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El viaje, el turismo y la muerte

Por todo el planeta se ciernen amenazas a la libertad de movimientos, se cierran fronteras, se imponen cuarentenas. El pueblo reacciona muy mal a estas cortapisas y prohibiciones. ¿Por qué? ¿Tan esencial es viajar, o tan vital es hacer turismo?

Sí, porque viajar es resistirse a morir pues morir es dejar de ver. Cuántas veces hemos oído la expresión ‘no quiero morirme sin haber visto, sin haber ido a..’. O, al contrario, ‘aquí ya no volveré’.

El viaje es la vida y la vida es un viaje. El viaje ha sido considerado desde que hay memoria como una metáfora de la vida. Hasta la lengua revela esa identificación pues destino geográfico y el destino, el hado, son en español la misma palabra, aunque en inglés y en francés las palabras sean un poco diferentes: destin, destiny, destination. Vivimos en la época de la movilidad. El viaje forma parte de nuestras vidas.

El Génesis casi empieza con un desplazamiento, la expulsión del Paraíso, y no cesa de relatar éxodos, peregrinaciones, destierros y viajes. La vida misma se ha identificado con un viaje, con un camino, se hace camino al andar, con el curso de los ríos, que van a dar a la mar. Mahoma, Buda, también emprenden un viaje necesario, improrrogable y vinculado íntimamente a su religión. Éxodo, Diáspora, Descubrimientos, Cruzadas, Exploraciones, los Paraísos Perdidos, las islas legendarias (Calipso, Jauja), son términos de nuestra civilización.


En todo viaje hay una pulsión, un deseo íntimo de desafiar el tiempo que pasa. Un viaje parece hacernos vivir más tiempo, pues las impresiones y luego los recuerdos se acumulan y nos parece que hemos vivido más en ese mes que en un mes de rutinaria vida. Vinculado a este afán de viajar, de ver, están todos los medios visuales, desde la Kodak a Instagram. Hay que ‘inmortalizar’, detener el tiempo y dejar registro de él. Quizás por eso sean tan tristes esas fotografías que encontramos en los mercadillos, vendidas casi al peso, de personas fallecidas que dejaron su memoria en un cliché en la playa, a menudo junto al automóvil, o esas tarjetas postales con banales textos al dorso, dando cuenta de lo que se ha visto, de a dónde se ha ido. Más que dar noticias, se trataba de mostrar dónde estábamos, fuera del lugar habitual, quizás, sólo quizás, algo más libres. Y el tiempo no se detuvo.

La España que vendíamos

Viajar es reconocer inconscientemente la relatividad del tiempo, creada por el desplazamiento, algo bastante parecido a lo que propusiera Einstein. Es intentar negar ese “carácter irrevocable del tiempo” que afirmaba Isaac Newton.

El viaje es una experiencia, un acto individual que forma parte de la sensibilidad personal. Si hay compañía, es especial, con una coincidencia parcial, nunca total, de las sensaciones.

La transformación del concepto de viaje en turismo forma parte de la transformación en una sociedad de masas, de la ‘rebelión de las masas’ o de esa masa de que hablaba extensamente Elias Canetti. El turismo, como fenómeno de masas, requiere varias características: densidad, crecer, sensación de igualdad (como en las playas brasileñas todos, pobres y ricos son básicamente iguales: por unas horas no hay clases sociales, sólo personas), y necesita un destino prefijado, organizado, dirigido (no se sale del itinerario marcado) que suele ser indiferente, escogido en función del precio, el sol, la facilidad. El turismo no es ya sino una commodity. Además, el turismo de masas se basa en la rapidez, es necesario practicarlo en un espacio de tiempo delimitado y cuanto más rápido mejor. De ahi que el avión sea consustancial al turismo de masas. Hay que ir y volver rápido, pues forma parte del sistema productivo. La peregrinación, el viaje demorado, no son, por así, decirlo, propias de las sociedades industriales sino que derivan de sociedades religiosas, más primitivas en la producción y envergadura.

El turismo, tan distinto a la experiencia individual del viaje, se ha hecho cada vez más esencial en la vida de las clases medias, menesterosas de tiempo y de impresiones. El turismo como fenómeno de masas, al alcance de casi todos, reúne algunas formas del viaje, tiene una escenografía parecida, pero el argumento es muy distinto. El turismo de masas es necesario para mantener la coherencia del sistema productivo repetitivo, reiterado, aburrido, a que se han sometido las poblaciones industriales, los trabajadores de los servicios. Es salir del corsé impuesto por las reglas cotidianas, unas familiares, otras laborales, la mayoría estatales. Normalmente, quien vive del campo y en el campo, parece necesitar menos el turismo, pues su vida cambia casi todos los días, con el clima, las cosechas irregulares, las incidencias propias de la naturaleza.

Necesitamos cambiar de escenario pues el nuestro, el habitual, nos aburre. Una solución contra ese tedio abrumador es la lectura, la televisión, las series, que nos quieren hacer soñar un rato, pero no nos basta con ese subterfugio, con ese remedo.

Tossa de Mar, hace ya muchos años…


El viaje, como experiencia vital ha sido siempre objeto de la literatura y del arte. No así el turismo. La literatura, podría decirse, está constituida en su mayoría por relatos y descripciones de viajes, desde la Odisea al Quijote, pasando por Moby Dick, e incluso el Ulysses de Joyce es el recorrido en veinticuatro horas de una ciudad. De ahí también la exaltación secular del nomadismo como símbolo de libertad, eso que los beatniks practicaron, desde Kerouac a Allen Ginsberg, viajeros incansables, privilegiados que podían prescindir de la fucha en la fábrica o la oficina. En el nomadismo queremos ver los orígenes además de la escapada de lo que los sociólogos franceses calificaron la ciudad industrial y el urbanismo contemporáneos como “univers concentrationnaire”. Mientras la industria, la ciudad, fija, retiene, en cierto modo aprisiona, el nomadismo es símbolo de libertad. Aunque la curiosidad, el deseo de saber, es la motivación de muchos viajes (recordemos que travel, en inglés, bien de la misma raíz que travail, trabajo), de las exploraciones y hasta de los alpinistas que quieren ver lo que hay arriba y demostrarse que son capaces, es mucho más secundaria en el turismo de masas.

El turista, por el contrario, diferente del viajero, más que saber, lo que quiere es cambiar de lugar, salir de lo cotidiano, engañar el paso del tiempo, tener un pequeño espacio de libertad, sin jefes, sin patronos. Poder vestirse de manera desenfadada y diferente. No es hedonismo, es simple epicureismo. Digamos que al viajero lo mueve la curiosidad, el afán de saber y conocer, mientras al turista le mueve sobre todo el salir del redil, de la rutina cotidiana. Pero las empresas de viajes más expertas, de turismo, hacen que el turismo se parezca lo más posible a la experiencia de viaje. Cuanto más selecto, más apariencia de vivir algo único, distinto de lo que hacen las masas.

Para ello, el Poder, los Estados de todas las ideologías, han establecido normas, lugares, itinerarios prefijados. Han ocupado el territorio del viaje, es decir, ya del turismo como fenómeno de masas, para regularlo (de esto me ocuparé en un próximo artículo sobre Viaje y Poder). Hay que canalizar las masas y controlarlas. Hay un libro que pasó demasiado desapercibido, ‘La fuerza centrífuga, sociedad en movimiento: migración y turismo’, de los alemanes Tom Holert y Mark Terkessidis (Eds. Carena, Barcelona, 2009) que sigue siendo de gran actualidad y debería ser lectura obligada en los cursos de turismo; explica muy bien el sentido de las vacaciones, la utopía y realidad del turismo, los poblados de vacaciones, la ciudad turística, etcétera. Es un libro muy ilustrador de los problemas de la sociedad industrial y del turismo como fenómeno global e inevitable. Para el ámbito español y la organización estatal del turismo, recomiendo el libro Historia del Turismo en España en el siglo XX, de Ana Moreno Garrido (Editorial Síntesis, 2007).

Los viajes hoy, es decir, el turismo, están organizados por las empresas de transporte, siguen las rutas fijadas por las carreteras públicas, los alojamientos están agrupados en función de los intereses inmobiliarios o estatales. El nomadismo sigue siendo la excepción que admiramos y deseamos pero que pocos consiguen llevar a cabo. El alejamiento sigue siendo privilegio de unos pocos, los que tienen propiedades, islas, casonas, pero esos siempre van al mismo sitio, más que viajar, se desplazan. Pero nadie, ni turistas, ni viajeros, ni los de las ‘segundas’ residencias, engañan el tiempo, que sigue su curso.

Por eso, toda restricción al viaje, como las que ahora padecemos, alzando fronteras, aduanas, barreras, es considerada un atentado contra la escasa libertad individual que nos queda en una sociedad totalitaria -porque casi todas lo son, aunque sea en sociedades formalmente libres y democráticas, pues por su organización total podríamos llamarlas totalitarias de baja intensidad-, que regula nuestros horarios (el tiempo), nuestros trayectos (al trabajo), nuestro lugar de residencia. Las limitaciones crean incertidumbre, y no solamente la de comprar un billete de avión, sino que ponen en duda el sentido que le queremos dar a nuestras vidas, ni más ni menos que nuestro afán de inmortalidad. Privarnos de viajar es rechazado y genera disputa, desobediencia y malestar.

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