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Joaquín Romero y Murube, poeta sevillano (1904-1969)

El verano transcurre lento, vuelve el calor y en esta jiennense Sierra de Segura, donde hablan de Andalucía como si estuviese muy lejos, reencuentro en las siestas los libros que están en la leñera, pues en la casa ya no hay sitio -pero es lugar seco y sano para el papel viejo-. Entre ellos, unas poesías de Joaquín Romero y Murube, ese poeta sevillano que pocos recuerdan. Corrió la suerte cruel de la guerra civil por pertenecer -que no quería, pero era conservador- al bando llamado vencedor (¿vencedor de quién si todos perdimos?). Así, como los hermanos Álvarez Quintero, fue excluido del parnaso de los poetas. Y, sin embargo, pertenece a esa tradición del Bajo Guadalquivir, de la que formó parte también Fernando Villalón-Daoiz o el también muy olvidado Adriano del Valle.

Con Jorge Guillén y García Lorca

Lo dejaron al cuidado de los Reales Alcázares, escribió sobre Sevilla (¡ah, cuando los poetas escribían libros para el turismo sabio y elegante!), y quedó relegado, él, tan amigo de Federico García Lorca, a ser un poeta de provincia.

Sus libros han sido publicados con demasiada parsimonia y es muy difícil encontrarlos, si no es en Sevilla, y en ediciones a menudo patrocinadas por entidades, como lo fue el ayuntamiento de Los Palacios y Villafranca (que, a veces, los ayuntamientos sirven para algo).

Era un poeta sensual, elegante y de una cultura clásica considerable. Releer sus poesías es entrar en el fondo de la Baja Andalucía, en Córdoba, Sevilla y Cádiz (en patinillos angostos/de fenicias jardinerías), de cuando en el aire de los pueblos olía a pan, de los crepúsculos en la ciudad,

Dorada luz que por tus calles corre,
que se hace flor y por balcones fluye,
que se hace aliento y por las venas huye
o se hace brisa y cristaliza en torre.

La mujer como ideal y realidad, como sueño, en Canción con ella

Aquella luz de las doce
sobre el silencio del campo.
Aquel jardín en su monte
sobre la ciudad y el llano.
Aquella blanca columna
y aquella glorieta en arcos…
Todo en tu voz y en tus ojos.
Todo en ti y entre mis brazos.

Los olivos, dulcemente,
subían collados mansos
hacia invisibles contornos
de soledades y pájaros.
No era el ruido del mar
el viento en los pinos altos
pero era voces marinas
jugando al mar en los llanos.

Ese erotismo antiguo del amante andaluz, con la elegancia lejana y alta, ese que recuerda a Ibn Hazm de Córdoba, sugiriendo esbeltez y deseo en La canción de las trenzas,

Mis trenzas largas
que pesan en mis pechos
como miradas.

Y las adelfas
tienen hambre maldita
de mis dos trenzas.

Escribió sobre sus amigos, como Federico, su amigo desaparecido, en A un amigo muerto, cuyo asesinato le amargaría toda su vida

He subido las calles de Granada
para buscar tu luz y tu gemido …

Y quién no recuerda nuestros sueños juveniles, nuestros deseos en las siestas, tal en nuestro pulso adolescente que se enervaba en las siestas, (cuando la albahaca estaba desnuda y penando…)

¡Y no me podré dormir
sobre el frío de mi almohada
porque un aroma de patio
entra en mis venas y abrasa!

Y hasta Portugal, ese Portugal y Lisboa que los poetas sevillanos siempre estimaron y donde se miraron, como en su romance de San Antonio o de los plateros de Lisboa.

Romero Murube tiene, entre otros muchos, un libro fastuoso sobre Sevilla, Sevilla en los labios, uno de los mejores textos que existen sobre la ciudad.

Nota: En la Fundación Cultural Miguel Hernández hay una breve pero expresiva semblanza del poeta y escritor de Los Palacios.

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