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Pasaportes turísticos, más control y más desigualdad

Históricamente las fronteras eran un medio de protección. Hoy han vuelto esas fronteras ya casi pasadas de moda y se han limitado el libre comercio y la libertad de movimientos. La función separadora ha reaparecido incluso dentro de la Unión Europea, uno de cuyos mayores éxitos era esa libertad.

Pero ahora quieren reabrirlas sólo para algunos. El turismo representa un porcentaje enorme, excesivo, de las economías de ciertos países y ciudades, como es el caso de España, Portugal o Grecia, un peso desproporcionado que les ha hecho demasiado vulnerables ante la pandemia. Desesperados por ese desequilibrio económico, se intenta implantar un salvoconducto que palíe los efectos negativos en la economía.

Pero por mucho que lo empuje el primer ministro griego, Mitsotakis, esto es ilusorio porque a finales del primer trimestre no está vacunado ni el 5% de la población europea. Ese salvoconducto es ilusorio y es una entelequia (que precisamente viene de la palabra griega entelécheia, estado de perfección al que aspira un ser).

En la diminuta y remota Islandia parece que van a implantar ese pasaporte para entrar, pero estamos hablando de un país que sólo recibía dos millones de turistas y, además, de gran poder adquisitivo, tanto de los visitantes como de los receptores. Nada que ver con España, con 60 millones de turistas ni con los otros países mediterráneos.

La Unión Europea baraja, o casi ha decidido, implantar este pasaporte sanitario; es algo que ya existía para ir a determinados países, para los que se exigían vacunas previas. Nada nuevo bajo el sol, solamente que ahora se aplicaría a países europeos.

Este tipo de pasaporte plantea por lo menos cinco problemas: de libertad individual, de igualdad entre personas y entre países, de tecnología, de eficacia sanitaria y de logística de transportes.

  1. El primero, de seguridad personal ante el Estado y de competencias administrativas: de quién y cómo se expide ese pasaporte, los Ministerios de Interior, los de Sanidad? ¿para todas las vacunas o sólo para las aprobadas por la EMA? El poder que se le dará a la Administración ha de ser limitado y bien controlado porque dar o no ese pasaporte es un poder coactivo del Estado;
  2. segundo, la discriminación de los ‘autorizados’, es decir los vacunados tendrán prioridad, algo que depende del sistema sanitario, de quiénes pueden ser vacunados primero, los mayores antes que los jóvenes, los ricos antes que los pobres; puede haber también una discriminación según el país de procedencia.
  3. tercero, la solvencia del sistema informático que permita la veracidad -y privacidad- de los datos y evite las falsificaciones o el tráfico fraudulento de documentos;
  4. cuarto, la misma eficacia de las vacunas, pues aun no sabemos hasta cuánto garantizan la inmunidad, para cuánta población y si es eficaz contra todas las posibles mutaciones del virus.
  5. quinto, cómo se puede canalizar el flujo de viajeros de forma que no se creen tapones y haya un caos en aeropuertos y fronteras.

En definitiva, al difícil equilibrio tradicional del binomio seguridad/libertad, se le añade otro parámetro: salud. El trinomio sería entonces libertad-seguridad-sanidad. Pero aún se complica más si se añade el cuarto factor: la economía, pues muchos países deberán escoger entre la salud total -imposible de garantizar al 100%- y su deficiente economía.

Aquí hay una clara contraposición entre los intereses de la industria de viajes y turismo y la libertad, igualdad y salud de los ciudadanos.

Los políticos, ansiosos por obtener la legitimación de sus votantes y de los ciudadanos, quieren dar la sensación de que lo saben todo y de que velan por nuestro bienestar, y su prisa en decidir puede llevar a decisiones erróneas y perjudiciales.

Los grandes emisores turísticos, que son también los que controlan la industria de viajes y turismo, quieren liberar los viajes como fuente lucrativa, importándoles mucho menos la salud en los países que son destinos turísticos de sus ciudadanos.

En definitiva, este invento de los pasaportes sanitario-turísticos, además de no ser una plena garantía sanitaria, plantea problemas de seguridad, de libertad ciudadana y de igualdad entre personas y países. Cuantos más papeles necesite un ciudadano para moverse, más espacio habrá para la arbitrariedad, para la trampa y para el trato desigual.

La dependencia excesiva del turismo, de la hostelería, es económicamente insostenible (igual que depender de un monocultivo, como Jaén del olivo o Cuba del azúcar) y el nerviosismo puede llevar a establecer medidas muy discutibles. Pero el miedo de los políticos le puede llevar a precipitarse y sobre todo en la Comisión Europea donde parece que no aciertan con la política comunitaria sobre la pandemia.

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