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El oro del tiempo, L’or du temps, de François Sureau, un itinerario literario del Sena

A veces uno se pregunta por qué lee un determinado libro. Y si es francés, se lo pregunta doblemente. Y a veces confiesa que lo lee por el mero gusto de la lengua francesa, no por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta.

Hay libros muy interesantes y muy bien escritos pero para cuya lectura, digestión, hay que tener un cierto entrenamiento. L’or du temps, El oro del tiempo, de François Sureau, es uno de ellos. Don Antonio Machado podría decir inmediatamente, ‘otro embeleco francés’. Pero no. Es un libro con enjundia, una demostración de saber y una guía literaria bastante insólita.

Con el pretexto de seguir el curso del Sena, Sureau, a través del personaje inventado de Agram Bagramko (que es un poco su alter ego anacrónico), un oscuro ruso, quizás de Odesa, que se cartea con un tal Grigoriev, exilados tras la revolución bolchevique, sigue el curso de la cultura francesa, de su literatura, de sus influencias rusas, germánicas e inglesas, sobre todo, con especial atención, cómo no, a París, a la que empieza por declararle su amor incondicional. Decía don Salvador de Madariaga que “Francia ve al mundo como una figura geométrica, una especie de Place de l’Étoile con París en medio”. Pues este libro es una buena muestra. París, centro del mundo.

Pero para leer L’or du temps con gusto y aprovechamiento hacen falta varias condiciones:
• Apreciar la cultura gala.
• Disponer de bastantes referencias históricas sobre Francia.
• Conocer París.
• Tener buena memoria para retener algo de sus ochocientas densas páginas.

Sólo un francés podría haber escrito este libro que es prácticamente un inmenso anecdotario cultural, pero sobre todo de personajes olvidados. Anecdotario que va por los vericuetos, no por los bulevares. No habla de los muy conocidos sino de los oscuros que se perdieron en la memoria y que Sureau recupera. Esto de hablar de literatos es una tradición bien parisina porque ya existen muchos libros, novelas y relatos que no son sino un desfile de personajes y referencias culturales, como Dominique Fernandez o Charles Dantzig. Este libro relato-ensayo es pues un producto típico del Hexágono.

Está muy bien escrito pues Sureau es ya un escritor consagrado, además de que, casi por definición, todos los franceses escriben bien mientras no se demuestre lo contrario; hasta cuando relatan nimiedades, la lengua francesa les penetra, la aman y la cuidan. Y aman su país sin paliativos. “El Sena es el río al borde del cual he pasado lo esencial de mi vida”, empieza confesando, y París es la “capital imaginaria donde siempre he vivido”. Con esta declaración de principios, no cabe duda de que es un libro franco-francés.

Fugazmente conocí a François Sureau hace veinticinco años. Fumando su pipa, me llevó en su clásico Jaguar tapizado en cuero y guarnicionado en madera noble. Me pareció sabio y algo altanero, esto último como tantos franceses nos lo parecen. Ya había publicado y el gran y amable Jean D’Ormesson escribió un encuentro con Sureau, Garçon de quoi écrire, que lo elevó al mundo literario francés.

L’or du temps desborda de cultura pero no lo calificaría de pedante aunque Sureau aplasta bajo su saber. Su índice de nombres y lugares abarca 36 páginas en dos columnas.

Hay personajes raros, totalmente olvidados o desconocidos, como Ghéon, Cravan o Adrien Guimard. Entre los extranjeros, sus preferencias se inclinan por los ingleses y algún germánico, sobre todo por Conan Doyle, pero también por Arthur Koestler, Pio XI; de lengua española, solamente Borges. Todos los americanos del norte y del sur que han pasado, escrito, vivido en Francia o en París, son ignorados. Es una opción.

Es un libro que no se parece a Danubio, de Claudio Magris, pues está centrado en lo francés y cuando menciona a autores extranjeros es por su relación con la amada Francia. Como sabemos, el río es siempre un símbolo nacional; así, el Ebro, de donde deriva iberia, el Nilo, el Mississippi, el Volga, el Rhin, el Ganges, todos. El Sena en L’or du temps es el epítome de la cultura francesa. Y París su cimera. Otros autores, como Huysmans (no se pierda el lector el relato y descripción de La Bièvre, ese arroyo escondido y oculto que iba a dar al Sena), Henri Calet, Léon-Paul Fargue, Léo Malet, Michel Tournier o Patrick Modiano -que son como unos callejeros historiados de la ciudad- han elevado a la capital francesa a la categoría de personaje de pleno derecho. En España, quizás solamente Galdós lo haya hecho con Madrid. Y Luis Goytisolo, en Recuento, sobre Barcelona.

Pero, al final, el lector, por muy amante que sea de la cultura francesa, apenas ha retenido nada, salvo esa ristra de nombres, lugares, calles, títulos. Un libro que no creo que se traduzca pronto a otras lenguas, no por su lengua, prístina, sino porque es sólo para iniciados. Se preguntarán los defensores de la novela de acción, los caimanes de la edición, ¿para qué sirve este libro? Pues creo que, como los buenos cuadros, para aprender a ver, no sólo a mirar, para aprender a valorar el espacio cultural e histórico en su plena dimensión. Un libro para recrearse en la cultura francesa.

Porque, al final, lo que nos queda no son los nombres citados, que ninguna memoria es capaz de retener, sino ese ambiente intelectual, muy retórico y narcisista, de la Francia literaria. Esto es algo que los franceses hacen muy bien como demostró la monumental obra de Pierre Nora, Les lieux de mémoire, que pone en valor todo el país en sus raíces culturales, agrarias, religiosas, sus conflictos, sus fracasos y sus éxitos, su población. En España, por supuesto, carecemos de escritores con este afán nacional, que no nacionalista. Preferimos escribir sobre Andalucía, Galicia o Cataluña, pero jamás sobre España, y menos sobre Madrid, que es la culpable de todo a los ojos de la periferia.

Sureau, que dice de Borges muy atinadamente, que “destacaba en la técnica sin poder captar el espíritu”, quizás adolezca de lo mismo, nos trae la cultura, la historia, mas a pesar del curioso personaje inventado como hilo conductor, Agram Bagramko, al libro quizás le falte un poco de alma.

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