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Veranos de otros tiempos

En las canciones es verano siempre

Luis Alberto de Cuenca

  • ¿Cuál es tu primer recuerdo?
  • Una calle oscura, lluviosa, un balcón. Abajo, un gran automóvil americano azul oscuro. Mi padre señalaba los pocos automóviles estacionados.
  • ¿Y después?
  • Saliendo de un taxi negro. Un avión. Llegar a una ciudad luminosa, una plaza con sol.
  • Una casa entre los árboles. Era verano. En un pilón se bañaban los niños. La piscina era para los mayores, que sabían nadar.

Eran los veranos de la infancia, veranos perdidos en el tiempo, cuando siempre aprendías algo, a nadar, a montar en bici, a leer, a conocer los árboles y los animales. A buscar caracoles en la hiedra después de regar. Eran los veranos de la primera edad del tiempo. O mejor, sin tiempo, el tiempo no existía. No hacía falta tampoco comprender, sólo ver, oír, respirar, estar.

Veranos largos, con mucha gente siempre, tíos, abuelas, primos, criadas, peones, muleros, gañanes, pastores, el hermano Vicente, el hermano Ventura, que traía una canasta con las primicias de su huerta todas las mañanas. No se hacía nada, salvo ir a bañarse a una alberca -pocos tenían las nuevas ‘piscinas’-, ir al monte, contar historias. Bajar al pueblo era una aventura, medio mareado de curvas y polvo por las carreteras de macadam, blancas bajo el sol, en autos calurosos que olían a carrocería y aceite quemado. A comprar Sacis en la tienda de Lillo.

Eras niño de la ciudad, niño de estufa, descubrías los animales, los gatos, las gallinas, los perros, mulos, burros, algún caballo. Y los animales salvajes, los pequeños reptiles, salamanquesas y tiros, los insectos, los escarabajos. Y los ruidos y los olores eran parte de la vida. Olores de los cuerpos, de cuando no se usaban tantos afeites, olor de los hombres trabajando, con el sano sudor, de las sirvientas, el almidón de planchar, el olor los domingos de los aparceros recién rasurados, con camisa sin cuello y loción Floïd. El crujido del charol de los zapatos de las criadas -que les regalaban los amos- para ir a misa.

Los mayores hablaban a veces en voz baja para que no supieras de qué hablaban. ¿Del padre y madre ausentes, cada uno en su país? Los silencios eran más expresivos de lo que decían, más importantes porque había siempre ese misterio de la vida, de un lugar desconocido, de aquella bruma en la que recordaba el taxi negro llegando a un aeropuerto donde, te decía él, ibas en avión para ir de vacaciones a España.

Se te quedó grabado para siempre el campo, su luz, sus sombras de árboles y montes, sus olores y sus ruidos, el calor entre las olivas y en el monte. Así fueron tantas vacaciones, esas vacaciones que se convirtieron en la vida. Pero no siempre era verano. Los veranos eran todo; el resto era un túnel en Madrid con el colegio, los deberes, profesores ceñudos y calles grises. Sólo las meriendas, el pan y chocolate, o el emparedado con mantequilla y jamón de York, leyendo tintines.

Como eran sólo tres meses, con la sacudida extemporánea y rara de alguna tormenta, que llamaban una nube, el tiempo no existía. Nada ocurría y sin embargo recuerdas aquellos meses llenos de acontecimientos. Todo era, al cabo, banal, rutinas de los campos y ganados, cuando la vida era casi sólo existir, sentir. Y al recordarla, detienes el tiempo como aquella flecha en el aire que parece no moverse. Hoy confundes aquellos veranos con tu niñez que quizás sólo fue eso.

Pero has ido pasando, o aquello pasó por ti. Y se cierne el invierno.

Los inviernos, que eran un misterio. Nunca ibas en invierno, partíais a finales de septiembre y no volvíais hasta finales de junio. ¿Qué pasaba durante el invierno cuando todos aquellos se podían quedar en los cortijos y debíais volver a la gran ciudad?

La lengua que habías olvidado, enterrado; la que habías aprendido y siempre te asombraba. Y allí hablaban de otra manera, decían otras cosas, hablaban de otras cosas. No era como en Madrid.

Catena

El cortijo grande, antiguo, lleno de patios y cámaras por explorar, esa Casería de Santa Matilde que se alza en un pequeño cerro que dicen fue castro ibérico. Está rodeado de chopos y almotejas, olmos, y dos acequias corren por sus cuestas. Es centenario y las hiedras y las higueras, los olivos más afuera, van rodeándolo, protegiéndolo.

Con Ramón Campos eran largas lecturas de El Jabato y El capitán Trueno que él subía del pueblo en su bicicleta negra, una vieja BH. Mientras leías, en el cuarto blanco se oía el zureo de las palomas arriba, en el palomar.

Los cortijos entonces tenían cuadras, los animales, las bestias, eran parte de nuestra vida y la paja mojada, el estiércol, la piedra de salegón en los establos, eran otro lugar de exploración.

Anochecido, con los primos, jugabais de rodillas a hacer una procesión y tía Carlota, en su mecedora, os iba ‘bendiciendo’: “Yo soy el obispo de Roma, y para que te acuerdes de mí, toma”.

No había luz eléctrica y el misterio se cernía cada noche. La luz de la casa era amarilla y recuerdas los candiles de bronce de Riópar con sus torcías empapadas en aceite de oliva que apagabais para asustar a las primas cuando ya las escaleras estaban a oscuras. “Es noche”, decían, o “ayer noche”, como decían “está nublo”. La oscuridad era una presencia permanente que invocaba leyendas y patrañas. Y cuando amenazaba nube, ponían las palometas en aceite, encendidas frente a una estampa, para conjurar el peligro.

Las grandes alacenas olían a harina candeal, a rancio y al poso del aceite en las hondas tinajas. Las criadas te daban la ternura que la madre ausente, ignorante, nunca te dio.

Una mendiga de negro, en harapos, venía a pedir pringue con su hijo descalzo y famélico de la mano que te miraba, que tenía tu edad. Le daban un pedazo de pan, vertían aceite frito de la matanza, con sabor, en su alcuza y se iban por el carril abajo, desapareciendo, furtivos, huidizos, entre los árboles.

A la entrada del carril, la carrascona, que aun está, en cuyo agujero vive el lagarto viejo y verde. Por el carril por el que suben renqueando, en primera, los Seats bicolores y el camión de Rebulle de antes de la guerra con los guardabarros abollados y los faros bizcos.

La trilla, la aventadora Ajuria, un viejo tractor Mc Cormick, rojo, casi escondido bajo los chopos y las hiedras donde te subías a girar el volante, el casinillo donde iba a leer el hermano del escritor, escritor quizás también él, elegante, y al que no se le podía incomodar. Acontecimientos intrascendentes y deshilachados que se los llevaba el aire, como a la parva y al bálago de las eras.

Mucho más abajo, escondida entre unas pobres olivas, la choza del Julián y la Elvira, donde, en medio de la suciedad y la miseria, eran felices y siempre sonreían. Estaba en el camino a la fuente donde por las tardes bajaban las criadas con el mulero y los cántaros y botijos. Hacia mediodía, cruzando la carretera, el ‘cortijo feo’, de piedra, rodeado de pinos y chaparras, solitario, vacío.

Las conservas de tomate que se guardan en botellas verdes y desfarfollar panizo, todas las mujeres riendo y contando historias viejas mientras los hombres fumaban, callados, en la puerta del patio.

Monte arriba, la cueva Zorrilla y la Sima de la Loca, a donde no dejaban subir a los niños, sólo los primos mayores tenían ese derecho.

Chipiona

Sobre la marisma
la torre bermeja.
Vientos de los mares
salitre le dejan…

Joaquín Romero Murube

Jugabais a la guerra porque había restos de pequeños bunkers de hormigón con troneras de hierro oxidado, medio hundidos en las dunas, y más allá de las rompientes unos pecios, barcos, decían que ingleses, cuyos restos estaban medio sumergidos y aparecían con la marea baja, espectrales, negros y amenazantes. Helicópteros de la base de Rota sobrevolaban la playa y desde la cabina de cristal os tiraban chicles mientras corríais por la arena, saludándoles. Eran como los héroes de la televisión, Pájaros de Acero.

En la playa aparecían medusas y las pequeñas rayas que tenían electricidad en un punto verde y en los jardines, entre las buganvilias, los camaleones. La hermana pequeña, con su eterno bañador rojo con volantes. No sabíais nadar todavía y la arena era vuestro fortín.

La estación de Jerez de la Frontera, la noche calurosa al llegar el expreso de Madrid, el Mercedes 190 gris que os esperaba para llevaros hasta Chipiona, cuyos asientos picaban. El único Mercedes en que te habías montado era un 90 con palanca de cambios en el palier, que los Salinas trajeron de Guinea, con su matrícula TEG. Por los llanos, los molinos de viento metálicos para sacar agua, girando lentos entre alguna palmera, sobre los huertos con cercas de caña.

En Regla, la capilla con el esqueleto de la ballena. Por el pueblo, las calesas con toldos de lona y rucios flacos.

El Hotel Sur de Paco Cotro, blanco, con un comedor luminoso y las eternas ensaladas de remolacha. Él, atento, cuidadoso con los clientes (un torero de postín, familias sevillanas de hijos rubios y pecosos que a los jerseys les llaman yerzis) paseaba entre las mesas, por la terraza de mármol, impecable en su terno de lino blanco, cara de libanés, bronceado, con bigote lineal y una boquilla con el eterno cigarrillo. El padre llegaba de visita desde un pueblo no muy lejano en su motocicleta y os paseaba y os compraba helados en el pueblo.

Albaladejuelo

Bajo el Castillo de Altamira, la antigua torre mora, una aldea donde viven Leoncio y otros pocos, familias de peones pobres.

Bonifacio y Felicitas. El se levantaba antes del amanecer para echar de comer a las vacas y a las chirras que mugían agradecidas. Echarle a los marranos el salvado y las mondas de las patatas y oír como mastican ruidosos, húmedos, chapoteando sus fauces en las gamellas de madera, talladas en un tronco, gruñendo de placer.

Contar o inventar películas trepados en los frutales de la huerta durante las siestas, mientras los mayores descansan.

Nadar y montar en bici. El te trajo tan contento una bicicleta roja, pero era de segunda mano y te desilusionó (luego te arrepentirías, como tantas veces en su vida te has arrepentido) de haber sido tan desagradecido. Piensas que quizás tu vida ha sido una sucesión de ingratitudes.

Cuando os portabais mal Ramón padre os castigaba, con cierta zumba, a cada uno en una esquina del cortijo. El castigo duraba unos cinco minutos.

Gijón

En Somió, oculta por unas hayas rojas, la vieja casona de tejados muy inclinados -entonces llovía más-, de ventanales medio cerrados y ocultos por la vegetación que trepa por los muros descascarillados, quebrados y deslucidos de humedad. La anciana, viuda de un militar que quizá hiciese la guerra de Cuba, avara pero tierna y amable, desbordada, extraviada por una vida que se prolongaba sin más sentido y porque su única hija, Manolita, la había abandonado, esperando ávida el óbito y la herencia. En las vitrinas, las vajillas y cuberterías que no se usan, mientras en la cocina sólo hay cubiertos desparejados y cuchillos sin filo. Camas desvencijadas, medio hundidas, cubiertas por colchas floreadas y con flecos, raídas, también de cuando Cuba. En las paredes, cuadros oscuros de paisajes de otros siglos y daguerrotipos enmarcados.

Bajáis a Gijón en el tranvía, pasando la Laboral. En la playa, con jersey, sin amigos, familias del norte calladas y elegantes. Y las casas de comidas con camareros viejos de chaqueta blanca gastada y andares resueltos y urgentes, sin mucha simpatía por aquella señora sola con dos niños que pedía un salero y se lo tiraban en el mantel con un golpe como un pedrusco.

Los helados de Sirvent, un valenciano, con nata de verdad, antes de volver a la casa tristona y oscura, donde solamente los tebeos y algún libro de Enid Blyton te entretenían a tu hermana y a tí.

Huele a vacas y a heno y en el puerto ves casi por primera vez los barcos y las gaviotas que gritan entre los mástiles de los pesqueros.

El Molino

La radio de tío Ramón, sentado a la sombra inmensa y fresca de la noguera. Con Isidro o Vicente dándole conversación, ellos con su tabaco verde, sus petacas y chisqueros de mecha amarilla, él con el puro de picadura cuyas chispas le van haciendo agujeros en la guayabera gris y la garrota entre sus piernas. Los hombres del campo, viejos ya, con la sabiduría tranquila, el aplomo que no dan las aulas ni las escuelas, que casi no había en su tiempo.

Unos periódicos de la provincia -donde a veces escribe tío Ramón artículos sobre agricultura, olivos y las mejoras necesarias para el campo jiennense-, y la colección entera del Reader’s Digest donde lees historias americanas.

Pasadas las huertas, la piscina donde aprendes a tirarte de cabeza, dejándote caer despacio, encogido y al tocar el agua estirarte, tratar de enderezar las piernas y no caer como un buñuelo en una sartén.

Abajo, el riachuelo donde hay ranas, peces, alguna bicha. Con una caña y un bramante has pescado alguno, casi sin querer. Hacia el monte, una alberca llena de obas, mucho más interesante que la piscina.

Y el camino de vuelta, por Machacón, bordeando el monte, entre olivar y pinos, bajo las piedras, alacranes; cuando llegas a Cristales ya se ha pasado el efecto refrescante de la piscina. A veces acompañado por Grillera.

Grillera apareció un día en la obra, cachorra juguetona que saltaba tras los grillos y los albañiles la bautizaron así, le echaban las sobras y la adoptaron como mascota. Grillera se sabía mejor que el catastro los límites del cortijo y sólo ladraba a quienes traspusieran aquella barrera invisible. Cazadora, humilde y parca, fue fiel compañía por el monte y los caminos entre olivares, siempre delante y alerta. Pero cuando te acompañaba por otra propiedad te seguía unos pasos atrás, prudente; si notaba que era mal recibida daba media vuelta y se volvía a su cortijo, a Cristales, donde esperaba tu vuelta aplastada a la sombra del único chaparro que allí había, junto al carro, algo desolada. Cuando te seguía al Molino, tío Ramón no le daba la bienvenida y le decía muy serio “¿Y Cristales?” Y la Grillera se volvía, sumisa, las orejas gachas.

Cristales

En el sitio del Centenar, con la Viña del Hondo y la Viña de la Solana, perdidas cuando la filoxera, en aquel lugar donde hubo una casa del que llamaban Antoñillo Cristales porque llevaba anteojos, que sería comprada en 1836 tras la primera Desamortización, en tierra de una vieja e improductiva capellanía, allí se alzó una nueva casa en 1962. El rutilante Seat 1400 C gris marengo M-344.610 estacionaba, solemne y polvoriento, junto a la camioneta de los materiales. Apartados, cerca del portón del patio, el tractor Ebro azul y el viejo carro, Segura de la Sierra nº 1.

Recordar el tedio como forma de vida, la tristeza de las tardes secas de septiembre donde ya todo había sido agotado y ya habías leído todos los libros y terminado los cuadernos de vacaciones. Allí ibas creciendo hacia la edad monótona e inquieta de la adolescencia.

Y, al fin…

Pero no eran veranos de estudio ni lectura, ni aprendías nada que pareciese muy difícil, andar por los campos labrados, sortear los gasones, coger garbanzos secos que sonaban como sonajeros; tiempo después te diste cuenta de que si sabes los nombres de algunos árboles, si aspiras el halo de los montes, si te inclinas ante la sabiduría antigua y humilde los viejos, a esos veranos lo debes. Viste el mar, el del norte y el atlántico, recorriste la variada geografía del país al que volviste. Aprendiste sin libros ni lecciones el sol inclemente, las sombras, las vertiginosas tormentas que dejaban olor a tierra mojada y montes oscuros. Todavía los sientes, los montes que se oscurecen tras la tormenta y los olivos que cambian de color, y sigues viendo ese mismo mundo como entonces lo veías. El tiempo, aunque todo lo oscurece, no ha empañado -todavía- aquella luz.

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