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El cartero de Saramago (sexto retrato lisboeta)

A Homero, nuestro cartero, lo conoce todo el barrio de Estrela. Lleva años distribuyendo puntualmente el correo. La señora Isabel le llama ‘el cartero de Neruda’, pero en realidad fue el cartero de José Saramago cuando el escritor vivía junto a la Calçada de Estrela, en la rua dos Ferreiros, en un piso diminuto maravillosamente atestado de libros a donde me llevó a conocerlo su mujer, Pilar. Homero no alardea de ello, es la señora Isabel, que vive por la rua do Arco de São Mamede, quien me lo cuenta en el autobús. La señora Isabel es limpiadora -lo que llamamos asistenta- en estudios de pintores y en sus ratos libres lee. Uno de los lugares donde limpia es en el número 69 de la rua Coelho da Rocha, en la pequeña vila dos artistas, donde hay unos altorrelieves de Juan de Avalos, el autor del Valle de los Caídos. Este Pátio dos Artistas, dentro de una manzana, es un rincón silencioso en el Campo de Ourique, que fue construida en tiempos de Salazar para que los artistas tuvieran sus estudios y talleres.

Obra de Juan de Avalos en el Pátio dos Artistas

Isabel es vecina de Homero. Ha buscado el libro El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta; lo vio un día en la librería de lance de Silvio y Kiluanjé, en la rua da Escola Politécnica, pero cuando fue a buscarlo ya había sido vendido o desaparecido bajo alguna pila en el batiburrillo de libros que es esa agradable librería, a dos pasos del largo do Rato. Allí he encontrado bastantes. Cuando acabe el confinamiento iré a buscarlo. En la película de Massimo Troisi sobre ese libro, actuaba el gran actor francés Philippe Noiret, que nos dejó también otra inolvidable interpretación en Le taxi mauve, de la novela de Michel Déon.

Homero, el cartero de mi barrio, se parece Léo Ferré, con sus pelos blancos largos. Homero es del Alto Alentejo, de la zona de Castelo Branco, le gusta la música y el flamenco, los discos de Jorge Palma y la poesía portuguesa y española. Es alegre, se mueve rápido y conoce casi de memoria todos los domicilios, sólo con mirar el nombre del destinatario. Esa eficiencia amable que no viene en los libros de “management”.

Dos tíos suyos, hermanos de su padre, anarquistas, pasaron a España durante la guerra civil para unirse a los republicanos. Pero fueron apresados por los franquistas, y uno fue fusilado en 1937 y el otro en mayo de 1939, ya acabada la guerra. Eran considerados meros bandidos por los nacionales.

De estas historias de la Raya, hay un libro de Manuel Moya, de Fuenteheridos, provincia de Huelva, en su relato El teniente Seixas, incluido en el libro Zorros plateados (Edhasa-Castalia, 2017), que cuenta un episodio real de esa frontera, cuando un Guardia Nacional Republicano -que es la fuerza equivalente a la Guardia Civil- protegió, por deber militar y humano, a unos refugiados españoles que habían atravesado el Guadiana y que Salazar había dado órdenes de devolver a España, destinados a una muerte segura. En el cuartel do Carmo, en el museo de la GNR, se hace mención de él. Era de esos hombres íntegros, humanos, que desobedecieron a Salazar y les costó el puesto y la carrera, como al cónsul Aristides de Sousa Mendes, que facilitó en Burdeos centenares de pasaportes a judíos que huían de los nazis. Lo que demuestra que el principio de obedecer órdenes no es absoluto ni marmóreo, pero exige coraje, valentía para desafiar las órdenes injustas.

En estos días de confinamiento, cuando Lisboa ha recuperado esa calma que le robaron los termiteros turísticos, se ven pocas personas por la calle; la mayoría son esos servidores públicos indispensables a los que no prestamos atención, como los de la limpieza, y como los carteros, empleados de la CTT.

Homero me habla de su padre, Sanches Roque (Alcains, 1911-1994), que era amigo del general Ramalho Eanes, también del mismo pueblo, y ha sido quizás el presidente portugués más respetado. El padre de Homero escribió un libro, Cidadãos do Infinito, en 1988, en el que recogió sus reflexiones y pensamientos sobre la naturaleza, sobre la educación y la cultura, la ciencia que sigue separada de la sabiduría, sobre lo que significa ser ciudadanos, el compromiso y la relación con los demás. En las páginas dedicadas al Aproveitamento escolar dice más verdades que muchos funcionarios de la Educación:

“no todos tienen una vocación definida, mientras los estudios no sean voluntarios no habrá rendimiento escolar y menos siendo una enseñanza obligatoria (…) “.

Distingue entre la instrucción impartida y la educación de las personas:

“No hay Educación, y menos Instrucción, mientras se recurra a la práctica de premiar a unos y desolación para los otros. Eso es todo, hasta estupidez, pero nunca Educación” (…) pues es más fácil convivir con personas analfabetas con 90% de Educación, y sólo 10% de Instrucción de que con algunos que tienen 90% de Instrucción y 10% de Educación”.

También se rebela contra esas palabras vacías que esgrimen muchos, como ‘justicia’ que, sin contenido es “laia de charada grotesca”, “una especie de acertijo ridículo, para que nos riamos y termina siendo un insulto o una comedia”.

Las calles de Lisboa nos traen siempre sorpresas si nos detenemos a hablar con las gentes. Pero a veces, con esa premura y nuestra idea de la rapidez, la velocidad y el tiempo, no nos detenemos a hablar.

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