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Reencuentro póstumo con Leopoldo Lovelace

Leopoldo Lovelace

En la primavera de 1970, en un piso de la madrileña calle Conde de Peñalver se nos presentó a un grupo de inquietorros Leopoldo Lovelace, diciéndonos que era miembro del Partido Comunista de España y explicándonos qué se proponía el Partido, el ‘Partido’ por antonomasia, o P. Ya lo he contado (en Comunistas y Pilaristas, 2014), pero me repito. Entré, pues en el P, tras largas conversaciones en aquel junio del 70 por el barrio de Salamanca, convencido de que el PCE era el mejor medio, el principal instrumento para luchar contra la dictadura.


Ante Lovelace yo sentí una admiración, primero, por la prestancia de la persona que nos hablaba, lo bien que explicaba todo, un ejemplo de materialismo dialéctico, diría, y, segundo, ante la fascinación de tener en carne y hueso a un comunista de verdad, que nada tenía que ver con esos que en mi familia sólo eran recuerdos de miedo, de ocupación de fincas, destrucción de iglesias y guerra civil.


Leopoldo era una de las personas más articuladas, más inteligentes con las que me había encontrado. Su persona, su presentación, desmentía además esos mitos de los comunistas que proliferaban en la sociedad, que presentaban a los comunistas como los nazis al judío Suss, deformados y caricaturescos.
Era de esos camaradas en el más amplio sentido de la palabra que pasan fulgurantemente por esta tierra. Transmitía seguridad, y a pesar de que era un alto responsable del Partido, estaba con nosotros en los ‘saltos’ (cortar calles y manifestarse), en las concentraciones; y, luego, en las obligadas citas de seguridad, si todo había salido bien, sonreía como dándonos el espaldarazo . El contribuyó a restablecimiento de la libertad en España y a elevar el prestigio del PCE, dejando un poso en quienes lo tratamos. Pero la amistad estaba siempre excluida por razones de seguridad clandestina, nuestro trato era obligatoriamente distante, reducido a lo indispensable. Sólo mucho después nos hemos podido reencontrar algunos antiguos camaradas y anudar una amistad, pero siempre gracias al azar o por la común profesión como, en mi caso, la abogacía.


De aquel Leopoldo que conocí, distante, serio, muy racional, me topo ahora con su otra vertiente, lírica, sensible. En la edición de Cuadernos Hispanoamericanos dedicada a Vicente Aleixandre (números 352-354, de 1979) me he llevado la sorpresa de encontrar un largo poema de Leopoldo Lovelace en honor al poeta, Himno a Eros, “A Vicente Aleixandre, larga vida antes y después de cruzar las aguas”, fechado en la Universidad de Santa Bárbara,


(…)
Desde ti, contigo, de ti: ley, conocimiento, senda.
Los pájaros se han ido y la gente es poca:
pero uno se levanta al resplandor inicial
a bañarse en el arroyo de la luna cuando la noche
se ausenta, en el curso misterioso de pétalos
que avanzan hacia tierra y cielos inmortales.
Experiencia del paraíso, experiencia del infierno,
aspiración a la unidad a través de la discordia. (…)


Leopoldo Lovelace hacía honor a ese apellido casi legendario, que es el mismo que el de Richard Lovelace (1618-1657), poeta, soldado y Realista inglés, “prototipo del perfecto caballero”, como dice la Britannica (edición de 1983), herido en Dunkerque en 1646 luchando contra los españoles, que escribió Lucasta y unas Elegías. Su hermano, además, se llama también Ricardo.


El pacto de los comunistas para facilitar la Transición centrifugó a centenares de camaradas que habían luchado por la libertad desde el interior. La dirección del PCE que llegaba del exterior prescindió de ellos, no los expulsó pero los marginó. Leopoldo ya nos advertía que cuando hubiera elecciones libres, no serían los comunistas los más votados, sino los socialdemócratas, aunque casi no hubieran participado en la lucha contra el franquismo.


Muchos comunistas del interior, profesionales, intelectuales, quedaron en un muy segundo plano y, claro, se volvieron a sus ‘cuarteles de invierno’, a su profesión, a sus gustos culturales, como él, con la teoría política (escribió un Curso de Derecho Internacional Público) y esta otra faceta, que yo no conocía, de la poesía.


Tras los años de militancia, mis detenciones, le fui perdiendo la pista, por aquello de la clandestinidad y sólo, mucho más tarde, gracias a José María Mohedano, he sabido que murió joven en Irvine, California, en marzo de 2017. Encuentro el obituario que le dedicó el ‘New York Times’, que expresa perfecta si brevemente, quién fue https://www.legacy.com/obituaries/nytimes/obituary.aspx?n=leopold-lovelace&pid=186331791


Vaya hoy mi tardío recuerdo a Leopoldo Lovelace, que su homenaje a Aleixandre me trae, al que ya nunca volví a ver, que fue para mí un ejemplo y un maestro de cordura, de inteligencia, de sangre fría en los momentos de peligro, así como de amabilidad contenida y elegante.

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