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¿La agricultura contra la naturaleza?

Dar testimonio
de la catástrofe inevitable
cuando aún era posible evitarla
.
Jorge Riechmann

La Política Agrícola Común de la Unión Europea, la PAC, ha producido y acelerado un tipo de negocio, el agrobusiness, que en España ha tenido dos consecuencias negativas: por un lado, el creciente monocultivo con daños medioambientales y, de otro, la España vacía. Parece que nadie repara en que la supresión de la diversidad, la homogeneización de las tierras, expulsa población cuando no hay alternativa ni un mínimo tejido industrial autónomo y complementario, como es el caso en la mayoría del territorio español.

La PAC representa 58.000 millones de euros anuales, que es el 39% del presupuesto de la UE. De éste, España recibe aproximadamente 7.514 millones € del FEAGA, más 1.300 millones € del FEADER . Francia recibe prácticamente el 50% de los subsidios de la PAC.

Con la política de subsidios a la producción se ha fomentado el cultivo intensivo y el monocultivo en grandes zonas de Europa. En Francia con la remolacha, en España con el olivo. Así también con empresas lecheras, cría de cerdos, pollos, etc. Se ha conseguido una autosuficiencia en materia de alimentos, que era lo que se perseguía, pero a costa de una sobreproducción devastadora, insolidaria con África y nociva para la naturaleza. Mientras muchos ecologistas, guiados sobre todo por su antiamericanismo primario han dirigido sus críticas a los transgénicos y la norteamericana Monsanto, se han olvidado de que la PAC no es precisamente un modelo de desarrollo agrícola sostenible sino que está en manos de los lobbies agroalimentarios, sobre todo franceses.

El crecimiento de la producción parece ser el único objetivo. Por ejemplo, las ayudas de pago único del FEAGA suponen que cuantos más olivos posea un agricultor, más subvención recibe. Eso está transformando extensas zonas de España en olivares, donde antes había cereales u otros cultivos. Al mismo tiempo, fomenta, en aras de más producción, el riego de olivares desecando capas freáticas, y el mayor uso de agrotóxicos. De ahí resulta una pérdida de la biodiversidad que es un pingüe negocio para las grandes productoras de aceite, para las distribuidoras y, por supuesto, para las industrias químicas. Pero lo mismo sucede con otras producciones agrícolas y ganaderas.

La concurrencia, la competitividad, obligada porque muchos otros países hacen lo mismo, lo que supone una huida hacia adelante, con más maquinaria, más productos y más agresión a la tierra y escasez de agua. En conclusión, la progresiva desertización ambiental (y social) del país.

Curiosa, esta bipolaridad -esquizofrenia- del Estado y de la Unión Europea. Por un lado dicen acatar los acuerdos internacionales en medio ambiente y por otro fomentan una agricultura medioambientalmente insostenible y perjudicial. Los subsidios de la UE para protección de la naturaleza no llegan a la décima parte de los dedicados al agrobusiness. Consciente de la amenaza a la biodiversidad, actualmente la UE establece que debe haber un 26% de la tierra protegido, con el propósito de elevar ese porcentaje al 30%.

Habría que dibujar una tabla de coste/beneficio, de puntos débiles y puntos fuertes de este modelo agrario impuesto por la UE y secundado alegremente e inconscientemente por los gobiernos nacionales. Uno de los costes es que se mantienen propiedades no rentables gracias a las subvenciones. Se dedican al cultivo y se riegan terrenos nada rentables, que volverían a ser monte si no fuera por los subsidios. Se distorsiona el mercado, se alzan barreras aduaneras contra la producción de países africanos, que son sometidos, más que nunca, al intercambio desigual (y después nos alarmamos de la inmigración en pateras y cayucos).

La relativamente nueva situación ha hecho cambiar las relaciones económicas y comerciales del agricultor, su vida y el paisaje. Hay que hacerse además tres preguntas: ¿quién manda en el campo? ¿vive mejor el agricultor?, ¿es más bello este campo de ahora?

En el campo, en la agricultura ya no mandan los agricultores. Mandan tres grupos: las empresas de distribución y comercialización, las empresas de productos químicos para el campo (insecticidas, fungicidas, herbicidas, fertilizantes) y la estructura burocrática de subsidios nacional y europea.

La pregunta más crucial es ¿vive el agricultor mejor? Materialmente, es posible, tiene auto, a veces calefacción, las casas son algo mejores (aunque más feas), entre otras cosas porque cada vez hay menos, tocan a más, por así decirlo. Pero está cada día más entrampado. Depende de los créditos para comprar maquinaria y sistemas de regadío cada vez más caros y sofisticados, depende de vehículos y de mano de obra inmigrante. No dejan de ser siniestras las ofertas y descuentos que hacen las empresas de fertilizantes, insecticidas y herbicidas: cuantos más sacos o contenedores se compran, más baja el precio por unidad, animando así al agricultor a usar en exceso (y de paso, dejan tirados los envases por los campos).

El agricultor no latifundista (pues hay ya muchas empresas que controlan, con nuevo estilo, la producción) se encuentra ante la misma tesitura que Marx enunciase: el precio de producción de la mercancía difiere del precio real o precio comercial. Este depende de la oferta y la demanda. La oferta es excesiva en muchos productos, lo que da lugar a esos precios ‘tirados’ de aceite, de leche, de carne, que ofrecen las grandes superficies, en manos de las colosales distribuidoras extranjeras o españolas. La plusvalía que generan los agricultores no es para ellos, es absorbida por los distribuidores, por el Estado vía impuestos, pues los subsidios de la UE están sometidos a impuestos, por los préstamos bancarios para adquirir productos fitosanitarios y maquinaria. El agricultor está preso en una espiral malévola, de más producción-más endeudamiento-más oferta-menos retribución: la huida hacia adelante mencionada.

El agricultor se ha hecho más dependiente del Estado, de las grandes empresas de distribución (que marcan los precios, a menudo por debajo de esos costes de producción como exige este agrobusiness. El conflicto no es social sino comercial, los chalecos amarillos se manifestaban no a favor de la naturaleza sino por la reducción de los subsidios al gasóleo. Lo que confirma que el ecologismo es de burgueses y de gente de las ciudades, a ser posible intelectuales. La protección del paisaje y de la naturaleza no está en el mapa de las reivindicaciones agrarias ni en las tractoradas.

El propio Marx podría haber llegado a la conclusión de que la mercancía -el producto agrícola- terminaría agrediendo a la naturaleza, destruyéndola o hiriéndola. En España, si algún político se molesta en visitarla a fondo, no para inaugurar nada, se ven cada vez más zonas de monocultivo, menos diversidad, menos humildes abejas, menos inocentes bichos y sabandijas.

La consecuencia más importante es que ha cambiado la vida social, laboral y económica de los agricultores y, por tanto, su conciencia, su mentalidad y forma de vida. “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general”, dijeron claramente Marx y Engels. Esto se nota en la forma de vida de los pueblos y aldeas del país, en su ocio, en su cultura (o falta de ella, pues se ha perdido la tradicional sin ganar una nueva). De hecho, además de depender de esos tres poderes antes citados, el agricultor depende mucho del clientelismo político instalado en su municipio, provincia o comunidad autónoma. Es menos libre que nunca.

La Naturaleza no es divisible, no es parcelable: no se puede dividir la tierra en zonas protegidas y zonas donde todo vale, en parques naturales de un lado y tierras dejadas a la depredación intensiva, de otro. Así como la cultura nos va separando de nuestro propio ser, cuanto más sofisticada es una sociedad más se aleja de la naturaleza. Crear parques naturales puede estar bien para el turismo pero a menudo no es más que un subterfugio para calmar conciencias y maquillar de verde una política agrícola totalmente enfrentada a la naturaleza. Un ejemplo de esa ‘propaganda ambiental’ es la protección al lince ibérico en Andalucía, muy costosa, mientras se permite toda clase de tropelías en las costas (campos de golf con agua potable, playa de los Genoveses, Algarrobico, Barbate, negligencia culposa en la gestión de Doñana, y un largo etcétera).

Un pastor de la Sierra de Segura (Jaén) me ponía un claro ejemplo: “antes unas cuantas cabras me servían también para que rozasen naturalmente los civantos (taludes) de broza y zarzales, ahora necesito echar el round up (glifosato). Tener cabras está prohibido”.

Sólo la antigua Grecia, la Hélade, atribuyó ninfas y dríadas protectores a los ríos y fuentes, a los árboles, a los montes y los bosques. Cada vez nos hemos ido alejando más de la naturaleza, considerándola meramente como un botín para entrar a saco en ella. La que Cervantes cantaba de la edad dorada casi no existe,

Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas…

Don Quijote de la Mancha, 1ª parte, capº XI

La Unión Europea, con su PAC, conjuga lo peor de la Planificación y lo peor del Libre Mercado, generando además en toda la Unión y en España una exagerada, enrevesada y gravosa burocracia (véase APROL, como muestra, la ayuda al olivar).

En conclusión: más producción, menos diversidad, más daño ambiental, precios más bajos y endeudamiento creciente de los agricultores, beneficios para las empresas distribuidoras y agroquímicas y para la Banca, más funcionarios y una España más vacía.

Probablemente deberíamos cuidar de una agricultura en armonía con el paisaje y con la naturaleza, pero no sabemos si a los lobbies eso les interesa. Además, la práctica ausencia de los temas agrícolas en los grandes medios de comunicación no dan mucha esperanza a que este debate sobre la agricultura se generalice y profundice. El campo, cuanto más callado, mejor para los políticos, los bancos y todos esos que mandan en él.

5 Comentarios »

  1. Leyendo este y otros artículos suyos me pregunto si los publica también en otros medios de mayor difusión. Lo digo porque, v.g., este artículo es de lo mejor y más completo que he leído sobre el tema y merecería ser leído por muchos. Hechos como que Francia recibe la mitad de las subvenciones agrícolas de la UE no son conocidos por el gran público y explica que productos agrícolas franceses que compramos en los almacenes de distribución franceses (no cito nombres, pero los conoce todo el mundo) sean de tan escasa calidad. Lo cierto es que la agricultura y el agricultor tradicionales se han ido para no volver. En el caso específico de nuestra tierra, alguna responsabilidad han tenido los propios agricultores por abandonar cultivos hortofrutícolas de gran calidad y no tener el espíritu de empresa para comercializar y/o transformar los productos. Muchos apostaron por una olivicultura de montaña que no tiene futuro alguno.

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