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Guido da Verona

Las tardes de verano son largas y silenciosas. A la hora de la siesta, mientras afuera cruje el sol entre los árboles, en la vieja biblioteca, en el campo, siempre se encuentra alguna sorpresa, algún volumen que desempolvar, releer, apreciar. Ese libro que has ido cambiando de anaquel, postergado siempre, que nunca te has propuesto leer. Hasta que un día, lo hojeas por casualidad, descubres algunas páginas y te sumerges en su lectura.

Los novios, glosa de Manzoni, de Guido da Verona, lleva ahí casi un siglo en la balda. Alguien, algún tío abuelo mío, lo leyó alguna vez pues no está intonso. En esta biblioteca están los restos de libros de tres o cuatro generaciones. Ahí están Azorín y Miró, Papini, Hamsun, Maurice Baring, Madariaga, Marañón, Eugenio Noel, los Alvarez Quintero y hasta Julián Zugazagoitia y Manuel Ciges Aparicio. Son libros de editoriales y colecciones que hicieron su pequeña historia, como las Publicaciones Atenea, la Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP), Renacimiento, Mundo Latino, Calpe, Prometeo. Algunos los hemos conservado quizás por sus magníficas portadas. Afortunadamente, porque ahora los podemos leer, como éste de Da Verona.

Hace noventa años, sin televisión, con una radio que silbaba, crepitaba y se oía sólo de vez en cuando en estos cortijos -sin luz la mayoría, que ésta llegó sólo hacia 1960- y pueblos, una vez acabadas las pesadas sobremesas, las repetitivas tertulias y hechas las cuentas de la aceituna, de los ganados, de las talas, ya no había gran cosa que hacer. Los cortos días del invierno dejaban tiempo a la lectura, así como las largas siestas estivales a la espera de que cayese ‘la fresca’.

Guido da Verona fue un escritor de moda en Italia en la primera postguerra mundial. Sus libros alcanzaban tiradas de cientos de miles de ejemplares. Admirador de D’Annunzio, apoyó inicialmente el fascismo hasta que las leyes raciales lo discriminaron como judío, lo que le llevó al suicidio en 1939. Su literatura era kistch, con una especie de regusto erótico que seducía entonces. Era un dandy, un escritor comercial, un “escritor para modistillas” -decían los sabios y despreciativos analistas-. Y los que no lograban vender mucho le envidiaban y despreciaban, como sucede siempre en el mundo literario.

En 1929 se publica Los novios, en los que parodia a Alessandro Manzoni, al que no soportaba por su paternalismo y retórica. En una especie de anacronía la novela de Manzoni, que se sitúa en el siglo XVII, narra momentos actuales, el novelista la mezcla con la época del momento, con Richelieu y Primo de Rivera en la palestra, por ejemplo. Salen también a relucir Silvio Pellico (“que todas las noches estaba esperando a que entrasen los austríacos para detenerle y poder luego él escribir su famoso libro “Mis prisiones”), Bergson o Einstein.

Sobre pestes y pandemias tiene párrafos magníficos:

“El doctor Tadino trató, en vano, de sincerarse en su Memoria del origen y efectos diarios de la enorme peste española (…) registrada en la ciudad de Milán durante el año nefasto de 1648…
El doctor Tadino, ignorante como lo eran los médicos de su siglo, califica de peste a un sencillo contagio de influenza que se llamó española porque los españoles estaba sometido Milán; y tal nombre vino a aplicarse universalmente desde aquel tiempo a todas las afecciones del mismo género, cualquiera que sea la relación política a que un país zarandeado resulte sometido: excepto en España, donde los altivos hidalgos, por justo orgullo nacional, rehusan dar a una dolencia tan peligrosa…”

Mientras habla del Conde Duque de Olivares, que se opone a la sucesión en el Milanesado del duque de Nevers, termina :

“de todos modos circulaban rumores de que Primo de Rivera no veía con buenos ojos a nuestro don Gonzalo […] nuestro don. Gonzalo es sin duda un gobernador de mérito, pero su modo de llevar la circulación de los tranvías no agrada a la mayoría de la población.
-¿Viva mil años nuestro don Gonzalo, en el siglo don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de Sanlúcar, gran favorito del rey don Felipe el Grande, nuestro señor!- exclamó el conde Atilio levantando su vaso.”

Toda la novela, en clave de humor, mezcla las épocas, en la que aparecen condes y capuchinos, dactilógrafas y cotizaciones del dólar, la peste de Milán de 1630 –“que daba dolor de cabeza”- y los terrenos en venta a dos mil liras por metro cuadrado.

“En ausencia del gobernador don Gonzalo [que es un retrato oculto de Mussolini], que había ido a Madrid para conferenciar con el Gobierno acerca de la conveniencia de dotar a la metrópoli lombarda de una estación de ferrocarril, y además para recibir instrucciones acerca del monumento a Napoleón III…”.

El gobernador don Gonzalo (Mussolini) es finalmente destituido por el “férreo Primo de Rivera”. En este libro se esconde, bastante evidente, una fina ironía del fascismo, los personajes de Manzoni, el poder y la Iglesia son objeto de una sátira encubierta los Pactos Lateranos entre Mussolini y Pio XI.

La parodia llega, curiosamente, hasta al lenguaje, cuando dice “los cuales y las cuales, deseosas y deseosos”, que parece premonitoria.

“Renzo alquiló un torpedo Chiribiri, el Rolls Royce italiano, y quiso ante todo dar una vuelta por Milán, que en 1600 desarrollaba su vida más intensa en el centro de la galería. Allí gritaba la multitud hasta desgañitarse:
-¡Panem et circenses!”

Como decía la canción, “ya sé que no se estila”, que Da Verona no será reeditado jamás en España porque el editor perdería dinero. Pero los confinamientos, los veranos largos y las siestas tranquilas en el frescor de la casa perdida en la Sierra de Segura, en la provincia de Jaén, dan para rebuscar, para leer libros y revistas viejas de hace noventa años (que eran muy parecidas de contenidos: editoriales edificantes y ponderadísimas, política de disputa, moda, viajes a rincones, sucesos y guerras, aunque no tanto fútbol), para darnos cuenta de que todo ha sido ya dicho hasta la saciedad, que lo que llamamos novedades, ideas novedosas, ya fueron dichas hace muchos años, que no hacemos más que repetir lo mismo. Que, al final, lo mismo se entretiene uno con un libro acabado de salir de la imprenta y que, como los soldados en campaña, en vez de vivre sur l’habitant, habrá que lire sur l’habitant, sacar de lo que ya tenemos acumulado y de lo que acumularon nuestros antepasados.

Se ha menospreciado a muchos escritores por mediocres; la crítica ha sido a menudo despiadada, implacable. Más vale no seguirla demasiado porque es capaz de destruir a un novel poeta, a un incipiente narrador. Sin tratar de resucitar fantasmas, pues los gustos culturales han ido cambiando, la valoración ecuánime es necesaria para no dejar a sus autores en las tinieblas exteriores porque no encajan en los cánones, a veces más de sacristías, amistades y suplementos literarios que de un objetivo examen. Muchos escritores relegados, olvidados, aun nos pueden dar unos ratos agradables, interesantes, estimulantes, de lectura.

  • [Nota: Antonio Piromalli, nos informa Wikipedia.it, ha publicado estudios sobre este escritor.
  • Otra estudiosa de Da Verona ha sido Maria Raffaella Cornaccha.]

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