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Old Portugal, old Spain, un azoriniano portugués

Esta pequeña obra de teatro de Azorín, Old Spain, fue publicada por primera vez el 30 de junio de 1928 por la colección El teatro moderno que dirigía Luis Uriarte. Es una comedia en tres actos y un prólogo, advierte el editor.

Lo encontré en la librería de dona Crisálida, en el barrio del Campo de Ourique, de Lisboa. Ha debido comprar hace tiempo alguna biblioteca de un amante de las letras españolas porque he encontrado otras obras de Azorín así como varias de Baroja, todas de esos años, cuidadosamente forradas con papel cristal (que es ya imposible encontrar, no se fabrica más), como en las buenas librerías de lance francesas.

Lo curioso es que, al ir leyendo esta comedia encuentro una entrada para la Matinée del día 18 de julio de 1964, en el cinema Condes, en la plaza de Restauradores. El amante de la obra de Azorín esa tarde fue a ver una película a ese cine que hoy ya no lo es. El cinema Condes era uno de los mejores de Lisboa. El amante de Azorín también gustaba del cine, como el mismo Azorín.

¿Qué pasaba en el mundo aquel 18 de julio de 1964? ¿Y qué película pasaban en el cinema Condes, en la tranquila Lisboa de entonces? Es prácticamente imposible saberlo. Salazar tenía controlado el país, en los Estados Unidos Johnson se enfangaba cada día más en la guerra de Vietnam y en Harlem, Nueva York, había disturbios.

Probablemente Benard da Costa, el gran cinéfilo y creador de la Cinemateca Portuguesa, sabría decirnos qué es lo que se estrenaba por aquel entonces en Lisboa. Pero Benard da Costa falleció hace ya varios años, aunque nos ha dejado varios libros sobre cine y sobre sus recuerdos, que se entremezclan hábilmente.

Nuestro desconocido azoriniano fue esa tarde al cinema Condes.

Empecé a leer esta comedia de Azorín pues he de admitir que soy un azoriniano confeso, irremediable (como soy de Josep Pla, por ejemplo, que a menudo no es tan distante de José Martínez Ruiz, nuestro Azorín). A medida que iba leyendo los diálogos de Joaquín el millonario neoyorkino con el Marqués de Cilleros, iba descubriendo a ese anónimo lector de esta comedia que se llevó el librito en el bolsillo de su casaca al cinema Condes hace cincuenta y seis años. Era un portugués que se identificaba con estas palabras del marqués,

“Ese ambiente de la vieja España que usted admira y al mismo tiempo le desagrada, es la tradición, la experiencia de incontables generaciones. Y la tradición no se improvisa. La tradición es la finura y el sentido de lo perfecto.”

Y el lector lisboeta se admiraba, y quisiera visitar Castilla, siguiendo a Pepita, la condesita,

“En un día gris de Castilla -de esta tierra de Castilla cercana al país vasco-, en un día gris, ceniciento de cielo bajo ¡qué placer estar en una ventanita contemplando el horizonte! No sabemos la hora que es: la luz es fina e igual durante todo el día; el cielo es de plata bruñida y el campo es verde. No pasa el tiempo. Hemos detenido el curso de las horas. No sentimos ni ansiedad ni pesar por nada. En nuestro espíritu hay tanta paz como en el campo y en la bóveda gris del cielo (…)”.

El lisboeta desconocido (se llamaba, creo, Ferreira), cuyos herederos desguazaron su biblioteca, también tenía una casona, una vieja casona de piedra en tierras que fueron de los suevos, por Chaves, en Tras-os-Montes. Allí, en una sala con anaqueles llenos de libros familiares, de viejas escrituras y testamentarías, con algún cuadro ya ahumado y oscurecido por el tiempo, meditaba contemplando esos paisajes que le recordaban a esa Castilla que había visitado un poco y que, como todo portugués, admiraba, al tiempo que desconfiaba de sus impulsos imperiales.

Este lisboeta pensamos, sin haberle conocido, que leería también a Torga, que releería viejas historias del condado portucalense y de los reyes de León. Cuando venían amigos suyos, de Francia, de Bélgica, los llevaba a visitar las ruinas de conventos, los castillos, los pueblos perdidos, a rebuscar en las librerías de Oporto y de Lisboa.

“¿En qué se ocupaba? En lo que se ocupan muchos españoles: en nada. Pero es una bellísima persona”.

España y Portugal han tenido vidas separadas pero paralelas, nuestros problemas han sido semejantes, como nuestras contradicciones, nuestros fracasos y nuestros triunfos. Pero ambos fueron países que supieron, hasta cierto punto y tiempo, conservar su alma. Nuestro azoriniano portugués era liberal, leía libros extranjeros, había viajado, anudado amistades fuera de Portugal. Pero no quería que sacasen a Portugal de sus casillas, como le ocurría en la obra al Marqués de Cilleros con España. No quería que el progreso arruinase la tradición y el alma del país. Ese ha sido y es el dilema de los dos países ibéricos, alejados del centro europeo. Como dirá Pepita, la Condesita de La Llana, “me atrae esa lucecita de la ventana y tengo al mismo tiempo miedo”.

Esta obra de Azorín no es insólita en España; es la eterna historia del progresista o reformista que deberá enfrentarse a los más carcamales retrógrados, con sus “extravagancias”, como don Joaquín en Old Spain, como en El Amigo Manso o Angel Guerra de Galdós, o en Los muertos mandan, de Blasco Ibáñez. Así fue también Azorín, desdoblado entre liberalismo y tradición, entre un europeísmo profundo, una actitud de Michel de Montaigne y, al fin, un conservadurismo pero sin afecto por la dictadura, que le hizo recluirse, confinarse prácticamente, en su piso de la calle Zorrilla de Madrid, con muy pequeñas salidas a su Monóvar natal.

La ‘inhibición ideológica’ de Azorín, como dijera Eugenio de Nora, se pone de manifiesto en esta obra pues no resuelve la contradicción entre progreso y tradición más que con la absurda condición de don Joaquín de que pagará obras de restauración de la catedral, del convento, del conservatorio, si la condesita acepta su mano. Es decir, Azorín se sale por la tangente, presentando a un millonario inverosímil (‘extravagante’, es un epíteto que aparece reiteradamente). Y el pueblo de Nebreda no hace nada por salir de su marasmo, simplemente acepta el reglo, la ‘limosna’ del millonario.

Azorín no tuvo gran éxito como dramaturgo. Tampoco ha sido traducido al portugués, que yo sepa. Ha pasado desapercibido en un país que, sin embargo, recela muchos personajes puramente azorinianos. Sus reflexiones, su escritura, despojada, límpida, austera, me recuerda, salvando las debidas distancias, a la de Miguel Torga. En Francia, me recordaría a Julien Gracq.

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