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Carolina Coronado en Lisboa

La versión portuguesa de este artículo ha sido publicada en el Diário de Notícias la semana pasada https://www.dn.pt/opiniao/opiniao-dn/convidados/carolina-coronado-13066707.html

El Palacio da Mitra, en Marvila, un barrio oriental de Lisboa que en el siglo XIX era lugar de veraneo, de palacios y quintas rodeadas de jardines, antes del ferrocarril y las industrias anejas al puerto. Este palacio, perfectamente conservado por el ayuntamiento de Lisboa, albergó a Carolina Coronado hasta su fallecimiento en 1911. Debemos pensar que, como en tiempos romanos, para un extremeño su lugar natural, su centro neurálgico deba ser Lisboa. Emérita Augusta era, recordemos, la capital da la Lusitania. Hoy, es Lisboa la que atrae a los extremeños, como Barcelona a las gentes de Toulouse o Montpellier. Las capitales políticas son un añadido institucional que poco tiene que ver a veces con las tendencias geográficas, humanas, de un pueblo. Es casi natural, lógico, que doña Carolina Coronado eligiese Lisboa para sus últimos cuarenta años, desde 1874, cuando su marido adquirió el palacio.

Me muestran la sala donde estuvo su despacho, desde el que podía contemplar el Mar de la Paja, ese remanso del Tajo cuando llega casi a su fin. Allí contemplaría, ya sola, pues Perry murió en Lisboa, como su hija Carolina, los amaneceres de vapor dorado o de nieblas opacas, o pasaría las tardes viendo caer la tenaz lluvia, esa lluvia que sólo caía en el siglo XIX, mientras escribía lentamente.

Sacarla del olvido no es difícil si se indaga. Mercedes Formica ha evocado en sus memorias (1931-1947, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2013) a esta lejana pariente suya. Ramón Gómez de la Serna escribió su biografía en 1935. Un diccionario de la lengua española que le perteneció estuvo hace poco a la venta en la librería de mi amigo António Trindade, en la rua do Alecrim. Hasta Pere Gimferrer le dedica alguna página de sus excelentes dietarios. La Biblioteca Nacional le dedicó una interesante exposición en el centenario de su muerte, en 2011, que se puede consultar en http://www.bne.es/es/Micrositios/Guias/FolletosExposiciones/resources/docs/FolletoExpoCarolinaCoronado.pdf

La escritora y poeta Carolina Coronado, como Ramón Gómez de la Serna, el amigo de Almada Negreiros, Gonzalo de Reparaz, Unamuno, Josep Pla, Matilde Ras, Adriano del Valle, Angel Crespo y muchos más, demuestran que hay bastante o mucho de tópico en eso decostas voltadas’, vueltos de espaldas. No es tan así; muchos españoles egregios han mirado a Portugal, muchos han conocido y elogiado este país, su pueblo, sus paisajes, sus escritores y artistas. Don Juan de Borbón -abuelo del rey de España- en Villa Giralda, Estoril, José María Gil-Robles, líder de la CEDA, don Pedro Sainz Rodríguez, el erudito, académico y político franco-monárquico, en la rua Alexandre Herculano número 5, y así muchos más, sin contar exilados carlistas como los Olazábal, o Bulhão Pato, hijo de bilbaína (sus almejas son en realidad las almejas a la bilbaina, así, sin acento en la i). Hasta Ramón Carnicer, también extremeño que en Las Américas peninsulares hace un elogio de la belleza de los pueblos al otro lado de la Raya. Sólo uno, que vivió largos años en la avenida 5 de Outubro, José Ortega y Gasset, pasó sin dejar un párrafo -tan prolífico él- dedicado a su patria de adopción; ingrato.

Además, hay una diferencia fundamental: aunque se mirase mucho a Francia -intelectualmente-, hacia Portugal lo que ha habido siempre es afecto, amor, amistad. Con Francia era admiración, pero afecto, poco. Y menos con Bélgica, Inglaterra u otros. Con quien de verdad los españoles siempre se han sentido próximos ha sido con los portugueses (y con los italianos).

Carolina Coronado nació en Almendralejo en 1820 (no busquen su casa pues ya no existe: fue demolida para hacer un bloque de pisos horroroso de esos que “engalanan” muchos pueblos españoles). En Almendralejo también nació Espronceda, que la admiraba y le dedicó unos versos:

Dicen que tienes trece primaveras
y eres portento de hermosura ya,
y que en tus grandes ojos reverbera
la lumbre de los astros inmortal.

Juro a tus plantas que insensato he sido
de placer en placer corriendo en pos,
cuando en el mismo valle hemos nacido,
niña gentil, para adorarnos, nos.

Torrentes brota de armonía el alma;
huyamos a los bosques a cantar;
denos la sombra tu inocente palma,
y reposo tu virgen Soledad.

Mas ¡ay! perdona, virginal capullo;
cierra tu cáliz a mi loco amor;
que nacimos de un aura al mismo arrullo,
para ser, yo el insecto, tú la flor.

Tuvo ella muchos amigos portugueses, entre ellos doña Sofía Burnay, condesa de Mafra. Era una personalidad que deslumbraba, entre ellos a Alexandre Dumas cuando éste recaló en Madrid, a quien le regaló un frac para que se presentase en los actos sociales. Fue amiga personal de Isabel II. Estuvo casada con el diplomático norteamericano Horace Perry.

Precisamente gracias a su marido pudieron acoger en 1866 a Sagasta y a Castelar en la Legación estadounidense en Madrid, evitando que fuesen pasados por las armas cuando eran perseguidos por O’Donnell tras la sublevación de los sargentos de San Gil que habían apoyado. Perry logró hacerles salir de España, a París, a un exilio que se prolongó hasta 1868. Esto nos lo cuenta el también olvidado erudito granadino Natalio Rivas.

Doña Carolina fue una mujer liberal, culta y cosmopolita, algo raro entre los españoles de la época. Perteneció a esa generación de mujeres ilustradas como Gertrudis Gómez de Avellaneda o Rosalía de Castro -a la que no considero mejor que Coronado-.

Hoy, de doña Carolina nos restan pocas memorias, entre ellas el retrato que pintó Federico de Madrazo y una estatua en Badajoz. En Portugal, ninguna. ¡Ah! ¡Si en vez de ser española hubiera sido francesa o inglesa!

En la revista Límite, la profesora María Jesús Fernández García le dedicó un extenso estudio: http://www.revistalimite.es/volumen%209/08%20fdez.pdf

Carolina Coronado escribió varias novelas históricas, entre ellas La Sigea (Luisa Sigea fue una erudita castellana del siglo XVI), donde uno de los protagonistas es nada menos que Luis de Camões. También dejó otros poemas a Portugal, como El terremoto de Lisboa, o como este, desde la frontera:

La amapola de la raya

Siempre al tender mi vista por el llano
del ámbito campestre que me encierra,
he visto el horizonte lusitano
lindando con los prados de mi tierra;
y he dibujado con mi propia mano
su hermoso valle y su cercana sierra
y he cogido las dobles amapolas
que ni son portuguesas ni españolas.

Una corona roja que mecía
la fresca brisa del humilde Caya,
de una amapola que nació en la raya
el nombre de ambos reinos confundía; …

O el que dedica Al emperador don Pedro de Portugal

Si mi extranjera planta, lusitanos,
gustaseis cortesanos
por la tierra guiar, para mí extraña,
a cantaros iría
una tierna poesía
del gran Pedro en honor, la hija de España.

Carolina Coronado, una mujer con un pie en España y otro en Portugal.

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