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Reivindicación de los hermanos Álvarez Quintero

“y una mujé yena de alifafes y necesitando un médico y una botica pa eya sola”

Eran los años veinte y treinta. A pesar de todo lo que acontecía por el mundo y en España, el teatro prosperaba, las letras florecían. Fueron los años de gloria de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero.

Serafín y Joaquín eran de Utrera y murieron en Madrid, Joaquín en plena guerra, en 1938, y Serafín en 1944. Escribieron al alimón, como otras grandes parejas literarias como los Goncourt o Erckmann-Chatrian.

Tenían gracia, humor, agilidad y técnica para componer centenares de ‘juguetes cómicos, como los llamaban y de comedias, dramas, zarzuelas, entremeses, sainetes. Fueron muy traducidos y representados y objeto de muchos estudios críticos en el extranjero. Su primer artículo fue publicado en El Heraldo de Madrid en 1891, con el seudónimo de ‘El diablo cojuelo’. Desde entonces no pararon de escribir, publicar y de ser representados. Don Joaquín (imagen) ingresó en la Real Academia en 1925, después de su hermano, y quien le respondió fue nada menos que Azorín.

Estaban veraneando en El Escorial el 18 de julio de 1936 y en su piso de la calle de Velázquez pasaron la guerra civil prácticamente en arresto domiciliario (debían ser considerados peligrosísimos enemigos) pero, al fin y al cabo, protegidos de los paseos a que se dedicaba el lumpenproletariado bajo siglas anarquistas, socialistas, comunistas con los automóviles confiscados. El asesinato y la cheka considerados como una acción revolucionaria. Así nos fue.

Ellos, de derechas de toda la vida, escribieron cientos de comedias amables y entretenidas, algunas con un gran humor y, en el fondo, con una velada ironía crítica hacia los señoritos holgazanes y ricos, a los sablistas profesionales y los aprovechados y gorrones, que se reían y hacían reir. En sus obras, ninguno parece trabajar, solo conversar. Son los cursis, los petimetres, los quiero y no puedo, todos esos personajes tan castizos que también aparecían ya en las novelas de Galdós. Es la suya una literatura confortable, nada termina mal, hasta algún comecuras que aparece es inocuo y los señores -no los señoritos- son benévolos y comprensivos. Criticaron mucho a esos “señoritos groseros y bestiales…caso frecuente en Andalucía”. No era literatura comprometida (ni falta que hacía, hacía reir y pasar el rato y bastaba así). Hasta el mismo inicio de la guerra sus comedias constituían siempre un éxito de público.

Un día tendremos que investigar por qué los humoristas suelen ser conservadores, como si el optimismo fuera de derechas, mientras los escritores de izquierda no se permiten esas veleidades. Así, Wodehouse, Jardiel, Clarasó o Alvaro de la Iglesia.

Describen una parte de aquella España burguesa de antes de la guerra (en sus escenarios, subrayan, hay muebles modernos, de buen gusto), la que se llevó por delante escritores, artistas, arquitectos, fueran conservadores o progresistas

No son como Wodehouse, que creó personajes inolvidables (como Bertie Wooster, además de Jeeves), pero ellos crearon personajes tipo, como esos criados de toda la vida, las amas de llaves, los señoritos calaveras, las bellas jóvenes siempre al acecho y deseando casarse, las tías, suegras y señoronas, los ingleses andaluces. Todos amables, inofensivos.

Los hermanos Álvarez Quintero, aunque no les dieron el paseo, han sido arrojados a las tinieblas por la crítica bienpensante, son de derechas y no hay más que hablar: ¡al infierno parnasiano con ellos!). Es el eterno cisma español que corroe también las letras y la crítica literaria y artística. Ya no se estila su humor, las escenas y situaciones son de hace cien años, no tiene nada que ver con nuestro país de hoy. Los hermanos Álvarez Quintero han sido relegados por usar el andaluz y por la imagen que daban de algunas mujeres, aunque su teatro es un teatro donde las mujeres son las verdaderas protagonistas, los personajes más importantes y decisivos. Así podríamos resumir su programa de un cierto bondadoso idealismo: ”la candelita pa los demás…¡la candelita de los buenos, como desía mi padre, sin la cual el mundo sería de las fieras! ¡de las fieras!”

Tuvieron una técnica teatral considerable, su lenguaje (incluso el andaluz que utilizan criados y criadas) estaba muy bien escogido, algunas frases y expresiones son memorables. Como decían, primero “tenía que sonar en el aire, haber sido escuchado por los dos” y entonces, a escribir. Se inspiraron en tipos reales, los que veían en Sevilla, Utrera o Madrid, “somos pintores que no quieren ni saben pintar sin modelo”, decían. Era, aunque ahora no se quiera ver, un teatro de mujeres, de novias, “un teatro de feminidad”, dijo Sánchez Mazas, “unieron la rima de Bécquer y la prosa de Galdós en casas y jardines de Fernán Caballero”. Era una Andalucía señorial, de casonas, cortijos y patios bien frescos y floridos, con gracia y sin arrogancia.

Tras la guerra, parece que fuese Pemán, con su tono tan imperial y carca, el monopolizador del alma andaluza en lo más cateto y estereotipado, dejando a nuestros liberales, honestos y bondadosos hermanos en la oscuridad más absoluta. Un crítico de la postguerra despachaba este tipo de comedias, acusándolas de “hacer reír con la jerga dialectal de madrileñismos y andalucismos”, aunque no señalaba expresamente a los Quintero.

Sin embargo, si por causalidad (y mucha suerte) encuentra el lector alguna de sus comedias en alguna librería de lance, léala y no saldrá defraudado, volverá a otra España, a un lenguaje ya casi olvidado pero con mucha gracia. No encontrará lucha de clases, ni grandes problemas, simplemente comedias algo superfluas, enredos humanos intrascendentes. Lo que no viene mal en estos atribulados e inciertos tiempos.

Contrasta este menosprecio con el respeto que hay en Inglaterra por P. G. Wodehouse. Al principio no le perdonaron que, prisionero de los nazis, hablase por la radio alemana casi en plan de chunga. Decidió no volver a su país y murió en los Estados Unidos, aunque fue ‘rehabilitado’ por la crítica. Hoy sus libros son publicados (hay 99 obras disponibles), hay biografías, análisis, una sociedad de lectores, la British P. G. Wodehouse Society. Los Álvarez Quintero, por el contrario, enterrados para siempre. Apenas he encontrado un pequeño ensayo de Rafael Herrera Ángel, sobre El teatro andaluz costumbrista (www.gibralfaro.uma.es).

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