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Manuel Arroyo-Stephens y la destrucción de los pueblos españoles

El gran editor de Turner, el fundador de aquella magnífica librería de la calle Génova, de Madrid, ha fallecido demasiado pronto, con sólo setenta y cinco años. Yo recuerdo verlo de lejos, siempre hablando con personas relevantes -entre ellas con mi padre adoptivo, que le compraba muchos libros, prohibidos o no-, pero con quien hablaba yo era con Pepe Esteban y con Aletxu.

He vuelto a leer su libro Pisando ceniza, un conjunto de memorias y recuerdos de Manuel Arroyo-Stephens, entre ellos sobre inefable José Bergamín, del que fue generoso amigo y a quien apoyó editorialmente, a pesar de su locura pro-abertzale de sus últimos años.

Pero, sin hacer un obituario de una persona a la que sólo atisbé no puedo por menos que recoger este párrafo, que resume lo que ha pasado en miles de pueblos españoles, en ese proceso de “envilecimiento estético”, como le llamaba don Julio Caro Baroja.

Berrueza ya no es el pueblo adonde llegó mi madre. En realidad ya no existe. Mejor es de eso no hablar, mejor intentar olvidarlo. Donde hubo torres y casonas de sillería construyeron bloques de cuatro o cinco plantas con ladrillo barato y cierres de aluminio, calles estrechas sin aceras llenas de coches donde había prados y muros de piedra. Un alcalde y tres o cuatro promotores se hicieron ricos y se fueron a vivir a otra parte, a burgos o a Bilbao en la mayoría de los casos. Lo único reconocible, lo único que ha quedado como era, es el cementerio.

Berrueza es, o era, un pueblo de la provincia de Burgos. Así también, por ejemplo, Linares, donde mi abuelo no dejaba de acudir a su feria taurina, Madrigal de las Altas Torres, Simancas (sí, hasta Simancas, donde está el archivo), Calatayud, Vinaroz, pueblos de nombres antiguos donde los constructores y alcaldes se han ensañado -y, me temo, siguen ensañándose- con el mal gusto que nos suele caracterizar. No hay más que ver la diferencia entre Ayamonte y Vila Real de Santo António o entre Tuy y Viana do Castelo, o Elvas y Badajoz, o Bourg Madame y Puigcerdá, para comparar y evaluar nuestro irremediable desastre.

La España vacía, que se ha convertido ya en un lugar común, es la España vaciada y desfigurada, las aberrantes construcciones, que no sólo han destruido lugares como La Manga, sino los más humildes, medievales pueblecillos, que fueron bellos mientras no había ‘desarrollo’. En cuanto tuvimos dinero, a destruirlos.

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