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Muriel (octavo -antiguo- retrato lisboeta)

e para ver-te verdadeiramente

e na tua visão me comprazer

indispensável era evitar ter-te.

Ruy Belo

La primera vez que la vio fue en la Livraria Luso-Espanhola que estaba en el 88 de la rua Nova do Almada, muy cerca de la antiquísima y noble Livraria Ferin. Ella estaba buscando, le contó luego, un libro sobre el Vaticano, sobre la historia de los Papas. El se presentó y ella recurrió a él, como español, para que le recomendase algún libro. No tenía Félix mucha imaginación en ese momento pues toda su atención se había quedado centrada en la figura de ella. Pelo negro, recogido, piel mate, con esas gotas de sangre foránea que hacen el exótico encanto de tantas mujeres portuguesas, pómulos altos, ojos profundos, expresivos pero suaves, separados, rasgados, como en un leve sueño, boca ancha, voluntariosa. Esbelta, con el busto firme, hombros altos, manos finas.

El trabajo le llevaba a la capital portuguesa unas cuantas veces al año. Sólo el tren aseguraba entonces el enlace de Madrid con Lisboa; un tren nocturno de una lentitud exasperante, decimonónica, de posguerra. Acabada su ocupación meramente comercial, café, corcho, telas, sus estancias en Lisboa las dedicaba a divagar por los barrios menos conocidos, alejándose de su hotel, en Restauradores. Se dedicaba sobre todo a rebuscar viejos libros en francés, ese libro inesperado que podía aparecer en las librerías de lance que abundaban entonces por el centro de la ciudad. No era bibliófilo sino lector.

Muriel trabajaba en la radio, una radio que se especializaba en información y música. La guerra había acabado y empezaban a menudear los conciertos, las visitas de afamados músicos que incluían Lisboa en sus giras. Un público anglófilo, fiel, acudía a los conciertos y la radio cubría aquellos eventos con gusto y elegancia. Muriel aseguraba la calidad y el contenido de las emisiones con una voz lenta, clara, de dicción perfecta. La escuchaban en todo Portugal.

Ella lo llevó por otros caminos. Le invitó a acompañarla al Teatro São Luis, al São Carlos. Le presentaba amigos, celebridades, entre ellos a los hermanos Katz, en cuya casa asistió a un concierto privado. Le abrió a los violines de Paganini, a la música de Marcos Portugal.

Descubrió otra ciudad, aprendió mejor la lengua portuguesa, compró libros de poetas portugueses. Iban por el Jardim do Torel, el mirador de Monte Agudo, en los tranvías hasta los barrios nuevos y anchos por la avenida da República, por las calles estrechas y sinuosas que bajan por las laderas de Graça entre palacios decrépitos y casas tambaleantes.

En apartados, silenciosos cafés de luz incierta ella le recitaba en voz baja, en esa voz tan bella que él llevaría siempre grabada igual que se recuerda un perfume, poemas antiguos.

Moça fermosa despreza
todo o frio e toda a dor
olhai quanto pode Amor
mais que a própria Natureza.

Muriel había quedado viuda muy joven con un hijo de corta edad. Aun llevaba la alianza en su anular izquierdo. Provisionalmente vivía en casa de sus padres cerca de Lisboa, en Algés. Su padre era un especialista en medicina tropical y su contacto con sudafricanos e ingleses en Mozambique eran la razón de su nombre. Era una casa con jardín, con un quintal, como dicen, Vila Claridade, de gusto falsamente normando, que habían heredado de sus antepasados, “algo pretenciosos”, le decía ella, disculpando el estilo. A veces se había acercado en un taxi a recogerla, por la avenida dos Combatentes da Grande Guerra.

En los conciertos, Félix disfrutaba, con una especie de picor en las yemas de los dedos, de su proximidad en medio de todos aquellos amigos, de una intimidad intangible. Todos conocían a Muriel y muchos parecían pretenderla. Félix, no sin algunos celos, ciúmes, comprobaba cómo los más insolentes, de sonrisa satisfecha, envolventes, intentaban cortejarla y apartarla del castelhano. Pero al acabar los intervalos y la función, tras los últimos saludos, ella siempre se le acercaba y volvían despacio, rua Garret abajo, en las templadas noches del otoño lisboeta.

Muriel era conservadora, tímida, a pesar de ser locutora y periodista. Cuando alguna vez subía a buscarla, en los estudios, ella lo saludaba con una cortesía distante para que sus compañeros no sospechasen nada. ¿Qué iban a sospechar, se preguntaba Félix? Sólo que iban juntos, públicamente, a algunos conciertos cuando él recalaba unos días en Lisboa, y que iban al almorzar al Bairro Alto, al pequeño restaurante de un italiano en una esquina de la rua da Rosa, un lugar discreto, sosegado, donde se podía hablar tranquilamente.

Alguna vez había ido a esperarlo al andén, temprano, a su llegada a Santa Apolónia. Salían de la estación -ajetreo de porteadores y taxis- e iban a un café por el Largo do Trigo, el primer café del día. Luego, él se quedaba en el escritorio del despachante en la Baixa y ella subía hacia los estudios. Mañanas esplendentes sobre el Tajo.

Un día, al volver de un concierto, al bajar por las escadinhas de la Calçada Nova de São Francisco que sirven de atajo entre la rua Ivens y la Nova do Almada, se detuvieron, él en el escalón inferior, sus bocas a la misma altura. Ella, inquieta, recelosa, miró a los lados. No hay nadie, le susurró él, exaltado. Al día siguiente Félix volvía a Madrid.

El viajaba mucho por la península, sobre todo a los puertos, a Bilbao, Vigo, Cartagena. Quería olvidar aquellas escadinhas, pensaba que ella, viuda y tan católica, no aceptaría al hijo de un exilado, agnóstico, indiferente a todo lo que fuera religión. Pero un mes después, en el hotel Dardé, donde Félix paraba en Madrid, al volver de un viaje a Barcelona (el corcho y las telas, siempre), le esperaba un telegrama azul de Lisboa, “tenho saudades suas”. Se las compondría para ir a Portugal, inventando un contrato, una gestión inaplazable.

(…)


Pasaron unos años. En un viaje más largo a Lisboa (ya en avión), subió a los estudios. Anduvo entre puertas acristaladas, escritorios de madera y pisos de parqué, aplicadas mecanógrafas tras las mamparas, el sosegado desorden de la emisora. Muriel estaba de baja por maternidad. Supo que se había casado con un profesor de matemáticas (al fin y al cabo es sabida la relación entre las matemáticas y la música, dos lenguajes universales, pensó él con amargo sarcasmo). Su trabajo cambió, fue ascendido y ahora era un portugués quien debía venir a Madrid o a Barcelona a cerrar los negocios. Nunca más quiso volver a Lisboa. La indecisión y la duda habían sido siempre sus principales defectos (menos para firmar contratos comerciales), pero esta decisión final la mantuvo. Indispensável era evitar-te.

(…)

Entre los papeles que dejó Félix en su pequeño piso en Madrid de la calle Constancia, en el barrio de La Prosperidad, junto a muchos libros -tanto libro francés…-, encontré unos en portugués con la etiqueta azul de Livraria Luso-Espanhola, Lda., telef. 24917, Lisboa. Entre estos he encontrado una carpeta con las gomas secas ya partidas; he visto aquel telegrama azul, doblado, unos programas del teatro São Carlos de 1946 y 1947 y una fotografía, una sola, de una mujer que sonríe sentada en un banco de una avenida bajo la sombra de altos árboles y de palmeras, con la leyenda por detrás “Com o maligno desejo de que nunca possas me esquecer. M”. He sido el albacea de Félix y aun no sé qué hacer con sus papeles, sus cartas, sus fotografías que me resisto a quemar y no quiero que terminen en una caja de cartón en el Rastro, pasto de curiosos que riéndose las manoseen. Yo creo que Félix nunca la olvidó.

[Los versos en el texto son de Luiz de Camões]

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