carburadores y pistones,
de viejos autos desahuciados, máquinas paradas bajo el polvo,
resucitados, pues armados
de viejas herramientas, rebuscadas en oscuros cajones,
esas “que siempre tienen razón”.

Otra vez fueron los frenos. Las zapatas se bloqueaban misteriosamente y el Rover me dejó tirado en la estrecha rua dos Polhais de São Bento, bloqueando el tráfico y el tranvía 28. También de ésta me salvó José Manuel. Conocía todos los sistemas, desde el antiguo Girling hasta los actuales hidráulicos, sabía purgarlos, negociar los cilindros, el bombín y buscar las zapatas más apropiadas.

Zé Manel se irritaba contra las falsas o malas piezas, neumáticos y baterías de lo que llamaba “la concurrencia”, es decir, de marcas espurias, desconocidas. “São muito fraquinhas”, decía, sin nombrar el principal país productor de esos remedos de mecánica y herramientas.

Conocía todas las marcas, sobre todo esas inglesas y francesas que ya han desaparecido como Rover, Hillman, Vanguard, Simca, Panhard. En el libro La búsqueda del coche perdido (disponible en Amazon Kindle) evoco esos autos singulares, con personalidad. Hoy subsisten en todo el planeta si acaso diez marcas, uniformizadas y bastante parecidas.

Un Vanguard

En nuestras conversaciones, Zé Manel siempre decía que un automóvil debe estar equilibrado, que es como un organismo. La chapa era como la piel en las personas y la electricidad como la vista, mientras la dirección, los ejes, los parachoques eran los miembros, como nuestros brazos, piernas y manos. Le daba mucha importancia al reposo, es decir, con el motor encendido pero parado. Andando, había que dejarle. Libre, soltar las riendas pero controlando.

Cuando volví a pasar por aquel garaje (terminé vendiendo el Rover a un británico del Ulster por cuatro duros), me dicen que José Manuel murió de leucemia hace un par de años. Tanto humo de escapes, con el venenoso tetraetilo de plomo, terminaron dando cuenta de él.

Manel era de esas personas que pasan por el mundo trabajando, ayudando a que todo funcione, como hoy vemos en tantos hospitales, supermercados, transportes, y tantos otros. Otro portugués sufrido, sobrio y trabajador.

1 Comentario »

  1. La mecánica parece aún más complicada que la psicología. Los coches son como las personas, cada uno de su padre y de su madre, pero a las personas normalmente no se las desmonta, sólo se las repara.

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