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La poesía, ese valor permanente (sobre unos poemas de Agustín Galán Machío)

Mi amigo Agustín Galán (con esta afirmación descarto toda objetividad, para que el lector no piense que soy un crítico neutral), me envía sus poemas agrupados en Reina la normalidad. Son versos escritos hace cuarenta y cinco años, cuando en España regía una decrépita, cruel y necia dictadura y él era un estudiante que luchaba contra ella.

La poesía, a veces, cuando refleja el espejo personal y tiene como fondo el paisaje de su tiempo, es como un corte geológico en el que se descubren todas las capas históricas. Así, leer los poemas de Galán me hacen regresar, mientras los saboreo, a ese tiempo pasado, ya remoto, en el que parecía que nos queríamos comer el mundo. Son los versos exaltados, los versos de la cara al vent, del ara que tinc vint anys, son muchos poemas de protesta, de lucha, de enfado, pero también de amor, de vida cotidiana. Expresan lo que sentíamos y vivíamos muchos en 1970.

Como son versos de juventud, el tiempo no es una preocupación, sino la acción, el amor, la furia. Es un joven que no habla del tiempo pues el tiempo entonces no pasaba, no se esfumaba cada vez más deprisa. Este se hace presente ahora al leerlos, casi medio siglo después.

Dirán los estetas que eso ya no se estila, que la canción protesta acabó y los poemas sociales han periclitado. Quizás. Pero al leerlos nos acordamos de cómo se vivía entonces en España, del ambiente de las calles, de la mordaza a las ideas, de la policía violenta, en la que los agentes no eran servidores del Estado, como hoy, sino meros esbirros, llenos de odio y resentimiento. Bastantes los sufrimos, física y mentalmente. Entre ellos, Agustín Galán.

En sus poemas aparece él con ese paisaje de fondo de la ciudad de Madrid -“esta amplia ciudad abandonada”-, como en esos cuadros en que, tras el personaje representado, el pintor ha dejado muestra del país (recordemos los famosos paisajes velazqueños, o los fondos de las tablas de los primitivos flamencos). El paisaje es la vida de la gente, la antigua Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol, o la cárcel (de Carabanchel, que no nombra), pero también los paseos con la amada, el trabajo, y hasta la máquina de escribir Hispano-Olivetti.

Sin caer en falsas o victimistas nostalgias, al leer esos poemas retrocedemos, pues rezuman un aire musical de Ángel González, de Nazim Hikmet (el gran poeta comunista turco), y tienen a veces la fuerza de Blas de Otero. Algunos, con su humor, su desparpajo, su ironía para desenclavarlos de la mera protesta, me recuerdan al desenfado y gracia de Luis Alberto de Cuenca. Agustín Galán plasma en sus poemas el ardor, la voluntad, el entusiasmo de un estudiante de 20 años en aquel Madrid. Y lo hace en un castellano recio, desgarrado, directo. Conozco a Agustín desde aquellos tiempos, y siempre fue un lector, diría, profundo, ancho y largo. En su poesía se vislumbran los sedimentos de muchos poetas pero sin que haya pedantes referencias, sólo la espontaneidad de su creación lírica.

El lector, con su propia experiencia, enriquecerá el texto, el mensaje del poema. Así, he recordado, se me han re-presentado, aquellas manifestaciones en las que trescientos estudiantes, o menos, cortábamos por unos minutos la calle de Alcalá o de Bravo Murillo, o General Ricardos, para disolvernos antes de que llegasen los grises. He visto nuestras primeras novias y escarceos amorosos y nuestros Mundo Obrero entre los apuntes de la Facultad, el temor ante aquellos Seat grises, los Zetas, o las ‘lecheras’ que nos regaban por el Paraninfo, o los ubicuos y siniestros ‘sociales’ con gabardina y gafas de sol.

El papel, reducido y fácil
puede convertirse en una paloma.
La sangre, amplia y derramada,
puede hacerse luz
sobre este instante.
Tú mismo, puedes ser un hombre mañana, y levantar la voz, el puño,
la mirada,
desde los martillos y la hoz,
las máquinas y las oficinas,
levantar la palabra, recoger la semilla,
y echar a andar sobre esta tierra, camarada.


La poesía de Agustín Galán, claro, está escrita desde su particular perspectiva -el escritor- y su alcance social dependerá de la sintonía con la posición del lector. Si no, no se encontrarán. Como dice con gracia, “no le gustará a la policía”, es decir, a toda persona -el término policía aquí es una metáfora, no un epíteto negativo a las personas concretas de los policías- que no compartiera en aquellos años un ideal de libertad.

En este sentido, su poesía es en primer lugar para lectores que hayan vivido lo que él vivió, con-vivido, y también luchado, aunque también para los que no se alzaban:


Lo concreto nos cerca,
acecha nuestras manos llenas de momentos, nuestros ojos incapaces de una lágrima, nuestro pensamiento,
cercado por aristas,
blanqueado con pintura negra,
los espejos;
y no se levanta nadie,
nadie empuja esta losa infinita,
que nos sepulta.


Al leerlos en su conjunto el lector actual comprenderá mejor aquellos tiempos nefastos en lo político, tiempos cerrados, pero libres por la juventud de que disfrutábamos, por nuestro entusiasmo, porque teníamos la vida por delante.

Machácame dulce muchacha divertida
con tus ojos, uno a uno,
para que pueda amar tu alegría de superficie, cuando todo nos cerca,
incluso el recuerdo,
también tu pena.
Acércate compañera,
que no nos empañe el cerco,
que no nos oculte,
que no borre las palabras,…

Lo que prueban además estos poemas de Galán es que la poesía -incluso la dictada por las ideas del momento- es casi intemporal, y a la vez es descriptiva de lo que había en torno, del contexto histórico, social, cultural. Y así podemos percibir el personaje, en el poeta, y entender el mundo de entonces.

Este libro se puede encontrar en:

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