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Don Amancio Martínez Ruiz, lejano recuerdo

Los niños éramos dispersados ordenadamente cuando tío Ramón Martínez reposaba o leía. Y más, cuando su hermano, don Amancio Martínez Ruiz, vestido como del siglo XIX, con botines y un lazo en el cuello almidonado de la camisa, correctísimo a pesar de los calores, bajaba con un libro al casinillo a leer entre los árboles, olmos y chopos, un júpiter. No se podía molestar. Más que un recuerdo es casi un sueño, pues hace tantos años…

A tío Ramón Martínez le añadíamos el apellido para distinguirlo de los varios tíos Ramones de la familia.

Don Amancio pasaba temporadas en el cortijo de Catena, en la sierra de Segura, donde en los veranos se recogía su hermano Ramón, el médico; don Amancio no gozaba de la simpatía de su cuñada, mi tía Carlota. Desdén recíproco, irremediable, que el tiempo nunca aboliría.

Su hermano, Azorín, sin embargo, no vino nunca por estas tierras. Madrid, Monóvar y su Collado de Salinas, París, eran sus lugares en el mundo, así como Castilla y el País Vasco. En la provincia de Jaén no se le había perdido nada. Con Ramón se reunía, de tarde en tarde, en Madrid o en Monóvar. Nos hubiera gustado que dejase sus impresiones en su límpida prosa.

No ha dejado nada publicado don Amancio y es una lástima pues conoció personalmente a media generación del 98, era muy culto y agudo y sabía escribir. La tertulia El Caletre, en Madrid, en la calle de Alcalá, fue uno de sus territorios; a ella acudía incluso mi abuelo, otro Ramón, en sus esporádicos viajes a Madrid, donde adquiría algo del barniz cultural del que tanto carecía en el pueblo y en los cortijos. Don Amancio, con humor y sin ápice de presunción, decía “que a las greguerías, él respondería con las caletrerías” (que nunca publicó y no sabemos qué fue de ellas).

Aunque a veces los hermanos se hacen sombra unos a otros, como suele el padre insigne dejar en minúsculas a sus hijos aun sin proponérselo, Azorín evoca con cariño a su hermano Amancio. Entre otros papeles, en sus Memorias Inmemoriales, en el capítulo XXIX, Amancio. “Su expansividad encubre un meditar continuo; merecía un pasar holgado, que otros, gente baldía, tienen”.

“Cuando Amancio vio que avanzaban los años, consideró con cierta melancolía su reclusión en el cuartito lóbrego. Al abandonar Madrid, abandonaba lo más dilecto para él: la vida ciudadana y su tertulia en el café”.

Volvió al paisaje sobrio del Collado de Salinas, a la antigua casa familiar, a ese cuarto con tejavana que menciona Azorín. Se llaman de tejavana a los techos de mera teja, sin cámara de aire, directamente las vigas y el tejado. Es paisaje de montecillos, de almendros, olivos y algún pinar oscuro. La sierra del Cid, “con el peñón ingente”, preside la comarca. Tierra gris. Eran entonces , 1929, 1950, bellos todavía aquellos pueblos, Petrel –“con sus huertos placenteros”-, Elda, Yecla, hoy conglomerados de inmensos bloques de ladrillo rojizo sin orden ni concierto, sin personalidad. El paisaje, afortunadamente, permanece.

“Olivos, vides, almendros, higueras. Una serenidad inalterable: la seguridad gratísima de que esta quietud no ha de ser alterada. Y las horas que pasan, lentas, en el trabajo placentero. Cuartito a tejavana; el techo con troncos de pino, sinuosos, nudosos…”

Así, Amancio en el Collado de Salinas.

“Amancio es un estoico y sabe sobreponerse a la adversidad. Cuando van parientes al Collado, se esparce con ellos; cuando está solo divaga por el monte y lee …”.

Los Martínez Ruiz eran todos insignes en su propio campo. Ramón, como médico en La Puerta de Segura, donde fue destinado inicialmente a luchar contra el paludismo, la hermana María que Azorín encomia y ama, el propio Amancio, que escribió mucho pero no publicó. (Don Amancio, Monóvar 1878-1967).

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