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¿Campo o ciudad?

Vivir en el campo o en la ciudad es nuestra duda. La pandemia mundial ha vuelto a poner de relieve el eterno dilema de si preferimos vivir en el campo o en la ciudad. En España la llamada de los campos abiertos, de las casas más separadas, con espacio alrededor, es sentida más que nunca, pues tenemos ciudades apelmazadas, con un urbanismo desgraciado que nos hace vivir en cubículos y colmenas sin gracia, desde Badalona a Leganés, de Dos Hermanas a Irún.

No es extraño que queramos huir de las ciudades. Las partes modernas de las ciudades y pueblos españoles no tienen gracia ninguna. Por ejemplo, en Mérida lo último -y único- bello lo hicieron los romanos, en Granada, los árabes y en Valladolid fueron demolidos centenares de conventos e iglesias, no por los consabidos rojos sino por los especuladores inmobiliarios de los años cincuenta y sesenta, que continuaron. Y así sucesivamente por toda la piel de toro.

Pero en el campo no todo son maravillas. Nuestros pueblos, esos pueblos de la España vacía que Del Molino ha expuesto tan bien, no son la panacea.

Faltan muchas cosas para que la vida en los campos españoles sea atractiva de forma duradera, como por ejemplo:

Trabajo interesante para los jóvenes, sin que el trabajo moderno, el teletrabajo, pueda prosperar mucho debido a la poco fiable y estable cobertura tecnológica del territorio.

Escasos transportes públicos rápidos y confortables, pues el tren cada vez llega a menos pueblos y las líneas de autobuses son indignas de un país de la Unión Europea. Para llegar a la inmensa mayoría de los pueblos de España no hay más solución que el automóvil privado.

Ocio cultural inexistente. En la mayoría de los pueblos la única ocupación es el bar, la bebida, o la televisión adocenada. Las bibliotecas municipales, algunas bastante bien dotadas, están casi siempre desiertas. En consonancia con ello, en la mayoría de los pueblos es difícil encontrar periódicos y revistas que no sean los locales o provinciales. Librerías no hay.

Así, el lirismo de la vida virgiliana se desvanece a las pocas semanas. El silencio es alterado por las máquinas agrícolas, fumigaciones, cortes de ramas, y hasta recogida de aceituna, todo gracias a las fenomenales y ruidosas herramientas Stihl, esos artilugios austríacos que tanto sueño nos quitan y tanto trabajo de los agricultores facilitan.

Hay que tener mucha vida interior para vivir en el campo viniendo de la ciudad. Es imprescindible tener ocupaciones, aficiones, ganas de descubrir el campo y los montes, hay que tener amigos para compartir conversaciones y paseos, lo que para los que vienen de la ciudad no es siempre fácil.

Para los jóvenes que viven en los pueblos es todavía más difícil porque no hay grandes perspectivas ni de trabajo ni de un ocio creativo, enriquecedor. Hay deporte, hay muchos voluntarios que entrenan jóvenes, pero eso está restringido a una minoría con ganas.

Por ahora, las ciudades, a pesar de sus fealdades y de su densidad inconfortable e insoportable ofrecen más vida, más futuro, más alicientes. La vuelta al campo no es para hoy, a los pueblos les queda mucho por hacer.

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